Valeria parpadeó, sintiendo que las lágrimas que aún mojaban sus mejillas se enfriaban contra su piel. Miró a aquel hombre. Alexander Vance era la personificación del poder absoluto. Su traje oscuro, hecho a medida, no tenía una sola arruga, y su presencia convertía aquel lúgubre pasillo de hospital en una extensión de su oficina en el último piso de un rascacielos.
-¿Una esposa? -repitió ella, con la voz quebrada-. Señor Vance, esto debe ser una broma de muy mal gusto. Mi hermano se está muriendo a unos metros de aquí. No estoy para juegos.
Alexander no se inmutó. No hubo rastro de ofensa en su rostro, ni siquiera una pizca de incomodidad ante la evidente angustia de la mujer frente a él. Simplemente ajustó el gemelo de plata de su muñeca izquierda con una precisión mecánica.
-No bromeo con los negocios, señorita Soler. Y mucho menos bromeo con mi tiempo -respondió él, dando un paso más hacia ella.
El aroma de su perfume, una mezcla de sándalo, cuero caro y algo metálico y frío, invadió los sentidos de Valeria, borrando por un instante el omnipresente olor a desinfectante. Él era demasiado alto, demasiado imponente. Ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
-Venga conmigo -ordenó él, más que sugirió-. Este no es lugar para discutir los términos de un contrato que definirá el resto de su vida.
-No voy a ir a ninguna parte con usted -replicó Valeria, aunque su resolución flaqueaba al ritmo que recordaba la cifra de doscientos mil dólares-. Ni siquiera lo conozco. Solo sé lo que dicen las noticias... que es un hombre sin escrúpulos.
Alexander arqueó una ceja, y por primera vez, una sombra de algo parecido a la diversión cruzó sus ojos grises.
-Entonces sabe lo suficiente. Sabe que si hago una promesa, la cumplo. Y mi promesa es esta: si usted acepta mis términos, el mejor equipo quirúrgico del país estará aquí mañana al amanecer para salvar a ese niño. Si se queda aquí esperando un milagro gratuito, para el viernes estará eligiendo un ataúd pequeño.
El golpe fue brutal. Valeria ahogó un sollozo, llevándose una mano a la boca. La crudeza de Alexander era aterradora, pero era real. La realidad era su enemigo más cruel en ese momento.
-Cinco minutos -dijo Alexander, consultando su reloj de pulsera de edición limitada-. Hay una cafetería privada en la planta baja. Mi chofer ya ha despejado un área. Usted decide: cinco minutos de conversación por la vida de su hermano, o el orgullo de una mujer pobre por su muerte.
Sin esperar respuesta, él se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sus pasos resonaban con una autoridad que parecía hacer que incluso las paredes del hospital se apartaran a su paso. Valeria miró hacia la habitación de Leo. Vio su pequeña mano pálida descansando sobre la sábana. No tenía elección. Nunca la había tenido desde el momento en que el corazón de su hermano decidió fallar.
Caminó tras él, sintiéndose como una condenada al cadalso.
La cafetería estaba desierta, a excepción de dos hombres corpulentos de traje negro que custodiaban la entrada. Alexander estaba sentado en una de las mesas del rincón, con un café humeante frente a él que no tocaba. Cuando Valeria se sentó frente a él, se sintió pequeña, desaliñada y fuera de lugar con su suéter de lana gastado y sus jeans viejos.
-¿Por qué yo? -fue lo primero que ella preguntó, con los ojos fijos en sus propias manos temblorosas sobre la mesa-. Hay miles de mujeres que matarían por llevar su apellido. Modelos, herederas, mujeres que saben cómo moverse en su mundo. Yo no soy nada de eso.
Alexander la observó en silencio durante un largo rato. Sus ojos recorrían su rostro con una intensidad que la hacía sentir desnuda. No era una mirada lujuriosa, era la mirada de un tasador evaluando una joya o una propiedad.
-Precisamente por eso, Valeria -dijo él, pronunciando su nombre por primera vez. Su voz sonaba extrañamente íntima y autoritaria al mismo tiempo-. No necesito una mujer que quiera mi dinero, porque ya tengo demasiado. No necesito una mujer con ambiciones sociales, porque las ambiciones de los demás suelen estorbar las mías. Necesito a alguien que me deba todo. Alguien cuya lealtad esté garantizada por una deuda que nunca podrá pagar con dinero.
-Me quiere como a un perro fiel -escupió ella con amargura.
-La quiero como a una esposa ante el mundo -corrigió él-. Mi abuelo, el fundador de Industrias Vance, dejó una cláusula arcaica en su testamento. Para consolidar mi posición como presidente vitalicio y acceder al fondo de reserva del imperio, debo estar casado y mantener ese matrimonio durante al menos dos años.
Alexander hizo una pausa, y su expresión se endureció.
-Además, hay una mujer, Isabella de la Roca. Usted probablemente la conoce por las columnas de chismes. Está convencida de que estamos destinados a estar juntos por una alianza de familias. Su obsesión ha empezado a afectar mis negocios y mi paz mental. Un matrimonio con alguien... inesperado... como usted, terminará con sus pretensiones de un solo golpe.
Valeria soltó una risa seca y nerviosa.
-Así que soy el escudo contra su ex novia loca y la llave para su herencia. Es un negocio muy rentable para usted, señor Vance.
-Es un negocio rentable para ambos -replicó él fríamente-. Usted obtiene la vida de su hermano, la mejor educación para él, una casa donde no tenga que preocuparse por las goteras y una cuenta bancaria que nunca se vaciará. A cambio, usted me entrega dos años. Vivirá en mi casa, asistirá a los eventos que yo decida, sonreirá cuando yo lo diga y, lo más importante, seguirá mis reglas.
-¿Qué reglas?
Alexander se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos.
-Regla número uno: no cuestionará mis decisiones en público. Regla número dos: mantendrá una conducta impecable; no quiero escándalos. Regla número tres: esto es un contrato comercial. No habrá contacto físico más allá de lo necesario para mantener las apariencias frente a terceros. Y la regla más importante de todas, Valeria...
Él hizo una pausa intencionada, y sus ojos grises parecieron volverse de acero.
-No se enamore de mí. No habrá espacio para el romance en esta casa. No soy el príncipe azul de los cuentos que usted probablemente lee. Soy un hombre de negocios, y usted es mi adquisición más reciente.
Valeria sintió una punzada de humillación, pero la rabia empezaba a suplantar al miedo.
-No se preocupe por eso, señor Vance. Su ego es lo suficientemente grande para los dos, no hay espacio para que yo sienta nada por usted.
Alexander asintió, aparentemente satisfecho con la respuesta. Sacó una pluma estilográfica de oro de su bolsillo y un documento de apenas dos páginas que parecía haber estado esperando en su chaqueta. Lo deslizó sobre la mesa hacia ella.
-Es un acuerdo preliminar. Mañana, mis abogados traerán el contrato completo de cincuenta páginas, pero esto es suficiente para que yo dé la orden de iniciar la cirugía de Leo hoy mismo.
Valeria miró el papel. Los términos estaban ahí, fríos y claros. Su nombre junto al de él. El precio de su libertad escrito en tinta negra.
-¿Y si me niego? -preguntó ella, en un último intento de rebeldía.
Alexander se puso de pie con elegancia, abotonando su chaqueta.
-Entonces me iré de aquí. Mi chofer me llevará a una cena de negocios y usted regresará a la habitación de su hermano a ver cómo se apaga su vida mientras se pregunta cuánto vale realmente su orgullo. La decisión es suya, Valeria Soler. Pero decida ahora. Mi oferta expira en cuanto cruce esa puerta.
Valeria miró el papel y luego la puerta de la cafetería. Pensó en Leo, en sus manos pequeñas, en su risa que se volvía cada vez más débil. Pensó en las noches que había pasado llorando en el suelo de la cocina porque no sabía cómo pagar la luz.
Con los dedos temblando violentamente, tomó la pluma. El metal estaba frío, igual que el hombre que la observaba. Firmó con trazos rápidos, como si quisiera terminar con la agonía lo antes posible.
Alexander tomó el papel, lo revisó brevemente y lo guardó. No hubo una felicitación, ni un apretón de manos.
-Bienvenida a la familia Vance, Valeria -dijo él, con una voz que no contenía alegría, solo triunfo-. Mañana a las seis de la mañana, un coche vendrá a buscarla. Traiga lo esencial. El resto de su vida anterior... considérelo basura.
Alexander se dio la vuelta y salió, seguido por sus guardaespaldas. Valeria se quedó sola en la cafetería desierta, con el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza en sus oídos. Había salvado a su hermano, pero acababa de darse cuenta de que, para hacerlo, había tenido que entregar su propia alma al hombre más peligroso que jamás había conocido.
Miró por la ventana y vio el coche negro de Alexander alejarse bajo la lluvia. La deuda de amor acababa de empezar, y el interés iba a ser mucho más alto de lo que ella jamás imaginó.