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Sirenas en la Niebla
img img Sirenas en la Niebla img Capítulo 2 CICATRICES Y CENIZA
2 Capítulo
Capítulo 6 DAÑO COLATERAL img
Capítulo 7 EL PESO DE LA BATA Y EL CASCO img
Capítulo 8 CENIZAS EN LA MADRUGADA img
Capítulo 9 EL PROTOCOLO DEL CAOS img
Capítulo 10 TERAPIA DE CHOQUE img
Capítulo 11 TERRITORIO INVADIDO img
Capítulo 12 EL UMBRAL DEL FUEGO img
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Capítulo 2 CICATRICES Y CENIZA

POV WYATT

Londres a las cinco de la mañana no es una ciudad; es un cadáver gris que todavía no se ha enterado de que ha muerto. La niebla se arrastra por el Támesis como un animal herido, densa y pegajosa, ocultando los pecados de la noche anterior bajo un manto de humedad que cala hasta el alma. A mí me gusta así. El silencio de la madrugada es lo único en este mundo que no me pide explicaciones, ni me exige una sonrisa que no tengo, ni intenta hurgar en las grietas de mi armadura. Es el único momento del día en que el Jefe de Batallón Wyatt Fox puede ser simplemente Wyatt, un hombre que carga con el peso de los que no pudo salvar y el odio de los que lo destruyeron.

Caminaba por los senderos desiertos de Battersea Park con la zancada rítmica y pesada de quien está acostumbrado a cargar cincuenta kilos de equipo sobre los hombros mientras el mundo se desmorona. El aire gélido quemaba mis pulmones, un recordatorio de que seguía vivo a pesar de todo. A mi lado, Brutus avanzaba como una extensión de mi propia sombra. Es un pitbull pantera, sesenta kilos de músculo negro sólido, con una piel que brilla como el ébano bajo la luz mortecina de las farolas victorianas. No necesita correa; camina a mi paso con una disciplina militar que muchos de mis hombres en la estación envidiarían.

La gente que se atreve a estar fuera a estas horas se cruza de acera cuando nos ve. Lo entiendo. Mis 195 centímetros de altura, sumados a la envergadura de mis hombros y la expresión de pocos amigos que cargo por defecto, no invitan a la charla trivial. Soy una advertencia andante, un recordatorio de que la naturaleza puede ser brutal.

Me detuve frente a la barandilla que da al río y me quité la capucha de la sudadera gris, dejando que el aire gélido golpeara mi rostro. El sudor se enfriaba en mi nuca, provocándome un escalofrío que ignoré. Miré mi reflejo distorsionado en las aguas oscuras del Támesis. Si alguien me hubiera mirado de cerca en ese momento, habría visto el caos genético que mi abuela llama "la bendición y maldición de los Fox".

Soy rubio, de un tono cenizo que parece haber absorbido el humo de mil incendios, pero son mis ojos los que detienen el tiempo. Mi ojo izquierdo es de un gris tormenta, plano y gélido como el acero de un hacha de rescate; es el ojo con el que juzgo la estabilidad de un edificio en llamas. El derecho, sin embargo, es una anomalía: una mezcla de azul y verde, salpicado de motas violetas que parecen chispas atrapadas en un incendio forestal. Un recordatorio constante de que, por mucho que intente ser un bloque de hielo, hay algo en mi interior que siempre está ardiendo, una furia contenida que solo el fuego logra apaciguar.

-Vámonos, Brutus. Se acabó la tregua -mascullé. Mi voz sonó como el crujido de la madera seca antes de romperse.

La Fortaleza Fox

Nuestra casa no es un hogar convencional; es una declaración de resistencia contra el paso del tiempo y el caos de la ciudad. Situado en el corazón de South Lambeth, el edificio de los Fox es una estructura de cinco plantas de ladrillo rojo y hierro forjado que ha pertenecido a mi familia desde antes de que se inventaran las sirenas eléctricas. Lo llamamos "La Fortaleza", y con razón. Sus muros han resistido bombardeos, crisis y el desgaste de cuatro generaciones de bomberos.

Al entrar por el portón de hierro, el olor a humedad de la calle fue reemplazado por la amalgama de aromas que definen a mi familia: cera para madera, café cargado y ese persistente aroma a trementina. En la planta baja, el gimnasio privado que construí con mis propias manos resonaba con el eco del silencio. Las pesas de hierro fundido y el saco de boxeo desgastado eran mis confesionarios. Más allá, tras unas puertas de cristal manchadas de colores, se encontraba el estudio de Violet. El olor a trementina y óleo siempre flotaba allí, mezclado con la energía caótica de mi hermana pequeña.

Subí las escaleras, mis botas resonando contra la madera noble con un eco que parecía despertar a la casa misma. En la primera planta, la puerta estaba abierta de par en par. Es el territorio compartido de la Abuela y Violet.

-¡Llegas tarde, Ogro! -gritó Violet desde la cocina.

Me asomé al marco de la puerta. Violet es una explosión de vida en medio de mi mundo de sombras, una supernova que se niega a apagarse. Es pequeña, una chispa pelirroja llena de pecas que parecen salpicaduras de canela sobre su piel pálida. Su cabello es un nido de rizos indomables con mechas rosa neón que cambian de tono según su humor. Pero cuando me miró, vi el lazo innegable: sus ojos son de un azul violáceo profundo, el mismo color que las motas "prohibidas" en mi ojo derecho.

-Tienes pintura hasta en las cejas, Vi -le dije, intentando mantener mi tono monótono mientras ella saltaba para darme un abrazo que esquivé con una media sonrisa. No es que no la quiera, es que a veces temo que mi propia oscuridad manche su luz.

-¡Es el precio del genio, Wyatt! -replicó ella, riendo mientras volvía a batir unos huevos con un entusiasmo innecesario-. Por cierto, la abuela está de un humor... británico. Ten cuidado. Ha estado leyendo el periódico y ya sabes lo que eso significa para la presión arterial de la familia.

En la mesa de la cocina, la Abuela Fox presidía el desayuno con la elegancia de una reina que ha visto caer imperios y ha enterrado a suficientes hombres Fox como para no temerle a nada. Su cabello, alguna vez tan rubio como el mío, es ahora una cascada de seda canosa recogida en un moño impecable. Sus ojos azules como el cielo inglés de verano conservan una claridad aterradora, capaces de ver directamente a través de mis mentiras y mis silencios. A pesar de su belleza marchita por el dolor y los años, desprende una autoridad que ni yo, con todos mis galones, me atrevo a cuestionar.

-Siéntate, Wyatt. Tu hermano ha bajado hace diez minutos. El café se está enfriando, y no toleraré el desperdicio en esta casa -dijo ella, señalando una silla con un gesto real.

Lion ya estaba allí. Mi hermano mediano vive en el segundo piso, en un departamento que es un templo al minimalismo y la arquitectura moderna, el polo opuesto a mi caos controlado. Compartimos el cabello rubio cenizo, pero el suyo está peinado con una precisión que roza lo obsesivo. Sus ojos verdes, claros y analíticos, estaban fijos en su portátil. Lion es el arquitecto del éxito; yo soy el bombero del desastre. Él construye los sueños que yo me encargo de evitar que se conviertan en cenizas.

-Has bajado el ritmo, hermano -comentó Lion sin apartar la vista de un plano-. Brutus se ve más cansado que tú. Quizás los treinta y cinco te están empezando a pesar en las rodillas.

-Brutus tiene más sentido común que yo, eso es todo -respondí, aceptando el café negro que la abuela me servía sin azúcar, como a ella le gusta decir: "amargo como el destino"-. ¿Cómo va el proyecto de la City?

-Es complejo. Las líneas de tensión son traicioneras, como las personas. Un mal cálculo en la base y todo el rascacielos se inclina hacia el desastre -dijo Lion, y por un momento, su voz perdió la seguridad habitual. Sabía que se refería a algo más que a vigas de acero.

El desayuno transcurría entre las quejas de Violet sobre un profesor de arte "cavernícola" que no entendía el arte abstracto y los comentarios técnicos de Lion, hasta que el aire en la habitación cambió. Fue un sutil movimiento de Lion al cerrar su portátil lo que me puso en alerta. Conozco ese gesto; es el que usa antes de soltar una carga explosiva.

-Mark me llamó anoche -soltó Lion, y supe que lo que venía no me iba a gustar. Sentí cómo los músculos de mi espalda se tensaban-. Dice que Chelsea ha vuelto a Londres. Se está quedando en un hotel en Knightsbridge. Parece que quiere pasar por el ático a recoger algunas cajas que... bueno, que dejó atrás hace años.

El nombre golpeó las paredes de la cocina como una granada de fragmentación. Chelsea. Mi exesposa. La mujer que se enamoró de la idea de un héroe de calendario y terminó odiando la realidad de un hombre que llega a casa a las cuatro de la mañana oliendo a carne quemada, humo y muerte. Sentí que mi ojo gris se entrecerraba instintivamente, perdiendo cualquier rastro de humanidad.

-En mi ático no hay nada que le pertenezca -dije. Mi voz bajó una octava, adquiriendo esa vibración peligrosa que uso en los incendios de grado cinco cuando ordeno una evacuación inmediata-. Lo que no se llevó en su momento, lo quemé. Dile a Mark que si ella pone un pie en esta calle, llamaré a la policía por allanamiento.

-Wyatt, han pasado cinco años... -empezó la abuela con esa suavidad que solo usa cuando intenta domar a una bestia.

-Cinco años o cincuenta, da igual. El pasado es ceniza, abuela. Y yo no remuevo las cenizas porque solo sirven para ensuciarte las manos y recordarte lo que perdiste. Ella eligió una vida sin humo. Que se quede en ella.

Me levanté bruscamente, el estruendo de la silla contra el suelo cortando cualquier intento de réplica. El silencio que siguió era denso, cargado de palabras no dichas. Violet me miró con sus ojos violáceos llenos de una compasión que me quemaba más que el fuego. Odiaba que me tuvieran lástima.

Subí las escaleras hacia mi refugio: el ático de dos pisos que corona la Fortaleza. Al entrar, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, respirando con dificultad. Mi familia no lo sabía todo. Mi abuela y mis hermanos recordaban el divorcio, pero no el rastro de destrucción que esa mujer dejó a su paso.

Lo que ellos no sabían es que Chelsea no solo había elegido "otra vida"; había destrozado la mía desde los cimientos. Todavía podía sentir el frío en la boca del estómago al recordar la noche en que regresé a casa temprano, esperando sorprenderla con flores por nuestro aniversario, solo para encontrarla envuelta en las sábanas de mi propia cama con Charles Maddox. Charles, mi compañero de la academia, el hombre en el que habría confiado mi vida en un incendio de grado cinco, el que yo creía mi mejor amigo.

Y no fue solo la traición carnal. Esa misma noche, después de que los eché a patadas de mi hogar, descubrí que Chelsea había vaciado mi caja fuerte y mis cuentas bancarias. Se llevó los ahorros de toda mi vida, el dinero que yo había guardado céntimo a céntimo para un futuro que ella nunca tuvo intención de construir conmigo.

Pero lo que realmente me convirtió en el bloque de granito que era hoy, lo que hizo que mi ojo gris perdiera cualquier rastro de luz, fue el último golpe. Estaba embarazada. Podríamos haber salvado algo de las cenizas, podríamos haber tenido una razón para luchar. Pero cuando la confronté, ella me miró con una frialdad que me dio náuseas. Se había deshecho de nuestro hijo antes de que yo pudiera siquiera procesar la noticia.

"Soy muy joven para llenarme de mierda, vómito y llanto, Wyatt", me había escupido a la cara. "No voy a arruinar mi cuerpo ni mi libertad por el hijo de un bombero que probablemente no llegue a cumplir los cuarenta".

Apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas. Chelsea no era una exesposa herida; era un parásito que se había alimentado de mi lealtad hasta dejarme hueco. Por eso odiaba la debilidad. Por eso odiaba la fragilidad. Porque ella se había presentado ante mí como una flor delicada y resultó ser una víbora.

El Reino de Lambeth: Mi verdadera casa

Llegué a la Estación de Bomberos de Lambeth justo cuando el sol empezaba a luchar contra la niebla. Para muchos es solo una estación de trabajo. Para mí, es el único lugar donde el aire es más puro a pesar del hollín. Es mi verdadera casa, el lugar donde mis hermanos no me juzgan por mi pasado, sino por cómo manejo una manguera de alta presión.

-¡Atención! ¡El Rey del Mal Humor ha entrado en el edificio! ¡Escondan a sus mascotas y sus sentimientos! -anunció el teniente O'Shea a voz en grito desde el camión 2.

Caminé por el hangar ignorando las risas. Sé lo que dicen de mí: que soy un bloque de granito con uniforme. No me molesta. Prefiero que me teman a que se confíen. Pero lo que no dicen es que cada uno de esos hombres y mujeres son mis hermanos de sangre. Si uno cae, yo caigo. Si uno arde, yo me quemo con él.

Mrs. Higgins, mi asistente, me interceptó con una pila de informes.

-Buenos días, Higgins. Dime que hoy no hay inspecciones de la alcaldía -gruñí, quitándome la sudadera para revelar la camiseta azul marino de la brigada.

-Buenos días, Jefe. Su abuela ha llamado. Dice que si hoy muerde a alguien, que sea a un político -respondió ella con una sonrisa-. Tiene informes pendientes y un nuevo grupo de estudiantes de medicina de último año que vienen a observar protocolos de emergencia.

-¿Estudiantes? No tengo tiempo para cuidar niñeras con estetoscopio y miedo a ensuciarse las manos -mascullé, entrando en el área de los camiones.

Allí estaban mis tres pilares. El teniente Miller, el veterano; la teniente Sloane, la conductora de acero; y O'Shea, el irlandés ruidoso. Eran mi familia por elección. Habíamos compartido cenas de Navidad en esta misma mesa de metal y habíamos sacado a gente de escombros que otros daban por perdidos. Mi autoridad no nacía de los galones, sino de haber estado en la línea de fuego con ellos.

-¡Jefe! Miller dice que el camión 3 tiene una fuga de aceite. Yo digo que solo está sudando porque sabe que usted viene a inspeccionarlo -bromeó O'Shea.

Me detuve frente a ellos, cruzando los brazos sobre mi pecho.

-O'Shea, si el camión 3 tiene una fuga, quiero que la encuentres y la limpies con tu propio cepillo de dientes si es necesario. No somos un taller de aficionados, somos Lambeth. -Hice una pausa, recorriendo sus rostros con la mirada-. Y si vuelves a hacer un chiste sobre mi humor antes de mi primer café, te pondré a limpiar los baños con un hisopo. ¿Alguna objeción?

O'Shea cuadró los hombros, con el brillo de lealtad intacto.

-Ninguna, Jefe.

Subí a mi oficina y me quedé mirando por el ventanal hacia el hospital universitario. No tenía forma de saber que una chica llamada Heaven Samuels se estaba terminando de abrochar la bata blanca en ese momento. Ella, con su apariencia de cristal, era la única pieza que faltaba en este tablero. Yo me creía incombustible, pero el destino tiene una forma irónica de recordarnos que hasta el acero más resistente se funde si se le aplica la llama adecuada.

El día había comenzado, y en Londres, eso siempre significa que algo, en algún lugar, está a punto de arder. Lo que no sabía es que esta vez, el incendio no sería en un edificio, sino en mi propia vida.

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