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LA SIRVIENTA DEL REY ALFA
img img LA SIRVIENTA DEL REY ALFA img Capítulo 4 La Sirvienta del Rey
4 Capítulo
Capítulo 6 Agua Fría img
Capítulo 7 La Emboscada img
Capítulo 8 Sangre en el Bosque img
Capítulo 9 La Costa Norte img
Capítulo 10 La Cueva img
Capítulo 11 Azufre img
Capítulo 12 Quiero Matar img
Capítulo 13 La Isla img
Capítulo 14 Traidores img
Capítulo 15 El Rubí img
Capítulo 16 Contra Reloj img
Capítulo 17 La Sala de Juegos img
Capítulo 18 Siempre Te Encontraré img
Capítulo 19 La Maldición img
Capítulo 20 Suya img
Capítulo 21 Fantasmas img
Capítulo 22 Dime Que No Lo Sientes img
Capítulo 23 Paz Prestada img
Capítulo 24 Las Lobas del Rey img
Capítulo 25 El Trono en las Sombras img
Capítulo 26 La Marca img
Capítulo 27 La Lengua Oscura img
Capítulo 28 La Voz img
Capítulo 29 La Carrera img
Capítulo 30 Ventaja img
Capítulo 31 Las Hijas del Alfa img
Capítulo 32 El Niño img
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Capítulo 4 La Sirvienta del Rey

Los días siguientes pasaron como en una bruma. Me adapté a la rutina de la mansión: despertar antes del amanecer, limpiar, servir, agachar la cabeza y mantenerme invisible. Era buena en eso último. Cinco años siendo la Luna despreciada de Ricardo me habían enseñado a moverme como una sombra.

Siempre llevaba mi cabello negro como cortina sobre mi rostro. Mi melena larga y espesa ocultaba las cicatrices que cruzaban mi cara, esas marcas que me recordaban cada mañana lo que había perdido y lo que había ganado. Hablaba poco, comía en silencio, trabajaba sin descanso.

-¿Por qué siempre estás tan callada? -me preguntó una chica llamada Sofía durante el almuerzo del tercer día. Era una omega de ojos grandes y sonrisa fácil-. Pareces un fantasma.

No respondí. Solo le ofrecí una sonrisa tenue que no llegó a mis ojos y seguí comiendo mi sopa. Sofía no insistió, pero se sentó a mi lado cada día después de eso, llenando mi silencio con su parloteo incesante.

A través de ella y de las conversaciones que escuchaba en la cocina principal, fui aprendiendo sobre la manada Lican. La mansión no solo albergaba al Rey Alaric, sino también a sus cinco guardianes, hombres y mujeres de élite que eran su mano derecha y su escudo.

-El más cercano al Rey es Damián, el de pelo rojo -me contó Sofía una tarde mientras pelábamos patatas-. Dicen que se conocen desde niños. Luego está Lyra, la única mujer guardiana. Es letal, ¡puede arrancarte la cabeza con una sola mano! Después están los gemelos, Víctor y Vincent, nadie los distingue excepto el Rey. Y finalmente está Klaus, el estratega. Es el más callado, pero dicen que es el más peligroso.

Los chefs de la cocina, cinco maestros culinarios que preparaban banquetes dignos de dioses, también eran fuente de información. Mientras amasaban pan o preparaban salsas, hablaban sobre lo extenso que era el territorio.

-Es prácticamente un condado entero -dijo el chef principal una mañana-. Y una parte de la manada incluso tiene humanos que se han casado con lobos. Un cruce de razas que en otras manadas sería impensable.

-El Rey Alaric es severo, pero justo -añadió otro chef-. Permite que todos vivan en armonía mientras respeten las leyes.

Poco a poco comprendí que muchas de las historias que había escuchado sobre el Rey Licán eran contradictorias. Algunos lo describían como un monstruo despiadado, otros como un gobernante justo pero inflexible. Lo único en lo que todos coincidían era en su poder: nadie en el mundo lobuno era más fuerte que Alaric.

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Al quinto día, Amelia entró en la cocina mientras yo fregaba los platos del desayuno.

-Emili -me llamó con su voz autoritaria-. Hoy te toca limpiar el área privada del Rey.

Mi corazón se aceleró. Hasta ahora había limpiado pasillos, salones, habitaciones de invitados... pero nunca había estado cerca de los aposentos reales.

-Escúchame bien -continuó Amelia, acercándose para que solo yo pudiera oírla-. Limpia el pasillo, el estudio y la sala de estar. Bajo ningún concepto entres en su dormitorio, ¿entendido? Solo yo o su sirvienta personal pueden hacerlo, y como aún no hemos encontrado un reemplazo para la última...

No necesitó terminar la frase. Todas sabíamos lo que le había pasado a la "última".

-Sí, Beta Amelia -respondí con la cabeza gacha.

Con un carrito lleno de productos de limpieza, me dirigí hacia el ala este de la mansión. A medida que me acercaba, notaba cómo los pasillos se volvían más silenciosos, más lujosos. Las alfombras eran más gruesas, las obras de arte más impresionantes, los techos más altos.

Comencé limpiando el pasillo principal, luego el estudio -una habitación impresionante llena de libros antiguos y mapas detallados-, y finalmente la sala de estar privada. Mientras me acercaba a la puerta del dormitorio real, empecé a escuchar sonidos.

Gemidos. Gruñidos. El inconfundible sonido de cuerpos chocando con violencia controlada.

El aire estaba cargado de feromonas tan potentes que me marearon por un momento. El aroma a sexo, a lujuria desenfrenada, a dominación y sumisión. Era como si el propio aire estuviera impregnado de deseo salvaje.

«¡Dios mío!» pensé, sintiendo cómo mis mejillas ardían. «El Rey está... ocupado.»

Cerré los ojos e intenté concentrarme en mi trabajo, ignorando los sonidos cada vez más intensos que provenían de la habitación. Los gemidos femeninos se mezclaban con gruñidos profundos, masculinos, que hacían vibrar las paredes. El sonido de la cabecera golpeando contra la pared era rítmico, implacable.

-¡Más fuerte! -escuché una voz femenina suplicar-. ¡Por favor, mi Rey!

Un gruñido animal fue la única respuesta, seguido de gritos de placer que me hicieron estremecer. ¿Cuántas mujeres había allí dentro? Sonaba como si fueran al menos dos.

De repente, la puerta se abrió de golpe.

Y allí estaba él. El Rey Alaric en toda su gloria desnuda.

Era la primera vez que lo veía de cerca, y mi respiración se detuvo. Era incluso más imponente de lo que había imaginado. Alto -al menos dos metros-, con músculos definidos que parecían esculpidos en mármol. Su piel bronceada brillaba con una fina capa de sudor, y su cabello negro caía en mechones húmedos sobre su frente. Pero lo que me dejó sin aliento fueron sus ojos: rojos como la sangre, intensos, penetrantes.

Y estaba completamente desnudo. Mi mirada bajó involuntariamente y... ¡madre mía! Lo que colgaba entre sus piernas era proporcional al resto de su cuerpo: enorme, intimidante, glorioso.

-Tú -su voz era profunda, como un trueno lejano-. Encárgate de que salgan de mi habitación antes de que regrese.

Sin esperar respuesta, caminó por el pasillo y desapareció tras una puerta que supuse sería el baño.

Tardé unos segundos en reaccionar. El Rey Alaric acababa de darme una orden directa. Si no la cumplía...

Entré en la habitación con el corazón martilleando en mi pecho. El dormitorio real era enorme, dominado por una cama gigantesca que ahora estaba completamente deshecha. Sobre ella, dos mujeres yacían exhaustas: una morena de cabello rojo fuego y una rubia despampanante. Ambas estaban desnudas, cubiertas de marcas de mordiscos, arañazos y... ¿era eso sangre?

El olor era abrumador. Las feromonas del Rey mezcladas con las de las mujeres creaban una atmósfera casi tóxica de lujuria y dominación.

-Deben irse -dije, intentando que mi voz sonara firme-. Orden del Rey.

Las mujeres ni se inmutaron. La rubia me miró con desdén y la morena simplemente se dio la vuelta, ignorándome.

-Lárgate, sirvienta -espetó la rubia-. Cuando el Rey quiera que nos vayamos, nos lo dirá él mismo.

El pánico comenzó a crecer en mi interior. Si el Rey regresaba y veía que no había cumplido su orden...

Sin pensarlo dos veces, me acerqué a la cama y tiré de las sábanas con fuerza, arrastrando a las dos mujeres al suelo.

-¡¿Qué demonios crees que haces?! -chilló la morena, intentando levantarse.

La rubia se abalanzó sobre mí con las garras extendidas, pero antes de que pudiera alcanzarme, una figura imponente apareció en la puerta.

Era uno de los guardianes del Rey. Alto, corpulento, con ojos verdes brillantes y cabello rojo como el fuego. Damián, recordé. El más cercano al Rey.

Sin decir una palabra, tomó a las dos mujeres como si no pesaran nada, una bajo cada brazo, y salió de la habitación. Las protestas de las mujeres se desvanecieron por el pasillo.

Me quedé allí, boquiabierta, antes de recordar que tenía trabajo que hacer. Con esfuerzo, comencé a limpiar la habitación. Cambié las sábanas manchadas, recogí la ropa dispersa, limpié los fluidos de varias superficies (¿cómo habían llegado al techo?) y finalmente rocié un ambientador de canela y sándalo para neutralizar el intenso olor a sexo.

Cuando terminé, la habitación estaba impecable. Coloqué velas aromáticas estratégicamente y me aseguré de que todo estuviera en su lugar antes de salir y cerrar la puerta con cuidado.

Regresé a la cocina agotada, física y emocionalmente. Solo quería comer algo y descansar antes de mi siguiente tarea.

Estaba a punto de llevarme la primera cucharada de sopa a la boca cuando Amelia entró en el comedor del servicio. Su expresión era indescifrable mientras se acercaba a mí.

-No sé qué hiciste -dijo en voz baja-, pero a partir de mañana serás la sirvienta exclusiva de Alaric.

La cuchara se me cayó de la mano, salpicando sopa por toda la mesa.

-¿Qué? -susurré, sintiendo cómo el color abandonaba mi rostro.

-El Rey te quiere trabajando para él -continuó Amelia-. Espero por tu bien que sepas aprovechar esta oportunidad.

Mientras Amelia se alejaba, sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí. Algunas con envidia, otras con lástima, pero todas con la misma certeza: acababa de recibir una sentencia de muerte.

O tal vez, pensé mientras recordaba los ojos rojos del Rey, algo mucho peor.

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