No respondí de inmediato. Mis ojos estaban fijos en el paisaje que se deslizaba por la ventana: árboles, más árboles, y un bosque que parecía interminable. La monotonía del entorno comenzaba a resultar asfixiante.
-Valdés -insistió Mateo-, dime que también lo sientes.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
-Sí.
No era miedo, al menos no todavía. Era una presión insidiosa, como si el aire se hubiera vuelto más denso, más pesado. Como si algo invisible se cerniera sobre nosotros a medida que avanzábamos por ese camino incierto.
Finalmente, el vehículo se detuvo.
-Llegamos -dijo el conductor, aunque su voz carecía de convicción.
Frente a nosotros, la base apareció entre los árboles, una estructura que parecía fuera de lugar, como un error en medio del paisaje natural. Era demasiado gris, demasiado rígida, demasiado... muerta. Bajé del vehículo y lo primero que noté fue el silencio abrumador. No había viento, ni el zumbido de insectos, ni el crujir de ramas. No había nada.
Mateo descendió a mi lado.
-Odio este lugar -dijo, su tono reflejaba una inquietud que no podía ocultar.
-Ni siquiera lo conoces -respondí, aunque comprendía su sentimiento.
No hacía falta conocerlo. Había algo en ese sitio que hacía que tu cuerpo reaccionara antes que tu mente, como si una parte de ti supiera que no deberías estar allí.
Nos recibieron dos soldados, cuyos rostros estaban marcados por una inexpresividad inquietante. No dijeron sus nombres, no nos saludaron; simplemente nos miraron, y eso fue aún peor. Sus ojos estaban vacíos, no en un sentido emocional, sino como si hubieran visto algo que les había arrancado una parte de su humanidad.
Uno de ellos se acercó a mí.
-¿Primera vez aquí? -preguntó.
Asentí, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal.
-No salgas de noche.
Mi mandíbula se tensó ante la advertencia.
-¿Por qué?
Por un instante, pensé que no respondería. Pero finalmente lo hizo.
-Porque ellos salen.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
-¿Quiénes?
El soldado no contestó. Solo se alejó, como si ya hubiera revelado demasiado.
## La Primera Noche
Esa noche no dormí. No porque no pudiera, sino porque sabía que no debía. Estaba sentada en mi litera, con el arma firmemente sujeta entre mis manos, escuchando atentamente. El silencio era ensordecedor, hasta que dejó de serlo.
Un sonido. Provenía de afuera. Un paso lento, arrastrado. No era el paso de alguien caminando, sino de algo que parecía estar aprendiendo a hacerlo.
Mi respiración se hizo más superficial. No me moví, no hice el menor ruido. El sonido se detuvo justo frente a mi puerta. Exactamente ahí. Y entonces...
Escuché algo que me heló la sangre. Un susurro, suave y quebrado, como si no supiera usar una voz humana.
-...Lina...
El aire se atascó en mis pulmones. Nadie aquí debería saber mi nombre. Nadie.
Mi dedo se tensó en el gatillo. Y por primera vez desde que llegué, entendí algo con absoluta claridad: No estábamos solos. Y lo que acechaba afuera... ya me había encontrado.