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Sirenas en la Niebla
img img Sirenas en la Niebla img Capítulo 4 EL PUNTO DE IGNICIÓN
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Capítulo 6 DAÑO COLATERAL img
Capítulo 7 EL PESO DE LA BATA Y EL CASCO img
Capítulo 8 CENIZAS EN LA MADRUGADA img
Capítulo 9 EL PROTOCOLO DEL CAOS img
Capítulo 10 TERAPIA DE CHOQUE img
Capítulo 11 TERRITORIO INVADIDO img
Capítulo 12 EL UMBRAL DEL FUEGO img
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Capítulo 4 EL PUNTO DE IGNICIÓN

POV WYATT

El café de la estación a las ocho de la mañana siempre sabía a una mezcla de cenizas, metal oxidado y mala actitud. Estaba en mi oficina, un espacio que olía a papel viejo, cera para botas y ese rastro metálico de los incendios que nunca terminas de sacudirte del uniforme, por mucho que frotes la piel. A través del gran ventanal de cristal reforzado, observaba el hangar de Lambeth. Mis hombres se movían como piezas de un reloj bien engrasado; el sonido de las botas contra el cemento y el chirrido de las herramientas eran la única música que toleraba. Sin embargo, mi mente no estaba en los informes de mantenimiento, sino en el desorden de la noche anterior.

-Te lo digo, Wyatt, esa chica era distinta. No era solo el miedo, era la forma en que te miró cuando todo terminó -la voz de Miller me sacó de mis pensamientos.

Mi primer teniente, el tipo que me ha cubierto las espaldas en más edificios en llamas de los que puedo contar, estaba sentado frente a mi escritorio. Miller es un tipo ancho, de mandíbula cuadrada y manos callosas; no sabe lo que es el miedo, pero tiene un ojo clínico para las personas, un radar que yo he intentado apagar con cinismo. Él fue quien, junto a Lion y a mí, nos vio salir del club y seguir a las dos chicas al callejón.

-No era distinta, Miller. Era una imprudente -gruñí, frotándome la nuca donde la tensión empezaba a formar un nudo-. Una niña de porcelana jugando a ser adulta en el peor rincón del Soho. Londres no perdona a los turistas de la noche, y ella parecía una turista de su propia vida.

-No se acobardó -insistió Miller, ignorando mi mal humor mientras revisaba el filo de un hacha de mano con parsimonia-. Tenía el brazo marcado por el agarre de ese imbécil y, aun así, se puso delante de su amiga. Lion no paraba de hablar de ella en el camino de vuelta. "La Dra. Miel", la llamó. Dice que tiene algo en los ojos que te hace querer construirle un muro alrededor.

-Lion es un sentimental y un arquitecto; él ve belleza donde yo solo veo riesgos estructurales -mascullé. Me levanté y caminé hacia la ventana. La imagen de esos ojos azules, de una pureza insultante en medio de la mugre del callejón, se me había quedado grabada como una quemadura de primer grado-. Lo que me sacó de quicio fue el imbécil que las acompañaba. Ese tal Mason. ¿Qué clase de hombre deja solas a dos mujeres en un club de esa calaña para irse a un baño? Si ese tipo hubiera tenido un gramo de integridad, nada de eso habría pasado. En mi estación, dejar a un compañero atrás es causa de expulsión inmediata. En la vida real, es de cobardes.

-Bueno, por lo menos Lion se encargó de ponerlas en un taxi y asegurarse de que el conductor no fuera un psicópata -intervino una voz femenina desde la puerta.

Era la teniente Sloane. Entró con la suficiencia de quien sabe que es la mejor conductora de toda la Brigada de Londres y que, si quisiera, podría pasarme por encima con el camión 3 sin despeinarse. Se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa ladeada que prometía problemas.

-¿Sigue el Jefe quejándose del caballero de brillante armadura que resultó ser un fraude? -preguntó Sloane, mirando a Miller con complicidad-. Wyatt, admítelo. Lo que te jode no es que el chico fuera un irresponsable. Lo que te quita el sueño es que esa pequeña rubia tuvo que ser salvada por ti. Te rompió la rutina de ermitaño amargado y ahora no sabes dónde meter esa protección instintiva que intentas ocultar bajo el uniforme.

-No me rompió nada, Sloane. Y mi instinto de protección es para los ciudadanos de Lambeth que pagan sus impuestos, no para universitarias que se pasan con el tequila -dije, dándome la vuelta para enfrentarlas-. Y si tanto os interesa la vida nocturna del Soho, os sugiero que os alistéis en la policía. Aquí apagamos fuegos, no juzgamos dramas de discoteca.

-Apagas fuegos, pero esa chica encendió algo en tu curiosidad, Jefe -añadió Sloane, pinchando justo en la grieta de mi armadura-. Lion dice que parecía una muñequita, pero que te sostuvo la mirada como si no le importara que midas casi dos metros y tengas cara de querer morder a alguien. Eso requiere agallas. O una estupidez del tamaño del Big Ben. Y yo, que te conozco, apuesto por las agallas. Nadie le sostiene la mirada a Wyatt Fox y sale ileso.

Iba a responderles que mi vida era un bloque de hormigón donde no cabían las distracciones -y mucho menos una chica que olía a flores y miedo-, pero la puerta se abrió de golpe. Parker, el novato con cara de no haber roto un plato en su vida y el uniforme que todavía le quedaba grande de hombros, entró casi tropezando con sus propias botas.

-¡Jefe! -exclamó, cuadrándose de una forma tan rígida que siempre me daban ganas de darle un sopapo para que se relajara-. El grupo de la Facultad de Medicina ha llegado. Están en el hangar principal esperando el recorrido y la charla de bienvenida. El profesor Walters dice que llegan puntuales.

-¿Hoy? -miré el calendario de mi escritorio con un odio renovado-. Maldita sea. Había olvidado que Walters enviaba a sus cachorros hoy. Pensé que sería la semana que viene.

-Trate de no asustarlos demasiado, Jefe -dijo Miller, levantándose y ajustándose el casco-. Recuerde que son médicos, no reclutas de la academia. Sus manos sirven para suturar y salvar vidas en una mesa limpia, no para levantar vigas ardiendo o arrastrar mangueras de setenta milímetros.

-Sus manos no sirven para nada si no tienen la cabeza en su sitio y el corazón templado -sentencié, agarrando mi gorra de mando-. En una emergencia de campo, el título de médico no vale una mierda si entras en pánico.

Bajé las escaleras metálicas con una zancada pesada, haciendo que cada peldaño resonara con un eco de advertencia que pretendía silenciar el hangar. El sol de la mañana se filtraba por las claraboyas, iluminando el rojo impecable de los camiones, mis gigantes de hierro. Al llegar abajo, vi al grupo de ocho estudiantes. Eran jóvenes, limpios, con batas blancas que pronto dejarían de serlo si dependía de mí. Pero solo tres de ellos llamaron mi atención, y sentí un pinchazo de incredulidad ácida en el estómago.

Mi ojo gris se entrecerró y el aire se volvió denso, como si alguien hubiera abierto una espita de gas.

Allí estaban. La morena de los lentes que anoche apenas podía articular palabra, y el tipo afroamericano, el "caballero" que las había abandonado, que ahora lucía una bata impecable y una expresión de suficiencia que me revolvió las entrañas. Y entonces, justo detrás de ellos, la vi a ella.

Llevaba el uniforme azul de prácticas de la universidad, ajustado a una figura que anoche el alcohol y la penumbra me habían impedido apreciar del todo. Tenía el cabello color miel recogido en una coleta alta, tirante, dejando al descubierto un rostro pálido y unas facciones tan delicadas que gritaban "muñeca de porcelana" en medio del acero y el caucho de mi estación. Aferraba un cuaderno contra su pecho como si fuera un escudo de kevlar.

Me detuve a dos metros de ellos, cruzando los brazos sobre mi pecho masivo. Mis 1.95 metros proyectaban una sombra que cubrió a los tres estudiantes de un golpe, borrando sus sonrisas.

-Así que esta es la élite médica que Londres nos envía para salvar el día -dije, y mi voz fue un trueno bajo que hizo que el novato Parker diera un paso atrás por puro instinto-. Bienvenidos a Lambeth. Aquí no salvamos vidas con teorías de libros de texto ni diagnósticos de cafetería; aquí las arrancamos de los dientes del infierno mientras el techo se nos cae encima.

Me paseé frente a ellos como un lobo patrullando el perímetro de su manada, dejando que el sonido de mis botas marcara el ritmo de su nerviosismo.

-Soy el Jefe de Batallón Wyatt Fox. Este es mi primer teniente, Miller, y la teniente Sloane. Los que están junto a la unidad de rescate son O'Shea y Higgins, los paramédicos de combate que intentarán enseñarles cómo no estorbar -hice énfasis en la palabra- cuando las cosas se pongan feas. Si creen que esto es una extensión de su campus universitario, pueden dar media vuelta ahora mismo.

En ese momento, el chico afroamericano -el que anoche se había perdido en los placeres del club mientras sus amigas corrían peligro- se inclinó hacia la chica de los lentes y murmuró algo, creyéndose protegido por la distancia. Pero en un hangar, el sonido viaja, y yo tengo el oído entrenado para detectar el crujido de una viga a cien metros.

-¿Cómo crees que diseñan un traje para alguien tan grande? ¿Viene con el camión de serie o lo fabrican en una fundición de acero para tanques? -soltó una risita baja, buscando la aprobación de sus compañeros.

Me detuve en seco. La temperatura del hangar pareció caer bajo cero. Me giré lentamente hacia él, dejando que mi ojo bicolor se clavara en los suyos.

-¿Te parece divertido, aspirante? -pregunté, dando un paso que invadió su espacio personal hasta que pudo oler el café y el humo en mi aliento. Él dejó de reír al instante y tragó saliva con un sonido audible-. ¿Cuál es tu nombre, antes de que lo olvide permanentemente?

-Mason Towers, señor -respondió, tratando de enderezar la espalda, aunque sus rodillas temblaban ligeramente.

-Escúchame bien, Towers. En Lambeth, la altura es lo de menos. Lo que importa es la lealtad y la capacidad de no dejar a tus compañeros atrás cuando las cosas se complican -lo miré fijamente, dejando que el silencio pesara como el plomo. Él no sabía que yo lo había visto anoche, pero mis palabras llevaban un veneno que lo hizo parpadear con confusión-. Dudo mucho de tus capacidades. No porque no sepas medicina, sino porque pareces el tipo de hombre que se distrae con la primera luz brillante que ve, olvidando que tiene una responsabilidad con los que están a su lado. La lealtad es nuestra única moneda de cambio. Si no puedes cuidar de los tuyos en un entorno controlado, en un incendio real me servirías tanto como un cubo de gasolina. Eres un riesgo, Towers.

Mason se quedó mudo, sus mejillas oscureciéndose por la vergüenza bajo la mirada de sus compañeros. La tensión era tan alta que Sloane dejó de sonreír y Miller se puso alerta.

-Creo que está siendo profundamente injusto, Jefe Fox.

La voz fue suave, aterciopelada, pero cortó el aire como un bisturí de diamante. Me giré hacia la dueña del tono. La "Dra. Miel" había dado un paso adelante, saliendo de la sombra protectora de sus amigos. Su rostro pálido estaba encendido por una mancha rosa en las mejillas, producto de la indignación.

-Mason es uno de los estudiantes más brillantes de nuestra promoción. Su capacidad de reacción bajo presión ha sido elogiada por cirujanos de renombre -dijo ella, clavando sus ojos azul cielo en los míos. El contraste entre mi gris y su azul era casi magnético, una lucha de elementos-. Usted no lo conoce. No tiene derecho a dudar de su integridad basándose en prejuicios de cinco minutos o en lo que sea que crea haber visto. Un líder debería saber que el respeto se gana, no se impone con el tamaño.

-¿Brillante? -solté una carcajada seca que no tenía nada de gracia-. La brillantez no te saca de un edificio colapsado cuando el oxígeno se agota, Pequeña. Lo hace la disciplina y el saber con quién puedes contar. Y tú... -me acerqué a ella, bajando la voz hasta que solo ella pudo sentir el frío de mis palabras-... tienes mucha boca para alguien que anoche no sabía ni en qué calle estaba, ni cómo defenderse de tres ratas de alcantarilla.

Vi cómo sus pupilas se dilataban. El reconocimiento la golpeó como una bofetada física. Ella sabía quién era yo ahora. Pero en lugar de amedrentarse o pedir disculpas, apretó más su cuaderno contra su pecho, irguiéndose.

-Si vamos a hablar de disciplina, Jefe Fox, ¿qué le parece si empezamos por el entrenamiento en lugar de los insultos personales? -me desafió con una voz que no tembló-. Estamos aquí para aprender protocolos de trauma, no para ser juzgados por un hombre que parece preferir el prejuicio al magisterio. Y por cierto... -dio un paso más, invadiendo mi propio espacio, algo que nadie hacía-... no me llamo "pequeña". Mi nombre es Heaven Samuels. Grábelo en su memoria, porque no pienso permitir que lo olvide.

A mis espaldas, escuché a Sloane murmurar: "Oh, me encanta esta chica. Estamos en problemas, Wyatt".

-¿Quieres entrenamiento, Samuels? ¿Quieres ver cómo es el mundo real más allá de tus libros de anatomía? -pregunté, con una sonrisa que era puramente depredadora-. Bien. Vamos a ver de qué madera están hechos vuestros huesos universitarios. Vamos a ver si esa voluntad es de hierro o solo de cristal barato.

Hice una señal a Miller, quien ya sabía lo que venía.

-Parker, trae seis tanques de oxígeno con el arnés completo. Sloane, prepara el circuito de obstáculos del nivel 1. Quiero humo artificial y calor en la zona de carga.

-Jefe, son médicos, no han pasado ni por las pruebas físicas de la academia... -empezó Miller, intentando mediar, pero lo corté con una mirada de acero.

-Si van a subir a mi camión y estorbar a mis hombres, tienen que saber qué siente un bombero antes de colapsar. Tienen que conocer el peso de la responsabilidad -sentencié-. Towers, Samuels y la de los lentes... os quiero con el equipo puesto en sesenta segundos. Si no podéis con el peso en suelo seco, no quiero veros a menos de cien metros de una emergencia real. ¡Movéos!

Los siguientes cuarenta minutos fueron un despliegue de agonía y voluntad. El equipo de respiración autónoma pesa unos quince kilos, pero cuando no estás entrenado, se siente como si llevaras un piano de cola a cuestas. Los puse a subir y bajar la torre de entrenamiento, cargando mangueras de alta presión enrolladas que golpeaban sus muslos.

Mason Towers estaba sudando a los cinco minutos, su expresión de suficiencia reemplazada por una mueca de esfuerzo puro y frustración. Pero era Heaven quien me mantenía los ojos fijos. Sus piernas temblaban bajo el peso del tanque, y su piel de porcelana se había vuelto de un rosa intenso, casi rojo, por el esfuerzo físico. Pero no soltó ni una queja. Ni una. Cada vez que pasaba junto a mí, cargando el maniquí de setenta kilos, me lanzaba una mirada de fuego azul que gritaba que preferiría morir antes que darme la satisfacción de verla rendirse.

Sloane se acercó a mí mientras observábamos a Heaven arrastrar el maniquí por el cemento rugoso, sus manos pequeñas aferradas a las correas con una fuerza que no debería tener.

-Wyatt, vas a matarlos y el decano Walters te va a demandar hasta que tengas que vender tu Jeep -dijo Sloane con tono divertido, aunque sus ojos brillaban con una aprobación profesional-. Pero mira a la "niña de porcelana". Ha completado el circuito tres veces. Tiene más impétu y más orgullo que la mitad de los novatos que nos envían de la academia. Me gusta su fuego, Wyatt. Es del tipo que no se apaga con agua.

-Es terca como una mula, eso es todo -respondí, aunque por dentro sentía una punzada de algo que me negaba a admitir: respeto. Me recordaba a la forma en que yo mismo solía entrenar cuando el mundo me decía que no era suficiente.

Finalmente, cuando vi que Heaven estaba a punto de colapsar por puro agotamiento físico, di la orden de detenerse. Los estudiantes cayeron al suelo como sacos de patatas, jadeando, buscando aire como peces fuera del agua. Mason estaba apoyado contra una columna, con los ojos cerrados y el uniforme empapado en sudor.

Heaven estaba de rodillas, con el casco ligeramente torcido sobre sus ojos, intentando recuperar el aliento en bocanadas erráticas. Me acerqué a ella, mis botas deteniéndose a centímetros de sus manos. Le tendí una botella de agua fría.

Ella me miró desde abajo. El sudor le pegaba mechones de cabello color miel a la frente y al cuello, y sus ojos estaban nublados por el cansancio, pero la chispa seguía ahí. Por un segundo, el tiempo se detuvo en el hangar. El azul de su mirada era tan intenso que me dolió; me recordó a los días de verano en la granja de mi abuela, antes de que el humo de Londres cubriera mis pulmones para siempre.

-No necesito su caridad, Jefe Fox -dijo entre jadeos, rechazando la botella con un gesto débil pero firme de la mano.

-No es caridad, Samuels. Es protocolo de hidratación. No quiero que te desmayes en mi hangar y me llenes el suelo de papeleo médico -respondí, dejando la botella en el suelo junto a ella con un golpe seco-. Bebe. Es una orden, no una sugerencia.

Me erguí, recuperando mi máscara de piedra, y miré al grupo completo que me observaba con odio y cansancio.

-Mañana a las siete en punto. Si llegáis un minuto tarde, no pasáis de la puerta principal. Hoy habéis sobrevivido al peso del equipo. Mañana intentaremos ver si vuestro cerebro de médico funciona mientras vuestros pulmones arden en un simulador de humo. Descansad, si podéis.

Me di la vuelta y regresé a mi oficina sin mirar atrás. Podía sentir la mirada de Heaven clavada en mi espalda, una quemadura silenciosa que me seguía por las escaleras.

-¿Y bien? ¿Sigues pensando que es una muñequita? -preguntó Miller cuando entré en el despacho.

-Son débiles -dije, aunque mi voz no sonó tan firme como me habría gustado. Mi mano tembló ligeramente al cerrar el informe.

-Son médicos, Wyatt. No tienen que ser tanques como tú -respondió Sloane, sentándose en el borde de mi escritorio con una mirada de suficiencia-. Pero esa chica... Heaven. Ella no es débil. Tiene algo, Wyatt. Y tú lo sabes perfectamente. Te ha desafiado delante de todo el batallón y no solo no la has echado, sino que le has dado agua. Eso es un récord mundial de amabilidad para ti.

Me quedé mirando por el ventanal. Abajo, vi a Heaven Samuels levantarse del suelo con una dificultad evidente, rechazar la ayuda de Mason y ayudarlo a él a ponerse en pie. Caminó hacia la salida con la espalda recta, a pesar de que sus piernas fallaban. Antes de cruzar la puerta de la estación, se detuvo y miró hacia arriba, hacia mi oficina.

No sé si podía verme a través del cristal reforzado y el reflejo del sol, pero juraría que su mirada buscó la mía con una promesa de guerra. Mi armadura de hielo, esa que llevaba cinco años construyendo ladrillo a ladrillo tras la traición de Chelsea, mostró una grieta profunda y ruidosa. Ella no era una niña de porcelana. Era el tipo de incendio forestal que no se combate con agua; era el tipo de fuego que tienes que dejar que te consuma hasta que solo queden cenizas de quien solías ser.

-Esto va a ser un desastre -murmuré para mí mismo, sintiendo el peso de su mirada aún en mi piel.

-No -dijo Sloane desde la puerta, con una sonrisa que me dio escalofríos-. Va a ser el mejor espectáculo de todo Londres. Bienvenida al infierno, Dra. Miel.

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