El líder de la Bratva dio un paso atrás, rompiendo el contacto físico, pero no la tensión magnética que los unía. Se ajustó los puños de su impecable camisa blanca con una tranquilidad exasperante. Parecía completamente inafectado por la carga erótica que saturaba el aire, mientras que Mia sentía que sus piernas estaban a punto de ceder bajo su propio peso.
-Es tarde -anunció Leonid, su voz desprovista de cualquier inflexión, como si acabara de discutir el clima en lugar de despojarla de su dignidad-. Ven.
No esperó a ver si lo seguía. Se dio la vuelta y salió del vestidor.
Mia tragó saliva, el sabor metálico del miedo aún persistente en su lengua. Sus pies descalzos se hundieron en la gruesa alfombra persa mientras lo seguía a regañadientes hacia la recámara principal.
Si el despacho era el centro de mando de un emperador, la habitación era la guarida del depredador. Era un espacio inmenso, sumido en tonos oscuros: carbón, gris pizarra y azul medianoche. Unos ventanales de suelo a techo ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad dormida, dejando entrar un resplandor plateado que bañaba el suelo de mármol negro. En el centro de la estancia, dominando el espacio con una autoridad silenciosa, se erguía una cama king size que parecía más bien un altar. Estaba cubierta por un grueso edredón de seda oscura y sábanas de hilo egipcio que prometían un calor pecaminoso.
Leonid se detuvo junto a la cama. Sin prisa, comenzó a desnudarse.
Mia se quedó paralizada cerca de la puerta, incapaz de apartar la mirada. Él se quitó la corbata, dejándola caer sobre un sillón de cuero, y luego procedió a desabotonar su camisa. Cuando la tela blanca resbaló por sus amplios hombros, Mia contuvo el aliento. Su espalda y su torso eran un lienzo de poder brutal y violencia pasada. Músculos gruesos y esculpidos se movían bajo su piel pálida, marcados por una red de cicatrices plateadas. Había marcas de cuchillos, rozaduras de balas y cicatrices irregulares que contaban historias de dolor y supervivencia en un mundo sin reglas.
Él se deshizo de los pantalones del traje, quedando únicamente en unos ajustados bóxers negros que no hacían absolutamente nada por ocultar la pesada y evidente longitud de su erección en reposo.
Mia apartó la mirada violentamente, sintiendo que sus mejillas ardían. El pánico, que había estado burbujeando a fuego lento en su pecho, se convirtió en una ola de hielo. No iba a hacerlo. No podía simplemente caminar hacia esa cama y acostarse junto al hombre que había destrozado a su hermano a patadas hace menos de una hora.
Leonid se deslizó bajo el pesado edredón de seda. La tela oscura contrastó con su torso desnudo. Se recostó contra las almohadas, cruzó las manos sobre su estómago y fijó sus fríos ojos azules en ella.
-La cama es lo suficientemente grande, Míshka -dijo él en un tono que era en parte una invitación y en parte una orden-. Acuéstate.
Mia retrocedió un paso, sus omóplatos chocando contra el marco de la puerta. Cruzó los brazos sobre su pecho, en un inútil intento de cubrir la piel que el corsé negro dejaba expuesta. La temperatura en la habitación era notablemente más baja que en el resto del penthouse. El sistema de aire acondicionado zumbaba suavemente, inyectando un frío calculador en el ambiente.
-No -La palabra salió de sus labios como un susurro roto, pero resonó en la gran habitación con la fuerza de un disparo.
Las cejas oscuras de Leonid se juntaron levemente. Fue un movimiento minúsculo, pero en su rostro inexpresivo, equivalía a un grito de advertencia.
-¿No? -repitió él, saboreando la sílaba.
-No voy a dormir contigo -Mia alzó la barbilla. Sus rodillas temblaban, su corazón amenazaba con reventarle el pecho, pero se aferró a esa minúscula porción de orgullo. Era lo único que le quedaba-. Me obligaste a firmar. Me obligaste a desnudarme. Pero no puedes obligarme a desear estar en esa cama.
Esperó la explosión. Esperó que él saltara de la cama, la agarrara por el cabello y la arrastrara hacia las sábanas por la fuerza. Su cuerpo entero se tensó, preparándose para el impacto de su ira.
Pero Leonid Volkov no era un hombre de reacciones predecibles. No gritó. No se movió. En su lugar, una sonrisa lenta, escalofriante y desprovista de compasión se dibujó en sus labios.
-Tienes razón, Mia. No puedo obligarte a desearlo -murmuró él, su voz deslizándose por el aire frío como veneno-. Pero te aseguro que, para cuando esta noche termine, serás tú quien me suplique entrar.
Con un movimiento perezoso de su brazo, Leonid alcanzó un panel de control táctil en la mesita de noche. Pulsó un botón. Las luces principales de la habitación se apagaron al instante, dejando solo la fría y fantasmal luz de la ciudad filtrándose por los ventanales. Pulsó otro botón, y Mia escuchó cómo el zumbido del aire acondicionado se intensificaba. La temperatura de la habitación descendió bruscamente dos grados más.
-Si no duermes en la cama, dormirás en el suelo -declaró Leonid, cerrando los ojos y acomodando su cabeza en la almohada-. Como desees. Pero en mi habitación no hay alfombras, y no proporciono mantas para quienes deciden comportarse como perros callejeros. Buenas noches, Mia.
Mia se quedó petrificada. La humillación ardió en su garganta, pero la terquedad la mantuvo en su lugar. No iba a ceder.
Lentamente, se deslizó por el marco de la puerta hasta sentarse en el suelo de mármol negro. El impacto del frío contra la piel desnuda de sus muslos y nalgas fue instantáneo y brutal. El mármol parecía robarle el calor corporal a una velocidad aterradora.
Se abrazó las rodillas, intentando hacerse un ovillo para conservar el escaso calor que le quedaba. El encaje francés del corsé, que se suponía debía ser un instrumento de seducción, se convirtió en un instrumento de tortura. La tela fina no ofrecía ningún tipo de abrigo. Sus pezones, ya sensibles por la textura del encaje, se endurecieron dolorosamente debido al frío, rozando contra los bordados con cada respiración agitada.
Pasaron los minutos, arrastrándose con la lentitud de una agonía prolongada.
El silencio en la habitación era absoluto, solo interrumpido por la respiración profunda, pausada y rítmica de Leonid. Estaba dormido. O al menos lo aparentaba con una perfección insultante. El hecho de que él pudiera descansar tan plácidamente mientras ella sufría la destrozaba por dentro.
A la hora, el frío dejó de ser una molestia y se convirtió en un dolor punzante. Los músculos de Mia comenzaron a sufrir espasmos involuntarios. Sus dientes castañeteaban con tanta fuerza que tuvo que morderse el labio inferior, saboreando su propia sangre, para ahogar el sonido. No quería que él la escuchara quejarse. No quería darle la satisfacción de su derrota.
Pero el mármol no tenía piedad. El aire helado se filtraba por las tiras elásticas de su lencería, erizando cada centímetro de su piel.
A las dos de la madrugada, Mia estaba tiritando incontrolablemente. Sentía los dedos de las manos y de los pies entumecidos, casi doloridos. Cambió de posición, acostándose de lado sobre la piedra dura, pero eso solo empeoró las cosas al exponer más superficie de su cuerpo al frío del suelo.
Miró hacia la cama. Bajo el resplandor plateado, podía ver la forma voluminosa de Leonid debajo del pesado edredón de seda. Se veía tan cálido. Tan increíblemente cómodo. La invitación implícita estaba allí, latiendo en la oscuridad: Acuéstate. Solo tenía que levantarse, caminar unos metros y sumergirse en esa seda oscura. Sabía que él abriría el edredón para ella. Sabía que el inmenso cuerpo del ruso irradiaba un calor volcánico que la salvaría de la hipotermia en segundos.
Pero el precio era su sumisión. El precio era admitir que la necesitaba.
-No -susurró Mia en la oscuridad, su voz apenas un hilo tembloroso-. No voy a ceder.
Cerró los ojos, intentando visualizar el rostro de Julian para darse fuerzas, pero la imagen se difuminaba bajo la niebla del frío extremo. Cada vez que el aire acondicionado expulsaba una ráfaga nueva, Mia soltaba un pequeño gemido ahogado en su garganta.
A las tres de la madrugada, un sonido rompió el silencio de la habitación.
Era el roce de la seda.
Mia abrió los ojos de golpe, los párpados pesados por el agotamiento. En la cama, Leonid se había girado. Su rostro estaba vuelto hacia ella. Aunque la habitación estaba a oscuras, Mia supo con absoluta certeza que los ojos del ruso estaban abiertos. Podía sentir el peso de su mirada escudriñando su cuerpo tembloroso, deleitándose en el contraste de su piel blanca convulsionando bajo el encaje negro.
-Tu orgullo te va a matar de frío, Míshka -La voz grave y ronca de Leonid viajó por la habitación, envolviéndola como una manta ilusoria-. La oferta sigue en pie. Ven aquí. Entra en mi cama.
El instinto de supervivencia le gritaba a Mia que se levantara, que corriera hacia esa fuente de calor. Sus extremidades dolían. Su mente empezaba a nublarse. Pero la rabia, una llama diminuta y furiosa en el centro de su pecho, la mantuvo anclada al suelo.
-Prefiero morirme de frío -logró articular entre el castañeteo violento de sus dientes.
En la oscuridad, escuchó la profunda exhalación de Leonid. No era un suspiro de frustración, sino de sombría diversión.
-Veremos cuánto dura esa convicción cuando el sol salga -respondió él, volviendo a darse la vuelta y dándole la espalda.
Mia se encogió aún más sobre sí misma en el mármol implacable. El frío calaba hasta sus huesos, pero la verdadera tortura no era la temperatura. La verdadera tortura era la certeza aplastante de que él estaba dispuesto a verla sufrir todo lo que ella pudiera soportar, solo para demostrarle que, al final, su voluntad no significaba absolutamente nada.
Y mientras la noche más larga de su vida avanzaba, tiritando en el suelo, Mia supo que el verdadero infierno no estaba en el fuego, sino en el hielo absoluto que era Leonid Volkov.