Valeria contuvo el aliento, forzando a sus pulmones a no delatar la repentina opresión en su pecho. Lo había visto en fotografías de vigilancia, en recortes de prensa financiera y, una única vez, a través del cristal blindado de una sala de interrogatorios hace dos años. Pero la cámara y el cristal no le hacían justicia. En persona, la presencia de Dante ocupaba todo el oxígeno de la estancia.
Era alto, de hombros anchos que llenaban a la perfección un traje a medida de tres piezas en color gris carbón. No llevaba corbata; el cuello de su camisa blanca estaba inmaculadamente almidonado pero desabrochado en el primer botón, restándole formalidad pero sumándole una pátina de peligro relajado. Su rostro era una obra de arte tallada en ángulos duros: una mandíbula tensa, pómulos marcados y unos ojos tan oscuros que el iris parecía fundirse con la pupila, como ónix pulido absorbiendo la luz artificial. Una fina y pálida cicatriz le cortaba la ceja izquierda, el único defecto en una fachada por lo demás aristocrática.
Pero lo más desestabilizador no era su apariencia, sino el carrito de servicio de plata maciza que empujaba con una sola mano.
Dante se detuvo a un par de metros de ella. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose una fracción de segundo en la fina seda plateada de su camisón antes de volver a su rostro. No hubo lascivia en su mirada, sino una evaluación fría, casi clínica, teñida de una satisfacción que hizo que la sangre de Valeria hirviera.
El aroma inconfundible a sándalo, caro y ahumado, inundó el espacio entre los dos.
-Aprecio la compostura -fueron sus primeras palabras. Su voz era un barítono profundo, suave como el terciopelo pero con un filo metálico subyacente-. La inmensa mayoría de mis... invitados, estarían gritando, llorando o arañando la puerta a estas alturas. Tú, en cambio, pareces estar calculando mis puntos débiles.
Valeria alzó el mentón, negándose a cruzar los brazos sobre su pecho, negándose a mostrarse vulnerable a pesar de estar descalza y prácticamente desnuda frente a su peor enemigo.
-No soy la mayoría de las personas, Voci -replicó, su voz destilando un desprecio gélido-. Y tú acabas de cometer el error de tu vida. Secuestrar a una fiscal federal en el edificio de los juzgados no es un crimen que puedas comprar con dinero. Habrá retenes en cada autopista, helicópteros barriendo la ciudad y el FBI desarmará tu organización pieza por pieza antes del amanecer.
Dante esbozó una media sonrisa. No era una sonrisa cruel, sino una de genuina y condescendiente diversión, como un maestro escuchando a un alumno brillante recitar una lección que ya ha quedado obsoleta.
Con una tranquilidad exasperante, se giró hacia el carrito de plata. Tomó una botella de vino tinto sin etiqueta, ya descorchada, y vertió el líquido rubí en dos copas de cristal de Bohemia. El tintineo del vidrio sonó obscenamente fuerte en el sepulcral silencio de la habitación.
-Un Pinot Noir de un viñedo pequeño en Borgoña. Lo compré entero hace cinco años -comentó Dante, ignorando olímpicamente la amenaza de Valeria. Tomó ambas copas, caminó hacia ella y le tendió una por el tallo-. Bebes vino tinto los viernes por la noche cuando te quedas hasta tarde revisando expedientes en tu despacho. Lo prefieres a temperatura ambiente.
Valeria miró la copa extendida y luego los ojos oscuros de él. El nivel de vigilancia que sus palabras implicaban hizo que se le helara la sangre, pero no retrocedió ni un milímetro.
-¿Qué le has puesto? ¿Más de lo que me inyectaste en el cuello para traerme aquí? -escupió.
Dante suspiró levemente, retiró la copa ofrecida y le dio un sorbo a la suya, manteniendo el contacto visual.
-No hay venenos ni sedantes, Valeria. Mi intención nunca ha sido drogarte hasta la sumisión. Lo del aparcamiento fue una necesidad logística. Eres una mujer obstinada y el tiempo apremiaba -bajó la copa, la expresión de su rostro endureciéndose marginalmente-. En cuanto a tu rescate... me temo que tienes una fe demasiado romántica en las instituciones a las que sirves.
-No es fe, es la ley.
-La ley es un conjunto de sugerencias para los hombres que no pueden permitirse reescribirla -Dante dejó su copa en el borde de una mesa de cristal auxiliar y metió una mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó una tableta electrónica ultradelgada y se la tendió-. Supongo que es mejor que lo veas con tus propios ojos. Así dejaremos atrás esta fantasía del FBI cabalgando al rescate.
Valeria dudó un instante. Su instinto le decía que no tocara nada que él le ofreciera, pero su mente analítica necesitaba información. Tomó la tableta, asegurándose de que sus dedos no rozaran los de él.
La pantalla estaba encendida, reproduciendo el canal de noticias de 24 horas de Sananza. El titular parpadeaba en rojo en la franja inferior: *"ESCÁNDALO EN LA FISCALÍA: VALERIA M. PRÓFUGA TRAS PRESUNTO SOBORNO MILLONARIO"*.
Valeria dejó de respirar. Tocó la pantalla para subir el volumen.
La voz del presentador llenó la habitación: *"...las imágenes de seguridad del nivel B-3 muestran a la fiscal subiendo de manera voluntaria a un vehículo no identificado. Según fuentes internas de la oficina del Fiscal General, se han detectado transferencias por valor de siete millones de dólares a una cuenta offshore en las Islas Caimán a nombre de una empresa fantasma vinculada a su familia. El Fiscal General, Thomas Sterling, ha emitido un comunicado hace escasos minutos..."*
La imagen cortó a una rueda de prensa improvisada. Allí estaba Sterling, su jefe, su mentor, el hombre con el que había cenado la noche anterior para ultimar los detalles de la acusación contra Dante. Sterling miraba a las cámaras con expresión compungida.
*"Es un día oscuro para la justicia,"* decía el Fiscal General en la pantalla. *"Confiábamos en Valeria. Pero las pruebas del desfalco y de su colaboración con carteles rivales son irrefutables. Creemos que la información que contenía su maletín era moneda de cambio para su huida. Hemos emitido una orden de captura internacional, pero presumimos que ya ha abandonado el país."*
Valeria sintió que el suelo de madera de ébano desaparecía bajo sus pies. Un pitido agudo se instaló en sus oídos. Sus manos temblaron tanto que la tableta casi se le escurrió entre los dedos.
No era un secuestro. Era una aniquilación.
Su carrera de tres años, sus noches sin dormir, su reputación impecable, su moralidad... todo había sido desmantelado y quemado en la plaza pública en cuestión de horas. Y los hombres que lo habían hecho no eran los mafiosos callejeros que ella perseguía, sino los mismos hombres de traje que se sentaban con ella en los tribunales. Sterling. Su jefe. Él la había vendido.
Dante dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. De repente, su presencia física era abrumadora. Valeria tuvo que alzar el rostro para mirarlo. Él le quitó la tableta de las manos temblorosas con una suavidad desconcertante y la dejó a un lado.
-El sistema que tanto defiendes es un castillo de naipes podrido, Valeria -murmuró Dante. Su voz ya no tenía la diversión de antes; ahora vibraba con una sinceridad oscura y pesada-. Sterling cobró dos millones por dar la orden de eliminarte. Hoy, al entrar a ese ascensor, ibas a recibir dos balas en el pecho. Yo no te secuestré de las manos de la justicia. Te arranqué de las fauces de un matadero.
-Estás mintiendo -susurró ella, aunque su mente legal y brillante ya estaba uniendo las piezas. Los guardias ausentes. El apagón selectivo en el aparcamiento. La facilidad del operativo. Todo encajaba de manera enfermiza.
-Nunca te mentiría. Es un insulto a tu inteligencia y a la mía -Dante acortó aún más el espacio. Estaba tan cerca que Valeria podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo a través del traje y la fina barrera de su camisón de seda-. Para el mundo exterior, eres una criminal corrupta y una traidora. Si cruzas esa puerta de acero y te presentas en una comisaría, no te darán una medalla. Te meterán en una celda de aislamiento hasta que Sterling ordene que te 'suicides' ahorcándote con tus propias sábanas.
Valeria retrocedió un paso, chocando de espaldas contra el frío cristal blindado que daba al jardín interior. Estaba atrapada. Físicamente arrinconada por el hombre frente a ella, y existencialmente acorralada por la realidad que acababa de descubrir.
-¿Por qué? -preguntó. La voz le tembló por primera vez, traicionándola. Se odió por ello, pero necesitaba saberlo-. Si yo era un estorbo para ti y mis propios jefes querían matarme, ¿por qué salvarme? ¿Por qué traerme a esta... jaula?
Dante se acercó hasta detenerse a escasos centímetros de ella. Levantó una mano. Valeria se tensó, preparada para un golpe, pero los nudillos del magnate solo rozaron con una delicadeza escalofriante la línea de su mandíbula, apartando un mechón de cabello oscuro de su rostro. El contraste entre la dureza de sus nudillos y la suavidad de su toque era paralizante.
-Porque matarte habría sido un desperdicio criminal, y dejar que hombres inferiores a ti te destruyeran era un insulto -murmuró, sus ojos oscuros clavándose en los de ella con una intensidad obsesiva, casi devocional-. Has pasado tres años persiguiéndome, respirando mi nombre, anticipando mis movimientos. Eres la única persona en esta maldita ciudad que me ha visto realmente. Eres brillante. Eres feroz.
Dante inclinó ligeramente la cabeza, su respiración rozando los labios de Valeria.
-Legalmente, ya no existes, Valeria. Eres un fantasma. Y los fantasmas no tienen obligaciones, ni jefes, ni reglas. -Retiró la mano, dando un paso atrás y restaurando la distancia de cortesía con un control absoluto-. Este lugar es inexpugnable. Tienes comida, libros, ropa y mi protección absoluta. Nadie entrará aquí.
Se giró hacia la puerta oculta, sus pasos elegantes y silenciosos. Al llegar al umbral, se detuvo y la miró por encima del hombro.
-Lucha conmigo todo lo que quieras. Grita, rompe cosas, ódiame. Pero al final del día, te darás cuenta de que la jaula es el único lugar donde estás a salvo de los lobos. Bienvenida a casa.
La pesada puerta de acero se cerró con un chasquido hermético, dejando a Valeria a solas con el silencio, el cristal impenetrable y las ruinas humeantes de su vida anterior.