Sus palabras cortaron la quietud como un cuchillo. Amelia retrocedió tambaleándose, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la agonía; el dolor fue insoportable, le robó el aliento y le desgarró el alma.
Sus ojos buscaron los de él, desesperados por encontrar calidez, arrepentimiento, cualquier cosa, pero no había nada, solo un vacío frío y desolador.
Jadeó mientras el dolor le desgarraba el corazón. El vínculo entre ellos se deshacía, violenta y cruelmente.
Mientras tanto, Aiden la observaba, distante y indiferente, como si la desafiara a romperse.
"Yo, antigua Luna de la Manada Luna Roja, acepto tu rechazo, alfa Aiden Miller", susurró.
Un gemido escapó de sus labios cuando el último hilo se rompió. Luego sollozó. Sintiendo que su corazón se rompía en mil pedazos, se desplomó en el suelo y se agarró el pecho; olas de dolor sacudieron su cuerpo.
Su hija se había ido; su pareja también. Y ahora ella.
Sentía que los pulmones se le cerraban. Todo a su alrededor se volvió borroso. Alcanzó a ver a Aiden, quien seguía de pie, frío, sin hacer nada, antes de que su mundo se volviera negro.
Cuando abrió los ojos, estaba en su habitación. Le dolía el cuerpo. Parpadeó y vio a Tracy junto a una mujer que le resultaba familiar, la curandera.
"Tracy", graznó.
Ambas mujeres se volvieron de inmediato.
"Luna, despertaste. ¿Cómo te sientes?", preguntó la curandera con suavidad.
Amelia se llevó la mano al vientre. "¿Cómo está mi bebé?", soltó, ignorando la pregunta.
Después de dudar por un momento, la curandera respondió: "El bebé está bien... pero tú no. Estás muy débil, y eso podría afectar al embarazo".
El miedo ensombreció los ojos de Amelia. "¿Perderé a mi bebé?".
La voz de la mujer se suavizó. "Las posibilidades de aborto espontáneo son muy altas. Hasta que no pases el primer trimestre, debes descansar lo que más puedas".
Amelia asintió despacio. Aunque había perdido a su pareja y a su hija, no dejaría que le pasara nada a ese bebé, por nada del mundo, por Eva.
"Te traeré tus medicamentos. Espero que te recuperes pronto", dijo la curandera con amabilidad.
"Espera", dijo Amelia cuando la mujer se dio la vuelta para irse.
"¿Sí, Luna?".
La otra susurró: "No dejes que el alfa sepa que estoy embarazada".
La mujer abrió los ojos de golpe, pero asintió.
"La acompañaré a la salida", dijo Tracy, guiando a la curandera.
De repente, la puerta volvió a abrirse de golpe. Amelia levantó la vista, esperando a su amiga, pero en su lugar apareció Sofia.
"¿Qué haces aquí?", preguntó Amelia con voz tensa.
La otra soltó una risita y respondió: "¿Así que fingiste desmayarte solo para que Aiden se quedara? Patético". Su voz burlona hizo que Amelia se estremeciera.
"Ya rompimos el vínculo. Él me rechazó y yo acepté".
"¡Maravilloso!", sonrió Sofia con suficiencia. "Eso me da la oportunidad de ser Luna. Sobre todo ahora que estoy embarazada". Se acarició el vientre con orgullo.
Al escuchar esas palabras, Amelia se quedó helada. ¿Embarazada? ¿Aiden la había estado engañando? ¿Se había acostado con esa mujer? Las lágrimas brotaron de sus ojos. Solo entonces, la puerta volvió a abrirse.
"¿Qué haces aquí?", le preguntó Tracy a Sofia con desdén.
"No me hables así", se burló esta última. "Voy a ser la Luna de esta manada".
"En tus sueños", escupió la otra, fulminándola con la mirada.
Sofia se burló y salió furiosa. Cuando se quedaron solas, Tracy se volvió hacia su amiga y siseó: "Esa mujer es una atrevida... La odio tanto". Luego se dio cuenta de la mirada perdida de Amelia y añadió: "¿Qué pasó? Vi a Aiden salir corriendo y luego te encontré inconsciente. Tuve que llamar a la curandera".
Los ojos de Amelia estaban llenos de lágrimas no derramadas.
"Rompimos el vínculo de apareamiento. Él me rechazó y yo acepté".
"¿Qué?". La otra jadeó.
Amelia se volvió hacia el tocador, tomó el papel del divorcio y lo firmó temblorosamente.
"¿Qué haces?", le preguntó su amiga.
Ignorándola, la chica fue al armario y empezó a guardar su ropa.
"Oye, ¿me estás escuchando?", preguntó Tracy de nuevo.
Amelia se volvió hacia ella, con los ojos hundidos, y respondió: "Ya no hay lugar para mí aquí. Mi hija se murió, el vínculo está roto, Sofia está embarazada... Me voy".
"¿Y el bebé?".
"Él no tiene por qué saberlo. No se lo diré. Y espero que tú tampoco".
Cerró la cremallera de su bolso y miró a su amiga. "Prométemelo. No se lo digas a nadie, ni siquiera a James".
Tracy dudó. "Pero Amelia...".
"Por favor, prométemelo".
La otra tragó saliva y dijo: "Te lo prometo".
Amelia tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta, pero su amiga la bloqueó. "No puedes irte ahora. Necesitas descansar; es demasiado peligroso".
"Estaré bien. Te llamaré cuando me haya instalado. Si alguien pregunta, di que no sabes dónde estoy".
Y con eso, Amelia salió de la casa y de la manada. Unas criadas la vieron irse, y también algunas personas de la casa de la manada. Se subió a un taxi y no miró atrás.
Quería ir a casa de sus padres, pero no estaba segura de que la recibieran, ya que se lo habían advertido. Nunca les gustó la familia de Aiden, las viejas heridas eran profundas; sin embargo, no tenía otro lugar a donde ir.
El taxi se detuvo frente a una casa que le traía muchos recuerdos. Entonces se bajó y le pagó al conductor. Se quedó ahí, mirando la casa en la que creció, y sonrió con tristeza. Extrañó ese lugar más de lo que podía expresar.
Caminó hasta la puerta principal y se detuvo; algo en su interior gritaba "no lo hagas", pero lo reprimió y tocó.
Un momento después, la puerta se abrió y apareció Gloria, su hermana.
"¿Amelia? ¿Qué haces aquí tan tarde?". Los ojos de Gloria se desviaron hacia el equipaje.
Pero la joven no respondió.
"Gloria, ¿quién es?", preguntó una voz que sonaba familiar. Su madre.
Un momento después, su mamá apareció junto a su hermana.
"Amelia...", dijo la mujer con la voz quebrada por la emoción.
"Mamá...", balbuceó ella, ya llorando.
Su madre no dijo ni una palabra. Solo dio un paso adelante y abrazó a su hija. Al instante, la joven se rompió y sollozó. Necesitaba ese abrazo más que nada en este mundo.
Pero el momento se rompió cuando su padre apareció en la puerta, diciendo: "Amelia".
Las mujeres se separaron rápidamente, y la chica bajó la cabeza. "Padre...".
Con voz áspera, el hombre preguntó: "¿Qué haces en mi casa? ¿Tu amado alfa te echó o qué?".
Mirando con los ojos entrecerrados el equipaje, continuó: "¿Y el primer lugar al que se te ocurrió venir fue aquí? Lárgate de mi casa, Amelia, o te arrepentirás del día en que me convertí en tu padre".
Continuará...