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Sirenas en la Niebla
img img Sirenas en la Niebla img Capítulo 3 EL COLOR DEL CIELO
3 Capítulo
Capítulo 6 DAÑO COLATERAL img
Capítulo 7 EL PESO DE LA BATA Y EL CASCO img
Capítulo 8 CENIZAS EN LA MADRUGADA img
Capítulo 9 EL PROTOCOLO DEL CAOS img
Capítulo 10 TERAPIA DE CHOQUE img
Capítulo 11 TERRITORIO INVADIDO img
Capítulo 12 EL UMBRAL DEL FUEGO img
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Capítulo 3 EL COLOR DEL CIELO

POV HEAVEN

Mi nombre es Heaven, pero la mayoría de las mañanas, entre las seis y las siete, me siento más como un campo de batalla que como un pedazo de paraíso. Londres no despierta con suavidad en esta casa de ladrillo visto y juguetes esparcidos; despierta con el sonido de una sirena de plástico a todo volumen y el impacto de veinte kilos de pura energía aterrizando sin previo aviso sobre mi colchón.

-¡Dra. Miel! ¡Dra. Miel! ¡Emergencia de grado diez! ¡Mira, el camión 5-0-2 está listo para el rescate!

-Patch... por el amor de Dios... son las seis de la mañana -logré articular con la voz pastosa, mientras él hacía sonar esa sirena infernal justo al lado de mi oreja-. El camión 5-0-2 necesita que su tía duerma cinco minutos más o no habrá pediatra en este sector que sea capaz de curar ni un rasguño.

Abrí un ojo con un esfuerzo sobrehumano, luchando contra la luz grisácea que se filtraba por las cortinas, y me encontré con la cara de Patch a milímetros de la mía. A sus seis años, mi sobrino mayor es un torbellino de valentía con el cabello color miel -exactamente del mismo tono que el mío, el origen de mi apodo familiar- perpetuamente revuelto por el sueño. Patch se llama en realidad Patrick, un nombre que en esta casa se pronuncia con una mezcla de orgullo sagrado y una nostalgia que a veces todavía nos escuece en el pecho. Es en honor a su abuelo, mi padre, aquel oficial de policía que una noche de tormenta salió a patrullar y decidió que el deber era más importante que regresar a cenar. Nunca volvió.

Para Patch, ser un héroe no es un juego de niños; es una herencia genética, una misión divina. Él no quiere camiones de basura ni bloques de construcción normales; él quiere cascos con marcas de batalla, mangueras que funcionen y escudos de justicia. Cree firmemente, con esa lógica aplastante de la infancia, que si se convierte en el mejor bombero de la ciudad, podrá llenar el vacío que dejó su abuelo y proteger a su familia de cualquier ausencia futura.

-¡Los bomberos no esperan a que salga el sol, tía! ¡El Jefe dice que el tiempo es vida! -sentenció con una solemnidad que me hizo olvidar el cansancio-. Y tú tienes que practicar.

Me entregó un papel arrugado, con los bordes gastados de tanto haberlo llevado en su mochila. Era un dibujo hecho con ceras: un camión de bomberos gigante pintado con un rojo tan furioso que casi parecía sangrar. En lo alto de la escalera mecánica, había una figura con bata blanca y un fonendoscopio, pero con un casco de bombero sobre la cabeza.

-Eres tú -susurró, con esos ojos Samuels brillando de una forma que siempre me desarmaba-. Eres una doctora de bomberos. Para que cuando el camión llegue al fuego, tú cures a los niños antes de que tengan tiempo de sentir miedo.

Sentí un nudo en la garganta. Ese dibujo era la razón por la que pasaba noches enteras memorizando la tabla de dosificación de antibióticos pediátricos. Patch no solo veía a una tía; veía a su guardiana.

El Nido de los Samuels

Logré salir de la cama con movimientos torpes y caminé hacia la cocina, practicando una especie de danza de guerra para esquivar un par de muñecas descabezadas y una tiara de plástico que yacía en medio del pasillo como una trampa mortal. Vivir con mi hermano mayor, Harry, es lo que me mantiene cuerda y, a la vez, lo que me agota hasta la última fibra. Harry es profesor de Deportes en la universidad, un hombre de hombros anchos, piel pálida y ese cabello negro azabache que heredó directamente de nuestro padre. Sus ojos, a diferencia de los míos, son oscuros, profundos y siempre vigilantes, como si estuviera esperando un ataque que nunca llega.

-Café, Cielito. -Harry usó el apodo que solo mi familia tiene permitido pronunciar. En castellano, la lengua de nuestra abuela materna, solían llamarme Cielo, Ciela o, en su caso, Cielito-. Tómatelo rápido, antes de que las gemelas detecten que estás despierta y reclamen su tributo de trenzas y cuentos.

Me tendió una taza con un dibujo de un estetoscopio entrelazado con un sol brillante. Harry sabía que hoy era un día difícil en la facultad. Pero fue tarde; el sonido de pasos apresurados anunció la llegada del "dúo dinámico". Raven y Rosie aparecieron por la puerta con sus tiaras de plástico brillando bajo la luz fluorescente de la cocina. Eran dos pequeñas princesas de tres años, rubias y de modales aparentemente adorables que contrastaban violentamente con el caos que su hermano Patch generaba a su paso.

-¡Dra. Miel! ¡Mañana en la noche tenemos cita oficial de princesas! -exclamó Raven, tirando de mi pijama.

-¡Veremos la película de los castillos y comeremos nubes de azúcar! -añadió Rosie, haciendo una reverencia coordinada que habían estado practicando toda la semana.

-Mañana en la noche será perfecto, mis altezas -les prometí, dándoles un beso en la frente mientras acercaba mi nariz al aroma bendito del café, intentando que el optimismo de las niñas se me contagiara.

Jade estaba junto a la estufa, batiendo huevos con una gracia que yo, con toda mi formación en motricidad fina, envidiaba profundamente. Mi cuñada es una rubia impresionante, una de esas mujeres que parecen sacadas de una revista de moda incluso a las seis de la mañana, con ojos verdes que brillan con una paciencia infinita. Fue animadora y modelo en sus años mozos, pero ahora su pasarela son los pasillos de esta casa, y su público, tres niños que la adoran.

-¿Dormiste algo, Cielo? -preguntó Jade, depositando un beso cálido en mi mejilla antes de ponerme un plato de hotcakes frente a mí-. Te ves un poco pálida, aunque bueno, con esa piel tuya tan clara, siempre pareces una muñeca de porcelana que está a punto de romperse.

-Estudié hasta las tres. La anatomía pediátrica es un hueso duro de roer, Jade. Y el examen con el profesor Piper no perdona -respondí, sintiendo cómo mis mejillas se teñían de ese rosa suave que siempre me delata. Odiaba ser tan transparente; mi piel era un libro abierto para cualquiera que supiera leerla.

-¿Preparada para la visita a la estación de mañana? -Harry se sentó frente a mí, su mirada oscura llena de esa protección silenciosa que ha ejercido sobre mí desde que perdimos a papá. Él se convirtió en el hombre de la casa demasiado pronto, y a veces olvidaba que yo ya tenía veinticinco años.

-Un poco nerviosa. Dicen que la Estación de Lambeth es... intensa. Y que el Jefe de Batallón no tiene mucha simpatía por los estudiantes de medicina -confesé, removiendo el café con la mirada perdida-. Dicen que es un lugar donde el aire pesa.

-Tienes la voluntad de hierro de los Samuels, Ciela -dijo Jade, guiñándome un ojo mientras servía más jugo-. Sé que ese Jefe de Bomberos no tendrá ninguna oportunidad contra la Dra. Miel. Eres capaz de domar a Patch en medio de un berrinche; un bombero gruñón es pan comido.

Sonreí, pero en el fondo sentía una inquietud extraña. Mi madre no estaba allí para darme su opinión. Ella no pudo soportar el peso del uniforme vacío de mi padre, ni el silencio de una casa que solía estar llena de risas policiales. Se mudó a Miami hace tres años buscando el sol para curar una depresión que Londres solo alimentaba. Ahora es una voz a través de FaceTime, envuelta en abrigos caros y un rastro de nostalgia que nos visita cada Navidad. Por eso, este hogar con Harry y Jade lo era todo para mí. Mis sobrinos eran mi brújula. Cada vez que Patch se caía y corría hacia mí, o cuando las gemelas me abrazaban, recordaba por qué quería ser pediatra. Quería proteger esa inocencia, quería ser el escudo que mi padre no pudo ser para nosotros.

El Cambio de Planes y el Abismo del Soho

El día en la facultad fue una tortura de diapositivas sobre malformaciones congénitas y protocolos de triage. Al terminar la tarde, el profesor Piper nos dio la noticia oficial: mañana, el Grupo A visitaría Lambeth para una inmersión total en emergencias de campo. Mis amigos, Lindsay Downey y Mason Towers, no tardaron en aparecer con un plan que, en mi estado de agotamiento, sonaba como una locura necesaria.

Lindsay es mi mitad lógica, o al menos lo intenta: pequeña, de piel blanca como la cal, cabello negro azabache cortado en un bob impecable y unos lentes que siempre parecen a punto de resbalar por su nariz. Mason, por otro lado, es la fuerza equilibrante: un chico de facciones finas, cuerpo atlético y una sonrisa que derretía a media facultad, aunque su meta era ser psiquiatra para "entender por qué el mundo está tan loco".

-¡Es nuestra última noche de libertad antes de entrar en el antro de los bomberos! -protestó Lindsay, arrastrándome por el pasillo-. Dicen que el Jefe de Lambeth es un ogro gigante que desayuna clavos. Necesitamos una cerveza para armarnos de valor y olvidar que mañana Piper nos va a evaluar bajo presión.

La miré con dudas. No estaba segura de querer perder mis horas de sueño. Piper era un grano en el trasero, y si no estábamos al cien por ciento, nos destrozaría frente a los paramédicos profesionales. No hacía falta ser una genia para saber que la práctica en la estación sería su excusa perfecta para ridiculizarnos.

-Vamos, Heaven. Solo un par de horas en el Underground -insistió Mason, usando esa voz persuasiva suya-. Un poco de música, una charla y a la medianoche estaremos en casa, frescos como rosas. Te lo prometo por mi estetoscopio.

Terminé aceptando, incapaz de resistirme a la presión de grupo y a la necesidad de desconectar un momento de la presión de los Samuels.

-Vale, vale... pero a medianoche cada uno en su cama. Tengo que repasar el protocolo de quemaduras -sentencié. Sabía que era una promesa vacía, pero no podía imaginar que esa decisión nos llevaría directos a una escena que marcaría el inicio de mi perdición.

El Encuentro en el Callejón: Donde el acero encontró al cristal

El Underground en el Soho estaba a reventar. El aire era una mezcla de sudor, perfume caro y ginebra barata. La música retumbaba en mis costillas y Lindsay, en un arranque de euforia etílica poco común, decidió que los tequilas eran la única forma de "desinfectar el alma". Para las once de la noche, su coordinación motriz era inexistente y Mason estaba demasiado ocupado intentando ligar con una chica en la barra como para notar que Lindsay se estaba convirtiendo en un peligro para sí misma.

-¡Ese tipo... ese tipo se ha llevado mi bolso! -gritó de pronto Lindsay, señalando a un hombre corpulento que se escabullía hacia la salida de emergencia del local.

-Lindsay, no... -intenté detenerla, pero ella ya se había lanzado tras él con la valentía que solo el alcohol proporciona.

Mason estaba de espaldas y la música era demasiado alta. "A buena hora decides poner en práctica tus dotes de seducción, Mason", pensé con una irritación creciente. No tuve más remedio que seguirla. Harry me mataría si algo le pasaba a Lindsay bajo mi supervisión.

Salimos por la puerta de emergencia a un callejón lateral, uno de esos rincones olvidados de Londres que huelen a lluvia estancada, orina y metal oxidado. El frío de la noche me golpeó la cara, despejándome un poco la niebla del tequila. El ladrón no estaba solo; dos hombres más salieron de las sombras de unos contenedores de basura, bloqueando nuestra salida hacia la calle principal. Lindsay estaba gritando, forcejeando por su bolso sin medir el peligro real de los cuchillos que brillaban tenuemente bajo la luz de una farola rota.

-¡Déjenla en paz! ¡Solo llévense el maldito bolso y lárguense! -mi voz tembló, pero intenté proyectar una seguridad que no sentía. Mi corazón martilleaba contra mis oídos.

Uno de los tipos, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la ceja y un aliento que apestaba a alcohol fermentado, me agarró del brazo con una fuerza que me hizo soltar un gemido de dolor. Me sentí pequeña, absurdamente frágil, atrapada entre su suciedad y la pared de ladrillo frío. El pánico empezó a nublarme la vista, esa sensación de impotencia que odiaba por encima de todas las cosas.

Justo cuando el tipo tiró de mí para acercarme a él, una sombra gigantesca se proyectó sobre la pared de enfrente. No fue un grito lo que detuvo a los agresores, sino una presencia física tan abrumadora que el aire pareció comprimirse.

Un hombre salió de la penumbra del fondo del callejón. Era enorme, un gigante de casi dos metros envuelto en una chaqueta de cuero negro que parecía hecha de la misma noche. Caminaba con una calma que daba mucho más miedo que cualquier amenaza a gritos.

-Suéltala. Ahora -dijo. Su voz no fue un grito; fue un rugido bajo, una lija que cortó el aire y me hizo vibrar los pulmones hasta la médula.

-No te metas, grandullón. Esto no es contigo -gruñó el que me sujetaba, aunque noté cómo sus dedos aflojaban la presión sobre mi brazo.

Tras el gigante, aparecieron otros dos hombres. Uno de ellos era rubio ceniza, de facciones elegantes y una mirada inteligente que parecía estar analizando la integridad estructural del callejón. El otro era un hombre ancho, de hombros cuadrados, que nos miraba con una mezcla de aburrimiento y peligro. Al ver la superioridad física de los recién llegados, los delincuentes soltaron el bolso y a nosotras, retrocediendo hacia la oscuridad como ratas asustadas.

-Llevaos a vuestro amigo antes de que decida que mis manos necesitan algo que romper -sentenció el gigante de los ojos extraños. Su tono era de un desprecio absoluto, como si los ladrones fueran basura estorbando en su camino.

Los delincuentes desaparecieron en segundos. Me quedé allí, temblando violentamente, sosteniendo a una Lindsay que apenas podía mantenerse en pie. El gigante se acercó dos pasos y se detuvo frente a mí. Su sombra me cubrió por completo, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

Fue entonces cuando vi sus ojos bajo la luz mortecina de la farola: uno gris como el acero de un bisturí y el otro... el otro era un estallido de azul, verde y motas violetas que parecían chispas atrapadas en un incendio. Me escaneó de arriba abajo con un desdén tan evidente que me dolió. Se fijó en mi ropa de fiesta, en mi maquillaje un poco corrido por el susto y en el rastro de alcohol que seguramente emanaba de Lindsay.

-Este no es lugar para niñas de porcelana que no saben cuidar de sus amigas -dijo con una rudeza innecesaria, una voz cargada de juicio que me hizo sentir pequeña y estúpida-. Vuelve a tu castillo antes de que la ciudad te rompa en pedazos.

Me quedé sin habla, con la boca abierta por la indignación. ¿Acababa de salvarme para luego insultarme? Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se alejó hacia un Jeep negro estacionado cerca, caminando con la arrogancia de quien sabe que es el dueño de la calle.

Sin embargo, el segundo hombre, el rubio de mirada amable, no se marchó con esa frialdad. Se acercó a nosotras con una sonrisa tranquila que me devolvió un poco de aliento.

-Ignorenlo, es un bruto sin remedio -dijo con una voz suave y melodiosa que contrastaba con el rugido del otro-. A veces olvida que no todo el mundo tiene una manguera y un hacha para defenderse en la oscuridad. Soy Lionel Fox.

-Yo... yo soy Lindsay y ella es mi mejor amiga, la Dra. Miel -balbuceó Lindsay, con la cabeza apoyada en mi hombro. Quise patearla en ese mismo instante, pero estaba demasiado ocupada intentando que mis piernas no cedieran.

-Un placer, Dra. Miel -Lion nos ayudó a recoger el bolso y, con una caballerosidad impecable, nos escoltó hasta la avenida principal-. No deberíais estar por aquí a estas horas. Dejadme que os pida un taxi, yo me encargo de que lleguen a casa seguras. Es lo mínimo que puedo hacer por el mal trago.

-No es necesario, de verdad... -empecé a decir, tratando de recuperar mi dignidad.

-Consideradlo una disculpa oficial por los modales del Jefe -insistió el otro tipo corpulento que los acompañaba, guiñándonos un ojo-. A veces es un ogro, pero es un buen tipo cuando no está intentando intimidar a todo el planeta. Se llama Wyatt, por cierto. Pero para ustedes, hoy es solo el hombre que necesita un café y una lección de modales.

Mientras Lion hablaba con nosotras con una calidez que me hizo sentir un poco mejor, el tercer hombre daba indicaciones al conductor del taxi. Yo no podía dejar de mirar hacia el Jeep negro estacionado en la penumbra. Allí, tras el cristal tintado, pude ver el brillo de ese ojo extraño -el de las chispas violetas- observándonos con una fijeza inquietante antes de que el vehículo arrancara y se perdiera en la niebla de Londres.

Esa noche, mientras ayudaba a Lindsay a entrar en su departamento y luego me desplomaba en mi propia cama, el dibujo de Patch sobre mi mesita de noche parecía mirarme con reproche. Mañana iría a Lambeth. Mañana vería camiones rojos y sirenas reales. Pero mi mente estaba atrapada en ese callejón húmedo, repitiendo una y otra vez la imagen del gigante rubio de ojos bicolores y la voz de Lion disculpándose por un hombre que me había llamado "niña de porcelana".

No sabía que el "Ogro" y el "Jefe" eran la misma persona. Y mucho menos sabía que mañana, esa niña de porcelana tendría que demostrarle que el cristal, bajo la presión adecuada, puede ser tan afilado como el acero.

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