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El Regreso del Olvido
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Capítulo 4 El Pasado en Sombras

El trayecto en taxi hacia su apartamento fue un viaje a través de una neblina de agotamiento y recuerdos punzantes. El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto mojado de Manhattan se transformó, en la mente de Clara, en el sonido de la lluvia golpeando los cristales de un ático en el centro de la ciudad, cinco años atrás.

Ese día, el cielo había tenido el mismo color gris plomo que el vestido que llevaba hoy.

Clara cerró los ojos y, de repente, volvió a tener veinticinco años. En su mano derecha apretaba un pequeño objeto de plástico blanco que pesaba más que el mundo entero. Dos líneas rosadas. Un veredicto. Una bendición que, en aquel momento de caos profesional, se sentía como un terremoto silencioso. Estaba embarazada.

En aquel entonces, ella y Marco Rossi eran la pareja de oro de la ciudad. Él, el joven heredero que estaba transformando el imperio tecnológico de su familia en una potencia global; ella, la diseñadora emergente que le devolvía el alma con su creatividad. Se amaban con una intensidad que asustaba, una mezcla de pasión febril y una lealtad que ella creía inquebrantable.

Aquella tarde, Clara no llamó por teléfono. Quería ver su cara. Quería sentir sus brazos rodeándola y escucharle decir que, aunque no estuviera en los planes, ese hijo sería el nuevo norte de sus vidas. Con el corazón martilleando contra sus costillas, entró en el edificio corporativo de los Rossi. Los empleados la conocían y la dejaron pasar con sonrisas cómplices; ella era "la mujer del jefe".

Subió al piso privado. El silencio en el pasillo le pareció extraño, casi premonitorio. Al acercarse a la puerta del despacho de Marco, escuchó voces. No eran voces de negocios. Era una risa femenina, cristalina y cargada de una familiaridad que le revolvió el estómago.

Clara se detuvo, con la mano temblando sobre el pomo de madera de roble. No quería ser esa mujer que desconfía, pero algo en el tono de Marco -bajo, suave, casi un susurro- la obligó a empujar la puerta apenas unos centímetros.

La imagen se grabó en su retina con la precisión de un ácido quemando metal.

Marco estaba sentado en su gran sillón de cuero. Sobre él, casi sentada en su regazo, estaba Vanessa, la hija del mayor socio comercial de su padre, una mujer que siempre había orbitado alrededor de Marco con intenciones que nadie se molestaba en ocultar. Las manos de Vanessa estaban enredadas en el cabello de Marco, y él la sostenía por la cintura mientras ella se inclinaba para susurrarle algo al oído, con los labios rozando su mejilla.

Desde el ángulo de Clara, parecía un abrazo íntimo, un preludio a algo más. Pero lo que realmente la rompió fue la falta de resistencia de Marco. Él no la apartaba. Estaba allí, aceptando la cercanía de la mujer que siempre había sido la "opción lógica" para su familia, la pieza que encajaba en su rompecabezas de poder.

-Sabes que esto es lo que todos esperan, Marco -escuchó Clara decir a Vanessa-. Tu padre, el consejo... yo. Deja de jugar a los artistas con esa chica. Ella no pertenece a nuestro mundo.

Clara no esperó a oír la respuesta de Marco. El aire se volvió sólido en sus pulmones. El test de embarazo que guardaba en su bolso pareció quemarle el costado. En un segundo, la arquitectura de su futuro se derrumbó. Si Marco estaba dispuesto a dejar que otra mujer lo tocara de esa manera en su propio santuario de trabajo, ¿qué esperanza tenía ella, la "chica artista" que no aportaba acciones ni alianzas estratégicas?

Salió del edificio corriendo, con la lluvia empapándole el rostro y mezclándose con sus lágrimas. Aquella noche no volvió al apartamento que compartían. Se refugió en un hostal barato, apagó el teléfono y dejó que el dolor la consumiera hasta que solo quedó un instinto primario: protección.

Protección para ella y para la vida que crecía en su interior.

Esa misma semana, vació sus cuentas, recogió sus telas y se subió a un autobús con destino a una ciudad donde nadie supiera quién era Clara Silva. No dejó nota. No dejó rastro. Pensó que si Marco realmente la amaba, la buscaría hasta en el último rincón de la tierra, pero la única señal que recibió en los meses siguientes, a través de los tabloides que evitaba leer, fue que Marco Rossi se había convertido en un hombre más rico, más frío y más implacable. Nunca hubo una disculpa pública, ni un mensaje que llegara a sus oídos.

Cinco años después, el taxi frenó en seco, devolviéndola al presente.

-Llegamos, señora -dijo el conductor.

Clara parpadeó, despejando la niebla de sus ojos. Pagó y subió las escaleras de su edificio con las piernas pesadas. Al entrar, el calor del hogar la recibió. Su madre estaba en el sofá, leyendo un cuento a Leo, quien ya vestía su pijama de dinosaurios.

-¡Mami! -gritó el niño, saltando de los brazos de su abuela para correr hacia ella.

Clara lo levantó y lo apretó contra sí, aspirando el olor a champú de bebé y galletas. Leo era el vivo retrato de aquel hombre en el despacho, pero con una dulzura que su padre parecía haber perdido por completo. Tenía la misma forma de los ojos, esa mirada profunda que parecía verlo todo, y un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda que aparecía solo cuando se reía de verdad.

-¿Por qué has tardado tanto? -preguntó Leo, escondiendo su cara en el cuello de Clara.

-El trabajo, mi amor. Un jefe muy gruñón que no sabe cuándo es hora de irse a casa -respondió ella, tratando de que su voz sonara ligera.

Su madre, Elena, se acercó con una expresión de preocupación. Conocía a su hija demasiado bien.

-Clara, tienes una cara espantosa. ¿Qué ha pasado en esa reunión? ¿Quiénes son esos nuevos dueños?

Clara esperó a que Leo se distrajera con sus juguetes antes de mirar a su madre a los ojos. El secreto pesaba más que nunca.

-Es él, mamá -susurró-. El fondo de inversión... es Marco.

Elena se llevó una mano a la boca, ahogando un grito.

-¿Te ha encontrado? Después de todo este tiempo... ¿Cómo es posible?

-No creo que supiera que era yo al principio -mintió Clara, aunque en el fondo recordaba las palabras de Marco: Me costó una fortuna encontrarte.- Pero ahora me tiene en su oficina. Me ha comprado, mamá. Literalmente. Ha adquirido cada deuda, cada contrato. Estoy atrapada.

-¿Y sabe lo de...? -Elena señaló con la cabeza hacia Leo.

-No. Y no puede saberlo nunca. Hoy me ha tratado como si fuera una extraña, una empleada molesta a la que quiere castigar por haberse ido. Está lleno de odio, mamá. Si descubre que Leo existe, nos lo quitará. Usará sus abogados, su dinero y su influencia para decir que yo no soy apta, que le oculté a su heredero. No puedo perderlo.

Clara se sentó a la mesa de la cocina, ocultando el rostro entre las manos. El flashback del despacho de Marco seguía doliendo, una herida que nunca cerró del todo y que ahora sangraba de nuevo. Recordar a Vanessa sobre él era la gasolina que alimentaba su resistencia. No podía confiar en un hombre que, incluso antes de saber que iba a ser padre, ya estaba buscando consuelo en los brazos de otra.

-Mañana tengo que estar allí a las siete de la mañana -dijo Clara, con voz ronca-. Tengo que diseñar bajo su supervisión. Tengo que aguantar su frialdad sin derrumbarme.

-Ten cuidado, hija. Ese hombre tiene los ojos de alguien que no ha olvidado nada.

Clara asintió. Se levantó y fue hacia la habitación de Leo para arroparlo. Mientras observaba a su hijo dormir, juró que no permitiría que las sombras del pasado alcanzaran la luz de su presente. Marco Rossi podía tener su empresa, sus telas y su tiempo, pero nunca tendría la verdad sobre el niño que dormía plácidamente, ajeno a que el gigante que acababa de comprar la vida de su madre era, en realidad, su propio padre.

Esa noche, Clara soñó con hilos de seda rojos que se enredaban en sus manos, convirtiéndose en cadenas de acero que la arrastraban de vuelta al piso 45, hacia el hombre que la miraba con ojos de hielo y un corazón que ella misma había ayudado a congelar.

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