Mateo no decía nada. Caminaba a mi lado en silencio, pero su respiración estaba desordenada. Lo conocía lo suficiente para saber que algo dentro de él se había quebrado... aunque intentara ocultarlo. Y eso me inquietaba más que cualquier criatura que pudiera haber en la oscuridad de esos pasillos.
-Tenemos que reportarlo -dije finalmente, tratando de infundir convicción en mis palabras, aunque por dentro la duda me atenazaba.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía realmente. Mateo soltó una risa corta, sin humor, como si la idea misma fuera absurda.
-¿Y decir qué? ¿Que algo que no existe está caminando por los pasillos?
No respondí, porque tenía razón. La racionalidad se quebraba ante lo que habíamos vivido.
-Si no lo hacemos... -insistí, aunque un nudo se formaba en mi garganta- esto va a empeorar.
Él se detuvo. Giró hacia mí lentamente, sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y resignación.
-Ya está empeorando.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. El aire se sentía denso, como si el mismo ambiente supiera que había algo más acechando.
## La búsqueda de respuestas
Decidimos ir a la sala de control. Si había registros... cámaras... algo, lo encontraríamos ahí. El pasillo parecía más largo que antes. O tal vez era mi percepción, distorsionada por el miedo. Las luces parpadeaban, proyectando sombras que bailaban a nuestro alrededor.
El aire estaba frío, pero no era un frío natural. Era ese tipo de frío que se siente cuando no estás sola... aunque no veas a nadie. Un escalofrío recorrió mi espalda y me abracé a mí misma, tratando de encontrar un calor que se escapaba.
-No me gusta esto -murmuró Mateo, su voz apenas un susurro.
-A mí tampoco.
Seguimos avanzando. Paso a paso. Sin hablar. Sin respirar más de lo necesario. Hasta que llegamos. La sala estaba abierta. Eso ya era mala señal. Entré primero, sintiendo que cada movimiento era un error.
El olor me golpeó de inmediato. Metálico. Denso. Sangre.
-No... -susurré, mientras mi mente intentaba procesar la escena.
Mateo entró detrás de mí y se quedó inmóvil. Había sangre en el suelo. En las paredes. En las pantallas. Pero no había cuerpos. Eso era lo peor. Porque significaba una sola cosa: no había terminado ahí.
## La aparición en la pantalla
-Mira eso -dijo Mateo en voz baja, señalando una de las pantallas.
Seguí su mirada. Una de las pantallas seguía encendida. Parpadeando. Me acerqué lentamente. Cada paso se sentía más pesado. Como si algo me empujara hacia atrás. Pero no me detuve. No podía.
La pantalla mostraba el pasillo. Nuestro pasillo. Vacío. Normal. Tragué saliva, intentando calmar el temblor en mis manos.
-No hay nada.
-Espera -dijo Mateo.
La imagen se distorsionó. Un segundo. Dos. Y entonces... apareció. Detrás de nosotros. En la pantalla. No en la realidad. En la pantalla. Sentí que mi cuerpo se congelaba.
-No te muevas -susurró Mateo.
No lo iba a hacer. No podía. La figura estaba ahí. De pie. Observándonos. Su cabeza inclinada. Su cuerpo... torcido. Como si no estuviera hecho para existir. Y entonces... se movió. No en el pasillo. En la pantalla. Pero lo sentimos. El aire cambió. Se volvió más pesado. Más denso. Más vivo.
-No está en la pantalla... -murmuré, el pánico comenzando a arraigarse en mi pecho.
Mateo apretó el arma. -Lo sé.
Algo cayó detrás de nosotros. Un golpe seco. Ambos giramos. Nada. Pero el sonido... había sido real.
-Lina... -la voz de Mateo fue apenas un hilo. -No estamos solos.
-Nunca lo estuvimos.
La puerta se cerró de golpe. El sonido retumbó en toda la sala. Mi corazón se disparó. Corrí hacia ella. Intenté abrirla. No se movió.
-¡Está bloqueada!
Mateo se acercó. -Aléjate.
Intentó forzarla. Nada.
-No es mecánico -dijo, su voz cargada de frustración.
-¿Entonces qué?
No respondió. Pero no hacía falta. Ambos lo sabíamos. La pantalla volvió a parpadear. Miré. Error. La figura ya no estaba detrás de nosotros. Estaba más cerca. Mucho más cerca. Como si cada segundo... aprendiera a acercarse.
-No la mires -dijo Mateo.
Pero ya era tarde. No podía dejar de hacerlo. Había algo en ella. Algo que te atrapaba. Que te obligaba a mirar. Como si quisiera que la vieras. Como si necesitara ser reconocida.
-Lina -la voz de Mateo sonó más fuerte-. Mírame.
No lo hice. No podía.
-¡Lina!
Sentí sus manos en mis hombros. Firmes. Calientes. Reales.
-Mírame.
Lo hice. Y en ese momento... la conexión se rompió. La presión en mi cabeza desapareció. El aire volvió. Respiré. Fuerte. Desesperada.
-No la mires más -dijo.
Asentí. Pero sabía algo. Ya era tarde.
## El descubrimiento inquietante
-Tenemos que salir -dije.
-Sí.
-Ahora.
Mateo asintió. Pero no se movió. Fruncí el ceño.
-¿Mateo?
No respondió. Su mirada estaba fija en la pantalla.
-Mateo...
Me acerqué. Demasiado. Error.
Lo vi. Su reflejo. En la pantalla. Y detrás de él... la cosa. Esta vez no era una sombra. No era una silueta. Era clara. Demasiado clara. Su "cara" estaba demasiado cerca de la suya. Como si lo estuviera observando. Como si lo estuviera... estudiando.
-Mateo -susurré.
Lento. Muy lento. Giró hacia mí. Y por un segundo... por un solo segundo... no lo reconocí.
Los segundos se estiraron en un silencio abismal, donde el tiempo parecía haberse detenido. Todo a nuestro alrededor se transformó en un paisaje de pesadilla, donde lo real y lo irreal se fusionaban en una danza macabra. Mi corazón latía desbocado, cada pulso un estruendo en mis oídos. A mi alrededor, el mundo parecía desmoronarse, pero tenía que mantenerme firme, tenía que encontrar una salida de esta locura.
Mateo finalmente parpadeó, y en sus ojos vi una chispa de reconocimiento, una lucha interna por aferrarse a la realidad que se nos escapaba. Extendí una mano hacia él, un gesto de anclaje en medio del caos.
-No podemos quedarnos aquí -insistí, mi voz temblando por el esfuerzo de mantener la compostura.
Él asintió, y juntos nos giramos hacia la puerta obstinadamente cerrada. Teníamos que encontrar otra manera, alguna salida que nos devolviera a la luz del día, lejos de la oscuridad que parecía devorarlo todo. La pantalla detrás de nosotros parpadeó una vez más, pero no miramos atrás. No podíamos permitirnos el lujo de caer de nuevo en esa trampa visual que nos atrapaba.
Con cada paso que dábamos hacia lo desconocido, sentía que la oscuridad seguía nuestros movimientos, una sombra sin forma que amenazaba con consumarnos. Pero teníamos que seguir adelante, por cada uno de nosotros y por el otro. La esperanza se convirtió en nuestro único faro mientras nos adentrábamos en lo incierto, buscando respuestas que tal vez nunca llegaríamos a comprender por completo.