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La deuda de la Carne
img img La deuda de la Carne img Capítulo 2 El contrato
2 Capítulo
Capítulo 6 El despertar img
Capítulo 7 El desayuno img
Capítulo 8 La regla del silencio img
Capítulo 9 Resistencia inútil img
Capítulo 10 El castigo del espejo img
Capítulo 11 Sensaciones traicioneras img
Capítulo 12 Negación img
Capítulo 13 El despacho img
Capítulo 14 El roce invisible img
Capítulo 15 La seda y el frío img
Capítulo 16 El collar img
Capítulo 17 Los ojos vendados img
Capítulo 18 A merced de la oscuridad img
Capítulo 19 El tacto amplificado img
Capítulo 20 El hielo img
Capítulo 21 La primera orden explícita img
Capítulo 22 La humillación del deseo img
Capítulo 23 El control remoto img
Capítulo 24 La cena de negocios img
Capítulo 25 Al borde del abismo img
Capítulo 26 El colapso img
Capítulo 27 La mañana siguiente img
Capítulo 28 El baño compartido img
Capítulo 29 Conversaciones en la oscuridad img
Capítulo 30 El fantasma del hermano img
Capítulo 31 La culpa img
Capítulo 32 El castigo de Leonid img
Capítulo 33 La rendición en la biblioteca img
Capítulo 34 Sin límites img
Capítulo 35 Marcando territorio img
Capítulo 36 La mañana después img
Capítulo 37 El jardín cerrado img
Capítulo 38 Celos img
Capítulo 39 El miedo excitante img
Capítulo 40 Ataduras de seda img
Capítulo 41 Totalmente expuesta img
Capítulo 42 El sabor de la autoridad img
Capítulo 43 La recompensa img
Capítulo 44 El vestidor img
Capítulo 45 Invitados indeseados img
Capítulo 46 El trofeo img
Capítulo 47 La amenaza img
Capítulo 48 Protección asfixiante img
Capítulo 49 La fiebre img
Capítulo 50 Delirio y verdad img
Capítulo 51 La recuperación img
Capítulo 52 La habitación roja img
Capítulo 53 El arnés img
Capítulo 54 Juegos de impacto img
Capítulo 55 La cámara img
Capítulo 56 Exhibicionismo img
Capítulo 57 El tatuaje img
Capítulo 58 La aguja y el éxtasis img
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Capítulo 2 El contrato

Las palabras de Leonid Volkov quedaron suspendidas en el aire helado del despacho, pesadas y definitivas como la caída de una guillotina.

«A ti. Quiero treinta días de tu vida».

Mia dejó de respirar. El silencio en la inmensa habitación de mármol y caoba se volvió absoluto, roto únicamente por el martilleo ensordecedor de su propio pulso en sus oídos. Sus ojos, muy abiertos por el terror y la incredulidad, buscaron algún rastro de burla en el rostro del jefe de la Bratva, alguna señal de que todo esto era una macabra prueba de lealtad para su hermano. Pero en el azul glacial de la mirada de Leonid no había humor, ni piedad, ni vacilación. Solo existía la oscura y absoluta certeza de un hombre que siempre obtenía exactamente lo que exigía.

El calor de los dedos de él, que aún sostenían su mandíbula con una firmeza inquebrantable, contrastaba con el frío paralizante que invadía el cuerpo de la joven.

-No puedes hablar en serio -susurró Mia, su voz temblando hasta el punto de casi romperse-. Esto no es la Edad Media. No puedes... no puedes comprar a una persona.

Leonid soltó su rostro con una lentitud deliberada, dejando que la yema de su pulgar rozara el labio inferior de ella en una caricia que pareció quemarle la piel. Retrocedió medio paso, la distancia justa para permitirle a Mia respirar, pero no la suficiente para que dejara de sentirse completamente acorralada por su imponente presencia.

-¿Comprar? -La voz de Leonid era un ronroneo bajo y peligroso-. No te estoy comprando, Míshka. Tu hermano ya te vendió en el momento en que decidió meter la mano en mis cuentas. Yo solo estoy formalizando la transferencia de bienes.

Con un movimiento fluido y carente de prisa, Leonid regresó detrás de su imponente escritorio de caoba. Abrió uno de los cajones con una llave dorada y extrajo una pesada carpeta de cuero negro. La arrojó sobre la superficie pulida. El impacto produjo un sonido seco que hizo saltar a Mia en su lugar.

-Acércate -ordenó él.

Mia dudó. Sus piernas se sentían como plomo, ancladas a las baldosas de mármol. El instinto de supervivencia le gritaba que diera media vuelta y corriera hacia los ascensores, pero la imagen mental del rostro ensangrentado de Julian parpadeó en su mente, anclándola a su condena. Tragó el nudo de lágrimas amargas que amenazaba con asfixiarla y obligó a sus pies a moverse hacia adelante, hasta quedar frente al escritorio.

Leonid abrió la carpeta. Dentro, iluminado por la luz tenue y sofisticada del despacho, descansaba un documento impreso en un papel grueso y amarillento. No era un borrador improvisado; era un contrato real, detallado, redactado con una precisión legal y perversa que helaba la sangre.

-Léelo -dijo Leonid, recostándose en su sillón de cuero y cruzando las manos sobre su regazo. Su postura era la de un rey observando a un prisionero suplicar por su vida-. O, si prefieres ahorrar tiempo, te resumiré las tres cláusulas principales que gobernarán tu existencia durante los próximos treinta días.

Mia bajó la mirada hacia las letras impresas. Su nombre completo, Mia Rossi, estaba mecanografiado en la primera línea. Él ya lo tenía preparado. Leonid Volkov había sabido que ella vendría a suplicar, y había orquestado cada segundo de este encuentro. La bilis le subió por la garganta ante la magnitud de la manipulación.

-Cláusula número uno: El Despojo -La voz de barítono de Leonid llenó el silencio, resonando en el pecho de Mia-. A partir del momento en que tu firma toque este papel, renuncias al derecho de cubrir tu propio cuerpo bajo tus propios términos.

Mia levantó la cabeza de golpe, con los ojos ardiendo de indignación y pánico.

-¿Qué significa eso?

-Significa exactamente lo que escuchas -respondió él, su mirada recorriendo el modesto y recatado abrigo de Mia con un desdén calculador-. Toda la ropa con la que entraste a este edificio será incinerada. Tu vestuario será provisto exclusivamente por mí. Consistirá únicamente en lo que me plazca verte usar, sea seda, encajes transparentes, o absolutamente nada. Si ordeno que camines por mis pasillos privados desnuda, lo harás con la cabeza en alto. Tu vergüenza ya no te pertenece.

Un rubor violento y caliente se apoderó de las mejillas de Mia. La imagen mental de estar completamente expuesta ante esos ojos fríos y calculadores la hizo cruzar los brazos sobre su pecho, un acto reflejo de protección que hizo que la comisura de los labios de Leonid se curvara ligeramente, complacido por su terror.

-Estás enfermo -escupió ella, el odio logrando atravesar momentáneamente el velo del miedo.

-Cláusula número dos: Disponibilidad Absoluta -continuó Leonid, ignorando su insulto con la tranquilidad de quien no le teme a un insecto-. Durante las setecientas veinte horas que durará tu estancia, mi tiempo es tu única religión. No tienes horarios de sueño, no tienes privacidad, no tienes voluntad. Si me despierto a las tres de la madrugada con la necesidad de sentir tu boca, tu única respuesta será arrodillarte. Si estoy en medio de una reunión de negocios en este mismo despacho y deseo que estés debajo de mi escritorio en absoluto silencio, obedecerás.

Leonid se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. La distancia entre ellos volvió a acortarse, y la intensidad letal de su aura pareció devorar el oxígeno.

-Y la cláusula tres -susurró él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una promesa oscura e íntima-. La regla del espejo.

-No... -jadeó Mia, sacudiendo la cabeza lentamente, las lágrimas finalmente desbordando y trazando caminos calientes por sus mejillas.

-En mi mundo, la desobediencia se castiga con sangre -explicó Leonid, poniéndose de pie de nuevo. Rodeó el escritorio lentamente, sus pasos silenciosos acechándola-. Pero en mi casa, tus faltas se castigarán de una forma mucho más profunda. No voy a golpearte, Mia. Voy a sobreestimularte. Si me desafías, te ataré y te llevaré al borde del clímax una y otra vez, utilizando hielo, cuero o mis propias manos, y te negaré el alivio hasta que llores suplicando que te deje terminar.

Se detuvo justo detrás de ella. Mia sintió el calor inmenso de su pecho contra su espalda, aunque él no llegó a tocarla. La proximidad la hizo temblar de pies a cabeza. Un escalofrío que no era solo terror, sino una respuesta biológica traicionera, recorrió su columna vertebral. Su cuerpo, sin su permiso, reconoció al depredador alfa y respondió con una sensibilidad exacerbada.

-Y cuando lo haga -susurró Leonid al oído de ella, su aliento acariciando el lóbulo de su oreja-, habrá un espejo frente a ti. Para que no puedas cerrar los ojos. Para que tengas que mirar tu propio rostro descompuesto por el deseo y asimiles que, por mucho que me odies en tu mente, tu cuerpo será mi esclavo más fiel.

El silencio volvió a caer sobre ellos, espeso, cargado de una tensión eléctrica y enferma.

Leonid regresó a su silla, sacó una estilográfica de oro del bolsillo interior de su saco y la dejó sobre el documento. La pluma metálica tintineó contra la madera.

-Tienes dos opciones, Mia -La frialdad absoluta regresó a su rostro, cerrando la puerta a cualquier atisbo de humanidad-. Toma la pluma, firma la última página y acepta tus treinta días en el infierno. O date la vuelta, toma el ascensor, y te garantizo que antes de que llegues a la planta baja, uno de mis hombres le enviará a tu querido hermano un mensaje directo al cerebro en forma de bala.

El mundo entero pareció reducirse a ese pedazo de papel amarillento y a la pluma de oro.

Mia respiró entrecortadamente. Cerró los ojos, intentando visualizar una salida, una estrategia, un rescate. Pero no había nada. No había caballeros de armadura brillante en su mundo. Solo existía la mafia, la deuda y este monstruo de traje gris que la miraba como si ya hubiera devorado su alma.

«Perdóname, mamá. Perdóname», pensó Mia.

Lentamente, con las manos temblando tan violentamente que apenas podía coordinar sus movimientos, extendió el brazo. Sus dedos rozaron el metal frío de la estilográfica. Pesaba muchísimo, más que cualquier objeto que hubiera levantado en su vida, porque contenía el peso de su propia libertad.

Agarró la pluma. Abrió la carpeta hasta la última página, donde una línea negra esperaba su rendición.

No volvió a mirar a Leonid Volkov. Sabía que, si miraba esos ojos azules de nuevo, se desmayaría de terror. Presionó la punta de oro contra el papel, la tinta negra fluyendo como la sangre que estaba evitando derramar, y trazó su nombre.

Mia Rossi.

Cuando levantó la pluma, el sonido de la respiración de Leonid pareció cambiar en el ambiente. Un cambio imperceptible, pero definitivo. La tensión en el aire no desapareció, sino que se transmutó, volviéndose más densa, más oscura, más hambrienta.

Leonid tomó la carpeta y la cerró con un chasquido.

-Excelente decisión -dijo él, su voz vibrando con una satisfacción depredadora-. El contrato está sellado.

Presionó un botón en el intercomunicador de su escritorio.

-Tráiganlo -ordenó en ruso al aparato. Luego, levantó la mirada hacia Mia, y una sonrisa letal se dibujó en sus labios-. El tiempo empieza a correr, Míshka. Bienvenida a tu jaula.

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