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El Contrato del CEO y la Deuda de Amor
img img El Contrato del CEO y la Deuda de Amor img Capítulo 1 El precio de un milagro
1 Capítulo
Capítulo 6 El Sabor de la Frialdad img
Capítulo 7 El Armazón de Seda img
Capítulo 8 El Teatro de las Ilusiones img
Capítulo 9 El Veneno de Isabella img
Capítulo 10 El Refugio en la Tormenta img
Capítulo 11 La Arquitectura del Hielo img
Capítulo 12 La Armadura Fracturada img
Capítulo 13 El Pasillo Oscuro img
Capítulo 14 Rumores y Resoluciones img
Capítulo 15 El Purgatorio y los Doce Millones img
Capítulo 16 El Precio de una Sonrisa img
Capítulo 17 La Tormenta Perfecta img
Capítulo 18 La Tormenta de Seda img
Capítulo 19 El Bautismo del Alba img
Capítulo 20 Fuego sobre la Arena img
Capítulo 21 El Fin del Oasis img
Capítulo 22 La Luz en el Mausoleo img
Capítulo 23 El Estallido img
Capítulo 24 La Restauración del Hielo img
Capítulo 25 Los Fantasmas de la Bóveda img
Capítulo 26 La Sospecha y la Sombra img
Capítulo 27 La Trampa de Cristal img
Capítulo 28 El Peso de la Verdad img
Capítulo 29 La Verdad en las Sombras img
Capítulo 30 El Peso de los Hilos img
Capítulo 31 El Silencio de la Tumba img
Capítulo 32 El Eco de los Flashes img
Capítulo 33 El Héroe Ausente img
Capítulo 34 El Golpe de Estado img
Capítulo 35 El Precio del Alma img
Capítulo 36 El Mensaje de Auxilio img
Capítulo 37 La Reina en el Tablero img
Capítulo 38 El Pacto de Sangre y Luz img
Capítulo 39 El Arte de la Guerra a Dos Bandas img
Capítulo 40 Jaque Mate en la Cima del Mundo img
Capítulo 41 Cenizas y Porvenir img
Capítulo 42 El Perdón y el Principio img
Capítulo 43 El Bautismo del Fuego img
Capítulo 44 Integración Familiar img
Capítulo 45 El Legado Transformado img
Capítulo 46 El Último Zarpazo img
Capítulo 47 La Promesa de Cristal img
Capítulo 48 El Contraste de la Luz img
Capítulo 49 El Rescate del Alma img
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El Contrato del CEO y la Deuda de Amor

Autor: S. Mejia
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Capítulo 1 El precio de un milagro

El olor a antiséptico siempre había sido el aroma del miedo para Valeria. Sentada en la incómoda silla de plástico de la sala de espera, observaba cómo las manecillas del reloj de pared avanzaban con una lentitud tortuosa. Cada segundo era un recordatorio de que el tiempo de Leo se agotaba.

-¿Señorita Soler?

Valeria se puso de pie de un salto. Sus manos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos, temblaron ligeramente. Frente a ella, el Dr. Mendoza sostenía una carpeta con una expresión que le heló la sangre. No era la mirada de un médico que trae buenas noticias; era la mirada de alguien que se prepara para dar un golpe de gracia.

-Dígame que ya lo autorizaron -suplicó Valeria, con la voz apenas por encima de un susurro-. Dijeron que la revisión tardaría 24 horas. Ya pasaron treinta.

El médico soltó un suspiro pesado y la guio hacia su oficina. Una vez dentro, cerró la puerta, ofreciéndole una privacidad que Valeria supo que no quería.

-Lo siento mucho, Valeria. El seguro ha clasificado la cardiopatía de Leo como una "condición preexistente no declarada". Han denegado la cobertura total de la cirugía.

El mundo pareció detenerse. Valeria sintió un pitido agudo en los oídos que ahogó el ruido del hospital.

-¿Preexistente? -logró decir, sintiendo que el aire le faltaba-. Leo tiene ocho años. Nació con esto, ellos lo sabían cuando firmamos la póliza. ¡Es ilegal que hagan esto ahora!

-Sus abogados son expertos en encontrar grietas en los contratos, hija -dijo el doctor con verdadera lástima-. Sin la cobertura, el hospital requiere un depósito inicial para programar el quirófano. Estamos hablando de doscientos mil dólares solo para empezar.

Doscientos mil dólares. Para Valeria, esa cifra podría haber sido de doscientos millones; era igual de inalcanzable. Sus ahorros se habían esfumado entre consultas, medicamentos y las noches que tenía que faltar al trabajo para cuidar a Leo cuando la fiebre subía demasiado. Su sueldo en la cafetería apenas cubría el alquiler del pequeño apartamento donde vivían.

-Tiene que haber otra forma -dijo ella, con lágrimas quemándole los ojos-. Haré turnos dobles, pediré un préstamo...

-Valeria, siendo realistas, ningún banco te dará esa cantidad con tus ingresos. Y Leo no tiene meses. Tiene semanas. Si no se opera antes de que termine el mes, su corazón simplemente... dejará de luchar.

Valeria salió de la oficina del médico como un fantasma. Caminó por el pasillo hasta la habitación 402. A través del cristal de la puerta, vio a su hermano pequeño. Estaba pálido, conectado a monitores que dictaban el ritmo de su frágil existencia, pero al verla, sus ojos se iluminaron y le dedicó una sonrisa débil mientras sostenía su desgastado muñeco de superhéroe.

Se dio la vuelta, incapaz de dejar que la viera llorar. Se apoyó contra la pared fría del pasillo y se deslizó hasta el suelo, escondiendo el rostro entre las manos. Estaba sola. Estaba rota. Y su hermano iba a morir porque ella no tenía el dinero suficiente para comprar su vida.

-Haría cualquier cosa -sollozó para sí misma, con una desesperación que le quemaba las entrañas-. Lo que sea. Solo... por favor, sálvenlo.

En ese momento, el eco de unos pasos firmes y metálicos resonó en el pasillo. Una sombra larga y elegante se proyectó sobre ella. Valeria levantó la vista, limpiándose las lágrimas con rudeza.

Frente a ella, un hombre que parecía haber sido esculpido en mármol frío la observaba con una intensidad calculadora. Traje de tres piezas, una presencia que exigía espacio y unos ojos grises que no mostraban ni un ápice de compasión, pero sí un interés profundo.

-¿Cualquier cosa, señorita Soler? -La voz del hombre era profunda, aterciopelada y peligrosamente tranquila.

Valeria se quedó sin aliento. Reconocía ese rostro de las portadas de las revistas de finanzas. Era Alexander Vance. El hombre que no hacía caridad, solo inversiones.

-¿Quién es usted? -preguntó ella, poniéndose de pie y tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba entre los dedos.

-Soy el hombre que va a pagar la cirugía de su hermano -respondió él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal-. Pero antes de que el primer centavo llegue a la cuenta de este hospital, usted tendrá que firmar algo para mí.

Valeria sintió un escalofrío. Sabía que estaba a punto de hacer un pacto con el diablo, pero mientras miraba a través del cristal a su hermano, supo que no tenía otra opción.

-¿Qué quiere de mí?

Alexander esbozó una sonrisa lenta, carente de calidez.

-Quiero su libertad por los próximos dos años. Quiero una esposa.

            
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