-Las reglas son simples -continuó Amelia-. No preguntes, no hables a menos que te hablen, haz tu trabajo en silencio y, sobre todo, evita cualquier contacto físico o visual con él. -Su voz se volvió más grave-. Ya has visto lo que les pasa a las mujeres que intentan pasarse de listas y escalar a su cama sin ser invitadas.
El recuerdo del cuerpo destrozado de aquella mujer cayendo desde el tercer piso me hizo estremecer.
-Sí, Beta Amelia -respondí con la cabeza gacha.
-Bien. Comenzarás llevándole el desayuno. Sígueme.
Mientras caminábamos hacia las cocinas, me repetía mentalmente que debía mantenerme lo más lejos posible de ese hombre peligroso. Por ahora, cumpliría todas las reglas al pie de la letra. Era mi única oportunidad de sobrevivir en este nuevo infierno.
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El ala privada de Alaric era aún más impresionante de lo que había imaginado. Constaba de tres habitaciones, una sala de estar y un despacho, todo decorado con un lujo sobrio pero evidente. Pronto descubrí que la habitación donde había encontrado al Rey con aquellas mujeres no era su dormitorio principal, sino una especie de... sala de recreo.
Su verdadera habitación estaba al lado, y era mucho más grande e imponente. La cama, enorme y majestuosa, dominaba el espacio. Un baño de mármol se conectaba con un vestidor. Y la terraza... la terraza ofrecía una vista panorámica de los campos y bosques de la Manada lican que quitaba el aliento.
Con manos temblorosas, coloqué la bandeja del desayuno sobre la mesa de la sala de estar. El Rey ya estaba allí, revisando unos documentos. Ni siquiera levantó la mirada cuando entré.
Me quedé de pie en un rincón, con la cabeza agachada, esperando a que terminara para poder retirar los platos. El silencio era tan denso que podía escuchar mi propio corazón latiendo.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Alaric apartó los documentos y comenzó a comer. No dijo una palabra. Cuando terminó, simplemente se levantó y salió de la habitación.
Así comenzó mi nueva rutina.
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Los días se convirtieron en una semana en un abrir y cerrar de ojos. La dinámica era siempre la misma: yo llevaba las comidas, limpiaba las habitaciones, preparaba su ropa y... sacaba a las mujeres que visitaban su "sala de recreo".
En esa primera semana, al menos diez mujeres distintas desfilaron por allí. Nunca repetía, siempre eran dos o incluso tres al mismo tiempo. La rutina era invariable: duraba un par de horas encerrado con ellas, luego salía desnudo, caminando por el pasillo sin el menor pudor, y me ordenaba que las sacara.
Lo que al principio me había dejado sin aliento -ver al Rey en toda su gloria desnuda- se convirtió en algo cotidiano. Ya no me sorprendía encontrármelo así. Era solo una parte más de mi trabajo.
Lo que sí me sorprendía era que nunca, ni una sola vez, lo vi llevar a una mujer a su dormitorio principal. Ese espacio parecía sagrado, intocable para sus conquistas pasajeras.
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Una tarde, después de limpiar los restos de otra de sus "sesiones", Alaric me llamó a su despacho. Era la primera vez que me dirigía la palabra para algo más que ordenarme sacar a sus amantes.
-Cierra la puerta -dijo sin levantar la vista de los papeles que revisaba.
Obedecí, manteniéndome cerca de la entrada, con la cabeza gacha como siempre.
-Acércate.
Di unos pasos hacia su escritorio, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba. ¿Había hecho algo mal? ¿Era este el momento en que me lanzaría por una ventana como a aquella otra sirvienta?
Para mi sorpresa, me entregó una tarjeta bancaria.
-Aquí será depositado tu sueldo todos los meses -explicó con voz neutra-. Ya he ordenado que ingresen tu primer mes y un bono extra por el buen trabajo que estás haciendo.
Parpadeé, confundida. ¿Un sueldo? Había asumido que trabajaría solo por techo y comida.
-Yo... gracias, señor. No esperaba...
-No soy un esclavista -me interrumpió-. Todas las personas que trabajan para mí reciben un sueldo justo. Tú no serás la excepción.
Me explicó que la ciudad de la manada tenía todas las comodidades: centros comerciales, tiendas de comida, de lujos, de electrodomésticos... cualquier cosa que necesitara podía conseguirla allí. Incluso había cajeros automáticos para retirar el dinero.
Cuando extendí la mano para tomar la tarjeta, sus dedos rozaron los míos. De repente, me agarró la muñeca con fuerza, no dolorosa pero sí firme. Su ceño se frunció mientras me miraba intensamente.
-¿Por qué no puedo sentir a tu loba? -preguntó, sus ojos rojos clavados en los míos.
Mi corazón se detuvo un instante. Era la primera vez que alguien notaba eso tan directamente. En mi antigua manada, simplemente me habían etiquetado como "la omega maldita" sin hacer preguntas.
-Porque nunca he podido sentirla -respondí con voz apenas audible, manteniendo la cabeza agachada-. Tuve un trauma en mi niñez, cuando alguien asesinó a mis padres. Fue mal... y cayó sobre mí una maldición. Me puedo transformar ahora, pero nunca he tenido conexión con mi lobo interno. Creo que no tengo.
-Eso es imposible -murmuró, soltándome la muñeca-. Todos los lobos tienen una conexión con su bestia interior. Es lo que nos define.
Me quedé en silencio, sin saber qué responder.
-Puedes irte -dijo finalmente-. Y disfruta tu dinero. Te lo has ganado.
Asentí y salí rápidamente del despacho, sintiendo un extraño alivio. Por alguna razón, había dejado de sentirme tan nerviosa en su presencia. Era intimidante, sí, pero no sentía que fuera a hacerme daño. Al menos no por ahora.
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Esa noche, subí como de costumbre para verificar si el Rey necesitaba algo antes de retirarme. Esperaba encontrar su habitual reunión de cuerpos desnudos y gemidos desenfrenados, pero para mi sorpresa, todo estaba en silencio.
Estaba a punto de irme cuando escuché un ruido extraño proveniente de su habitación principal. Un sonido gutural, casi animal, seguido de un golpe sordo.
Me quedé paralizada. Nunca entraba en su dormitorio a menos que él estuviera ausente y tuviera que limpiar. Pero algo en ese sonido me alarmó. ¿Estaría herido? ¿Habría sufrido algún ataque?
Después de un momento de duda, la preocupación venció al miedo. Llamé suavemente a la puerta y, al no recibir respuesta, la abrí con cautela.
Lo que vi me dejó sin aliento.
Alaric estaba en el suelo, retorciéndose. Su cuerpo musculoso brillaba con sudor, y su respiración era irregular, casi jadeante. Su rostro, normalmente impasible, estaba contorsionado en una mueca de dolor y... ¿deseo?
-¿Señor? -me acerqué con precaución-. ¿Está bien? ¿Necesita ayuda?
Sus ojos, más rojos que nunca, se clavaron en mí. Había algo salvaje en ellos, algo primitivo que me hizo dar un paso atrás instintivamente.
-Me... han... drogado -logró articular entre jadeos-. En la cena... alguien puso algo en mi comida.
-Llamaré al médico -dije, girándome hacia la puerta.
-¡NO! -rugió, y la fuerza de su voz me paralizó-. No pueden verme así... soy el Rey...
Se arrastró hacia mí con movimientos torpes, sus músculos tensándose bajo su piel.
-Necesito... liberarme -gruñó-. O perderé el control... completamente.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró alrededor de mi tobillo. El contacto envió una descarga eléctrica por todo mi cuerpo.
-Por favor... -su voz era apenas un susurro ronco-. Ayúdame.
Se incorporó lo suficiente para alcanzar mi cintura. Sus manos grandes recorrieron mi cuerpo con desesperación, arrancando gemidos involuntarios de mi garganta. Intentó besarme, pero giré el rostro.
-No puedo -dije, forcejeando para liberarme-. No quiero...
Pero mi cuerpo traicionaba mis palabras. Algo dentro de mí respondía a su toque, a su cercanía, a su olor embriagador. Era como si una parte dormida de mi ser despertara de repente, hambrienta, ansiosa.
-Por favor... -repitió, y esta vez había verdadera súplica en su voz-. Solo tú puedes ayudarme.
Sus labios encontraron mi cuello, y sentí cómo sus colmillos rozaban mi piel. Un escalofrío de placer recorrió mi columna.
«¿Qué me está pasando?», pensé confundida. Este hombre era un depredador, un monstruo que trataba a las mujeres como objetos desechables. Y sin embargo...
Sus manos se deslizaron bajo mi uniforme, acariciando mi piel con una mezcla de desesperación y reverencia que me dejó sin aliento. Cada toque enviaba ondas de calor a mi vientre, despertando sensaciones que creía muertas después de lo que Ricardo me había hecho.
-No puedo -repetí, pero mi voz sonaba débil incluso para mis propios oídos.
Alaric me miró a los ojos, y por un momento vi algo más que lujuria en ellos. Vi vulnerabilidad, vi necesidad, vi... humanidad.
-Si no me ayudas -susurró contra mis labios-, no sé qué haré. La droga... es poderosa. Diseñada para alfas. Me está volviendo loco.
Su cuerpo temblaba contra el mío, y podía sentir su excitación presionando contra mi vientre. Era enorme, caliente, pulsante.
-¿Por qué yo? -logré preguntar-. Tienes docenas de mujeres dispuestas...
-Porque tú eres diferente -respondió, enterrando su rostro en mi cuello-. No puedo sentir tu loba... es como si no existieras... y eso me vuelve loco. Necesito... sentirte.
Sus palabras despertaron algo en mí. Durante toda mi vida había sido "la omega maldita", la mujer sin conexión con su loba, la defectuosa. Y ahora, el hombre más poderoso del mundo lobuno me deseaba precisamente por eso.
Mientras sus manos continuaban explorando mi cuerpo y sus labios dejaban un rastro de fuego en mi piel, una batalla se libraba en mi interior.
¿Debía ceder ante este deseo inesperado? ¿O debía mantenerme firme y rechazarlo, arriesgándome a enfrentar su ira cuando la droga lo consumiera por completo?
La decisión estaba en mis manos, y el tiempo se agotaba con cada latido de mi corazón acelerado.