-Lo siento, lo siento- el extraño se disculpó al ver a la chica en el suelo con la punta de su nariz y frente rojas ante el impacto- ¿Estás bien?
Corrió para arrodillarse a su lado y ayudarla a enderezarla. Savana se sobó las zonas que ahora ardían un poco y asintió.
-Sí, estoy bien, fue mi culpa, estaba perdida en mis pensamientos- explicó nerviosa intentando recoger rápidamente sus papeles cuando uno que estaba cerca de ella fue casi quitado de sus dedos.
-¿Estás buscando trabajo?- le preguntó como si fuera algo casual.
Savana asintió y vio los ojos del hombre entrecerrarse.
-¿Sabes qué lugar es este?- tal parecía que la estaba interrogando.
-Yo, solo busco un trabajo de limpieza- una gota de sudor corrió por su sien- o de dependiente.
El hombre inclinó la cabeza a un lado y agitó el papel en su mano.
-¿Eres masajista? Porque este papel está entre tus cosas- la pregunta de él fue directa y alzó su par de ojos marrones fijos en ella.
-Bueno... pasé un curso e hice las prácticas- Savana asintió levemente. Al momento una sonrisa se dibujó en el rostro de este.
-Perfecto- se levantó de golpe - es justo lo que necesito, tengo a alguien que necesita relajarse y tú serás la solución a TODOS nuestros problemas.
Savana lo miró desconfiada, aunque con una pulsada de emoción en su pecho. Que le dijeran que la necesitaban para un trabajo era la mejor noticia que podían darle en ese momento.
-Solo necesito confirmar una cosa más el hombre entrecerró los ojos en dirección a ella, era algo serio al parecer- ¿Tú... eres humana?
Preguntar si eras humano o lobo en esos días no era nada fuera de lo común. Desde que las razas se habían mezclado muchos años antes, tu raza definía que tipos de trabajos podías hacer. Incluso para crear un buen ambiente ya que siempre había individuos que no se sentían muy cómodos trabajando en grupos mezclados.
Savana se preocupó. Quizás se había ilusionado demasiado. Trabajar con lobas era muy cotizado dado el nivel de belleza y sensualidad que estás tenían, y más si eran omegas. Eran un gancho seguro para atraer a los machos con su olor y que soltaran el billete en los establecimientos.
-Soy... humana- balbuceó agarrando uno de los papeles en sus brazos donde estaba su registro médico y se lo mostró. Lo estudió con la mirada esperando su reacción, de cabello y ojos marrones claros similar al de la miel, rostro joven pero duro y expresión seria, un cuerpo alto y atlético digno de alguien que entrenaba.
El hombre frente a ella agarró el papel y leyó. Momento después, sonrió abiertamente. Antes de que Savana pudiera incorporarse del suelo, fue agarrada con fuerza del brazo, como si no quisiese que ella saliera corriendo, y levantada como sino pesara nada.
-Ven- casi gritó de la emoción a la vez que comenzaba arrastrarla al interior del gimnasio de boxeo- Eres la persona indicaba para calmar a la bestia que tenemos allí adentro.
Savana se estremeció al escuchar aquello ¿Bestia? Donde se había metido. Segundo, al parecer ser humana era lo que ellos querían. Casi perdió el equilibro con lo rápido que caminaban hasta subir una pequeña escalera y abrir una puerta grande. El olor a sudor y cuerpo golpeó su rostro apenas cruzar. Había ecos de golpe contra sacos y gritos de entrenamiento que retumbaban en las paredes. Al menos había unas 25 personas dentro de aquel recinto, un gimnasio con dos ring de boxeo, sacos para golpes, equipos para entrenamiento y más allá había una habitación más con equipos para ejercicios de fuerza.
No había entrado a un spa, o a un centro de estética, aquello era un gimnasio de atletas. Savana se detuvo en seco y su espalda se tensó. ¿Cómo demonios había llegado allí?
Más no tuvo tiempo de pensar mucho cuando escuchó la voz del hombre que apenas la había soltado. Sus dedos se habían desplazado en dirección a su muñeca y la aferraban con fuerza por encima de la tela de su chamarra, pero estaba segura que dejaría marcas en su piel.
-Chicos encontré la cura para el mal genio de nuestro Alfa- gritó con una notable sonrisa.
Al momento los demás chicos giraron su cabeza hacia donde estaban ellos y fue como si sus ojos brillaran con un brillo dorado que hizo que Savana sudara frío. Ellos... no era simples humanos, giró su rostro y vio que los ojos del que la sostenían brillaban igual, ellos eran lobos. Ay Dios, dónde demonios se había metido.
Rápidamente fueron rodeados y la miraban con sonrisas ansiosas, en parte llenas de alivio y otras con expectación que Savana no comprendió en medio de su miedo. Ellos eran tan grandes que tenía que alzar su cabeza para verlos al rostro, y sus espaldas tan anchas y brazos muy fuertes que podrían quebrar el cuerpo pequeño y delgado de ella con solo tocarla.
Se tensó aún más y quiso huir, pero sus pies no se movían, cada sonrisa a su alrededor contenía un matiz extraño. Su instinto de supervivencia le decía que corriera, más no podía. Si lo hacía era capaz de verse como una presa para una manada hambrienta.
-Vamos, tranquila, no te van a comer- el hombre que la sostenía sintió el temblor de ella- Son grandes pero torpes.
Era más fácil decirlo para él, que calmarse ella. Se sentía como un cervatillo en medio de una enorme manada de lobos hambrientos, y ella era la cena, en cualquier sentido si se ponía modo trágica.