-Céntrate, Valeria -se susurró a sí misma, mientras secaba sus mejillas con una toalla que se sentía más suave que cualquier prenda de ropa que poseyera-. No es una boda. Es un rescate. Es el precio de la vida de Leo.
Diez minutos exactos después, salió al pasillo. Alexander la esperaba junto al ascensor privado. Había vuelto a ponerse la chaqueta y su expresión era la de alguien que se prepara para una reunión de accionistas, no para unir su vida a la de otra persona. Al verla, sus ojos recorrieron su figura una vez más.
-Espero que sepa actuar mejor de lo que se ve -dijo él con una frialdad que ya empezaba a ser familiar-. Un hombre como yo no se casaría con una mujer que parece estar de luto. Intente sonreír, aunque sea un poco.
-No se preocupe, señor Vance. Soy excelente fingiendo. Llevo años diciéndole a mi hermano que todo estará bien cuando el mundo se caía a pedazos -replicó ella, entrando al ascensor antes que él.
El trayecto hacia el ayuntamiento fue breve pero cargado de una tensión eléctrica. Alexander no dejó de revisar correos en su teléfono, como si el acto de casarse fuera un inconveniente menor en su agenda. Valeria, por su parte, entrelazaba sus dedos con fuerza, sintiendo que el aire dentro del coche se volvía cada vez más pesado.
Al llegar, no hubo alfombra roja, ni flores, ni familiares emocionados. Entraron por una puerta lateral para evitar a cualquier periodista curioso. En una oficina pequeña y austera, los esperaba un juez de paz que parecía tener tanta prisa como Alexander, y un hombre canoso de traje gris que Valeria identificó como el abogado principal de los Vance.
-Podemos comenzar -dijo Alexander, sentándose a la mesa sin quitarse siquiera el abrigo.
El juez comenzó a leer los artículos legales correspondientes al matrimonio civil. Las palabras "amor", "respeto" y "fidelidad" resonaban en la pequeña sala con una ironía hiriente. Valeria sentía que cada frase era una bofetada. Miró a Alexander de reojo; él ni siquiera parpadeaba. Estaba mirando el acta con la misma atención con la que revisaría una cláusula de rescisión.
-Señor Alexander Vance, ¿acepta usted a Valeria Soler como su legítima esposa? -preguntó el juez, con voz monótona.
-Acepto -respondió Alexander. Fue una palabra corta, seca, lanzada como una orden.
El juez se giró hacia ella. El corazón de Valeria latía tan fuerte que temía que los demás pudieran oírlo. Por un segundo, la imagen de Leo en la cama del hospital cruzó su mente. Sus ojitos brillantes, su pequeña mano aferrando la suya.
-Señorita Valeria Soler, ¿acepta usted a Alexander Vance como su legítimo esposo?
El tiempo pareció dilatarse. Valeria miró el papel sobre la mesa. No era un sacramento, era una transacción. No era un anillo, era un cheque en blanco.
-Acepto -susurró, sintiendo que su voz no le pertenecía.
-Pueden firmar aquí.
Alexander tomó la pluma primero. Firmó con un trazo rápido, elegante y decidido. Luego, le pasó el instrumento a ella. El metal de la pluma estaba frío. Valeria firmó justo debajo, viendo cómo sus apellidos se unían en el papel oficial. En ese preciso instante, dejó de ser Valeria Soler para convertirse en una pieza de ajedrez en el tablero de Alexander Vance.
El juez selló los documentos y el abogado los recogió de inmediato, guardándolos en un maletín con cierre de seguridad.
-Felicidades, señor y señora Vance -dijo el juez, aunque no había rastro de alegría en su tono-. El acta civil quedará registrada oficialmente en una hora.
Alexander se puso de pie antes de que el juez terminara de hablar.
-Gracias, Juez Torres. Mi abogado se encargará de los honorarios -dijo Alexander, girándose hacia Valeria-. Vámonos. Tenemos mucho que hacer y mi paciencia con los trámites burocráticos es limitada.
Salieron del edificio con la misma rapidez con la que habían entrado. Una vez dentro de la seguridad del sedán negro, el silencio volvió a reinar. Valeria miraba su mano izquierda, todavía vacía de anillos, pero cargada con el peso de la firma que acababa de estampar.
Alexander sacó un sobre de piel negra de su bolsillo interior y lo dejó sobre el asiento, justo entre los dos.
-Su nueva vida requiere herramientas -dijo él, sin mirarla-. Dentro encontrará su identificación actualizada y una tarjeta de crédito.
Valeria abrió el sobre con dedos temblorosos. Sacó una tarjeta de color negro mate, pesada, de metal, con el logo de un banco exclusivo y su nombre grabado en letras doradas: Valeria V. de Vance.
-No tiene límite de crédito -continuó Alexander, con voz gélida-. Úsela para lo que necesite. Ropa, joyas, lo que sea que considere adecuado para mantener el estatus que ahora ostenta. No quiero que nadie sospeche de su origen. A partir de hoy, usted es una mujer de lujo.
Valeria apretó la tarjeta entre sus dedos. Los bordes de metal se hundieron en su piel.
-¿Me está pagando por adelantado, señor Vance? -preguntó ella, con una mezcla de náusea y orgullo herido.
-Le estoy dando los recursos para cumplir con su parte del contrato -respondió él, girando por fin la cabeza para mirarla a los ojos-. No se confunda, Valeria. No me importa lo que compre con ella. Pero si un solo periodista la ve con ese suéter de lana barata otra vez, consideraré que ha incumplido la cláusula de imagen y detendré los pagos al hospital.
Valeria sintió que la sangre le hervía. Miró la tarjeta negra, ese pedazo de metal que representaba todo lo que odiaba de hombres como él: la creencia de que todo, absolutamente todo, tenía un precio.
-Entiendo -dijo ella, con una voz que vibraba de rabia contenida-. Soy un activo que debe lucir bien para que su inversión no pierda valor.
-Exactamente -concedió él, impasible-. Me alegra que lo comprenda tan rápido. Ahorraremos mucho tiempo.
Valeria guardó la tarjeta en el sobre y lo apretó contra su pecho. Se sentía sucia. Se sentía como una mercancía que acababa de ser empaquetada y etiquetada. Pero luego pensó en Leo. En este mismo momento, su hermano estaba siendo operado por las manos más capaces del mundo. Ese pedazo de metal negro era la medicina de Leo. Era su comida. Era su futuro.
Si tenía que venderse para que su hermano viviera, lo haría. Se convertiría en la mejor actriz que Alexander Vance hubiera contratado jamás.
-El coche la llevará a la mansión -dijo Alexander, mirando de nuevo su teléfono-. Mi ama de llaves, la señora Hudson, la estará esperando. Ella le mostrará sus habitaciones y le dará el horario de nuestras próximas apariciones públicas. Yo iré directo a la oficina. Tengo una junta a las once y esta... ceremonia... me ha hecho perder tiempo valioso.
-Por supuesto -replicó Valeria, con una sonrisa falsa y afilada-. No querría yo que su matrimonio interfiriera con sus millones.
Alexander no respondió. El coche se detuvo frente a la Torre Vance para dejarlo a él. Antes de bajar, se detuvo por un segundo, con la mano en la manilla de la puerta.
-Una última cosa, Valeria. Mi casa es un lugar de orden. No espero que seamos amigos, pero espero que no cause problemas. Si necesita algo, hable con Hudson. No me llame a menos que el mundo se esté acabando.
Bajó del coche sin esperar respuesta y entró en el edificio con paso firme, sin mirar atrás ni una sola vez.
Valeria se quedó sola en el asiento trasero, rodeada por el aroma a cuero y a Alexander Vance. Miró por la ventana mientras el coche reanudaba la marcha hacia la mansión. Se sintió como una extraña en su propia piel. Hace apenas veinticuatro horas, era una camarera preocupada por el alquiler. Ahora, era la esposa del hombre más poderoso de la ciudad, con una tarjeta negra sin límite en el bolso y un hermano que tendría una segunda oportunidad.
Había salvado a Leo, pero mientras el coche se alejaba del bullicio de la ciudad hacia las colinas exclusivas, Valeria Soler sintió que acababa de entrar en una jaula de oro cuyas llaves estaban en manos de un hombre que no conocía la palabra piedad.
Nota del Autor: La tensión entre ellos está en su punto más alto. Alexander la ve como una herramienta y ella lo ve como un mal necesario. En el próximo capítulo, Valeria descubrirá que vivir en la mansión Vance es como vivir en un museo congelado en el tiempo.