Al principio, Lillian no mostró interés, pero todo cambió cuando un hombre lobo fue arrastrado a la plataforma, encadenado. Tenía las orejas grises paradas en señal de alerta, y los ojos con un brillo rojizo opaco que captó de inmediato su atención.
El hombre lobo estaba en celo.
"¡Aquí tenemos a un esclavo que lleva mucho tiempo en celo!", gritó el presentador con entusiasmo. "¡Todas las hembras lo han rechazado, no ha comido en una semana y no ha probado ni una gota de agua! ¡Quien consiga derribarlo se gana cien núcleos de bestias de alto grado!".
Uno tras otro, los luchadores se lanzaron a la pelea, pero el hombre lobo los dominó a todos y los sacó del escenario, fuera de control.
Con cada asalto, él recibía más heridas y terminó con una garra rota. Se quedó agachado en el ring, tosiendo sangre y aguantando el dolor en silencio, negándose a emitir un solo sonido.
Cuando sonó el cuerno final, el hombre lobo levantó la cabeza. Sus ojos inyectados en sangre se cruzaron con la mirada de Lillian, y la mezcla de furia y desesperación en su expresión la hizo apretar los labios.
Rosalyn suspiró y dijo con una pizca de lástima: "Dicen que viene del Planeta Errante y lleva bastante tiempo aquí. Recuerdo haberlo visto la última vez; tiene antecedentes penales y no tiene familia, así que se las arregla por su cuenta. Seguramente esta sea la última vez que pise el ring con vida".
Todos sabían que un macho que pasaba demasiado tiempo sin una mujer que lo calmara perdía el juicio y terminaba destruyéndose.
La expresión de Lillian se ensombreció, pues algo en la soledad de ese hombre le resultaba familiar.
Al final, el hombre lobo reunió las pocas fuerzas que le quedaban, derrotó a su último oponente y se desplomó, con aspecto de que podía morir en cualquier momento.
"¿Cómo puedo comprarlo?", preguntó Lillian de repente.
"¿Qué? ¿Quieres comprarlo?", preguntó Rosalyn, mirándola sorprendida.
"Solo por diversión. Está permitido, ¿no?", respondió Lillian, ladeando un poco la cabeza.
Rosalyn intentó convencerla de lo contrario, pero no lo logró. Como conocía al dueño de la arena, llevó a Lillian a conocerlo y le explicó su intención de comprar al hombre lobo.
"¿Quiere a Samuel? Ya pensaba deshacerme de él. Señorita, si se lo lleva, gastará una enorme cantidad tratando de curarlo; simplemente no vale la pena", dijo el dueño, desconcertado.
Lillian lo ignoró y se agachó frente a Samuel Burton, que había vuelto a su forma humana por el agotamiento. Incluso en ese estado, era sorprendentemente guapo, con una presencia intimidante. Aún conservaba un par de orejas suaves y peludas.
Lillian extendió la mano y las acarició con suavidad. Samuel se estremeció y, sobresaltado, se incorporó de golpe, a punto de atacar a la persona que tenía delante.
Pero en cuanto reconoció a Lillian como la llamativa mujer de aspecto amable que había visto antes entre la multitud, su garra levantada se detuvo a mitad de camino.
La hostilidad desapareció de sus ojos; no podía herir a una mujer inocente. Así que bajó la cabeza y se acurrucó sobre sí mismo, rechazando en silencio su contacto.
Lillian decidió no molestarlo más. Siempre se había movido por su cuenta o, en ocasiones, se unía a grupos de caza de bajo nivel, viajando a los límites exteriores del Matorral Aberrante para cazar pequeñas bestias aberrantes y recolectar hierbas solo para sobrevivir. Aun así, las ganancias apenas eran suficientes, y los núcleos de bestias de bajo grado que absorbía no tenían ningún efecto real en la mejora de su poder espiritual.
Entonces, consideró que este hombre lobo podría ayudarla a aventurarse más profundamente en el Matorral Aberrante, donde podría encontrar hierbas de calidad y núcleos de bestias más fuertes para elevar su poder espiritual.
Al menos, parecía un plan factible.
"Pagaré un millón", dijo Lillian con calma. Volvió su atención al dueño y espetó con firmeza: "Es un trato justo para usted, ¿no? Aunque se recupere, el coste de los supresores por sí solo es muy elevado. Y sin una hembra que lo calme, de todos modos no podrá volver a la arena".
No se equivocaba, pues en ese momento, Samuel era un hombre lobo rebelde sin ningún valor real. Tras un momento de reflexión, el dueño aceptó su oferta.
Después de sacar a Samuel de la arena subterránea, Lillian se dio cuenta de que su comunicador no dejaba de vibrar con llamadas perdidas y mensajes. Abrió uno de los mensajes de vídeo.
Jaycob apareció en la pantalla, con el rostro enrojecido por la ira mientras bramaba: "¡Lillian, llevamos una eternidad esperándote en la notaría! ¡No pongas a prueba nuestra paciencia! Ya tomaste el dinero y firmaste el acuerdo de separación. ¿Ahora te quieres echar atrás?".
Sin el permiso de la mujer, los hombres no podían romper los vínculos.
Por la prisa de comprar a Samuel, Lillian se había olvidado por completo del asunto con Jaycob y Waylon.
Se volvió rápidamente hacia Rosalyn y le dijo: "Por favor, lleva a Samuel a mi casa. Allí hay material médico almacenado. Usa lo que necesites y asegúrate de que se recupere".
"Claro, déjamelo a mí", respondió Rosalyn con confianza.
Cuando Lillian llegó a la notaría, Waylon y Jaycob ya estaban de pie junto a Justine.
Lillian se acercó a ellos y dijo: "Siento haberlos hecho esperar".
Los dos la miraron sorprendidos, como si no la reconocieran de inmediato.
"¿Lillian?". Jaycob la observó de arriba abajo. Se veía más atractiva que antes, pero cuando se dio cuenta de que llevaba un vestido blanco igual que Justine, soltó una carcajada burlona, pues supuso que intentaba imitarla para ganarse su simpatía y evitar la separación.
Waylon pareció llegar a la misma conclusión y, con desdén, dijo: "No hace falta que imites a Justine. Lo que nos importa no es solo su aspecto, sino su amabilidad. No pierdas el tiempo haciendo algo inútil".
Justine sonrió con suavidad, adoptando una actitud frágil y apologética mientras le decía a ella: "Lillian, de verdad que no quería arruinar tus vínculos ni quitarte a tus compañeros. Por favor, no me odies, ¿sí?".
Justine estaba convencida de que su hermana estaba desesperada por esos hombres. Verla vestida como ella hoy solo reforzaba su creencia de que había venido a suplicar una reconciliación.
Sin embargo...