Durante las últimas ocho horas, su mente había funcionado a una velocidad vertiginosa, procesando la traición, el luto por su propia vida y la humillación. Había llorado, sí, pero no con lágrimas de histeria. Había llorado en un silencio absoluto, sentada en el suelo de ébano, dejando que la furia quemara la tristeza hasta convertirla en pura adrenalina. Cuando la luz artificial del nuevo día iluminó la habitación, la fiscal Valeria M. había terminado su duelo. Si el mundo exterior la consideraba un monstruo corrupto, entonces empezaría a actuar como tal para sobrevivir al monstruo mayor que la mantenía cautiva.
Se levantó del suelo, con los músculos entumecidos protestando por la postura rígida. Se dirigió al pequeño lavabo contiguo a la habitación, se lavó la cara con agua helada y se recogió el cabello en una trenza apretada, despejando su rostro. Ya no era la mujer derrotada de la noche anterior.
Comenzó a registrar la habitación por tercera vez. Las paredes eran lisas, la cama no tenía piezas desmontables, y los pesados muebles de diseño estaban atornillados al suelo o carecían de bordes afilados. Dante no era un aficionado; había diseñado aquella estancia para prevenir cualquier intento de autolesión o ataque. Sin embargo, la arrogancia siempre deja fisuras.
Valeria se detuvo frente a un pequeño escritorio de madera oscura, un mueble exquisito que desentonaba ligeramente con el minimalismo del resto del cuarto. Abrió el único cajón central. Dentro, junto a un juego de plumas estilográficas y papel de carta de alto gramaje, descansaba un abrecartas.
No era un simple trozo de metal. Era una antigüedad de plata maciza, forjada en forma de un estilete renacentista, con una hoja opaca pero una punta letalmente afilada, diseñada para rasgar papel grueso y sellos de cera. Valeria lo tomó. El peso frío del metal en su palma derecha fue la primera sensación de control real que experimentaba desde que la inyectaron en el aparcamiento.
Lo sopesó. No era un cuchillo de combate, y si golpeaba un hueso o un botón del traje de Dante, se doblaría o resbalaría. Tenía un solo objetivo viable: el tejido blando. El cuello. La arteria carótida.
Ocultó el abrecartas en la manga ancha de su camisón de seda, ajustando la tela para que no se notara el relieve, y se sentó en el borde de la cama, esperando. Su respiración se volvió rítmica, controlada.
Tardó dos horas más. El sonido de los pestillos magnéticos liberándose fue el pistoletazo de salida para su sistema nervioso.
La pesada puerta de acero se abrió con su característico y sordo chasquido. Dante Voci cruzó el umbral. Hoy no llevaba traje. Vestía unos pantalones de vestir oscuros y un jersey de cuello alto negro de cachemira que se ajustaba a su torso, delineando la amplitud de sus hombros y la musculatura compacta de sus brazos. Traía consigo una bandeja pequeña con una taza de porcelana humeante. El aroma a café negro y sin azúcar -su favorito, por supuesto- inundó el espacio.
Dante se detuvo a un par de metros de ella, sus ojos de ónix evaluando su postura en una fracción de segundo.
-Veo que has dejado de mirar la pantalla -dijo, su voz profunda y calmada, como si estuviera comentando el clima en lugar de hablar con la mujer a la que acababa de arruinarle la vida. Dejó la bandeja sobre la mesa de cristal-. Te he traído café. Y antes de que preguntes, no tiene nada.
Valeria se puso en pie lentamente. No dijo una palabra. Su rostro era una máscara de hielo impenetrable, la misma expresión que utilizaba cuando un abogado defensor intentaba arrinconarla en un interrogatorio. Caminó hacia la mesa, acortando la distancia entre ellos.
Dante no se movió. Se quedó allí, observándola con esa fascinación oscura y enfermiza, con las manos relajadas a los costados. Su confianza era absoluta. Creía haberla domado con la revelación de la noche anterior. Creía que ella había aceptado su lugar en la jaula.
Ese fue su error.
A un metro de distancia, Valeria fingió un traspié. Su pie descalzo pareció resbalar sobre la madera pulida, y su cuerpo se inclinó hacia adelante, hacia Dante, como si buscara apoyo.
El instinto natural de él fue levantar las manos para sostenerla. Fue el segundo que ella necesitaba.
Valeria descargó el peso sobre su pierna de apoyo, giró la cadera y sacó la mano derecha de la manga con una velocidad explosiva. El abrecartas de plata brilló bajo la luz artificial, una línea plateada que cortaba el aire en un arco ascendente y directo hacia la garganta expuesta de Dante. El movimiento fue perfecto, nacido de la pura desesperación y de años de clases de defensa personal.
Pero Dante Voci no era un hombre normal.
No retrocedió, no gritó, ni siquiera parpadeó. Con una velocidad que desafiaba a la biología humana, su mano izquierda se disparó hacia adelante. No intentó bloquear el arma; atrapó la muñeca de Valeria en pleno vuelo, apenas a cinco centímetros de su propia yugular.
El impacto del agarre fue como chocar contra una viga de acero. Valeria soltó un gruñido ahogado, sintiendo cómo los dedos de Dante se cerraban alrededor de su radio y cúbito con una fuerza aplastante. El impulso de su propio ataque la dejó desequilibrada.
Antes de que pudiera intentar golpear con su mano libre o patear, Dante giró sobre su eje, utilizando la propia inercia de Valeria contra ella. Tiró de su muñeca con violencia controlada, retorciendo el brazo en un ángulo antinatural que le provocó un relámpago de dolor blanco desde el hombro hasta los dedos. El abrecartas cayó al suelo de madera con un tintineo patético.
En un solo movimiento fluido e implacable, Dante la empujó hacia atrás. Valeria trastabilló hasta que su espalda chocó con fuerza contra la pared de cristal blindado que daba al jardín japonés. El aire abandonó sus pulmones por el impacto.
Dante no le dio tiempo a recuperarse. Dio un paso adelante, invadiendo su espacio vital por completo. Presionó su antebrazo contra la clavícula de Valeria, inmovilizándola contra el vidrio frío, mientras su otra mano apresaba ambas muñecas de ella y las inmovilizaba por encima de su cabeza.
La redujo en menos de tres segundos. Con una facilidad absolutamente insultante.
Valeria jadeó, su pecho subiendo y bajando erráticamente contra el pecho de él. Intentó forcejear, patear, morder, pero era inútil. Dante era una pared de granito. Su agarre no era doloroso ahora, pero era inamovible. La diferencia de fuerza física entre ambos quedó expuesta con una crudeza devastadora; él no estaba sudando, no respiraba con dificultad. Su ritmo cardíaco ni siquiera parecía haberse alterado.
-Esa es la fiscal que conozco -susurró Dante, su rostro tan cerca del de ella que Valeria podía sentir el roce de su aliento caliente contra su mejilla-. Estaba empezando a preocuparme de que la traición te hubiera quebrado el espíritu.
Valeria lo miró a los ojos, con el odio ardiendo en sus pupilas dilatadas. El aroma a sándalo y la calidez que emanaba el cuerpo de Dante eran asfixiantes. Se odió a sí misma por la forma en que su propia piel, traicionera y sensible, reaccionaba a la fricción, al poder crudo y salvaje que él irradiaba.
-Suéltame, pedazo de animal -escupió ella entre dientes, tirando inútilmente de sus muñecas atrapadas.
Una sonrisa lenta, oscura y depredadora se dibujó en los labios de Dante. No la soltó. Al contrario, pareció inclinarse una fracción de milímetro más cerca, su mirada cayendo desde los ojos de Valeria hasta sus labios, y luego bajando hacia la arteria que latía desbocada en el cuello de ella.
-¿De verdad creíste que podrías matarme con un juguete de plata, mia cara? -murmuró, su voz vibrando en el pecho de Valeria-. ¿Acaso crees que te habría dejado ese abrecartas en el cajón si no supiera exactamente lo que harías con él?
Valeria se quedó helada. La comprensión la golpeó más fuerte que el choque contra el cristal. Él lo había planeado. Había dejado el arma allí intencionalmente, dándole una falsa sensación de esperanza, solo para arrebatársela y demostrarle que, en el plano físico, ella no era rival para él. Quería que agotara su resistencia. Quería que entendiera que cualquier intento de violencia sería sofocado sin esfuerzo.
-Quería ver si aún tenías fuego en las venas -continuó Dante, su tono volviéndose casi íntimo, acariciante, un contraste grotesco con la violencia de la inmovilización-. Y me alegra comprobar que así es. No traje a una muñeca rota a mi casa. Traje a una leona. Pero debes entender algo, Valeria.
Dante aflojó la presión de su antebrazo sobre la clavícula de ella, pero no liberó sus manos. Acercó sus labios al oído de la fiscal, su voz bajando a un susurro que le erizó el vello de la nuca.
-En este mundo, en esta jaula... yo soy el domador. Y cada vez que intentes morderme, te demostraré a quién perteneces ahora.
La soltó de golpe.
Valeria se tambaleó hacia adelante, masajeándose las muñecas enrojecidas donde los dedos de él habían dejado marcas casi amoratadas. Dante retrocedió un paso, ajustándose los puños del jersey de cachemira con una tranquilidad exasperante. Miró el abrecartas en el suelo y, sin inmutarse, lo pisó con la suela de su zapato, empujándolo hacia un lado.
-El café se enfría, fiscal -dijo él, girándose hacia la puerta camuflada-. Te sugiero que lo bebas. Necesitarás energía. Tenemos mucho trabajo que hacer hoy si queremos empezar a arruinarle la vida a Thomas Sterling.
Dante abandonó la habitación sin mirar atrás, dejando a Valeria apoyada contra el cristal frío, con las piernas temblorosas, el pulso desbocado y una nueva e inquietante verdad grabada a fuego en su mente: no podría ganarle a Dante Voci con la fuerza. Si quería destruirlo, tendría que hacerlo desde adentro, utilizando la única arma que él no podía inmovilizar contra una pared. Su mente.