Caleb se había marchado hacía una hora para "coordinar los preparativos del vuelo", dejándola con una orden explícita de empacar. No obstante, no la había dejado sola. Dos hombres con trajes oscuros y bultos delatores bajo las chaquetas permanecían apostados junto a la puerta de roble, inmóviles como gárgolas de granito. Eran la sombra de Caleb, una extensión de su poder diseñada para recordarle a Mila que su jaula, aunque invisible, estaba firmemente cerrada.
Mila caminaba de un lado a otro por la sala de estar de concepto abierto, con el teléfono celular apretado contra el pecho. Sus ojos escocían por la falta de sueño y el llanto contenido, pero su mente corría a mil por hora.
-Piensa, Mila, piensa -se susurró a sí misma, deteniéndose frente al gran ventanal. La ciudad de Londres bullía bajo la fría luz de la mañana, ignorante de que el mundo de una de sus habitantes acababa de ser demolido.
Caleb tenía dinero, influencia y una determinación letal. Pero ella ya no era la joven ingenua de veintidós años que había firmado un contrato de matrimonio por pura desesperación económica para salvar a su madre enferma. Ahora tenía su propia carrera. Tenía contactos. Y, lo más importante, tenía a Maison Laurent.
La casa de modas parisina acababa de ofrecerle un contrato de exclusividad de dos años por una suma que superaba los siete ceros. Era el pináculo de su carrera. Con ese dinero (y el generoso anticipo que debían depositarle esa misma semana), podría contratar a Sir Arthur Pendelton, el abogado de familia más despiadado y costoso del Reino Unido. Podría solicitar una orden judicial de emergencia para impedir que Caleb sacara a Leo del país. Podría luchar.
Con los dedos temblorosos, Mila desbloqueó su teléfono y buscó el número de Julian, el director creativo de Maison Laurent y uno de sus aliados más cercanos en la industria.
El teléfono dio dos tonos antes de que Julian contestara.
-¿Mila? -La voz del hombre no sonaba con su habitual tono cantárín y entusiasta. Sonaba ronca, tensa y, para el oído entrenado de Mila, cargada de pánico.
-Julian, gracias a Dios. Siento llamarte tan temprano, pero estoy en medio de una emergencia absoluta -comenzó Mila, bajando la voz por si los gorilas de Caleb tenían un oído agudo-. Necesito que aceleres el pago del anticipo de la campaña de primavera. Me da igual si tienes que hablar con el departamento de finanzas personalmente. Es una cuestión de vida o muerte.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio espeso, pesado y profundamente incómodo, roto únicamente por el sonido de una respiración agitada.
-¿Julian? ¿Estás ahí?
-Mila... -Julian suspiró, un sonido que denotaba una profunda derrota-. ¿Qué diablos hiciste? ¿Con quién te metiste?
El corazón de Mila dio un vuelco. El frío del cristal de la ventana pareció filtrarse directamente en sus venas.
-¿De qué estás hablando?
-Estoy hablando de que hace exactamente cuarenta y cinco minutos, la junta directiva de Maison Laurent fue convocada a una reunión de emergencia. Y cuando digo emergencia, me refiero a que sacaron al CEO de la cama -la voz de Julian temblaba de indignación y miedo-. Un conglomerado estadounidense acaba de comprar el cincuenta y uno por ciento de las acciones de nuestra empresa matriz. Una adquisición hostil, brutal y ejecutada con una rapidez que ni siquiera nuestros analistas de riesgo vieron venir.
Mila dejó de respirar. El aire de sus pulmones se desvaneció, dejando un vacío doloroso en su pecho. Conocía el nombre del conglomerado antes de que Julian lo pronunciara, pero escucharlo fue como recibir una estocada física.
-Thorne Global Investments -murmuró Mila, con los labios entumecidos.
-Sí. Thorne -confirmó Julian, su voz quebrando por la frustración-. Y la primera directiva que el nuevo socio mayoritario impuso desde Nueva York, la condición absoluta para no liquidar la empresa en las próximas veinticuatro horas, fue una sola.
-La cancelación de mi contrato.
-Mila, no solo lo cancelaron -confesó Julian, sonando casi al borde del llanto-. Te han incluido en una lista negra corporativa. Han emitido un memorándum interno que establece que cualquier filial, marca subsidiaria o socio comercial que trabaje con la firma de fotografía de Mila Vane perderá su financiación de inmediato. Lo siento muchísimo. Yo intenté pelear por ti, te lo juro, pero me amenazaron con destruir mi carrera también. No me dejaron opción. El departamento legal te enviará la notificación de rescisión por "cláusula de moralidad" antes del mediodía. Estás fuera, Mila.
Mila bajó el teléfono lentamente. La pantalla se apagó, pero ella siguió sosteniéndolo contra su oreja durante unos segundos más, escuchando el pitido que indicaba que la llamada había terminado.
Caleb no había estado alardeando en el coche. No había sido una amenaza vacía nacida de la furia del momento. Mientras ella intentaba consolar a Leo y procesar el terror de la noche, Caleb Thorne había estado moviendo piezas en un tablero de ajedrez a escala global, utilizando miles de millones de dólares como armas para cercenarle cualquier posible vía de escape.
No le dio tiempo a procesar el golpe. Un segundo después, la pantalla de su teléfono volvió a iluminarse. Era un correo electrónico. Luego otro. Luego una avalancha de notificaciones que hacían vibrar el aparato en su mano como un insecto enloquecido.
Mila abrió su bandeja de entrada con dedos rígidos.
Asunto: Terminación de contrato de arrendamiento - Galería Soho.
El propietario de la galería donde iba a exponer su retrospectiva le informaba de que, debido a "circunstancias imprevistas y un cambio en la administración del edificio", debía desalojar el local.
Asunto: ALERTA DE SEGURIDAD BANCARIA - Cuenta congelada.
Su banco en Londres le notificaba que sus cuentas personales y comerciales habían sido suspendidas temporalmente bajo sospecha de "disputa de activos conyugales internacionales", a la espera de una orden judicial de los Estados Unidos.
El sabotaje era absoluto. Implacable. Perfecto en su ejecución.
Caleb la había despojado de su imperio en menos tiempo del que ella había tardado en prepararle el desayuno a su hijo. Le había cortado las alas en el mismo momento en que ella planeaba volar. Ahora entendía la verdadera magnitud del error que había cometido al subestimar al monstruo. Caleb no se conformaba con ganarle; él necesitaba aniquilar su resistencia para obligarla a someterse.
-Mami...
Mila se giró de golpe. Leo estaba de pie en el pasillo, frotándose los ojos con los puños cerrados. Llevaba puesto su peto de mezclilla favorito y una pequeña camiseta blanca. Sus cabellos oscuros seguían revueltos por el sueño. Miró a los dos hombres del traje en la entrada, frunciendo su pequeño ceño de forma idéntica a su padre, antes de volver sus ojos grises hacia Mila.
-Mami, tengo hambre. ¿Ya se fue el señor malo?
Las lágrimas que Mila había logrado contener finalmente se desbordaron, resbalando calientes y silenciosas por sus mejillas. Cayó de rodillas en medio del estudio, extendiendo los brazos hacia su hijo. Leo corrió hacia ella, abrazándola por el cuello.
-Sí, mi amor. El señor se fue -mintió Mila, enterrando el rostro en el hombro del niño, sintiendo el latido de su pequeño corazón contra el suyo.
Pero no era verdad. El "señor malo" no se había ido; ahora era el dueño de todo lo que los rodeaba. La galería, los contratos, el dinero... Caleb lo había quemado todo hasta los cimientos para asegurarse de que ella solo tuviera un lugar a donde correr: hacia él.
Si peleaba en Londres, lo haría sin un centavo, sin abogados, y con el riesgo de que los servicios sociales o los jueces comprados por Thorne le arrebataran a Leo por no poder garantizar su estabilidad financiera. Caleb sabía exactamente cómo acorralar a sus oponentes. Si ella no se subía a ese avión, perdería a su hijo. Y esa era la única pérdida que Mila Vane no estaba dispuesta a tolerar.
Se separó de Leo y le secó una lágrima invisible de la mejilla, forzando la sonrisa más valiente que pudo reunir.
-Escúchame, mi vida -dijo, con voz suave pero firme-. Vamos a hacer un viaje. Un viaje sorpresa en un avión muy grande.
Los ojos de Leo se iluminaron, la mención del avión borrando cualquier rastro de confusión.
-¿A dónde, mami? ¿Al espacio?
-No, mi amor. A Nueva York -respondió Mila, poniéndose de pie y tomando la pequeña mano de su hijo. Su mirada se endureció, fijándose en las maletas vacías que la esperaban en la habitación-. Vamos a ir al castillo del señor grande.
Se dirigió a la habitación con paso decidido. El miedo paralizante de la noche anterior había sido reemplazado por una furia fría y cristalina. Caleb creía que al quitarle su dinero y su carrera, la había domesticado. Creía que volvería a la mansión de Nueva York como la esposa sumisa y asustada que fue en el pasado.
Estaba muy equivocado.
Mila abrió su armario y comenzó a sacar ropa con movimientos rápidos y precisos. No estaba empacando las pertenencias de una víctima que se rendía; estaba preparando la armadura de un soldado que marchaba hacia territorio enemigo.
Caleb quería una guerra de voluntades. Quería encerrarla en su jaula de oro y obligarla a amarlo por la fuerza de la dependencia. Pues bien, ella jugaría su juego. Cruzaría el océano, entraría en su maldita mansión y dormiría bajo su techo. Pero no descansaría un solo día hasta encontrar la manera de usar su propio imperio en su contra.
Él le había quitado el control de su vida, pero no sabía que, al llevarla a Nueva York junto a él, había introducido a la enemiga directamente en el corazón de su fortaleza.
-Prepara tus juguetes, Leo -dijo Mila, cerrando la cremallera de la primera maleta con un sonido áspero y definitivo que resonó en el silencio del estudio-. Es hora de irnos.