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El Contrato del Heredero Prohibido
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Capítulo 4 La sangre no miente

La maquinaria del imperio Thorne no conocía de husos horarios, de tormentas o de imposibilidades médicas. Apenas cincuenta minutos después de la llamada de Caleb desde el interior del Maybach, el ascensor privado del edificio en el Soho emitió un tintineo agudo.

Mila, sentada en el borde del sofá de cuero de la sala de espera de su estudio, levantó la vista con los ojos enrojecidos. Caleb estaba de pie junto a los ventanales, inmóvil como una gárgola esculpida en obsidiana, con la mirada perdida en la lluvia que ahora caía como una cortina gris sobre Londres. No se había quitado la chaqueta del traje; no había mostrado ni una sola señal de fatiga.

Las puertas del ascensor se abrieron para revelar a tres hombres trajeados. Dos de ellos tenían el inconfundible aspecto de guardaespaldas privados, pero fue el tercero el que hizo que el estómago de Mila se contrajera en un nudo doloroso. El Doctor Evans era un hombre de unos cincuenta años, de rostro afilado y modales clínicos, que llevaba en la mano un maletín metálico plateado con el logotipo de uno de los laboratorios de biotecnología más exclusivos (y rápidos) de Europa.

-Señor Thorne -saludó el médico con un asentimiento servil, ignorando por completo la presencia de Mila-. He traído el equipo de secuenciación rápida. Si la carga viral y celular es óptima, tendré el resultado aquí mismo en aproximadamente tres horas.

-Hazlo -fue la única respuesta de Caleb, su voz cortando el aire frío del estudio.

Mila se puso de pie de un salto, interponiéndose entre el médico y el pasillo que conducía a la habitación de Leo.

-No van a tocarlo -siseó, su instinto maternal aullando-. Está durmiendo. No voy a permitir que un extraño lo pinche o lo asuste en medio de la noche solo para satisfacer el ego de un megalómano.

Caleb giró lentamente la cabeza hacia ella. La luz mortecina del amanecer que comenzaba a filtrarse por las ventanas le daba a su rostro un aspecto letal.

-Evans -dijo Caleb, sin apartar los ojos de Mila-. Explíquele el procedimiento a mi ex-esposa antes de que decida llamar a la policía y me obligue a comprar el departamento de Scotland Yard.

El médico se aclaró la garganta, abriendo el maletín con un clic seco.

-No usaremos agujas, señora Vane. Es un simple hisopado bucal. Un algodón en la parte interna de la mejilla. Durará cinco segundos y el niño ni siquiera tiene que despertarse por completo.

Mila miró el fino hisopo esterilizado en la mano enguantada del doctor, y luego los ojos implacables de Caleb. Sabía que había perdido. Si se resistía físicamente, los guardaespaldas la apartarían, y el trauma para Leo sería mil veces peor.

Con los hombros hundidos por el peso de la derrota, asintió en silencio y se dio la vuelta, guiando al médico hacia la habitación trasera. Caleb los siguió a una distancia calculada, deteniéndose en el umbral de la puerta, exactamente en el mismo lugar donde su mundo había dado un vuelco horas antes.

La pequeña lámpara de noche con forma de cohete espacial iluminaba el rostro plácido de Leo. Dormía con los labios ligeramente entreabiertos, abrazando su león de peluche. Mila se sentó en el borde de la cama, acariciando el cabello oscuro del niño para tranquilizarlo.

-Shh, mi amor. Todo está bien -susurró ella, mientras el doctor Evans se inclinaba.

El roce del algodón dentro de su mejilla hizo que Leo frunciera el ceño en sueños y soltara un pequeño murmullo de protesta, pero no abrió los ojos. Mila sostuvo la respiración hasta que el médico retiró el hisopo, lo selló en un tubo de ensayo de cristal y lo introdujo en una máquina compacta dentro de su maletín.

El zumbido mecánico del dispositivo de secuenciación comenzó a vibrar en la habitación. Para Mila, sonaba como la cuenta regresiva de una bomba atómica.

-El proceso ha comenzado, señor Thorne -anunció el médico, retirándose hacia la sala principal del estudio-. Ahora, solo debemos esperar.

Y así lo hicieron.

Fueron las tres horas más largas en la vida de Mila Vane. El reloj de pared avanzaba con una lentitud sádica. A las cinco de la mañana, la lluvia por fin se detuvo, dejando paso a un amanecer pálido y frío que iluminó el estudio sin piedad, revelando las ojeras de Mila y la palidez de su rostro.

Ella preparó café en silencio, bebiéndolo negro y amargo para evitar que sus manos temblaran. Se sentó en una de las sillas altas de la barra de la cocina, envolviéndose en su abrigo.

Caleb, por su parte, era la viva imagen del control absoluto. No había aceptado café. No se había sentado. Caminaba de un extremo a otro del estudio con pasos medidos, como un tigre enjaulado que ya ha olido la sangre y solo espera que se abran los barrotes para saltar sobre su presa. De vez en cuando, su mirada gris se cruzaba con la de Mila. No había triunfo en sus ojos todavía; solo una promesa oscura y violenta.

Si me has mentido, te quitaré todo. La amenaza resonaba en la cabeza de Mila con cada tic-tac del reloj.

A las seis y doce minutos de la mañana, el zumbido de la máquina del Doctor Evans se detuvo de golpe, seguido de un pitido electrónico agudo.

El silencio que cayó sobre el estudio fue absoluto. Mila dejó la taza de café sobre la encimera. Sus dedos se aferraron al borde de granito con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El aire en sus pulmones pareció evaporarse.

El Doctor Evans extrajo una pequeña tableta conectada al secuenciador y deslizó el dedo por la pantalla. Sus ojos recorrieron los datos durante apenas unos segundos antes de levantar la vista.

-Señor Thorne -dijo el médico, su voz profesional desprovista de cualquier emoción-. El análisis ha concluido. Se analizaron veinticuatro marcadores genéticos clave.

Caleb acortó la distancia entre él y el médico en tres grandes zancadas. No miró la tableta; clavó su mirada directamente en los ojos del hombre.

-Los resultados, Evans.

-La probabilidad de paternidad -leyó el médico, girando la pantalla para que Caleb pudiera ver la gráfica brillante- es del 99.99%. Usted es, sin margen de error biológico, el padre del niño.

El mundo de Mila se hizo añicos. El sonido de los cristales rompiéndose en su mente fue tan vívido que casi se cubrió los oídos. Cerró los ojos, dejando que la primera lágrima de pura y absoluta derrota resbalara por su mejilla. Había terminado. Su libertad, su autonomía, su santuario en Londres... todo había sido devorado por la maquinaria impecable que Caleb acababa de poner en marcha.

Caleb miró la pantalla iluminada durante un largo momento. La línea de su mandíbula se relajó milimétricamente, y luego, una profunda inspiración infló su amplio pecho. Era el suspiro de un rey al que le acababan de devolver su corona robada.

Con un gesto brusco de su mano, Caleb despidió al médico.

-Déjenos solos. Quiero a tu equipo y a ti fuera de mi edificio en dos minutos.

Los hombres obedecieron sin decir una palabra, y cuando las puertas del ascensor se cerraron de nuevo, el silencio en el estudio adquirió una textura asfixiante, letal.

Caleb se giró lentamente hacia Mila. La máscara de frialdad calculadora se había desintegrado por completo, dejando al descubierto al monstruo territorial, posesivo y vengativo que habitaba debajo. Avanzó hacia ella con pasos pesados, el eco de sus zapatos resonando sobre la madera como martillazos en un ataúd.

Mila retrocedió por instinto, pero chocó contra el borde de la encimera. Estaba acorralada.

Caleb se detuvo a un palmo de distancia. Apoyó ambas manos en el granito, a cada lado de las caderas de Mila, atrapándola en una jaula formada por sus brazos y su pecho ancho. El olor a poder, a triunfo y a masculinidad cruda la envolvió.

-Noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento -susurró Caleb, su voz ronca, vibrando con una intensidad que le erizó la piel a Mila-. Mío, Mila. Esa sangre que corre por sus venas es mía.

-Caleb, por favor... -suplicó ella, con la voz ahogada por el llanto contenido-. Te daré la custodia compartida. Renunciaré a lo que quieras. Puedes verlo cuando lo desees, pero no nos obligues a...

-¿Custodia compartida? -Caleb soltó una risa seca, un sonido áspero que le arañó la garganta-. ¿Crees que esto es una negociación corporativa en la que te dejaré conservar el cincuenta por ciento de las acciones?

Levantó una mano y obligó a Mila a alzar el rostro, sujetándole la barbilla con un agarre firme que no dejaba lugar a réplicas. Sus ojos grises estaban oscuros, encendidos por un fuego que quemaba todo a su paso.

-Ese niño es un Thorne -decretó, enunciando cada palabra con una claridad cristalina y aterradora-. Es el heredero de mi imperio. Y te juro por la tumba de mi madre que no daré un solo paso fuera de este continente sin lo que me pertenece.

-Él no es un objeto, Caleb. No puedes simplemente empacarlo en tu avión.

-No voy a empacarlo a él solo -respondió Caleb, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo aterciopelado y letal-. Te voy a empacar a ti también, esposa.

Mila abrió los ojos de par en par, el pánico devolviéndole la fuerza.

-¡Me divorcié de ti! ¡Ya no te pertenezco!

-El papel dice que estás divorciada. Pero me mentiste. Me robaste tres años del crecimiento de mi hijo. Me hiciste creer que esa línea de sangre estaba muerta. -Caleb acercó su rostro hasta que sus frentes casi se tocaron, obligándola a sostener su mirada implacable-. Acabas de perder cualquier derecho a decidir sobre tu vida, Mila Vane. Tus cuentas bancarias ya están siendo congeladas. La galería que tanto amas acaba de perder a su principal inversor hace diez minutos, por una orden que di desde mi teléfono mientras llorabas mentiras en mi coche.

Mila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

-Eres un monstruo -sollozó, golpeando inútilmente el pecho de Caleb con sus puños.

-Soy exactamente el monstruo que tú creaste cuando me escondiste a mi hijo -replicó él, atrapando sus manos con facilidad e inmovilizándolas contra su propio pecho-. Recoge tus cosas. Despierta a Leo. Nuestro avión despega en tres horas, y si no estás a bordo, te destruiré hasta que tú misma vengas arrastrándote a Nueva York a suplicarme que te deje verlo a través de un cristal.

La soltó abruptamente, como si su tacto de repente le quemara, y dio un paso atrás, ajustándose los puños de la camisa con una frialdad enfermiza.

-Bienvenida de nuevo a la familia, Mila. Nos espera un largo vuelo a casa.

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