Su mente, programada para anticipar el frío áspero de una celda de hormigón, las ataduras cortantes en las muñecas o la humedad de un sótano clandestino, sufrió un cortocircuito. Bajo ella no había piedra, ni metal, ni suciedad. Había una suavidad casi irreal. Movió los dedos, lentos y entumecidos, deslizándolos sobre la superficie en la que yacía. Era seda. Seda pura, fría y resbaladiza, de una densidad y textura que solo el dinero obsceno podía comprar.
Frunció el ceño, el dolor estallando en sus sienes con la fuerza de un martillazo. El rastro del narcótico aún nadaba por sus venas, dejándole la boca pastosa y la respiración pesada.
Abrió los ojos. Esperaba la ceguera de un calabozo o el resplandor cegador de un foco de interrogatorio. En su lugar, la recibió una iluminación ambiental tenue y cálida, diseñada específicamente para no agredir las pupilas. Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista mientras se incorporaba lentamente sobre los codos.
Estaba en el centro de una cama inmensa, un mueble de diseño minimalista que parecía flotar sobre el suelo de madera de ébano. La habitación era un prodigio de la arquitectura moderna, un espacio inmenso, pulcro y letalmente silencioso. No había cuadros en las paredes grises, ni objetos personales, ni relojes. Solo el lujo austero e intimidante que dictaba que quienquiera que hubiese diseñado aquel espacio no necesitaba demostrar su riqueza; la respiraba.
Valeria se pasó una mano por el pelo, que ahora caía suelto sobre sus hombros, despojado del moño tirante que siempre llevaba a los juzgados. Fue entonces, al bajar la mirada, cuando el pánico -un animal frío, viscoso y de garras afiladas- trepó por su espina dorsal.
Su ropa no estaba.
Ya no llevaba la gabardina rígida, ni el traje sastre azul marino que era su armadura diaria, ni la blusa de seda blanca abotonada hasta el cuello. Alguien la había desvestido. Ahora llevaba un camisón de seda plateada, de corte lencero, que se adhería a su piel como una segunda capa. Era exquisito, pero se sentía como una marca de propiedad.
Un latido ensordecedor le golpeó los oídos. Se palpó rápidamente el cuerpo por encima de la tela, buscando heridas, puntos de dolor, cualquier señal de que el ultraje hubiera ido más allá de cambiarle la ropa. Estaba intacta. No había magulladuras nuevas, aparte de un leve hematoma en la muñeca donde el mercenario la había agarrado en el aparcamiento, y el pequeño pinchazo en el cuello.
-Respira -se ordenó en voz alta. Su propia voz sonó ronca y extraña en la inmensidad de la habitación-. Piensa, Valeria. Eres una fiscal. Analiza la escena.
Llevó las rodillas al pecho por un instante, cerrando los ojos para sofocar el terror instintivo. *Alguien me ha tocado. Alguien me ha despojado de mi identidad.* Pero el pánico era un lujo que no podía permitirse. Si Dante Voci la quería muerta, le habrían pegado un tiro en el B-3 y habrían disuelto su cuerpo en ácido antes del amanecer. Pero estaba viva, intacta y envuelta en sábanas de mil hilos. Esto no era una ejecución; era una demostración de poder. Un juego enfermo.
Salió de la cama. Sus pies descalzos tocaron la madera pulida, que estaba climatizada. Comenzó a caminar por la habitación, sus pasos insonorizados, escaneando el entorno con la misma precisión con la que revisaba la escena de un crimen.
El mobiliario era escaso pero de una calidad abrumadora: un sillón de cuero de diseño italiano en una esquina, una mesa de noche vacía, un armario integrado en la pared. Caminó hacia este último y lo abrió. Estaba lleno de ropa de su talla. Vestidos, pantalones, blusas, todos de marcas de alta costura, todos en tonos neutros o fríos. No había ni un solo par de zapatos.
Se giró hacia la pared por la que, lógicamente, debería haber entrado. La puerta era un panel liso que se camuflaba perfectamente con el muro. No había pomo, ni cerradura visible, ni panel numérico en el interior. Estaba sellada herméticamente. Golpeó la superficie con los nudillos. El sonido sordo e inflexible le confirmó lo que temía: acero sólido recubierto de madera o polímero. Infranqueable.
Fue entonces cuando se dio cuenta de la anomalía más perturbadora de la estancia. No había ventanas.
Al menos, no ventanas al mundo exterior. En su lugar, toda la pared oeste de la inmensa habitación estaba formada por paneles de cristal que iban del suelo al techo.
Valeria se acercó lentamente, como si el cristal estuviera electrificado. Al posar la yema de los dedos contra la superficie, sintió un frío industrial. Golpeó suavemente con el anillo que aún llevaba en el dedo índice. El sonido fue opaco, sin vibración. Cristal balístico. Vidrio reforzado del mismo grosor que utilizaba el presidente en su coche blindado.
Pero no era el cristal lo que la dejó sin aliento, sino lo que había al otro lado.
Tras la barrera transparente se extendía un jardín interior, un oasis de serenidad nipona meticulosamente diseñado. Bajo una luz artificial que imitaba con una perfección asombrosa la suave claridad de una luna llena, había caminos sinuosos de arena blanca, rastrillada en ondas perfectas que rodeaban rocas volcánicas oscuras. Un pequeño puente de madera rojiza cruzaba un estanque donde grandes peces koi, como manchas de oro y sangre líquida, nadaban en círculos perezosos y eternos. En el centro, un sauce llorón enano dejaba caer sus ramas sobre el agua, meciéndose bajo una brisa que tenía que estar generada por conductos de ventilación ocultos.
Era hermoso. Era de una paz sobrecogedora. Y era la metáfora más cruel que Valeria había visto en su vida.
El jardín no tenía cielo. El techo sobre él era una cúpula oscura, salpicada de pequeñas luces LED que simulaban estrellas. Era un ecosistema cerrado y artificial. Un terrario de lujo absoluto.
Apoyó ambas manos en el cristal blindado, sintiendo que los pulmones se le encogían. Dante no la había metido en un calabozo porque eso habría sido predecible, mundano. Él quería quebrarla de una manera mucho más profunda. Quería que se sintiera como uno de esos peces koi: nadando en la opulencia, creyendo que tenía espacio para moverse, pero estrellándose perpetuamente contra límites invisibles, atrapada en una jaula de la que todo el mundo podía observar su impotencia.
*Observar.*
La palabra detonó en su mente. Retrocedió dos pasos, alejándose del cristal, y alzó la vista hacia el perímetro superior de su habitación. Empezó a recorrer con la mirada la unión entre las paredes y el techo, buscando en los rincones de sombra.
Allí estaba. En la esquina superior derecha, sobre la puerta camuflada, había una pequeña cúpula negra, del tamaño de una moneda. En el centro de esa cúpula parpadeaba, con un ritmo lento y rítmico como el latido de un corazón digital, una minúscula luz roja.
La estaban mirando. *Él* la estaba mirando.
Valeria sintió una oleada de calor subiendo por su cuello, pero no era vergüenza por estar vestida únicamente con una fina capa de seda. Era ira. Una furia pura, hirviente y volcánica que amenazaba con devorar el miedo. Dante Voci le había quitado su maletín, sus años de trabajo, su ropa y su libertad. Ahora mismo, seguramente la ciudad entera pensaba que estaba muerta o que se había dado a la fuga tras aceptar un soborno millonario. Su reputación, su única armadura inquebrantable, estaba siendo destrozada mientras ella despertaba en esa jaula de cristal.
Apretó los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas, utilizando el dolor físico para anclarse al presente. No iba a llorar. No iba a gritar ni a golpear las paredes como un animal desquiciado, porque sabía que eso era exactamente lo que su captor estaría esperando ver desde el otro lado de la lente.
Con la mandíbula apretada y la espalda recta como una vara de acero, Valeria caminó directamente hacia la cámara. Se detuvo justo debajo, levantó el rostro hacia el parpadeo rojo y sostuvo la mirada hacia el vacío, sus ojos oscuros ardiendo con una promesa silenciosa de guerra absoluta.
Se quedó allí, inmóvil, retando al ojo mecánico durante lo que parecieron horas, negándose a ser la víctima que él quería que fuera.
De repente, un sonido metálico rompió el sepulcral silencio de la habitación.
Un *clac* profundo y sordo. Los pestillos magnéticos de la pared se habían liberado.
Valeria giró sobre sus talones justo a tiempo para ver cómo el panel liso que servía de puerta comenzaba a abrirse lentamente hacia afuera, revelando la oscuridad de un pasillo al otro lado. Una sombra larga y elegante se proyectó sobre el suelo de ébano, interponiéndose entre ella y su inexistente libertad.