Finalmente, el coche se detuvo ante unas imponentes puertas de hierro forjado negro, flanqueadas por cámaras de seguridad que siguieron su movimiento con un zumbido mecánico. Las puertas se abrieron silenciosamente, permitiendo el paso a una extensa propiedad que parecía pertenecer a otro planeta.
Valeria había esperado ver una mansión clásica, quizás con columnas de mármol y jardines llenos de rosas, algo sacado de una película de época. Lo que se alzó ante ella, sin embargo, la dejó sin aliento por una razón muy distinta.
La residencia de Alexander Vance era una fortaleza ultramoderna de líneas rectas y afiladas. Estaba construida casi en su totalidad con hormigón pulido negro, acero inoxidable y vastos paneles de cristal que reflejaban el cielo plomizo de la tarde. No había curvas suaves, ni colores cálidos, ni un solo detalle que invitara a la comodidad. Se erguía sobre el terreno como un depredador acechando en el bosque: imponente, fría y letal.
Parecía un inmenso mausoleo diseñado para alguien que estaba vivo pero no quería ser molestado por el mundo de los vivos.
El chofer estacionó frente a una escalinata de piedra y le abrió la puerta. Al bajar, el silencio del lugar casi la golpeó. No se escuchaba el tráfico, ni sirenas, ni voces. Solo el viento silbando entre los árboles.
En lo alto de los escalones, esperándola con una postura tan rígida como la arquitectura de la casa, había una mujer. Vestía un traje de chaqueta gris oscuro perfectamente planchado, llevaba el cabello canoso recogido en un moño tirante y tenía las manos entrelazadas al frente.
Valeria subió los escalones, sintiendo el peso de la mirada escrutadora de la mujer.
-Buenas tardes -dijo Valeria, intentando esbozar una sonrisa amable que no llegó a sus ojos.
-Señora Vance -respondió la mujer. Su voz era culta, seca y carente de cualquier inflexión emocional-. Soy la señora Hudson, el ama de llaves principal. El señor Vance me informó de su llegada. Bienvenida a su nueva residencia.
Escuchar su nuevo título en voz alta hizo que a Valeria se le revolviera el estómago, pero asintió con un leve movimiento de cabeza.
-Gracias. Puede llamarme Valeria.
-Las familiaridades no son costumbre en esta casa, señora Vance -replicó la señora Hudson sin pestañear-. Mi deber es asegurar que la residencia funcione con la precisión que el señor Vance exige. Si me acompaña, le mostraré las instalaciones y le explicaré las normas de la casa.
Valeria suspiró internamente y siguió a la mujer hacia el interior.
Si el exterior era intimidante, el interior era asfixiante en su inmaculada perfección. El vestíbulo principal tenía un techo de doble altura con una lámpara de araña abstracta que parecía un estallido de cristales afilados. El suelo de mármol negro estaba tan pulido que Valeria podía ver su propio reflejo desaliñado en él. No había alfombras, ni jarrones con flores, ni fotografías. Las paredes estaban adornadas con cuadros de arte contemporáneo: lienzos enormes salpicados de colores fríos que no transmitían nada.
-La planta baja consta de las áreas de recepción, el comedor formal para treinta comensales, la biblioteca, y las cocinas industriales, las cuales son de uso exclusivo del personal -explicaba la señora Hudson mientras caminaban, el eco de sus tacones resonando en las vastas y vacías habitaciones-. El señor Vance no cena en casa a menos que sea un evento programado con socios.
-¿No come aquí? -preguntó Valeria, mirando un comedor inmenso con una mesa de cristal que parecía no haber sido usada jamás.
-El señor Vance es un hombre muy ocupado. Su vida transcurre en la Torre Vance o en vuelos internacionales. La casa es... un lugar de transición.
Un lugar de transición. La frase resonó en la mente de Valeria. Alexander no vivía allí; simplemente existía en ese espacio entre una reunión y otra. Era un hogar vacío para un hombre vacío.
-Llegamos a la primera planta -continuó el ama de llaves, deteniéndose frente a una gran escalera que se bifurcaba en dos direcciones opuestas-. A la derecha se encuentra el Ala Este. Esa zona es de dominio exclusivo del señor Vance. Su despacho privado, su dormitorio y su gimnasio se encuentran allí. Usted tiene estrictamente prohibido el acceso a esa ala, bajo cualquier circunstancia. ¿Queda claro?
Valeria miró hacia el pasillo oscuro de la derecha. Parecía la entrada a la cueva del lobo.
-Perfectamente claro. No tengo el menor interés en invadir su espacio.
-Bien. A la izquierda se encuentra el Ala Oeste. Esa será su zona residencial -La señora Hudson giró y la guio por el pasillo izquierdo, abriendo unas pesadas puertas dobles al final-. Esta es su suite.
Valeria entró y se quedó paralizada. La habitación era del tamaño de su antiguo apartamento completo. Tenía ventanales de suelo a techo con vistas a un bosque privado, una cama de tamaño emperador cubierta con sábanas de seda plateada y una sala de estar privada con sofás de cuero blanco. Era objetivamente hermosa, digna de una revista de diseño de interiores, pero era tan fría como el resto de la casa.
-El vestidor está a su izquierda y el baño a su derecha -indicó Hudson-. Como se le notificó, no era necesario que trajera sus pertenencias. Todo ha sido provisto.
Valeria caminó hacia el vestidor y abrió la puerta. Un jadeo escapó de sus labios. Filas y filas de ropa de diseñador, ordenadas por color y temporada, llenaban el inmenso espacio. Vestidos de gala, trajes de día, zapatos de firmas exclusivas, bolsos de cuero, todo aún con las etiquetas puestas. Incluso los cajones estaban llenos de lencería fina y ropa de dormir de seda.
Era el sueño de cualquier mujer, pero para Valeria, era una pesadilla. Era la prueba tangible de que Alexander la había borrado. Había eliminado a la camarera pobre y la había reemplazado por una muñeca de lujo lista para ser exhibida.
-Si hay algo que no sea de su talla, el sastre vendrá mañana a primera hora para hacer los ajustes necesarios -dijo la señora Hudson desde la puerta-. El peluquero y el maquillador están programados para las dos de la tarde de mañana, antes de su primer evento público oficial como la señora Vance.
-¿Primer evento? -Valeria se giró, asustada.
-Una cena benéfica para la fundación del hospital infantil. El señor Vance considera que es el escenario ideal para su primera aparición formal -La señora Hudson sacó un pequeño dispositivo plateado de su bolsillo y se lo tendió-. Este es el teléfono seguro de la casa. Todos los números que puede necesitar están programados. Tiene prohibido usar sus antiguas redes sociales o comunicarse con la prensa.
Valeria tomó el teléfono. Pesaba en su mano como una piedra.
-Mi hermano... -susurró Valeria, la angustia asomando en su voz-. Necesito llamar al hospital para saber cómo salió de la cirugía.
Por primera vez, la rígida expresión del ama de llaves pareció suavizarse una fracción de milímetro.
-El señor Vance ya se comunicó hace una hora. La cirugía del niño fue un éxito rotundo. Está en cuidados intensivos pediátricos, estable y descansando. Se le permitirá visitarlo mañana por la mañana, antes de prepararse para el evento.
Las rodillas de Valeria cedieron de golpe. Cayó al suelo, sentándose sobre la gruesa alfombra gris, y se cubrió el rostro con las manos mientras un sollozo ahogado escapaba de su garganta. El alivio fue una ola tan masiva que casi la ahoga. Leo iba a vivir. Su hermanito, su única familia, el único rayo de luz en su caótica vida, iba a sobrevivir.
Sintió que la máscara de frialdad que había intentado mantener frente a Alexander y al ama de llaves se resquebrajaba. Lloró con fuerza, lágrimas de agotamiento, de terror reprimido y de una gratitud inmensa que chocaba con la amargura de su nueva realidad.
La señora Hudson la observó en silencio durante un minuto completo.
-La cena se sirve a las ocho en punto, señora Vance. Le sugiero que descanse. Estaré en mi oficina en la planta baja si requiere algo más.
La puerta se cerró con un clic suave, dejándola sola.
Valeria pasó la siguiente hora en el suelo, permitiéndose vaciar todo el estrés acumulado. Cuando finalmente se levantó, el sol ya se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos violáceos que se reflejaban en el cristal de su jaula dorada.
Fue al baño, un templo de mármol blanco, y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo iluminado, vio a una extraña. Se quitó su viejo y desgastado suéter de lana, doblándolo con un cuidado reverencial, y lo guardó en el fondo de uno de los inmensos cajones vacíos. Era el único pedazo de la verdadera Valeria que quedaba en esa casa.
Se puso un conjunto de ropa de estar por casa que encontró en el vestidor, de un cachemir tan suave que parecía irreal, y se sentó al borde de la inmensa cama.
La noche cayó sobre la mansión Vance con una pesadez absoluta. El silencio era ensordecedor. Valeria intentó leer un libro de la estantería, intentó ver la televisión de pantalla plana que ocupaba media pared, pero no podía concentrarse. Su mente viajaba al hospital, a la pequeña cama donde Leo respiraba ahora con un corazón reparado. Había valido la pena. Lo repetiría mil veces si fuera necesario.
A las dos de la madrugada, la garganta seca la obligó a salir de la cama. El agua embotellada de su suite se había acabado y la sed era insoportable.
Decidió aventurarse hacia la cocina. Abrió la puerta de su suite con cuidado. Los pasillos estaban sumidos en penumbras, iluminados solo por tenues luces de cortesía cerca del suelo. Caminó descalza, sus pies hundiéndose en las escasas alfombras de los pasamanos.
Al llegar al rellano principal de la gran escalera, se detuvo.
A su izquierda, estaba la seguridad de la planta baja y la cocina. A su derecha, estaba el Ala Este. La zona prohibida.
Valeria miró hacia la oscuridad del pasillo de Alexander. Todo estaba en silencio, pero entonces, un ligero resplandor dorado llamó su atención. Provenía de debajo de una de las puertas dobles de roble macizo al final del pasillo.
Él estaba allí. El hombre que la había comprado había regresado a su mausoleo en medio de la noche.
Valeria sabía que debía girar a la izquierda. Conocía las reglas de su contrato de cincuenta páginas. "El respeto a los límites físicos y de privacidad es absoluto". Sin embargo, un sonido rompió el silencio de la mansión. No fue un ruido fuerte, sino el crujido repentino de un cristal haciéndose añicos contra la pared, seguido de una respiración pesada, casi un gruñido ahogado de frustración.
Un escalofrío recorrió la espalda de Valeria. Aquel sonido no encajaba con el frío y calculador CEO que ella había conocido. Aquel era el sonido de un hombre que estaba perdiendo el control.
Inconscientemente, dio un paso hacia el Ala Este. La primera regla del señor Vance estaba a punto de ser puesta a prueba.
Nota del Autor: La casa refleja la personalidad inicial de Alexander: vacía, cara y defensiva. Pero ese ruido al final nos muestra que bajo el hielo hay algo a punto de romperse.