Sus manos, aún aferradas a las solapas de su modesto abrigo negro, temblaron con tal violencia que los nudillos se le pusieron blancos. El eco de las pesadas puertas de roble cerrándose a sus espaldas todavía retumbaba en su mente, marcando el final de su vida libre y el inicio de su condena. Tragó saliva, sintiendo la garganta tan seca como papel de lija. El aire del inmenso despacho parecía haber descendido varios grados, o tal vez era solo la sangre huyendo de sus extremidades ante el terror puro que le inspiraba el hombre frente a ella.
Leonid no se movió. Sus manos permanecían a los costados de su cuerpo, relajadas, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No había urgencia en su postura, solo una anticipación oscura y depredadora. Sus ojos, de un azul tan claro que parecían hielo cristalizado, estaban fijos en el rostro de Mia, registrando cada microexpresión de pánico, cada lágrima que amenazaba con derramarse, cada latido errático que agitaba su pecho.
-No me hagas repetirlo, Míshka -advirtió él, su voz bajando un tono hasta convertirse en un roce áspero y peligroso que vibró directamente en el bajo vientre de la joven-. El contrato ya está en marcha. La desobediencia tiene un precio que no quieres empezar a pagar esta noche.
Mia cerró los ojos por un instante, buscando una fuerza que no poseía. La imagen de Julian, con el rostro ensangrentado y el pecho hundido, parpadeó tras sus párpados. Lo había hecho por él. Había vendido su alma al diablo para mantener a su hermano respirando. No podía acobardarse ahora.
Con dedos torpes y entumecidos, bajó las manos hasta el primer botón de su abrigo. El plástico negro resbaló bajo sus yemas sudorosas.
-Mírame -ordenó Leonid de repente. El látigo invisible en su voz la obligó a abrir los ojos de golpe y clavar su mirada en la de él-. Quiero ver tus ojos mientras te deshaces de la armadura. Quiero ver el momento exacto en que aceptas lo que eres ahora.
Sostenerle la mirada era una tortura psicológica. Era mirar directamente al abismo y saber que el abismo estaba ansioso por devorarla.
Lentamente, Mia desabrochó el primer botón. Luego el segundo. El tercero.
El sonido de la tela deslizándose por sus hombros fue ensordecedor en el silencio sepulcral del despacho. El abrigo cayó al suelo de mármol con un sonido sordo, formando un charco oscuro a sus pies. Debajo, Mia llevaba una blusa de algodón barata de color crema y unos pantalones vaqueros desgastados. Era la ropa de una chica de clase trabajadora, la ropa de alguien que pasaba desapercibida en la multitud.
Leonid inclinó ligeramente la cabeza, evaluando la segunda capa de su "armadura".
-Sigue -fue su única instrucción.
Un rubor violento, nacido de una mezcla de profunda humillación y una vergüenza ardiente, subió por el cuello de Mia hasta teñirle las mejillas. Sus manos bajaron hacia el dobladillo de su blusa. Cruzó los brazos, agarró la tela y tiró de ella por encima de su cabeza. El aire frío del despacho golpeó su piel desnuda, erizándole el vello de los brazos.
Dejó caer la blusa sobre el abrigo.
Luego fueron los zapatos, y finalmente, con dedos que apenas le respondían, desabrochó el botón de sus vaqueros y bajó la cremallera. El sonido metálico rasgó la quietud de la habitación. Se deshizo de los pantalones, pisándolos para liberarse de ellos, hasta quedar parada en el centro del imponente despacho vistiendo únicamente su ropa interior.
Era un conjunto de algodón blanco, simple, gastado por los lavados. Nada seductor. Nada que encajara en la opulencia de aquel lugar forrado de caoba, cuero y mármol.
El instinto primario de supervivencia y pudor se apoderó de ella. Mia cruzó los brazos sobre su pecho, intentando ocultar sus pechos y encogiendo los hombros en un intento desesperado por hacerse pequeña, por desaparecer bajo el escrutinio letal del líder de la Bratva.
Leonid acortó la distancia entre ellos con dos zancadas silenciosas. Antes de que Mia pudiera retroceder, sus manos grandes y cálidas atraparon las muñecas de ella.
-Baja las manos -murmuró él, su aliento rozando la frente de la joven.
-Por favor... -susurró Mia, la voz quebrándose en un sollozo ahogado-. Ya me quité la ropa. Por favor, Leonid...
El uso de su nombre de pila pareció detenerlo por una fracción de segundo. Una chispa oscura cruzó sus pupilas. Su agarre sobre las muñecas de Mia se volvió inquebrantable, pero no doloroso. Con una lentitud agonizante, él obligó a los brazos de ella a descender, desnudando su cuerpo por completo a su escrutinio.
-Tu cuerpo es mi territorio ahora, Mia. No tienes derecho a ocultarlo de mis ojos. Ni ahora, ni en los próximos veintinueve días.
Sin soltar una de sus muñecas, Leonid se agachó y recogió la pila de ropa del suelo con la mano libre. La miró con absoluto desdén, como si sostuviera trapos infectados.
Tirando de ella suavemente, la obligó a caminar a su lado hacia el fondo del despacho. Allí, empotrada en la pared de piedra negra, había una chimenea moderna y alargada que ardía con llamas controladas alimentadas por gas. El calor que emanaba era intenso, un contraste brutal con el frío del mármol.
Leonid no vaciló. Arrojó el abrigo, la blusa, los vaqueros y los zapatos directamente al fuego.
Mia soltó un pequeño jadeo cuando las llamas lamieron la tela y el olor acre del algodón y el plástico quemado inundó la habitación. Era una imagen poética y retorcida; estaba viendo arder su pasado. Esa chica que tomaba el metro a las seis de la mañana, que contaba las monedas para comprar pan, que vivía aterrada por las deudas de su hermano... esa chica se estaba convirtiendo en cenizas.
-Tu pasado ya no existe -dijo Leonid, leyendo sus pensamientos con una precisión aterradora. La soltó por fin, pero se quedó muy cerca, observando cómo la luz del fuego bailaba sobre la piel pálida y temblorosa de la joven-. La pobreza, la preocupación, la libertad condicional de la clase baja. Todo eso acaba de morir en el fuego. Solo existes tú, y yo.
Le tendió la mano. La palma grande, callosa y exigente.
Mia miró su mano, luego el fuego devorando su única posesión, y finalmente los ojos de él. Supo que si tomaba esa mano, cruzaba el punto de no retorno. Pero también sabía que el contrato estaba firmado; no tomarla solo provocaría su ira.
Levantó su mano temblorosa y la depositó sobre la de él. Los dedos de Leonid se cerraron sobre los suyos con fuerza posesiva.
La guio hacia una sección de la estantería de libros. Leonid presionó un libro en particular y la pared entera se deslizó en absoluto silencio, revelando un pasillo iluminado con luces cálidas y tenues que conducía al área privada de su penthouse. La temperatura allí era perfecta, el suelo estaba cubierto por alfombras persas que acariciaban los pies descalzos de Mia, y el olor a cedro era mucho más íntimo y profundo.
La condujo hasta una habitación gigantesca que parecía sacada de un palacio moderno, pero no se detuvo en la inmensa cama king size que dominaba el espacio. La llevó directamente a otra puerta doble y la abrió.
Mia se quedó sin aliento.
Era el vestidor más grande que había visto en su vida, pero no era un vestidor normal. Estaba forrado de espejos de cuerpo entero, de suelo a techo. Decenas de cajones forrados en terciopelo y largos estantes iluminados por luces LED exhibían prendas.
Pero no había ropa.
No había camisetas, no había pantalones, no había vestidos de día, abrigos o pijamas de franela.
Mia dio un paso vacilante hacia adentro, sus ojos abriéndose de par en par mientras asimilaba el contenido de la jaula de oro. Filas y filas de lencería de diseño. Encajes negros, rojos escarlatas, verdes esmeraldas. Arneses de cuero fino con herrajes dorados. Batas de seda tan transparentes que apenas parecían niebla tejida. Ligas, medias de cristal y una colección de zapatos de tacón de aguja que superaban los quince centímetros.
-¿Qué... qué es esto? -balbuceó ella, el pánico burbujeando de nuevo en su pecho-. Leonid, no hay ropa. No puedo... no puedo usar solo esto.
Leonid cerró la puerta del vestidor a sus espaldas. El clic de la cerradura fue el sonido más definitivo del mundo.
-No pareces comprender la naturaleza de tu encierro, Mia -murmuró él, caminando lentamente hacia una de las perchas. Sus dedos acariciaron un conjunto de encaje negro minúsculo-. No vas a salir a comprar el pan. No vas a recibir visitas. No tienes necesidad de abrigarte porque yo controlaré el clima de este lugar. Tu único propósito a partir de hoy es complacer mi vista y servir a mis necesidades.
Tomó el conjunto negro. Consistía en un corsé de tiras elásticas y encaje francés que no ocultaría absolutamente nada de sus pechos, y una braga a juego conformada por un simple hilo de seda y bordados delicados.
Se giró hacia ella y le tendió las prendas.
-Quítate esa basura de algodón barato que llevas puesta -ordenó, su voz desprovista de cualquier tono de petición-. Y ponte esto.
Mia negó con la cabeza, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra uno de los espejos fríos.
-No, por favor. Es humillante. Estaré desnuda si me pongo eso.
En un parpadeo, Leonid acortó la distancia. Apoyó una mano en el espejo, justo al lado de la cabeza de ella, acorralándola por completo. Su cuerpo inmenso y sólido aplastó la resistencia de Mia, y la mirada del ruso descendió hasta sus labios temblorosos.
-La humillación es el primer paso hacia la sumisión -susurró él, rozando con el pulgar la mandíbula inferior de la chica-. Quítate el algodón, Mia. O lo haré yo, y te aseguro que no seré tan delicado como tú.
El terror a que él cumpliera su amenaza la movilizó. Con manos que apenas le obedecían, Mia deslizó la ropa interior blanca por sus piernas. Quedó completamente desnuda bajo la luz cálida y la mirada feroz de Leonid. La intensidad en los ojos del mafioso al verla expuesta fue tan física que Mia sintió un calor repentino y traicionero acumulándose entre sus muslos. Su cuerpo, enfermo e instintivo, estaba respondiendo al reclamo absoluto de aquel hombre.
Tomó el conjunto de encaje negro que él le ofrecía. Se lo puso con movimientos torpes. El corsé se ajustó a su torso como una segunda piel, levantando sus pechos y dejando los pezones perfectamente visibles a través del fino bordado oscuro. La braga apenas cubría la sombra de su intimidad.
Leonid dio un paso atrás y la tomó por los hombros, obligándola a girarse hacia el espejo gigante que tenían frente a ellos.
Mia ahogó un grito al ver su propio reflejo. La chica pálida y asustada con ropa gastada había desaparecido. En el espejo había una mujer devorada por el encaje negro, expuesta, vulnerable y pecaminosamente erótica.
Leonid se colocó detrás de ella. Su imponente figura con el traje gris plomo contrastaba violentamente con la fragilidad casi desnuda de Mia. Él deslizó sus manos por los brazos de ella, bajando hasta acariciar la piel expuesta de su cintura.
Mia jadeó al sentir el contacto caliente de sus manos callosas contra su piel fría.
-Mírate -ordenó él en un susurro oscuro, su rostro cerca de su cuello, mirando su reflejo compartido en el espejo-. Mírate y entiende a quién perteneces ahora. Eres mía, Mia. Hasta el último aliento.
Y mientras las manos del monstruo descendían lentamente por su vientre desnudo en dirección al encaje negro, Mia cerró los ojos, incapaz de soportar la visión de su propia caída.