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El Regreso del Olvido
img img El Regreso del Olvido img Capítulo 3 Frialdad Ejecutiva
3 Capítulo
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Capítulo 7 El Primer Quiebre img
Capítulo 8 El Regreso a Casa img
Capítulo 9 Espionaje Interno img
Capítulo 10 El Desafío img
Capítulo 11 La Llamada del Colegio img
Capítulo 12 La Curiosidad de Marco img
Capítulo 13 El Espejo en el Parque img
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Capítulo 3 Frialdad Ejecutiva

El lunes por la mañana, el edificio de Ares Capital se erguía como un monolito de cristal que parecía cortar las nubes de Manhattan. Clara llegó a las 7:45 AM, esperando que su puntualidad fuera un escudo contra la hostilidad de Marco. Llevaba un vestido camisero de seda gris humo, sobrio y profesional, diseñado para no revelar ni una pizca de vulnerabilidad. Sin embargo, al cruzar el umbral del piso 45, descubrió que las reglas habían cambiado de la noche a la mañana.

Su oficina en el Soho era un caos creativo de telas, bocetos y luz natural. El espacio que Marco le había asignado aquí era una pecera de cristal transparente situada justo enfrente de su despacho principal. Era un mensaje silencioso: Te estoy vigilando.

-Buenos días, señora Silva -dijo la secretaria de Marco, una mujer llamada Helena cuya eficiencia rozaba lo robótico-. El señor Rossi la espera en la sala de conferencias B. Ha convocado a los jefes de departamento para la revisión del inventario.

Clara entró en la sala y se encontró con una escena que le heló la sangre. Marco estaba sentado a la cabecera de una mesa de nogal negro, rodeado de analistas financieros y expertos en logística. No levantó la vista de su tablet cuando ella entró. No hubo un "hola", ni un reconocimiento del beso que casi ocurre días atrás, ni rastro del hombre que la había mirado con una mezcla de odio y deseo en la sala de juntas.

-Llega tarde -dijo Marco, su voz plana y metálica, sin apartar la vista de los gráficos.

-Faltan diez minutos para las ocho, Marco -replicó ella, tratando de mantener la compostura frente a los extraños.

-Para el resto del mundo son las ocho menos diez. Para esta empresa, si no estás sentado y preparado quince minutos antes, vas con retraso. Siéntese, Silva. Tenemos mucho que corregir en su desastrosa cadena de suministros.

Durante las siguientes tres horas, Clara experimentó lo que significaba estar bajo la bota de un magnate que no permitía errores. Marco la trató con una cortesía profesional tan gélida que resultaba humillante. La llamaba "señora Silva" o "directora creativa", diseccionando sus procesos de producción con una precisión quirúrgica frente a todos.

-Este proveedor de encaje de Calais -dijo Marco, proyectando una factura en la pantalla gigante- es un gasto absurdo. El margen de beneficio se reduce un 12% solo por la logística de transporte. A partir de hoy, buscaremos un proveedor local en Nueva Jersey o utilizaremos encaje sintético de alta densidad.

-¡Es encaje hecho en telar de 1800! -estalló Clara, olvidando por un momento quién tenía el poder-. La clientela de Silvanna compra una obra de arte, no un producto de Nueva Jersey. Si cambias eso, estás vendiendo una mentira.

Marco finalmente levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia.

-La clientela de Silvanna comprará lo que el marketing les diga que es exclusivo. Mi trabajo es que esta empresa deje de perder dinero por sus caprichos artísticos, Silva. Usted diseña los patrones; yo decido qué telas entran en la fábrica. Si no puede trabajar bajo estas directrices, quizá no sea la directora creativa adecuada para esta nueva etapa.

Fue una amenaza directa. El silencio en la sala era sepulcral. Los analistas bajaron la cabeza, evitando mirar a la mujer que estaba siendo desmantelada pieza por pieza por su jefe. Clara sintió el calor subirle por el cuello, pero se obligó a no bajar la mirada. Marco estaba probando su resistencia, buscando el punto de quiebre donde ella se rindiera y volviera a huir o, peor aún, donde le suplicara clemencia.

-Entendido -dijo ella, con la mandíbula apretada-. Si no hay nada más, tengo un equipo que espera mis instrucciones en el taller.

-No he terminado -dijo Marco, volviendo a su tablet-. He revisado sus horarios de los últimos tres años. Es inaceptable que la cabeza de la marca desaparezca sistemáticamente a las seis de la tarde. En Ares, las ideas no tienen horario de oficina. He cancelado su libertad de salida. Se quedará hasta que yo considere que la jornada ha sido productiva.

El pánico se disparó en el pecho de Clara. Las seis de la tarde era el límite absoluto para recoger a Leo. Sus padres la ayudaban a veces, pero ella siempre se encargaba de la cena y del baño. Era su único momento de paz, su única conexión con la realidad que la mantenía cuerda.

-Tengo responsabilidades personales, Marco. Eso no estaba en el contrato original.

-El contrato dice que su tiempo pertenece a la empresa durante la fase de transición -respondió él, sin un ápice de emoción-. Sus "responsabilidades personales" tendrán que adaptarse. ¿Alguna objeción legal?

-Ninguna -dijo ella, con la voz temblando por la rabia contenida.

El resto del día fue una tortura de microgestión. Marco la llamó a su oficina cinco veces por asuntos triviales: el color de un hilo, el gramaje de una tarjeta de presentación, la disposición de los maniquíes en el vestíbulo. Cada vez que ella entraba, él apenas la miraba, dándole órdenes cortas mientras hablaba por teléfono con Londres o Tokio. Era como si ella fuera una extensión de la maquinaria de la oficina, un objeto que él había comprado y que ahora disfrutaba usando hasta el cansancio.

A las siete de la tarde, la planta estaba casi vacía, exceptuando las luces de seguridad y el despacho de Marco, que seguía brillando. Clara estaba en su "pecera", con la cabeza entre las manos, tratando de ignorar las llamadas perdidas de su madre en el móvil.

De pronto, la puerta de su oficina se abrió. Marco entró, pero ya no tenía la chaqueta puesta y se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa. Se detuvo frente a su escritorio, observando los bocetos que ella había estado garabateando para calmar los nervios.

-Tu técnica ha mejorado -dijo él, con una voz que, por primera vez en el día, no sonaba a metal-. Hay más dolor en tus trazos. Antes eran todo luz. Ahora... ahora hay sombras.

Clara cerró el bloc de golpe.

-Es lo que pasa cuando te rompen la vida, Marco. Aprendes a dibujar en la oscuridad. ¿Ya puedo irme?

Él se apoyó en el borde del escritorio, invadiendo su espacio personal. La frialdad ejecutiva parecía haberse disipado, dejando paso a algo más oscuro y peligroso.

-¿A dónde tienes tanta prisa por ir, Clara? ¿Hay alguien esperándote? ¿Un amante? ¿O simplemente tienes miedo de quedarte a solas conmigo después de que se apagan las luces del edificio?

-Tengo una vida que tú no conoces -dijo ella, levantándose y recogiendo su bolso-. Una vida que me costó mucho construir sin tu dinero y sin tu control. No intentes destruirla también.

-Ya es tarde -dijo él, mirando su reloj de oro-. Pero hoy seré benevolente. Mañana a las siete de la mañana, quiero los bocetos de la nueva colección de otoño sobre mi mesa. Y Clara... -la detuvo cuando ella ya estaba en la puerta-, no intentes mentirme de nuevo. Sé que escondes algo. Tus ojos siempre te delatan cuando tienes miedo.

Clara no respondió. Caminó hacia el ascensor con las piernas flaqueando. Una vez dentro, marcó el número de su madre.

-Mamá, perdón. Sí, ya voy. ¿Cómo está Leo? ¿Ha cenado? -escuchó la voz de su hijo de fondo, preguntando por ella, y el corazón se le partió-. Dile que mami ya va a casa. Dile que nada ha cambiado.

Pero mientras el ascensor bajaba, Clara sabía que todo había cambiado. Marco no la estaba tratando como a una empleada; la estaba asfixiando sistemáticamente para que ella misma terminara revelando sus secretos. Él no quería solo su empresa; quería su rendición absoluta. Y en esa guerra de nervios, ella tenía mucho más que perder que un puñado de acciones y vestidos de seda.

Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó. Miró hacia arriba, hacia la planta 45, donde una silueta permanecía junto al ventanal, observándola desde las alturas. Marco era un depredador paciente, y ella acababa de entrar voluntariamente en su jaula.

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