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La venganza es dulce, el amor es más dulce
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Capítulo 2

-¿Acaso todavía quieres ser la mujer de esta casa, Sofía? -La voz de Emilio era aguda, cortando mi aturdimiento.

Señaló hacia la cocina.

-Giselle es una invitada. ¿Vas a quedarte ahí parada y dejar que ella haga todo el trabajo?

Bajé la cabeza, no queriendo que viera las lágrimas que se acumulaban en mis ojos. Pasé a su lado sin decir una palabra.

Probablemente pensó que estaba avergonzada. Se equivocaba. Simplemente estaba cansada de que me viera derrumbarme.

En la cocina, Giselle Kuri se movía como si fuera la dueña del lugar. Estaba preparando una charola de frutas, sus movimientos eran gráciles y practicados. Isadora estaba a su lado, ayudando a picar verduras, parloteando como si fueran las mejores amigas.

Era irónico. Isadora solía seguirme a todas partes como un perrito faldero, siempre diciéndome cuánto me admiraba. Todo eso cambió después de la muerte de Valeria.

-Sofía -dijo Giselle, su voz goteando falsa cortesía-. ¿Podrías ayudarme a cortar estos mangos?

No esperó una respuesta, simplemente empujó el tazón de fruta y un cuchillo afilado en mis manos.

Retrocedí de un salto.

-No puedo.

Soy alérgica a los mangos. Mortalmente alérgica.

El tazón se me resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo. El cuchillo cayó a su lado, rebotando en el azulejo y cortando una línea delgada y profunda en la pantorrilla de Giselle.

La sangre brotó al instante, de un rojo brillante contra su piel pálida.

-¡Ay! -gritó, agarrándose la pierna. Se dejó caer al suelo, con lágrimas corriendo por su rostro-. Sofía, sé que no te agrado, pero ¿tenías que hacer eso?

Comenzó a mecerse de un lado a otro, su respiración se volvió irregular.

-El cuchillo... la sangre... es como ese día...

Era una actuación. Una imitación perfecta de alguien sufriendo un ataque de estrés postraumático.

-¡Fue un accidente! -dije, mi voz temblaba-. ¡El cuchillo se cayó!

Nadie estaba escuchando.

Emilio entró corriendo, su rostro era una máscara de furia. Vio a Giselle en el suelo, sangrando e histérica, y no dudó. Me empujó, con fuerza.

Tropecé hacia atrás, mi pie se enganchó en la pata de una silla. Caí, mi cadera golpeó el duro suelo con un dolor agudo y nauseabundo.

-¡Soy alérgica a los mangos! -grité, tratando de levantarme-. ¡Está en mi expediente médico! ¡Tengo el informe!

Isadora se burló.

-¿Alérgica? Nunca he oído eso. Solo estás inventando excusas.

-¡Me pasó después de tener a los gemelos! -insistí, el dolor en mi cadera me mareaba-. El informe está en mi habitación. Puedo probarlo.

Intenté ponerme de pie, ir a buscar el papel que me reivindicaría.

-Basta -la voz de Emilio era un gruñido bajo. Ni siquiera me miraba. Sus ojos estaban fijos en el rostro pálido y lleno de lágrimas de Giselle. Era el mismo rostro que el de Valeria.

Se arrodilló, levantando a Giselle en sus brazos como si estuviera hecha de cristal.

-Está bien -murmuró, su voz suave y tranquilizadora-. Estoy aquí.

La sacó de la cocina, pasando justo a mi lado como si yo no estuviera allí, como si no estuviera tirada en el suelo, adolorida.

Apreté los dientes, obligándome a no llorar. Con cada gramo de fuerza que tenía, me levanté, apoyándome en la encimera. Mi pierna palpitaba con un dolor ardiente.

Cojeé de regreso a mi habitación, el silencio de la casa me oprimía.

Justo cuando alcanzaba el pomo de la puerta, una mano salió disparada y me detuvo.

Isadora.

Me abofeteó, el sonido resonó en el pasillo.

-Eso fue por Giselle -siseó.

-Y esto -dijo, sus ojos ardiendo con un odio de tres años-, es por Valeria. Tú la mataste, maldita perra. Le dije a todo el mundo que lo hiciste, y seguiré diciéndolo.

Una rabia al rojo vivo que no había sentido en años surgió dentro de mí. Levanté la mano y la abofeteé, con fuerza.

-¡Yo no la maté!

Isadora solo se rio, un sonido cruel y triunfante.

-No importa. Nadie te creerá jamás. Ni Emilio. Ni mis abuelos. Ni siquiera tu propia madre. A ella le gusta más Giselle que tú, ¿sabes?

La lucha se desvaneció de mí. Tenía razón.

Entré a trompicones en mi habitación y encontré el informe de la alergia. Mis manos temblaban mientras miraba la firma del médico, las palabras clínicas que probaban mi inocencia.

¿De qué servía?

Rompí el papel en pedazos diminutos, dejándolos caer al suelo como hojas muertas. La evidencia no significaba nada en un mundo donde nadie estaba dispuesto a escuchar.

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