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La deuda de la Carne
img img La deuda de la Carne img Capítulo 1 El precio de la sangre
1 Capítulo
Capítulo 6 El despertar img
Capítulo 7 El desayuno img
Capítulo 8 La regla del silencio img
Capítulo 9 Resistencia inútil img
Capítulo 10 El castigo del espejo img
Capítulo 11 Sensaciones traicioneras img
Capítulo 12 Negación img
Capítulo 13 El despacho img
Capítulo 14 El roce invisible img
Capítulo 15 La seda y el frío img
Capítulo 16 El collar img
Capítulo 17 Los ojos vendados img
Capítulo 18 A merced de la oscuridad img
Capítulo 19 El tacto amplificado img
Capítulo 20 El hielo img
Capítulo 21 La primera orden explícita img
Capítulo 22 La humillación del deseo img
Capítulo 23 El control remoto img
Capítulo 24 La cena de negocios img
Capítulo 25 Al borde del abismo img
Capítulo 26 El colapso img
Capítulo 27 La mañana siguiente img
Capítulo 28 El baño compartido img
Capítulo 29 Conversaciones en la oscuridad img
Capítulo 30 El fantasma del hermano img
Capítulo 31 La culpa img
Capítulo 32 El castigo de Leonid img
Capítulo 33 La rendición en la biblioteca img
Capítulo 34 Sin límites img
Capítulo 35 Marcando territorio img
Capítulo 36 La mañana después img
Capítulo 37 El jardín cerrado img
Capítulo 38 Celos img
Capítulo 39 El miedo excitante img
Capítulo 40 Ataduras de seda img
Capítulo 41 Totalmente expuesta img
Capítulo 42 El sabor de la autoridad img
Capítulo 43 La recompensa img
Capítulo 44 El vestidor img
Capítulo 45 Invitados indeseados img
Capítulo 46 El trofeo img
Capítulo 47 La amenaza img
Capítulo 48 Protección asfixiante img
Capítulo 49 La fiebre img
Capítulo 50 Delirio y verdad img
Capítulo 51 La recuperación img
Capítulo 52 La habitación roja img
Capítulo 53 El arnés img
Capítulo 54 Juegos de impacto img
Capítulo 55 La cámara img
Capítulo 56 Exhibicionismo img
Capítulo 57 El tatuaje img
Capítulo 58 La aguja y el éxtasis img
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La deuda de la Carne

Autor: Mundo Creativo
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Capítulo 1 El precio de la sangre

El ascensor de cristal subía en un silencio sepulcral, devorando los pisos del rascacielos más exclusivo de la ciudad a una velocidad vertiginosa. A través de los amplios ventanales, las luces nocturnas se difuminaban como pequeñas brasas ardiendo en la oscuridad de la metrópolis, pero Mia apenas podía registrar la imponente vista. Su corazón latía con la fuerza bruta de un animal atrapado contra sus costillas, enviando pulsadas de pánico puro y helado a través de sus venas.

Las palmas de sus manos estaban húmedas, y la tela de su modesto abrigo negro le parecía de repente demasiado áspera, demasiado asfixiante. Tragó saliva, intentando humedecer su garganta reseca. Ciento cincuenta pisos. Ese era el abismo que ahora la separaba del mundo real, del mundo de la gente común, para adentrarla en el dominio de un dios implacable.

A su lado, dos hombres que parecían tallados en granito mantenían la vista fija al frente. No llevaban armas a la vista, pero la forma en que la tela de sus trajes a medida se tensaba sobre sus hombros dejaba claro que no las necesitaban para romperle el cuello. Eran los perros guardianes del infierno, y la estaban escoltando directamente hacia el diablo.

«Todo sea por Julian. Todo sea por Julian», se repitió Mia como un mantra desesperado, cerrando los ojos por una fracción de segundo.

Su hermano mayor, el eterno soñador, el idiota compulsivo. Julian había cruzado la única línea que todos en los bajos fondos sabían que era una sentencia de muerte inmediata: le había robado a la Bratva. Peor aún, le había robado directamente al líder de la organización, Leonid Volkov. Dos millones de dólares desaparecidos de una cuenta puente. Un error de cálculo, una ambición estúpida, y ahora Julian estaba desaparecido desde hacía cuarenta y ocho horas. La policía no iba a buscarlo; la policía le trabajaba a Volkov.

Un suave campaneo anunció la llegada al último piso. Las puertas metálicas se abrieron con un siseo, revelando un vestíbulo inmenso forrado en mármol negro veteado en oro. El contraste de la temperatura fue instantáneo; el aire allí arriba era gélido, cargado con el sutil y embriagador aroma a madera de cedro, cuero caro y un rastro de ozono, como la electricidad estática antes de una tormenta devastadora.

-Camine -ordenó uno de los guardias, con una voz carente de cualquier entonación humana.

Mia obligó a sus piernas a moverse. Sus tacones resonaban contra el mármol, un sonido patético y hueco en medio de tanta inmensidad. Cada paso que daba hacia las inmensas puertas de roble oscuro al final del pasillo era un paso más lejos de su libertad. No tenía un plan real. Solo tenía la cuenta de ahorros de toda su vida, las escrituras del pequeño apartamento que sus padres les habían dejado, y la ingenua esperanza de que la compasión pudiera existir en el corazón de un monstruo.

Los guardias empujaron las pesadas puertas dobles sin tocar a la puerta. El despacho era gigantesco, flanqueado por libreros que llegaban hasta el techo y un ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad que él gobernaba. Sin embargo, la atención de Mia fue arrastrada, con una fuerza gravitacional imposible de resistir, hacia la figura sentada detrás del inmenso escritorio de caoba.

Leonid Volkov.

No estaba haciendo nada en particular. No sostenía un arma, no estaba gritando, ni siquiera estaba revisando documentos. Simplemente estaba sentado, con las manos entrelazadas sobre la superficie pulida, esperando.

Mia se detuvo en seco a unos tres metros del escritorio. La respiración se le atascó en la garganta. Las historias y los rumores de los callejones se quedaban cortos. Leonid no parecía un matón de la mafia; parecía un aristócrata de la muerte. Su cabello oscuro estaba peinado con una precisión milimétrica. El traje de tres piezas que llevaba parecía esculpido directamente sobre su cuerpo ancho y poderoso, de un color gris plomo que absorbía la luz de la habitación. Pero fueron sus ojos los que paralizaron a Mia por completo. Eran de un azul tan claro, tan gélido y desprovisto de piedad, que parecían transparentes.

La miró. Solo eso. Un escrutinio silencioso, pesado y calculador que recorrió a Mia desde la punta de sus gastados zapatos hasta la cima de su cabello castaño y alborotado. La miró como un hombre que evalúa el peso y la pureza de un diamante sin pulir. O peor, como un depredador que ya ha decidido cómo va a devorar a su presa.

-Mia Rossi -pronunció Leonid.

Su voz era un barítono profundo, suave como el terciopelo pero con un filo cortante escondido debajo. No fue una pregunta, fue una afirmación absoluta. No levantó la voz, pero el sonido vibró en el pecho de Mia, haciendo que un escalofrío involuntario le recorriera la espina dorsal. Su acento ruso era apenas perceptible, una sombra elegante en su perfecta pronunciación.

-Señor Volkov -logró articular ella. Odiaba cómo su voz temblaba. Aclaró su garganta, alzando la barbilla en un intento inútil de proyectar una valentía que no poseía-. Estoy aquí por Julian. Mi hermano.

-Sé por qué estás aquí, Míshka -respondió él, utilizando el diminutivo ruso con una familiaridad que a Mia le resultó escalofriante-. Lo que no entiendo es por qué crees que tu presencia en mi oficina va a cambiar el destino de un hombre que ya está muerto en todo menos en la respiración.

La crudeza de sus palabras golpeó a Mia como una bofetada física. El aire pareció abandonar la habitación.

-No lo mate -suplicó ella, dando un paso impulsivo hacia adelante. Los guardias detrás de ella hicieron un movimiento, pero Leonid levantó un solo dedo de la mano derecha. Los hombres se detuvieron en seco, convertidos en estatuas.

Leonid no apartó sus gélidos ojos de los de ella.

-Me robó dos millones de dólares, Mia. El dinero es lo de menos. Lo que tu hermano robó fue el respeto que mi nombre exige. Si dejo que un ladrón de poca monta respire, mañana tendré a una docena de idiotas intentando lo mismo. La sangre se paga con sangre. Es la única moneda que la calle entiende.

-¡Tengo dinero! -exclamó ella, metiendo una mano temblorosa en el bolsillo de su abrigo para sacar un sobre manila arrugado. Lo arrojó sobre el escritorio. El sonido del papel contra la madera resonó patéticamente-. Hay cuarenta mil dólares ahí. Son los ahorros de toda mi vida. También tengo las escrituras de mi casa. Puede venderla, puede quedarse con todo. Trabajaré el resto de mi vida para pagarle el último centavo, con intereses. Solo... solo devuélvame a Julian.

Leonid miró el sobre arrugado. Ni siquiera hizo el ademán de tocarlo. Una sonrisa lenta, apenas perceptible y desprovista de cualquier rastro de humor, curvó la comisura de sus labios.

Se puso de pie.

El movimiento fue tan fluido y silencioso que resultó antinatural para un hombre de su tamaño. Mia tuvo el impulso primario de retroceder, de salir corriendo hacia las puertas, pero sus pies estaban clavados al suelo. Leonid rodeó el inmenso escritorio con pasos medidos, como un felino acechando en la oscuridad. A medida que se acercaba, su imponente estatura se hizo asfixiante. Superaba a Mia por más de una cabeza.

Se detuvo justo frente a ella, invadiendo su espacio personal por completo. El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, una contradicción directa con la frialdad de su mirada. Mia tuvo que alzar el rostro para sostenerle la mirada, sintiendo cómo el aroma a cedro y poder la envolvía, nublando sus sentidos.

-Cuarenta mil dólares y un apartamento en ruinas en los suburbios -murmuró Leonid, su voz bajando de volumen hasta convertirse en un susurro oscuro y privado entre los dos-. ¿Crees que soy un prestamista de barrio, Mia? ¿Crees que mi orgullo vale tan poco?

-Es todo lo que tengo -susurró ella, sintiendo que las lágrimas de impotencia quemaban detrás de sus ojos. Se negó a dejarlas caer. No frente a él.

Lentamente, Leonid levantó una mano. Mia se tensó, esperando un golpe, pero en lugar de eso, él deslizó el dorso de sus largos dedos por la mejilla de ella. El contacto fue electrizante. La piel de él estaba fría, pero donde la tocó, Mia sintió un rastro de fuego líquido. Su cuerpo entero se estremeció de una manera que nada tenía que ver con el miedo y todo que ver con una traición biológica e instintiva.

Leonid notó el estremecimiento. Sus pupilas se dilataron levemente, devorando el azul claro de sus irises.

-Te equivocas, pequeña -dijo él, deslizando su mano hasta atrapar la mandíbula de Mia. Su agarre no fue brutal, pero sí inquebrantable. Con un movimiento firme, inclinó el rostro de ella hacia arriba, obligándola a exponer su cuello, a mostrar su vulnerabilidad absoluta-. Tienes algo más. Algo que tiene mucho más valor para mí que el patético intento de tu hermano por ser un criminal.

Mia intentó retroceder, pero él apretó ligeramente el agarre, impidiéndoselo. El pulgar de Leonid trazó la línea de su labio inferior, un gesto íntimo y aterrador que hizo que la respiración de la joven se volviera irregular.

-No lo entiendo... -jadeó ella.

-Tu hermano me robó, Mia. Eso significa que le pertenece a la Bratva. Su vida es mía -La voz de Leonid era hipnótica, un veneno dulce inyectado directamente en sus venas-. Pero soy un hombre de negocios. Y todo en esta vida es negociable, si se ofrece el activo correcto.

-¿Qué quiere? -La pregunta salió de los labios de Mia como un hilo de voz quebrado.

Leonid se inclinó un poco más. Sus rostros estaban tan cerca que ella podía sentir el aliento cálido de él chocando contra su propia piel estremecida. Los ojos del monstruo brillaron con una promesa oscura, hambrienta y definitiva.

-A ti -susurró Leonid Volkov, sellando su destino-. Quiero treinta días de tu vida, Mia Rossi. Y cuando digo treinta días, me refiero a cada segundo, cada aliento, cada pensamiento y cada rincón de tu cuerpo. Acepta mis términos, y tu hermano caminará libre esta misma noche. Recházalos, y te enviaré su cabeza en una caja mañana por la mañana.

El silencio que siguió a la sentencia fue ensordecedor. Mia miró los ojos gélidos del hombre frente a ella y supo, con una certeza aplastante, que no había escapatoria. Acababa de cruzar las puertas del infierno, y el diablo no quería su dinero.

La quería a ella.

            
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