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Sirenas en la Niebla
img img Sirenas en la Niebla img Capítulo 5 LA MARCA SAMUELS
5 Capítulo
Capítulo 6 DAÑO COLATERAL img
Capítulo 7 EL PESO DE LA BATA Y EL CASCO img
Capítulo 8 CENIZAS EN LA MADRUGADA img
Capítulo 9 EL PROTOCOLO DEL CAOS img
Capítulo 10 TERAPIA DE CHOQUE img
Capítulo 11 TERRITORIO INVADIDO img
Capítulo 12 EL UMBRAL DEL FUEGO img
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Capítulo 5 LA MARCA SAMUELS

POV HEAVEN

Mis piernas no eran mías. Eran dos bloques de plomo que apenas lograba arrastrar por la acera húmeda de Clapham. El uniforme de prácticas, que esta mañana lucía impecable y olía a suavizante de flores, ahora estaba pegajoso por el sudor, el hollín y el polvo rancio del hangar de Lambeth. Cada músculo de mi cuerpo gritaba en un idioma de dolor que no conocía, y mi espalda me recordaba, con cada latido, el peso de aquel tanque de oxígeno que el Jefe Fox me había obligado a cargar como si fuera un castigo divino.

En cuanto metí la llave en la cerradura y empujé la puerta, el caos familiar de los Samuels me golpeó como una ráfaga de aire fresco, recordándome por qué hacía todo esto.

-¡Dra. Miel! ¡Dra. Miel está aquí!

No tuve tiempo de reaccionar. Patch salió disparado desde el salón como un proyectil rojo y se lanzó contra mis rodillas. El impacto casi me hace perder el equilibrio, pero logré mantenerme en pie, soltando un gemido de dolor que intenté disfrazar con una risa forzada.

-¡Cuéntame todo! -exclamó Patch, mirándome con esos ojos llenos de asombro-. ¿Viste el camión escalera? ¿Es tan grande como en los dibujos? ¿Viste al Jefe? ¿Llevaba su casco de oro?

Me dejé caer en el sofá, sintiendo que mis huesos se derretían contra los cojines. Raven y Rosie aparecieron poco después, cada una con un peluche y sus tiaras de plástico, instalándose a mis pies como dos pequeños cachorros esperando una historia de caballeros y dragones.

-Oh, Patch... los camiones son increíbles -dije, tratando de recuperar el aliento-. Son tan brillantes que podrías usarlos de espejo. Y los tenientes Miller y Sloane... son leyendas vivientes. Los paramédicos nos enseñaron cómo se preparan para salir en menos de sesenta segundos.

-¿Y a Mason? ¿Él fue un héroe? -preguntó Patch con curiosidad genuina.

-Bueno... -sonreí de lado al recordar la cara de sufrimiento de mi amigo-. Digamos que al pobre Mason le patearon el trasero un poquito. El entrenamiento fue tan duro que parecía que estábamos en un campamento militar. ¡Hubieras visto cómo sudaba tratando de subir la torre!

Pasé los siguientes veinte minutos dándoles detalles "bonitos": el brillo del metal, el rugido de los motores y cómo el equipo de protección te hace sentir como un astronauta. Oculté deliberadamente la parte en la que un gigante de un metro noventa y cinco, con un ojo del color de una tormenta de invierno, intentó humillarme frente a todos mis compañeros. Para Patch, los bomberos eran santos, figuras místicas de sacrificio, y no iba a ser yo quien le rompiera esa ilusión... todavía.

Una vez que Harry se llevó a los niños al piso de arriba para el ritual del baño, el silencio se instaló en la cocina como una sábana pesada. Jade me sirvió una copa de vino tinto y se sentó frente a mí, apoyando la barbilla en su mano. Me conocía demasiado bien.

-Vale, Hea. Los niños ya no escuchan -dijo con tono serio-. Ahora suelta la verdad. Tienes los nudillos blancos de la rabia y caminas como si te hubieran apaleado en un callejón. ¿Qué pasó realmente en Lambeth?

Dejé caer la máscara. Apoyé la frente contra la mesa de madera y solté un gruñido largo y cargado de una frustración que me quemaba la garganta.

-Es un animal, Jade. Un animal egocéntrico, bruto, autoritario y... ¡absolutamente insufrible! -exclamé, levantando la cabeza con los ojos encendidos-. El Jefe de Batallón, Wyatt Fox. ¿Recuerdas al gigante de los ojos raros del callejón del Soho? Es él. Y es diez veces peor con el uniforme puesto. Se cree el dueño no solo de la estación, sino del aire que respiramos.

Jade abrió mucho los ojos, dejando la copa a medio camino de sus labios. -¿El mismo tipo? ¿El que te "salvó"?

-¡Él no salvó a nadie! Solo apartó a los tipos para poder tener el placer de gritarme a mí con más comodidad -bufé, gesticulando con las manos-. Nos trató como si fuéramos estorbos, Jade. Especialmente a Mason. Se pasó todo el tiempo recordándonos que somos "débiles universitarios". Me llamó "niña de porcelana" delante de todos sus subordinados. Me miró como si yo fuera una distracción insignificante que solo sirve para llenar papeleo y estorbar el paso de sus camiones. Se cree que por medir casi dos metros y tener esa mirada de... de... -me detuve, buscando el insulto adecuado-. ¡Esa mirada de acero y fuego, puede pisotear la dignidad de cualquiera! Es un ogro, Jade. Un ogro amargado que ha decidido que yo soy su saco de boxeo personal para drenar su odio al mundo.

Jade me miró con una mezcla de lástima y preocupación profunda. Estiró la mano y apretó la mía, que seguía temblando por el esfuerzo físico residual.

-Heaven, escúchame. Esa práctica de paramedicina es una optativa. No la necesitas obligatoriamente para tu especialidad pediátrica. Eres brillante, tus notas son perfectas. Puedes hablar con el decano Walters mañana mismo, decirle que el ambiente en esa estación es hostil y pedir un traslado a San Pancracio. O simplemente dejarlo. No tienes por qué aguantar a un misógino así solo por una materia. Tu salud mental vale más que el ego de ese bombero.

Me quedé mirando el vino, el reflejo rojo bailando en el cristal. Por un segundo, la idea de no volver a ver a Wyatt Fox, de no tener que soportar su escrutinio gélido ni el peso de su presencia abrumadora, pareció la solución más lógica y pacífica del mundo. Podría volver a mis libros limpios y a mis salas de hospital esterilizadas. Pero entonces, la imagen de él cerniéndose sobre mí en el hangar, con esa superioridad física que pretendía anularme, volvió a mi mente. Su voz diciendo que yo no duraría ni un turno. Que el cristal se rompería.

Sentí que algo se tensaba en mi pecho. Un calor antiguo, una terquedad que Harry siempre decía que era el "sello de sangre" de nuestro padre. El oficial Patrick Samuels nunca se retiró de un edificio, ni siquiera cuando las llamas le bloqueaban la salida.

-No -dije, y mi voz sonó mucho más cortante de lo que esperaba-. No voy a dejarlo.

-Hea, no tienes que demostrarle nada a un bruto como ese...

-¡Sí tengo! -la interrumpí, poniéndome de pie a pesar de que mis cuádriceps protestaron violentamente-. Si me voy ahora, él gana. Él se quedará convencido de que tenía razón, de que soy una niña frágil que se rompe en cuanto las cosas se ponen feas. Pues se equivoca. Se equivoca con todos nosotros, pero especialmente conmigo. Convertirme en la mejor paramédico de campo de esta ciudad se acaba de convertir en mi única meta. Voy a volver mañana, y pasado, y todos los días que dure este infierno. Voy a hacer que Wyatt Fox se trague cada una de sus palabras, una por una, hasta que se atragante con ellas.

Jade me miraba con la boca entreabierta, sorprendida por el fuego que emanaba de mí.

-Y cuando termine -continué, mi voz vibrando de una determinación gélida-, cuando sea tan eficiente que no pueda encontrar ni un solo error en mi trabajo, le voy a estampar mi título en la cara. Le voy a demostrar que esta "Dra. Miel" puede salvar niños en un quirófano y rescatar gente en un incendio con más precisión que cualquier "macho alfa" de su preciosa estación. No soy débil, Jade. Soy una Samuels. Y él va a ser el primero en enterarse de lo que eso significa.

Jade suspiró, pero una pequeña sonrisa de orgullo asomó en sus labios. -Esa es la terquedad marca de la casa. Solo ten cuidado, Hea. Ese hombre parece el tipo de incendio que no se apaga con agua, sino que necesita un contrafuego para ser contenido. No dejes que te queme en el proceso.

Subí a mi habitación sintiendo que la adrenalina reemplazaba por fin al cansancio. Me encerré y me metí en la ducha. Dejé que el agua casi hirviendo golpeara mis hombros, tratando de lavar no solo el sudor del hangar, sino también la sensación de impotencia que Wyatt me había provocado. Al salir, me puse mi pijama más cómodo y me senté en medio de la cama, rodeada de libros y carpetas. Pero no abrí los apuntes de pediatría. No esta noche.

Abrí el manual de "Protocolos de Soporte Vital en Entornos Hostiles" y el de "Táctica de Rescate en Incendios Estructurales". Me sumergí en las lecturas, subrayando con saña cada párrafo importante. Adelanté dos lecciones completas, memorizando dosis exactas de epinefrina, tiempos de respuesta de la Regla de Oro y maniobras de extricación que ni siquiera nos habían pedido todavía. Quería estar preparada para cualquier emboscada intelectual que él planeara. Quería que cuando él intentara acorralarme con una pregunta técnica para hacerme quedar mal frente al batallón, yo tuviera la respuesta lista antes de que él terminara de cerrar su arrogante boca.

Cerré los libros pasada la medianoche, con los ojos ardiéndome por el esfuerzo. Apagué la lámpara y me deslicé bajo las sábanas, pero el sueño se negaba a llegar. En la oscuridad de la habitación, la imagen de Wyatt Fox se materializó con una claridad que me asustó. Recordé la presión de su presencia cuando se inclinó sobre mí, el olor de su piel -una mezcla extrañamente atrayente de humo de leña, jabón neutro y algo puramente masculino-.

Pero sobre todo, recordé su mirada. Ese ojo gris que parecía juzgar mi alma y ese otro ojo, el de las chispas violetas, que por un instante -un traicionero y breve instante- me había hecho perder el hilo de mi propia respiración. De repente, sentí una calidez líquida recorriéndome el vientre, un vuelco errático del corazón que no tenía nada que ver con la indignación. Mi cuerpo recordaba la cercanía de aquel hombre de una manera que mi cerebro rechazaba con horror absoluto.

-No... -susurré contra la almohada, apretando los puños bajo las sábanas-. Ni se te ocurra, Heaven. No eres esa clase de mujer.

Me sentía furiosa conmigo misma. Me sentía traicionada por mi propio sistema nervioso. No se suponía que un bruto, un hombre tan tosco y arrogante que personificaba todo lo que yo evitaba, me afectara de esa manera. Él era el enemigo. Era el obstáculo a derribar en mi camino hacia la excelencia.

Me obligué a pensar en Patch, en su dibujo del camión rojo y en mi meta de proteger la vida. Pero justo antes de quedarme dormida, la última imagen que cruzó mis párados no fue un fonendoscopio, sino la silueta de un gigante rubio recortada contra el resplandor de la Estación de Lambeth, mirándome como si yo fuera el incendio más peligroso que jamás hubiera tenido que extinguir.

Mañana sería la guerra. Y yo no pensaba perder ni un solo milímetro de terreno.

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