Mila enterró el rostro en el cabello oscuro de su hijo, inhalando su aroma a champú de lavanda y galletas. Estaba temblando. Un temblor incontrolable que nacía en el centro de su pecho y se extendía hasta la punta de sus dedos.
Doce horas. Caleb le había dado doce horas para empacar su vida entera y someterse de nuevo a su tiranía. La sola idea de regresar a Nueva York, de volver a pisar esa mansión de cristal y acero que había sido su jaula de oro durante un año, le provocaba náuseas. Pero lo que más la aterrorizaba era la mirada que había visto en los ojos de Caleb al contemplar a Leo. Era la mirada de un hombre que había encontrado una nueva posesión, un trofeo incalculable que jamás dejaría escapar.
Con un esfuerzo sobrehumano, Mila se puso de pie, acunando al niño con cuidado para no despertarlo. Caminó de regreso a la habitación trasera, lo acostó en su pequeña cama en forma de coche y lo arropó hasta la barbilla. Se quedó mirándolo un momento. El ceño de Leo, incluso dormido, conservaba esa ligera línea de tensión. Su hijo. Su mundo entero.
-No voy a dejar que te lleve -susurró, con la voz rota pero cargada de una determinación feroz.
Salió de la habitación, cerrando la puerta con sigilo. Necesitaba pensar. Necesitaba una salida. Caminó hacia el gran ventanal del estudio y miró hacia la calle empapada del Soho. Allí, estacionado en la acera, bajo la luz parpadeante de una farola, estaba el inconfundible y opulento Maybach negro de Caleb. El motor estaba en marcha, las luces traseras brillando en rojo sobre el asfalto mojado.
No se había ido. Estaba allí abajo, esperando, acechando en la oscuridad como el depredador que era.
La desesperación es un combustible peligroso, y en ese instante, Mila estaba ardiendo en ella. Si Caleb regresaba a Nueva York creyendo que Leo era su heredero, la maquinaria de Thorne Enterprises se pondría en marcha. Tendría a los mejores abogados del mundo sobre ella al amanecer, órdenes de restricción, demandas de custodia total... La aplastaría antes de que ella pudiera siquiera contratar a un abogado mediocre.
Tenía que detenerlo. Tenía que sembrar la duda en su mente implacable.
Sin detenerse a pensar en las consecuencias, Mila agarró un abrigo del perchero, se lo echó sobre los hombros y salió del estudio. Bajó las escaleras de emergencia de dos en dos, impulsada por la adrenalina pura. Empujó la puerta de metal de la entrada del edificio y salió a la calle.
El frío de noviembre la golpeó como una bofetada, y la lluvia empapó su cabello en segundos, pero no le importó. Caminó con paso firme hacia el vehículo negro. El chófer, al verla acercarse por el espejo retrovisor, hizo un ademán de bajar, pero la ventanilla trasera tintada descendió con un suave zumbido antes de que el hombre pudiera moverse.
El interior del coche emanaba calor y el inconfundible aroma a cuero nuevo y a la colonia de Caleb. Él estaba sentado en la penumbra, sosteniendo un vaso de cristal con whisky ámbar en una mano y su teléfono en la otra. No parecía sorprendido de verla. De hecho, la leve curvatura de sus labios sugería que la estaba esperando.
-¿Olvidaste cómo hacer una maleta, Mila? -preguntó él, su voz perezosa y mortalmente calmada cortando el ruido de la lluvia.
Mila apoyó las manos en el borde de la ventanilla empapada, ignorando el agua que le corría por el rostro.
-Ese niño no es tuyo.
El silencio que siguió a esas cinco palabras fue más ensordecedor que un trueno. Caleb dejó de mirar su teléfono. Giró la cabeza lentamente hacia ella. La luz de la farola iluminó la mitad de su rostro, revelando una máscara de absoluta incomprensión que rápidamente se transformó en algo mucho más peligroso.
-Sube al auto -ordenó él.
-No. Escúchame bien, Caleb... -empezó Mila, pero no pudo terminar.
La puerta trasera se abrió de golpe, empujada por la mano libre de Caleb. Con un movimiento rápido y brutal, él agarró la muñeca de Mila y tiró de ella hacia el interior del vehículo. Mila soltó un grito de sorpresa mientras caía sobre el asiento de cuero, la puerta cerrándose herméticamente detrás de ella, aislando el sonido de la tormenta exterior.
Mila intentó zafarse, pero Caleb la acorraló contra el respaldo, su gran cuerpo bloqueando cualquier ruta de escape. Dejó el vaso de whisky en el portavasos con un golpe seco que hizo tintinear los cubitos de hielo.
-Vuelve a repetir lo que acabas de decir -siseó Caleb, su rostro a milímetros del de ella. Sus ojos grises eran dos tormentas desatadas.
Mila tragó saliva, obligándose a sostenerle la mirada. Su corazón latía desbocado, pero se aferró a la mentira con la fuerza de un náufrago a una tabla.
-Leo no lleva tu sangre.
-Mientes -gruñó él, la palabra vibrando en su pecho-. Vi su rostro, Mila. Me vi a mí mismo. Y escuché lo que me gritaste arriba. "Qué querías que hiciera", dijiste. No juegues conmigo.
-¡Estaba en pánico! -replicó ella, alzando la voz, inyectando toda la angustia genuina que sentía en su mentira-. Cuando me fui de Nueva York... sí, estaba embarazada. Lo descubrí la noche que terminó el contrato. Por eso huí, Caleb. Porque sabía que me obligarías a deshacerme de él. Sabía que odiabas la idea de tener un hijo.
Caleb se tensó de tal manera que parecía que sus huesos iban a romper su traje. Su respiración se volvió pesada.
-¿Y entonces? -preguntó, la voz ronca, apenas contenida-. Si estabas embarazada... ¿dónde está mi hijo, Mila?
Mila apartó la mirada, forzando unas lágrimas calientes a asomar a sus ojos. No le costó trabajo llorar; la tensión del momento era insoportable.
-Lo perdí -susurró, con la voz quebrada-. El estrés del viaje, el pánico de que me encontraras, estar sola en un país nuevo... Tuve un aborto espontáneo a las seis semanas. Lo perdí, Caleb. Tu gran problema se resolvió solo.
La reacción de Caleb fue visceral. Soltó las muñecas de Mila como si quemaran y retrocedió contra su propio asiento. Un músculo palpitó furiosamente en su mandíbula. Por una fracción de segundo, la máscara del CEO inquebrantable se fracturó, revelando un abismo de algo que se parecía aterradoramente al dolor. Pero tan rápido como apareció, el dolor fue incinerado por la furia.
-¿Y el niño de arriba? -exigió saber, su tono ahora afilado como un bisturí.
-Quería ser madre -continuó Mila, hilando la mentira a un ritmo febril-. Estaba rota. Conocí a alguien. Un donante, una clínica en Londres. Elegí un perfil que se parecía a mí, a... a nosotros. Leo es mío, Caleb. Solo mío. Tiene mis ojos oscuros, mi cabello. La línea de su ceño es solo una coincidencia. Estás proyectando tus propios demonios en un niño que no tiene nada que ver con el imperio Thorne.
La respiración de Caleb llenaba el pequeño espacio del coche. La miró fijamente durante un largo minuto, analizando cada microexpresión de su rostro empapado y aterrorizado. Mila sostuvo la mentira, rezando a todos los dioses para que la creyera, para que su ego le impidiera aceptar que ella había logrado ocultarle a su verdadero heredero.
De repente, Caleb soltó una carcajada. Fue un sonido corto, desprovisto de humor, oscuro y cargado de una amenaza que hizo que la sangre de Mila se helara.
Se inclinó hacia adelante de nuevo, apoyando una mano en el respaldo del asiento de Mila, atrapándola en su órbita.
-Eres una actriz pésima, esposa.
-¡Es la verdad! -gritó ella, golpeando su pecho con ambas manos, pero él ni se inmutó.
-¿Crees que soy un idiota? -La voz de Caleb subió de volumen, llenando el Maybach con su rabia-. ¿Crees que puedes insultar mi inteligencia de esta manera? Soy Caleb Thorne. Conozco mi propia sangre cuando la tengo enfrente. Ese niño frunce el ceño igual que yo, camina con la misma arrogancia, y apostaría mi fortuna a que tiene el mismo temperamento de mierda que ha plagado a mi familia durante tres generaciones.
Caleb metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó su teléfono. Desbloqueó la pantalla con movimientos violentos y rápidos.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó Mila, el pánico real asfixiándola.
-Destruir tu pequeña fantasía -respondió él sin mirarla, marcando un número de contacto rápido-. Pensaba ser civilizado y llevarlos a Nueva York primero. Pero ya que insistes en tratarme como a un imbécil, vamos a resolver esto esta misma noche.
Llevó el teléfono a su oreja. Mila intentó arrebatárselo, pero él le sujetó ambas manos con una sola de las suyas, con una fuerza que le recordó que, físicamente, él siempre tendría la ventaja.
-Harrison -ladró Caleb al teléfono en cuanto la otra línea contestó-. Despierta al Doctor Evans. Quiero que él y su equipo de laboratorio estén en la puerta de este maldito estudio en exactamente treinta minutos. No, no me importa si está en un simposio en Ginebra. Si no está aquí con un kit de extracción genética, despídelo y compra la clínica.
Caleb colgó y arrojó el teléfono al asiento contiguo. Sus ojos grises, ahora encendidos con el fuego de una guerra declarada, se clavaron en Mila.
-Una prueba de ADN. Esta noche. -Las palabras fueron pronunciadas como una sentencia de muerte-. Si dices la verdad, Mila, si resulta que no soy el padre, te juro que firmaré los papeles del fideicomiso, me subiré a mi avión y no volverás a ver mi rostro en tu vida.
Mila dejó de respirar. El nudo en su garganta era tan grande que le dolía.
-Pero... -continuó Caleb, soltando las muñecas de Mila para acariciar lentamente la línea de su mandíbula. El contraste entre la furia de sus palabras y la suavidad de su toque fue perturbador-. Pero si resulta que me has mentido... si ese papel dice que el niño que duerme allá arriba es mi hijo... te quitaré todo. Cada ilusión de libertad que te has construido en estos tres años, la haré cenizas. Y tú misma me rogarás de rodillas volver a mi cama.
El sonido de la lluvia golpeando el metal del coche fue lo único que respondió a su amenaza. Mila cerró los ojos, sabiendo que acababa de perder la partida, y que el monstruo corporativo no descansaría hasta devorar su vida por completo.