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El Regreso del Olvido
img img El Regreso del Olvido img Capítulo 5 La Cláusula de Retención
5 Capítulo
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Capítulo 7 El Primer Quiebre img
Capítulo 8 El Regreso a Casa img
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Capítulo 13 El Espejo en el Parque img
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Capítulo 5 La Cláusula de Retención

La mañana en el edificio de Ares Capital comenzó con el mismo rigor militar que el día anterior. Clara apenas había dormido cuatro horas; la imagen de Marco en el flashback y la presión de ocultar a Leo le habían provocado una migraña sorda que martilleaba tras sus sienes. Sin embargo, se presentó a las siete en punto, con una carpeta bajo el brazo y la determinación de recuperar el control de su vida.

Si Marco quería guerra, ella le daría una rendición negociada. Había pasado la noche revisando sus opciones y solo veía una salida: renunciar, ceder sus acciones restantes y empezar de cero en otra ciudad, tal como lo hizo hace cinco años. El dinero no le importaba tanto como su paz y la seguridad de su hijo.

Caminó directamente hacia el despacho de Marco. No llamó a la puerta. Entró con la fuerza de quien no tiene nada más que perder.

Marco estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta, observando cómo la niebla matutina se disolvía sobre el río Hudson. Ni siquiera se inmutó por la entrada abrupta de Clara.

-Los bocetos de otoño -dijo él, sin darse la vuelta-. Espero que valgan las horas de sueño que te hice perder.

-No hay bocetos, Marco -respondió ella, dejando un sobre blanco sobre su escritorio de cristal-. Aquí tienes mi renuncia formal. Me retiro de la dirección creativa y de cualquier cargo en Silvanna. Puedes quedarte con el cien por ciento de las acciones que me quedan a cambio de liberarme de la cláusula de exclusividad. Quédate con la marca. Quédate con los muebles. Solo déjame ir.

Marco permaneció en silencio unos segundos. Luego, soltó un suspiro corto que sonó casi como una burla. Se giró lentamente, apoyando la cadera contra el ventanal. No parecía sorprendido; parecía decepcionado, como un profesor viendo a un alumno cometer el mismo error de siempre.

-Huir -dijo él, cruzando los brazos sobre el pecho-. Es tu especialidad, ¿verdad, Clara? Cuando las cosas se ponen difíciles, simplemente desapareces. Pero ya no somos esos chicos de hace cinco años. Y yo no soy el hombre que se queda mirando cómo te vas.

Caminó hacia el escritorio y, en lugar de tomar el sobre de la renuncia, abrió un cajón y sacó un documento grueso, encuadernado en azul oscuro. Lo lanzó sobre la mesa, justo encima del sobre de Clara.

-Lee la página treinta y cuatro, sección de Propiedad Intelectual y Cláusulas de Retención por Adquisición Hostil -ordenó con una voz que no admitía réplica.

Clara frunció el ceño y abrió el documento. Sus ojos recorrieron los párrafos legales, llenos de terminología técnica que en la firma inicial parecía estándar, pero que bajo la luz de Ares Capital cobraba un significado siniestro.

-"En caso de renuncia voluntaria del Director Creativo antes de los veinticuatro meses de transición..." -empezó a leer Clara en voz alta, su voz perdiendo fuerza a medida que avanzaba- "...la propiedad intelectual de todos los diseños pasados, presentes y los conceptos registrados bajo la marca Silvanna pasarán a ser propiedad irrevocable del inversor, prohibiéndose al autor el uso de patrones, cortes, nombres de colecciones o incluso la estética técnica asociada por un periodo de diez años".

Clara levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre.

-¿Diez años? ¿Me estás diciendo que si me voy, no puedo volver a diseñar nada que se parezca a mi propio trabajo durante una década?

-No solo eso -añadió Marco, rodeando el escritorio para quedar frente a ella-. Si te vas ahora, el nombre "Clara Silva" también me pertenece en el ámbito comercial. No podrías abrir una tienda con tu propio nombre. No podrías diseñar ni un pañuelo de seda sin que mis abogados te demanden por plagio de tu propia obra. Te he comprado por completo, Clara. Tu pasado artístico, tu presente y tu futuro profesional están en este cajón.

-¡Esto es una emboscada legal! -gritó ella, golpeando la mesa-. ¡Nadie firma algo así!

-Tú lo hiciste -replicó él, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros quedaron a centímetros-. Lo hiciste cuando aceptaste el préstamo puente de Ares para pagar las facturas de tus proveedores. Estabas tan desesperada por salvar tu preciada boutique que no leíste la letra pequeña que mi equipo redactó específicamente para ti. Sabía que intentarías huir. Conocía tu patrón de comportamiento.

Clara se sintió pequeña, atrapada en una red que él había tejido con paciencia infinita durante años. La sofisticación de su venganza era abrumadora. No quería solo que trabajara para él; quería anular su identidad si ella no se sometía.

-¿Por qué tanto odio, Marco? -preguntó ella, con la voz quebrada-. Si tanto te dolió que me fuera, ¿por qué no me dejas seguir mi camino? Esto no es amor, ni siquiera es justicia. Es sadismo.

Marco alargó la mano y, con una brusquedad que la hizo estremecer, la tomó por la nuca, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos oscuros ya no estaban fríos; ardían con una intensidad que le recordó por qué se había enamorado de él.

-No me hables de amor -susurró él-. Me dejaste solo cuando más te necesitaba, cuando mi padre estaba presionándome para casarme con Vanessa y yo estaba luchando por nosotros. Me dejaste pensando que habías encontrado a alguien más, que yo no era suficiente. Ahora vas a quedarte aquí. Vas a trabajar para mí, vas a mirarme todos los días y vas a recordar lo que se siente perderlo todo.

-No puedes obligarme a amarte de nuevo a través de un contrato -dijo ella, tratando de zafarse de su agarre.

-No quiero tu amor, Clara. Quiero tu presencia. Quiero recuperar cada minuto de estos cinco años en los que no supe dónde estabas -la soltó con un gesto de desprecio y señaló los bocetos que no estaban-. Ahora, vuelve a tu oficina. Tienes dos horas para presentarme el concepto de la gala benéfica de la próxima semana. Si no está en mi mesa, ejecutaré la cláusula de incumplimiento y empezaré a embargar los activos personales que declaraste como garantía. Incluyendo tu apartamento.

Clara sintió un terror gélido. Su apartamento. El hogar de Leo. Marco no se detendría ante nada. Si perdía el apartamento, la estabilidad de su hijo desaparecería. Estaba contra las cuerdas, y Marco tenía el guante de hierro.

Recogió su renuncia, que ahora parecía un trozo de papel inútil, y salió del despacho. Al entrar en su oficina de cristal, Martina, que acababa de llegar, la miró con preocupación.

-Clara, ¿estás bien? Estás blanca.

-No puedo irme, Martina -dijo Clara, sentándose frente a su mesa y abriendo su cuaderno con manos temblorosas-. Él lo tiene todo planeado. Si me voy, pierdo mi nombre, mi carrera y nuestra casa.

-Tiene que haber una forma legal de anular ese contrato...

-No la hay. Marco no deja cabos sueltos. Ha pasado años estudiando mis debilidades. -Clara miró hacia el despacho de enfrente. A través del cristal, vio a Marco sentado, ya inmerso en una llamada telefónica, ignorándola por completo como si la conversación anterior no hubiera sido más que una simple revisión de inventario.

La asfixia de la "Frialdad Ejecutiva" volvió a descender sobre ella. Clara tomó un carboncillo y empezó a trazar líneas erráticas sobre el papel. La rabia empezó a alimentar su trazo. Si Marco la quería allí, la tendría, pero no sería la empleada sumisa que él esperaba. Si él iba a usar su poder para retenerla, ella usaría su talento para recordarle cada segundo lo que había perdido.

Empezó a diseñar un vestido para la gala. No era un vestido de novia, ni uno de gala convencional. Era un diseño en seda roja sangre, con cortes asimétricos que parecían cicatrices y una estructura rígida que recordaba a una armadura. Era el vestido de una mujer que iba a la guerra.

A media mañana, mientras trabajaba, recibió un mensaje de texto de su madre: "Leo pregunta si hoy también llegarás tarde. Ha hecho un dibujo de una casa con tres personas. Ten cuidado, hija".

Clara cerró los ojos y apretó el teléfono contra su pecho. La mención de las "tres personas" en el dibujo de Leo la hizo sentir una punzada de culpabilidad y miedo. Leo sentía la ausencia de un padre, aunque nunca lo hubiera conocido. Y el hombre que debería estar en ese dibujo estaba a solo diez metros de ella, dictando sentencias financieras y planeando cómo dominar el mercado de la moda.

-No nos tendrás, Marco -susurró para sí misma-. Tendrás mis diseños, tendrás mi tiempo, pero nunca tendrás a mi familia.

Se levantó, ajustó su chaqueta y caminó hacia la máquina de café. Al pasar frente al despacho de Marco, él levantó la vista. Por un breve instante, la máscara de frialdad se agrietó y la miró con una curiosidad casi dolorosa, como si estuviera buscando a la Clara que solía reír en sus brazos. Ella no le devolvió la mirada. Siguió caminando, con la cabeza alta, lista para enfrentar el primer día de su nueva vida como prisionera de lujo.

La guerra de desgaste acababa de comenzar, y Clara Silva estaba decidida a ser la última en pie, incluso si tenía que quemar todo su legado para lograrlo.

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