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Su amor invisible, su arrepentimiento ciego
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Capítulo 2

Jimena levantó la vista de su risotto cuando Adrián volvió a entrar, su rostro inusualmente sereno.

-¿Quién era? -preguntó, su tono casual, con un toque de acusación por la interrupción.

Adrián se deslizó de nuevo en su silla.

-Solo la directora de mi antigua casa hogar -respondió, su voz era uniforme-. Quería saber cómo estaba.

Ella emitió un "ah" sin comprometerse y su atención fue capturada una vez más por la pantalla de su teléfono.

Esa noche, Adrián yacía despierto en su dormitorio separado, la luz de la luna rayaba el suelo. Durante cinco años, esta habitación había sido su santuario y su prisión. Miró al techo, no con angustia, sino con una extraña y tranquila sensación de finalidad. La decisión estaba tomada. El camino estaba claro.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Jimena apartó su plato de pan tostado con aguacate.

-El pan está duro -dijo, arrugando la nariz.

Adrián no levantó la vista de su propio plato.

-Lo compré en esa panadería que te gusta en la Avenida Moliere.

Mantuvo la cabeza gacha, dando un lento bocado a su tostada. Lo que no dijo fue que lo había comprado ayer, sabiendo que esta mañana estaría de un día. Fue un pequeño y mezquino acto de rebelión, el primero de muchos. Estaba empezando a desenredarse de la red de sus preferencias.

Jimena no insistió en el asunto. Estaba demasiado ocupada mirando su teléfono, su expresión una mezcla de ansiedad y anticipación. Adrián sabía lo que estaba esperando. Estaba esperando un mensaje de Gael, confirmando sus planes para el almuerzo. Había visto el nombre parpadear en su pantalla justo antes de que ella bajara.

Un momento después, su teléfono vibró. Una sonrisa brillante floreció en su rostro, iluminando sus facciones de una manera que Adrián no había visto dirigida a él en años. La vista ya no le dolía. Eran solo datos. Información que confirmaba su decisión.

La observó un momento más, luego metió la mano en el maletín que tenía al lado de su silla y sacó una carpeta de manila. La había preparado hacía meses, después del incidente de la gripe. Después de escucharla susurrar el nombre de Gael en sueños.

La colocó sobre la mesa.

-Jimena -dijo, su voz tranquila y firme-. Necesitamos divorciarnos.

-Mjm, está bien -murmuró ella, sus pulgares volando por la pantalla mientras enviaba un mensaje. No había oído ni una palabra.

Adrián no se sorprendió. Se lo esperaba. Durante cinco años, había sido ruido de fondo.

Abrió la carpeta y la giró hacia ella, deslizándola sobre la madera pulida. Tocó con el dedo la última página.

-Necesito que firmes aquí.

Ella levantó la vista, molesta por la segunda interrupción. Sin leer una sola palabra, tomó el bolígrafo que él le ofreció y garabateó su elegante firma en la línea. Ya estaba pensando en qué se pondría para almorzar con Gael.

Adrián tomó cuidadosamente el documento, sus manos firmes. Lo guardó de forma segura en su maletín.

-Me mudaré el viernes -dijo.

-Claro, como sea -respondió ella, agarrando su bolso. Se levantó, lista para irse.

Cuando llegó a la puerta, algo hizo que Adrián hablara una última vez.

-Jimena.

Ella se detuvo, volviéndose con un suspiro impaciente.

-¿Oíste lo que dije? -preguntó él.

Ella lo miró, con el ceño fruncido en genuina confusión.

-¿Sobre qué? ¿Mudarte? ¿Vas a ir a otro de tus viajecitos de pintura? Bien, solo asegúrate de que la casa esté abastecida antes de irte.

Una risa amarga y sin humor escapó de los labios de Adrián. No había oído. No había escuchado. Ni siquiera había registrado la palabra "divorcio". Por supuesto que no. ¿Por qué lo haría? Él era solo una parte del mobiliario.

Sacudió la cabeza, una pequeña y triste sonrisa jugando en sus labios.

-No importa. Que tengas un buen día.

Ella se encogió de hombros, se dio la vuelta y salió por la puerta, su mente ya a kilómetros de distancia.

Adrián no se movió durante mucho tiempo. Miró alrededor del silencioso y opulento comedor, una jaula dorada de la que finalmente estaba a punto de escapar.

Esa tarde, Adrián condujo hasta la casa hogar. Era un edificio modesto pero alegre en las afueras de la ciudad, un mundo aparte de la mansión de Jimena. Encontró a Doña Elodia Cruz en su oficina, rodeada de pilas de libros y dibujos de niños.

-Me voy -dijo Adrián, sin preámbulos-. Me voy a inscribir. Me voy a París.

El rostro de Lola se abrió en una amplia y aliviada sonrisa. Se levantó y lo abrazó con fuerza.

-Oh, Adrián. Estoy tan feliz por ti. Ya era hora.

Se apartó, su expresión se volvió seria.

-Sabes, estaba tan enojada cuando renunciaste a esa beca hace cinco años. Un desperdicio de tu talento divino.

Suspiró.

-Pero todavía eres joven. Tienes toda la vida por delante. ¿Y Jimena? Un matrimonio a distancia será difícil.

Adrián miró por la ventana a los niños que jugaban en el patio, sus gritos y risas llenaban el aire. Sacudió la cabeza lentamente.

-Estamos divorciados, Lola.

Sus ojos se abrieron de sorpresa, luego se suavizaron con un suspiro que parecía llevar el peso de los últimos cinco años.

-Tenía la sensación de que esto podría pasar. Honestamente, hijo, creo que es lo mejor.

Le dio una palmadita en el brazo, su tacto suave y tranquilizador.

-Esa muchacha... nunca estuvo en tu mundo.

Adrián sonrió, una sonrisa genuina y cálida esta vez. La abrazó de vuelta, sintiendo una profunda sensación de alivio que lo invadía.

-Lo sé -dijo-. Y es algo bueno. De verdad que lo es.

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