Valeria se quedó inmóvil frente a la pared transparente, dándole la espalda a la pantalla. Sus pulmones exigían aire de forma errática, en bocanadas cortas y dolorosas. Quería arrancar el dispositivo de la mesa y estrellarlo contra el suelo de ébano hasta convertirlo en polvo digital. Quería gritar hasta que se le desgarraran las cuerdas vocales. Pero la luz roja de la cámara en la esquina superior de la habitación seguía parpadeando con la cadencia de un metrónomo sádico. *Él* estaba mirando.
Lentamente, con una rigidez que le tensaba los músculos del cuello, se giró y caminó hacia la mesa. Sus dedos, aún temblorosos, rozaron el frío metal de la tableta. La levantó.
El canal de noticias continuaba su emisión especial ininterrumpida. La pantalla, brillante e implacable, era una guillotina pública que estaba decapitando su vida en directo.
*"Las autoridades han allanado el apartamento de la fiscal Valeria M. esta misma tarde,"* narraba una periodista de voz engolada desde la calle, parada justo frente al edificio donde Valeria había vivido los últimos cinco años. *"Fuentes del FBI confirman el hallazgo de más de medio millón de dólares en efectivo ocultos en la ventilación, así como pasaportes falsificados con la fotografía de la fiscal y múltiples identidades."*
La cámara hizo un zoom hacia la puerta de su edificio. Agentes federales con chaquetas cortavientos sacaban cajas de cartón con la etiqueta de "EVIDENCIA". Sacaban sus cosas. Sus diarios de notas, su ropa, su vida entera, todo convertido en utilería para una farsa monumental.
Valeria se dejó caer en el sillón de cuero de diseño italiano. Sus piernas ya no podían sostenerla.
La emisión saltó a un panel de analistas legales. Rostros que ella conocía. Colegas con los que había debatido en los pasillos de la fiscalía. Ahora, la diseccionaban con una mezcla de horror fingido y fascinación morbosa. Hablaban de cómo su brillantez en los tribunales era solo una tapadera, de cómo la "Fiscal de Hierro" había estado jugando a dos bandas, utilizando las redadas policiales para limpiar el territorio a favor de un cartel rival al de Dante Voci.
-Es perfecto -susurró Valeria en la habitación vacía.
Su mente legal, entrenada para buscar fisuras en las coartadas, no encontraba ninguna. Las transferencias a las Islas Caimán, el dinero en efectivo plantado, el momento exacto de su "fuga" justo antes de presentar el caso al Gran Jurado. Quienquiera que hubiese orquestado esto -y sabía que Thomas Sterling, su jefe, era solo la cara pública del complot- conocía sus protocolos de seguridad, sus horarios y su absoluta devoción por el caso. Habían utilizado su propia integridad como arma contra ella. Al no tener familia cercana ni pareja sentimental que pudiera desmentir su supuesta fuga repentina, su aislamiento personal se había convertido en el clavo final de su ataúd.
El precio de la justicia que tanto había perseguido era, irónicamente, su propia existencia.
Pasaron horas. El sol artificial del jardín japonés comenzó a atenuarse, imitando el ciclo natural de la tarde, sumiendo la habitación en una penumbra azulada y melancólica. Valeria no se movió del sillón. Vio cómo su rostro era etiquetado como "Prófuga", luego "Narcotraficante", y finalmente "Traidor Nacional". Vio cómo el sistema al que había entregado su juventud la devoraba sin masticar, agradecido por tener un chivo expiatorio que justificara años de corrupción sistémica.
Cuando el sonido de los pestillos magnéticos volvió a resonar en la pared, Valeria ni siquiera se sobresaltó.
La puerta camuflada se abrió. Dante entró. Esta vez no traía un carrito de licores, sino una gruesa carpeta de cartón manila y una bandeja de plata con comida humeante que dejó sobre la mesa de noche. Olía a estofado de ternera y romero, un aroma abrumadoramente hogareño que chocaba con la hostilidad del entorno.
Él no llevaba la chaqueta del traje, y sus mangas de camisa blanca estaban remangadas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes cruzados por líneas de tinta oscura que asomaban bajo la tela. Se detuvo frente a ella, bloqueando la luz de la pantalla de la tableta.
-¿Has visto suficiente? -preguntó Dante. Su tono era bajo, carente de la diversión condescendiente de su primer encuentro. Ahora había una gravedad sombría en su voz.
-Faltan firmas -respondió Valeria, su voz ronca por el desuso y la deshidratación. Levantó la vista, sus ojos oscuros inyectados en sangre, pero desprovistos de lágrimas-. En los documentos de apertura de las empresas pantalla en las Caimán. Tienen mi nombre, pero los protocolos bancarios internacionales exigen presencia física o un notario acreditado por la embajada. Puedo desarmar esa acusación en un estrado en diez minutos.
Dante la observó durante un largo momento. Un destello fugaz de algo parecido a la admiración cruzó sus facciones, pero fue rápidamente reemplazado por una frialdad absoluta. Tiró la gruesa carpeta de cartón manila sobre el regazo de Valeria.
-No habrá estrado, Valeria -dijo él-. Abre la carpeta.
Con dedos rígidos, ella deshizo el cordel rojo. Dentro había copias de documentos oficiales. Las firmas de los notarios acreditados de las embajadas estaban allí. También había un informe toxicológico forense, fechado para esa misma mañana, que dictaminaba que la sangre de un informante asesinado hace un mes había sido encontrada en el maletero de su coche personal.
-No puede ser... -murmuró, repasando las hojas, leyendo los nombres de los peritos, de los jueces que habían firmado las órdenes de registro. Todos comprados. Todos parte de la maquinaria.
-Compraron tu vida, Valeria -Dante se apoyó contra el cristal blindado, cruzando los brazos-. Sterling recibió el soborno, pero el diseño de este teatro fue obra de los Valerius, el cartel del este. Querían quitarte de en medio porque estabas a punto de desmantelar mis rutas portuarias. Si tú caías, yo me debilitaba, y ellos tomaban el control de la ciudad. Pero no podían simplemente pegarte un tiro; te habrías convertido en una mártir. Necesitaban que el público te odiara. Necesitaban que tu nombre fuera sinónimo de suciedad.
Valeria dejó caer la carpeta al suelo. Las páginas se esparcieron sobre la madera de ébano como plumas de un pájaro muerto.
-Si sabías todo esto... si sabías que me iban a incriminar -la voz de Valeria se quebró finalmente, un filo de desesperación rasgando su autocontrol-, ¿por qué no dejaste las pruebas en mi coche? ¿Por qué no dejaste que entrara a ese maldito aparcamiento y que me metieran dos balas en el pecho? Al menos habría muerto siendo quien soy.
Dante se tensó. En dos grandes zancadas cruzó el espacio que los separaba, se inclinó sobre el sillón y apoyó ambas manos en los reposabrazos, acorralándola físicamente. El aroma a sándalo y la temperatura de su cuerpo la envolvieron. Sus rostros quedaron a centímetros de distancia.
-Porque no te pertenezco a ti, ni le perteneces al Estado -siseó él, sus ojos convertidos en dos abismos negros de pura intensidad-. Habría sido un crimen dejar que esa jauría de mediocres apagara la mente más brillante que he enfrentado. Eres mía, Valeria. Eres mi enemiga, eres mi obsesión, y me niego a permitir que el mundo exterior te destruya antes de que yo haya terminado contigo.
La cercanía era asfixiante. Valeria podía ver la ligera irregularidad de su respiración, la tensión en la mandíbula de Dante. Era un monstruo, un magnate criminal con las manos manchadas de sangre, pero en ese instante, en medio de la traición absoluta de todo lo que ella representaba, él era la única cosa real en la habitación. Él no mentía. Él no pretendía ser un salvador moral.
-Ya no tengo nada -susurró ella, y la verdad de la frase fue como ácido en su garganta. No tenía dinero, ni reputación, ni identidad. Era un fantasma atrapado en el limbo.
Dante levantó una mano y, con la yema del pulgar, delineó la oscura ojera bajo el ojo de Valeria. El contacto fue lento, inesperadamente suave y terriblemente posesivo. Ella no tuvo la fuerza para apartar el rostro.
-Tienes tu intelecto -respondió él, su voz bajando a un susurro ronco-. Tienes tu rabia. Y me tienes a mí.
Se enderezó lentamente, rompiendo el contacto físico pero no la tensión magnética que parecía atarlos. Señaló la bandeja de comida.
-Come, fiscal. Llora si lo necesitas. Grita hasta que se rompa el cristal si crees que te hará sentir mejor. Pero mañana por la mañana, cuando despiertes en esta jaula, dejarás de llorar por el sistema que te desechó y empezarás a pensar en cómo vamos a hacer que esa ciudad arda hasta los cimientos.
Dante se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo sin mirarla.
-Legalmente, la mujer que conocías murió hoy en ese aparcamiento. Lo que nazca de sus cenizas a partir de ahora, depende de ti.
La puerta se cerró. Valeria miró los documentos esparcidos por el suelo, luego la pantalla que seguía escupiendo mentiras sobre su nombre, y finalmente sus propias manos, que temblaban ligeramente. El precio de la justicia había sido su alma, pero la venganza... la venganza apenas estaba empezando a cobrar su cuota.