Adrián estaba en trance. Sus ojos recorrían los labios carnosos de la mujer, el brillo de la humedad natural que indicaba que ella estaba tan excitada como él. La multitud guardaba un silencio sepulcral, solo roto por el crepitar de las antorchas y el sonido lejano de las olas.
En ese momento, un grupo de voyeurs comenzó a acercarse más al altar, formando un círculo de hombres y mujeres que empezaron a acariciarse a sí mismos mientras observaban la escena. Entre ellos, una mujer joven se arrodilló al lado de Elena y comenzó a besar sus muslos, mientras Javier era rodeado por otras manos que buscaban conocer la textura de su piel madura.
La familia Rivera estaba siendo desmantelada pieza a pieza. Ya no eran una unidad cerrada; eran parte de un ecosistema de placer donde cada uno servía de estímulo para el otro. Valeria y Mónica, ahora cubiertas totalmente de aceite, brillaban como si estuvieran hechas de bronce fundido. Se abrazaron entre sí, deslizando sus cuerpos aceitados el uno contra el otro, creando un sonido de succión y roce que atrajo las miradas de los patriarcas del cónclave.
Beatriz tomó la cara de Adrián entre sus manos y lo obligó a mirarla.
-Esta noche eres mi acólito, Adrián. Y tus padres son mis invitados de honor. Nada de lo que ocurra aquí saldrá de este jardín, porque lo que ocurre aquí es la única verdad que existe.
Con una lentitud exasperante, Beatriz comenzó a guiarse a sí misma hacia el rostro de Adrián, no para que la besara, sino para que su intimidad rozara la punta de la nariz del joven, permitiéndole sentir el calor y el pulso de su centro antes de cualquier acto de penetración. Adrián cerró los ojos, gimiendo ante el contacto eléctrico de la mucosa contra su piel, mientras sentía que el resto del mundo desaparecía.
La iniciación estaba lejos de terminar. Solo estaban en los preliminares de una ceremonia que duraría toda la noche.
El roce de la intimidad de Beatriz contra el rostro de Adrián fue el detonante de una nueva frecuencia vibratoria en el Altar de la Luna. El joven sentía el pulso rítmico de la matriarca contra su piel, una calidez húmeda que emanaba un vapor sutil, cargado de la esencia más pura de la mujer. Adrián, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, inhaló profundamente, llenando sus pulmones con ese aroma a almizcle y autoridad. Ya no había rastro del chico tímido que bajó del SUV; en su lugar, había un hombre joven cuya piel estaba erizada por un hambre que no sabía que poseía.
Beatriz, con una sonrisa de depredadora satisfecha, se alejó apenas unos centímetros para observar el rastro de humedad que había dejado en la mejilla de Adrián. Con su pulgar, extendió esa gota de deseo hacia los labios del joven.
-Prueba el sabor de la experiencia, Adrián -susurró ella, su voz descendiendo a un tono que solo él podía captar, a pesar del silencio expectante de la multitud-. En este jardín, el gusto es el sentido que nos une a la tierra.
Mientras tanto, a pocos metros, la dinámica familiar sufría una transformación irreversible. Elena, que hasta entonces había sido una espectadora pasiva del "entrenamiento" de su hijo, se encontró bajo el escrutinio de Marcos, el gerente que los había recibido. Marcos se había acercado sin hacer ruido, su cuerpo maduro y musculoso proyectando una sombra protectora sobre ella. Sin pedir permiso, Marcos rodeó la cintura de Elena con sus brazos, pegando su pecho velludo a la espalda de la mujer.
Elena soltó un suspiro tembloroso al sentir la firmeza de la virilidad de Marcos presionando contra la base de su columna. Javier, que estaba justo al lado, no apartó la vista. Al contrario, la visión de otro hombre reclamando el cuerpo de su esposa en ese entorno sagrado le provocó un espasmo de excitación que le hizo apretar los puños.
-Mira a tu esposa, Javier -dijo Marcos, su voz resonando en el pecho de Elena-. Mira cómo su piel responde a un tacto extraño. ¿No es acaso más hermosa cuando es deseada por otros?
Javier asintió lentamente, incapaz de articular palabra. Su mirada bajó hacia las manos de Marcos, que ahora subían desde la cintura de Elena para rodear sus pechos pesados. Los dedos oscuros del gerente contrastaban con la piel clara de Elena, amasando la carne con una firmeza que hacía que los pezones de la mujer buscaran el aire, endurecidos como pequeñas piedras.
Al mismo tiempo, el círculo de voyeurs que rodeaba a las gemelas se cerró aún más. Valeria y Mónica, cubiertas por esa fina capa de aceite que las hacía brillar como estatuas de bronce bajo las antorchas, habían comenzado un juego de espejos. Arrodilladas la una frente a la otra, comenzaron a explorar sus propios cuerpos, imitando los movimientos que Beatriz le dictaba a Adrián.
Mónica, la más audaz, tomó la mano de su hermana y la llevó hacia sus pechos, mientras ella misma rodeaba el cuello de Valeria. El roce del aceite sobre el aceite creaba un sonido húmedo, un "slap" rítmico que se mezclaba con los gemelos lejanos de otros rincones del jardín. Los hombres maduros que las rodeaban no intervenían, pero sus manos trabajaban frenéticamente sobre sí mismos, ofreciendo a las gemelas el espectáculo de su propia devoción carnal.
-Besa a tu hermana, Valeria -ordenó uno de los patriarcas desde la penumbra, un hombre de voz profunda y ojos que brillaban con el reflejo de las antorchas-. Muéstranos que el linaje Rivera no tiene secretos entre sí.