-¡ASESINA! -chilló, enroscándose en la sábana ensangrentada-. ¡VAS A MORIR POR ESTO!
Su mano alcanzó el botón de alarma junto a la cama. Inmediatamente, un aullido estridente resonó por toda la mansión. En cuestión de segundos, escuché pasos apresurados subiendo las escaleras.
No tenía tiempo para pensar. Actué por puro instinto.
Me lancé hacia la ventana y, sin dudarlo un segundo, salté desde el tercer piso. El impacto contra el suelo fue brutal. Sentí cómo mis huesos crujían, cómo mis heridas recién cerradas se abrían de nuevo. Pero el dolor era secundario ahora. Lo primario era sobrevivir.
Me transformé en loba, ignorando el ardor que me provocaba el cambio. Mi forma lobuna era pequeña comparada con otros lobos, pero era ágil, rápida. Y tenía algo que los demás no: la desesperación de quien no tiene nada que perder.
Corrí hacia el bosque mientras escuchaba los aullidos de los guardias tras de mí. Eran más fuertes, más rápidos, pero yo conocía cada rincón de ese bosque. Cada arroyo, cada cueva, cada sendero oculto. Durante cinco años, mientras Ricardo me ignoraba, yo había explorado estos territorios como única forma de escapar de mi soledad.
Los sentía cada vez más cerca. Sus gruñidos resonaban en la noche, sus pasos aplastaban la hojarasca a pocos metros de distancia. Estaban a punto de alcanzarme cuando vi las luces de la autopista entre los árboles.
«Los humanos. No se atreverán a seguirme allí.»
Con un último esfuerzo, salté la valla de contención y me lancé sobre la carretera. Un enorme camión pasó rugiendo justo en ese momento. Calculé mal el salto y casi caigo bajo sus ruedas, pero en el último segundo logré aferrarme a la parte trasera con mis garras.
El viento helado me golpeaba el rostro mientras el camión se alejaba a toda velocidad. A través de mis ojos de loba, vi cómo los guardias se detenían en el límite del bosque, aullando de frustración. No se atreverían a perseguirme con tantos humanos cerca.
No sé cuánto tiempo pasé aferrada a ese camión. Las horas se convirtieron en una nebulosa de dolor y frío. Mis heridas sangraban de nuevo, empapando mi pelaje. El amanecer me encontró temblando, débil, pero viva, seguía con vida y era lo único que me importaba.
Cuando el sol comenzó a calentar mi piel, decidí que era hora de bajar. No sabía dónde estaba, solo que me había alejado lo suficiente de la Manada Lobezno. El camión estaba cruzando un puente sobre un río caudaloso.
«Es ahora o nunca.» Pensé.
Me solté y caí directamente hacia las aguas profundas. El impacto fue como chocar contra cemento, pero el agua fría me envolvió, llevándose la sangre de mis heridas. Nadé con todas mis fuerzas hasta la orilla y me arrastré sobre la arena, jadeando.
Volví a mi forma humana sin darme cuenta. Estaba desnuda, herida, hambrienta. Pero libre.
Caminé por el bosque durante todo el día, cazando pequeños animales para alimentarme. Cada paso era una tortura, cada respiración un esfuerzo. Finalmente, cuando el sol comenzaba a ponerse, mi cuerpo cedió. Caí sobre un lecho de hojas y el mundo se oscureció a mi alrededor.
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-Por Dios, niña, ¿qué te pasó? ¿Qué haces en este bosque sola?
Una voz áspera pero amable me despertó. Abrí los ojos y vi a una anciana inclinada sobre mí, su rostro arrugado mostrando genuina preocupación.
-Eres una loba, ¿verdad? -continuó-. Un humano no soportaría esas heridas.
Asentí débilmente, sin fuerzas para hablar.
-Vamos, te llevaré conmigo.
La anciana sacó una manta de su mochila y cubrió mi desnudez. Sin otra opción, la seguí por un sendero que serpenteaba entre los árboles. Cada paso era un suplicio, pero algo en la determinación de aquella mujer me daba fuerzas para continuar.
Después de lo que pareció una eternidad, llegamos a un enorme portón de hierro forjado. Dos guardias imponentes flanqueaban la entrada. Eran enormes, mucho más grandes que cualquier lobo que hubiera visto en la Manada Lobezno. Incluso Ricardo, con toda su arrogancia de alfa, habría parecido pequeño junto a estos hombres que medían más de dos metros.
Para mi sorpresa, ambos guardias inclinaron la cabeza ante la anciana con evidente respeto.
-Buenas noches, Beta Amelia -dijo uno de ellos.
«¿Beta? ¿Esta anciana es una beta?»
Atravesamos el portón y quedé boquiabierta. No era simplemente un territorio, era una ciudad entera rodeada por muros altos y árboles centenarios. En el centro se alzaba una mansión tres veces más grande que la de Ricardo, imponente y majestuosa.
Un cartel tallado en piedra captó mi atención: "Manada Lican".
Mi corazón dio un vuelco. Había oído historias sobre este lugar, leyendas que se contaban en susurros. El Reino de los Licán, la manada más poderosa del mundo. Lobos legendarios, despiadados, con poderes que iban más allá de lo que cualquier otra manada podía soñar.
Y yo estaba en su territorio.
La anciana -Amelia- me condujo hacia la mansión. Los sirvientes nos abrían paso con reverencias, y pude notar sus miradas curiosas sobre mí.
Una vez dentro, Amelia me llevó a una habitación donde limpió y vendó mis heridas con manos expertas. Me dio ropa limpia y comida caliente. Solo cuando mi estómago estuvo lleno, me preguntó:
-¿De dónde eres?
Dudé. Mi maldición me restringía mucho, pero también me protegía. Nadie podía sentir mi aroma, nadie podía rastrearme.
-De muy lejos -respondí finalmente.
Amelia me estudió con ojos penetrantes, pero no insistió.
-Si no quieres contarme por qué terminaste así, está bien. Todos tenemos un pasado que queremos olvidar -dijo con voz calmada-. Siempre y cuando esto no traiga problemas, te puedes quedar. Como viste, la manada del Rey Licán es próspera y hay trabajo para todos. Puedes ser sirvienta; siempre estoy necesitando lobos. Comenzarás mañana. Por ahora, descansa. Esas heridas necesitan cerrar.
Me mostró una habitación pequeña pero limpia y se marchó. Agradecí en silencio que no me hiciera más preguntas. Por ahora, me quedaría. No tenía adónde ir.
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Muy temprano a la mañana siguiente, Amelia me despertó. Me explicó que era la beta encargada de la mansión del Rey Alaric, un hombre muy estricto al que no todos tenían el honor de servir. Me entregó un uniforme de sirvienta y me presentó al resto del personal.
El lugar era tan grande que había más de diez omegas trabajando en el servicio. Todas me miraron con curiosidad, pero nadie preguntó por mis cicatrices. Quizás aquí, en el Reino de los Licán, las marcas de batalla eran algo común.
-Tu nombre será Emili a partir de ahora -me dijo Amelia mientras me mostraba mis tareas-. Olvida quién fuiste antes. Aquí tienes la oportunidad de empezar de nuevo.
Emili. Un nombre tan diferente al mío, pero perfecto para esta nueva vida. Asentí, agradecida por la oportunidad de reinventarme.
Estábamos en el salón principal, listas para comenzar la limpieza, cuando un ruido sordo nos sobresaltó. Un cuerpo cayó desde el tercer piso, estrellándose contra el suelo de mármol con un impacto espantoso. Era una mujer joven, y su cuerpo... su cuerpo estaba partido por la mitad. Sus órganos se esparcieron por el suelo en un charco de sangre y vísceras.
Miré hacia arriba, hacia el lugar de donde había caído. En el balcón del tercer piso vi la silueta de un hombre. Alto, imponente, con hombros anchos y una presencia que hacía que el aire a su alrededor pareciera vibrar. Pero lo que me heló la sangre fueron sus ojos: rojos como la sangre misma, brillando con una furia apenas contenida.
Mi cuerpo se erizó por completo. Nunca había sentido una energía tan abrumadora, tan primitiva y poderosa.
-Otra más -suspiró un hombre mayor, apareciendo de la nada. Por su uniforme, supuse que era el mayordomo-. Es la tercera en una semana. A este paso, nadie querrá atenderlo.
Amelia negó con la cabeza, sin mostrar sorpresa.
-Sabes que él no soporta a las resbalosas. Lo más seguro es que, al igual que las otras, intentó seducirlo sin importar que se lo advertí muchas veces -dijo con resignación.
Luego se giró hacia mí, y por primera vez vi algo parecido a la compasión en sus ojos.
-Emili, este será tu primer trabajo -anunció, señalando el cuerpo destrozado-. Limpia este desastre.
Miré de nuevo hacia el balcón, pero el hombre ya no estaba. Solo quedaba la sensación de su presencia, como una tormenta que se aleja pero que sabes que volverá con más fuerza.
Mientras me acercaba al cuerpo con un cubo y un trapeador, comprendí que había escapado de un monstruo solo para caer en las garras de otro posiblemente peor.