«El acantilado. Ricardo. Mi bebé.»
Los recuerdos me golpearon como una avalancha: Ricardo transformándose, sus garras desgarrando mi vientre, el vacío bajo mis pies mientras caía...
-No podía dejarla morir -contestó otra voz, masculina, profunda.
-No debiste rescatarla -insistió la mujer-. No es nuestra responsabilidad.
Pasos que se alejaban. Una puerta que se cerraba. Y luego manos suaves tocando mi frente.
-Tranquila, pequeña -susurró la primera voz-. Estás a salvo ahora.
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Una semana después, finalmente pude mantenerme consciente por más tiempo. La sanadora, que se presentó como Dalia, me miraba con ojos compasivos mientras limpiaba una herida en mi brazo.
-Por la Diosa, niña, ¿quién te ha hecho esto? -murmuró, negando con la cabeza-. Nadie merece semejante crueldad.
Intenté incorporarme, pero una punzada de dolor me atravesó el abdomen.
-¡No te muevas! -exclamó Dalia-. Tus heridas apenas están cerrando, y muy lentamente. Nunca había visto a una loba con tan poca capacidad regenerativa.
-No soy... una loba normal -logré decir con voz ronca.
-Eso puedo verlo -respondió ella con suavidad-. Pero eres una superviviente.
-Quiero verme -pedí de repente.
Con un suspiro de resignación, Dalia me entregó un pequeño espejo. Lo que vi no era yo. La mujer del reflejo tenía el rostro cruzado por tres profundas cicatrices. La piel, recién cosida, estaba inflamada y roja. Y mi vientre... tenía una enorme cicatriz que lo cruzaba de lado a lado.
-Mi bebé -susurré, y las lágrimas comenzaron a caer-. Mi cachorro...
-Lo siento, pequeña. Te arrancaron el útero. Fue un milagro que no te desangraras.
No lloré por mi rostro desfigurado. Lloré por ese pequeño ser que nunca conocería, por esa vida que Ricardo había arrancado con la misma crueldad con la que había fingido amarme durante cinco años.
-Toma esto -dijo Dalia ofreciéndome un tónico verdoso-. Te ayudará a descansar.
Bebí el líquido amargo y cerré los ojos, pero no me dormí del todo. Mi mente seguía activa, procesando todo lo ocurrido, cuando escuché voces en el pasillo.
-Ha pasado una semana, Damián -era la voz de Dalia-. No parece ser una loba común. Es una omega, pero hay algo más... no siento a su loba interna.
-¿Y eso qué importa? -respondió la voz masculina-. Está herida y necesita ayuda.
-Podría traernos problemas -insistió Dalia-. No sabemos de dónde viene ni qué le pasó exactamente.
-¿Castigada? Ningún castigo justifica lo que le hicieron. No la vamos a abandonar a su suerte. Es un ser vivo, igual que nosotros.
Sus pasos se alejaron, y me quedé sola con mis pensamientos.
No quería causar más problemas. Ya había sido suficiente carga para una vida. Con el cuerpo aún adolorido y las heridas apenas cerradas, me incorporé lentamente. Encontré ropa limpia doblada sobre una silla y me vestí con dificultad.
No podía quedarme. No podía ser una carga para esta gente. Y sobre todo, no podía arriesgarme a que Ricardo descubriera que seguía viva.
Mientras me alejaba de la Manada Solarium, la realidad de mi situación me golpeó como un puño helado: no tenía nada. Ni dinero, ni documentos, ni siquiera ropa más allá de lo que llevaba puesto.
-¿A dónde voy ahora? -murmuré para mí misma, deteniéndome en el límite del bosque.
La ciudad brillaba a lo lejos, pero era un espejismo de seguridad. Sin recursos, no podría escapar. Y necesitaba escapar, alejarme lo más posible, tal vez incluso salir del país. Pero para eso necesitaba mis documentos, algo de dinero, mis pocas pertenencias personales.
Todo lo que estaba en la mansión de Ricardo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Volver allí era una locura, un suicidio. Pero... ¿qué alternativa tenía?
Respiré hondo, ignorando el dolor punzante en mis costillas. Conocía la Manada Lobezno mejor que nadie. Había vivido toda mi vida allí, primero bajo la protección del viejo Rosún y luego como la Luna de Ricardo. Conocía cada entrada, cada salida, cada punto vulnerable del perímetro. Yo misma había ayudado a Ricardo a organizar la seguridad del complejo, colocando trampas y sistemas de vigilancia para evitar que los humanos penetraran sus barreras.
También conocía los horarios de las rondas, los puntos ciegos de las cámaras, las rutinas de cada guardia. Si había alguien que podía entrar sin ser detectada, era yo.
Además, tenía mi pequeña ventaja: mi maldición. La misma que me había hecho objeto de burlas y desprecio durante años ahora podría salvarme. Nadie podía detectar mi olor a menos que yo lo permitiera. Ricardo solo me percibía cuando usaba perfume, un truco que había aprendido para complacerlo. Era como si fuera un fantasma, invisible para los sentidos agudos de los lobos.
Con determinación renovada, me dirigí hacia el territorio de la Manada Lobezno. Cada paso era una agonía, pero el dolor físico palidecía en comparación con el tormento de mis pensamientos.
***
La noche era mi aliada. Me moví entre las sombras, evitando las patrullas con facilidad. Conocía sus rutinas, sus puntos débiles. Llegué hasta la mansión principal sin ser detectada y me dirigí hacia la entrada de servicio, una pequeña puerta lateral que daba a la cocina y que pocos conocían.
Pero algo no encajaba. Había demasiadas luces encendidas para esa hora de la noche, demasiados coches aparcados frente a la mansión. ¿Una reunión de emergencia? ¿Habrían descubierto que mi cuerpo no estaba al pie del acantilado?
Con el corazón martilleando en mi pecho, me deslicé por la puerta de servicio y entré en la cocina. El sonido de risas y conversaciones llegaba desde el salón principal. Me acerqué con cautela, manteniéndome en las sombras, y lo que vi me dejó paralizada.
No era una reunión de emergencia. Era una celebración.
En el centro del salón, rodeado por los Zubieta y otros miembros importantes de la manada, estaba Ricardo. Sonreía. Sonreía como nunca lo había visto sonreír conmigo. Y abrazaba a una mujer que estaba de espaldas, una mujer con un vestido rojo que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel.
Cuando la mujer giró ligeramente la cabeza, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Cristina.
Mi única amiga. La única persona en la manada que no me miraba con desprecio o lástima. La beta que se sentaba conmigo en las reuniones y me hacía reír cuando todo parecía oscuro.
-¡Atención, todos! -la voz de Ricardo resonó en el salón, y el grupo guardó silencio-. Como saben, hace una semana sufrimos una pérdida trágica. Mi querida Luna nos dejó demasiado pronto.
Hubo murmullos de falsa condolencia. Algunos incluso fingieron tristeza, pero yo podía ver el alivio en sus rostros. La omega maldita por fin había desaparecido.
-Pero la vida sigue -continuó Ricardo, alzando su copa-. Y la Diosa Luna, en su infinita sabiduría, me ha mostrado el camino hacia mi verdadera compañera. En un mes, bajo la luna llena, Cristina se unirá a mí como mi nueva Luna. ¡Por un nuevo comienzo para la Manada Lobezno!
-¡Por la nueva Luna! -corearon todos, alzando sus copas.
Cristina sonrió, radiante, y se giró para besar a Ricardo. Fue un beso apasionado, posesivo, el tipo de beso que él nunca me había dado a mí.
Me quedé inmóvil en la oscuridad de la cocina, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía. No era solo la traición de Ricardo -eso ya lo sabía, lo había sentido en mis propias carnes cuando me lanzó por el acantilado-. Era la traición de Cristina. Mi amiga. Mi única amiga.
¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Desde cuándo me habían estado engañando? ¿Acaso ella sabía lo que Ricardo me había hecho? ¿O creía realmente que había tenido un "accidente trágico"?
La fiesta continuó durante horas. Me quedé escondida, observando, absorbiendo cada detalle, cada gesto, cada palabra. Vi cómo se tocaban cuando creían que nadie los miraba. Vi la familiaridad en sus movimientos, la comodidad de una relación que claramente no era nueva.
Finalmente, los invitados comenzaron a marcharse. Ricardo y Cristina subieron las escaleras hacia el dormitorio principal. Mi dormitorio. Nuestra habitación.
Esperé una hora más, asegurándome de que todos estuvieran dormidos o se hubieran ido. Luego, con el sigilo de un fantasma, subí las escaleras hacia mi antigua habitación. Necesitaba mis documentos, algo de dinero que tenía escondido, algunas joyas que podría vender. Estaban en un compartimento secreto detrás de mi tocador, un escondite que ni siquiera Ricardo conocía.
Pero cuando llegué al pasillo, escuché sonidos que me helaron la sangre. Gemidos. Jadeos. El inconfundible sonido de dos cuerpos encontrándose con pasión desenfrenada.
Venían de mi habitación.
Una parte de mí quería huir, tomar lo que pudiera encontrar en otra parte de la casa y desaparecer para siempre. Pero otra parte, una parte oscura que nunca había reconocido antes, me empujó hacia la puerta entreabierta.
Lo que vi me arrancó el último vestigio de humanidad que me quedaba.
Ricardo y Cristina estaban en mi cama. En la misma cama donde yo había llorado noche tras noche por no poder concebir. Donde había soñado con el día en que por fin tendríamos un cachorro. Donde había soportado sus "atenciones" frías y mecánicas durante cinco años.
Ahora él la tomaba con una pasión salvaje, con un deseo que nunca había mostrado conmigo. Y ella respondía con la misma intensidad, arañando su espalda, mordiendo su cuello, gimiendo su nombre una y otra vez.
-Te amo -le susurró él, y esas dos palabras, que nunca me había dicho a mí, fueron el detonante.
Sentí un calor abrasador recorrer mi cuerpo. La rabia, el dolor, la traición, todo se fundió en un único sentimiento primitivo y devastador. Mi visión se tiñó de rojo y sentí cómo mi cuerpo cambiaba, cómo mis huesos se quebraban y se reformaban, cómo mi piel daba paso al pelaje.
Me estaba transformando. Por primera vez en mi vida, la transformación era completa. No quedé atrapada entre formas como siempre me ocurría. Esta vez, la loba emergió en toda su gloria, fuerte, poderosa, letal.
No recuerdo haber entrado en la habitación. No recuerdo haber saltado sobre la cama. Solo recuerdo el sabor de la sangre en mi boca, el sonido del hueso al quebrarse, el grito ahogado de Cristina.
Cuando volví en mí, estaba de pie junto a la cama, nuevamente en forma humana. Ricardo yacía inmóvil, su cabeza separada de su cuerpo, sus ojos abiertos en una expresión de sorpresa eterna. Cristina estaba acurrucada en una esquina, temblando, cubierta de sangre, mirándome con terror absoluto.
-Ema... -susurró-. Estás viva... ¿Qué has hecho?
Miré mis manos cubiertas de sangre. Luego miré el cuerpo decapitado de Ricardo. Y finalmente, miré a la mujer que había considerado mi amiga.
-Lo que debí hacer hace mucho tiempo -respondí con una voz que no reconocí como mía.
La sangre goteaba por mi barbilla, por mi cuello, manchando la ropa prestada. Pero por primera vez en mi vida, no me sentía débil. No me sentía maldita.
Me sentía poderosa. Y esto era solo el comienzo.