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Kamunyak se apresura a seguirle el paso al grupo, sin soltarle la mano a Siara.
Todas llegan a la orilla de la aldea, donde siempre se cuenta la carne recolectada al final de una cacería exitosa. Al terminar las revisiones acostumbradas, la madre adoptiva se acerca con su capitana.
-¿Ahora qué quieres? -le pregunta ella al verla aproximarse.
-Quiero que me des el permiso para reunirme con el rey. Deseo obtener el rango alfa -informa Kamunyak con seriedad.
Cualquier omega puede acceder a ese rango superior tan codiciado. Lo que tiene que hacer, es presentar una ofrenda de comida viva al mismo rey, para poder participar en un duelo en contra de una líder; claro que antes tiene que obtener el permiso de las dos capitanas y del monarca.
-Tienes mucha suerte de que hayamos conseguido parte de la comida del día. Me hubiera dado mucho gusto haberte mandado azotar -expresa la capitana beta con una sonrisa burlona, para luego voltear con Siara, revisándola minuciosamente-. Uhmmnn -medita la felina en voz alta-. Es una pequeña cría. Te doy mi consentimiento, solo porque quiero ver al monarca negarte la ofrenda.
Ya solo falta una aprobación; por suerte la leona alfa no está lejos. Se le aproxima la capitana beta, con Kamunyak y Siara siguiéndola de cerca.
-Mkuu {Emkuu} (*4) -le habla la capitana a su líder.
-¿Sí, Aina? ¿Hay algún problema? -pregunta la alfa muy seriamente.
-Esta omega quiere ver al rey. Quiere alcanzar un rango superior -explica Aina al tanto que se mueve a un lado.
-¿Con una cría faípfem (*5) de impala? -cuestiona la alfa, empezando a soltar risas incrédulas-. ¿En serio? -Sin quitar la sonrisa de su cara, la superior no tarda en dar la respuesta-. El rey está desocupado por estas horas. Vamos. No tardará nada en rechazar esa insignificante ofrenda.
Escoltada por ambas leonas (beta y alfa), Kamunyak se dirige a ver al rey.
Mientras camina por la aldea y entre las casas de barro, Siara siente y se percata de las miradas acechantes alrededor; muchos aldeanos se aproximan, solo para oler la carne fresca. Saben que no pueden robarse la ofrenda, menos con dos superiores cuidándola.
Kamunyak tiene bien sujeta a la impala de la mano, pero se percata que el miedo en ella va aumentando más y más. Decide detenerse un segundo y cargarla con ambos brazos; así estará más protegida.
La sección real se ubica en el extremo Nordeste de la comunidad, igualmente resguardada con una empalizada, separando el territorio monárquico del territorio de los omegas. Dos simples puertas se abren, dejando pasar a las tres leonas. Se cierran inmediatamente después, impidiendo a los curiosos poner un pie adentro. Hasta el otro lado de la entrada y muy cercana al muro rústico de madera, se encuentra una choza redonda: es el salón real; las otras construcciones que adornan el territorio de la realeza, son el harén de las doncellas, la casa de las ancianas, los cuartos reales y la choza de los sirvientes.
Ya a salvo, Kamunyak baja a su cría.
‡ ※ ‡
El rey Masse descansa en su trono de madera, mientras que dos sirvientes le ofrecen de aire para refrescarse, usando grandes hojas de palmera en forma de abanicos. Como siempre, está usando sus alhajas distintivas: muchos collares con piedras preciosas, brazaletes anchos de cuero y dos anillos de oro en cada dedo.
Su gran melena café oscuro le hace ver más alto de lo que en realidad es, llegando a la altura de dos metros y cuarenta centímetros; cuando en realidad mide dos metros y veinte centímetros. Aun así, es el más alto de toda la tribu.
«Otro día aburrido», piensa él.
Sus dos hijos más fuertes también están presentes; uno a cada lado en su respectivo trono. Son jóvenes de apenas veinte años.
-Padre, ¿ya es mi turno de refrescarme? -pregunta uno.
-Les toca a los dos. Yo creo que tomaré una siesta aquí mismo.
Mientras que los sirvientes cambian de lugar, junto con los dos príncipes, un par de doncellas se acercan, entregándoles un vaso de barro cocido con agua. Hay otro par de hembras, sentadas y recargadas en las paredes de ambos lados.
Dispersando el ambiente aburrido del salón real, tres leonas se adentran en el lugar. No hay puerta en la choza mediana; en lugar de eso, hay muchos hilos llenos de cuentas de piedra de diferentes colores, formas y tamaños.
Acercándose lo suficiente, las tres mujeres felinas se arrodillan frente a su rey.
-Su majestad -dice la leona alfa, esperando una respuesta.
-Pueden levantarse -ordena Masse, un tanto malhumorado-. ¿Cuál es la razón de su visita?
-Esta omega viene a presentarle una ofrenda -explica la superior de Kamunyak, señalándola a ella.
-En realidad no. Lo que quiero es pedirle un favor al rey -interrumpe la cazadora.
-¡¿Qué?! ¡Pero eso fue lo que nos dijiste! -exclama enojada la leona alfa, volteando hacia la omega.
-Era la única forma de acercarme con el rey, sin que le hubieran hecho daño a la cría -explica Kamunyak calmadamente a sus superiores, para luego dirigirse con el rey-. ¿Puedo hablar un momento con usted?
-¡Claro que no! ¡Nos engañaste descaradamente y...
-¡Silencio! -ruge el monarca, callando a la leona beta-. ¡El que decide aquí soy yo!
-Perdón señor -dice Aina con mucha pena, agachando la cabeza.
-Te permito explicar tu asunto. Me alegra saber que no era una ofrenda; ni de chiste te hubiera aceptado una presa tan pequeña.
-Quiero que me otorgue su consentimiento, para adoptar a la cría aquí presente. Deseo que se convierta en mi nueva hija.
Hay un largo momento de silencio mientras las miradas se entrecruzan sin parar, hasta que todos los presentes estallan en carcajadas. A pesar de las burlas que duran muchos segundos, Kamunyak se mantiene calmada.
-¡Muy buena broma! ¡Muy buena! -dice el rey, aguantando las risas-. ¡Me has alegrado el día completo! ¡Jajaja! Ahora dime la verdadera razón de tu visita.
-Ya se la dije, quiero adoptar a esta cría de impala.
-¿En serio? -inquiere el rey muy feliz, riendo más tranquilamente.
-Por supuesto.
Las respuestas de Kamunyak son muy serias.
De un segundo al otro, Masse se percata que la situación es muy delicada. Cambia su semblante muy abruptamente; demasiado.
-Aahh. Por los dioses -dice el monarca muy desanimado, agachándose y cubriéndose los ojos con su mano; luego, con las puntas de sus dedos se frota el entrecejo varias veces.
-¿No quieres mejor unos pescados de mascotas? -pregunta un príncipe burlonamente, obteniendo más risas contagiosas.
-Todos afuera -dice el rey seriamente, enderezándose y acomodándose en el trono.
-¿Qué? -inquiere el otro príncipe, al tanto que las risas se van apagando.
-¿Están sordos? Dije que todos afuera.
Nadie dice nada, pero tampoco obedecen, debido a la confusión.
-¡No quiero ver a nadie en el salón real! ¡Váyanse y déjenme hablar con la omega! -grita bastante enojado el rey. Se para y señala la entrada con su dedo, repitiendo la orden-. ¡Todos afuera! ¡Todos afuera!
Asustados, la mayoría de los presentes corren al lugar señalado, dejando a Masse y a Kamunyak solos. Solo faltan las doncellas reales.
-Ustedes -les habla el soberano de la tribu-. Llévense a la cría afuera y vigílenla.
Ellas tratan de cumplir la orden, pero Siara abraza más fuerte a su nueva madre.
-¡No! ¡No me quiero ir! -repite la impala enérgicamente.
Tratan de separarla, pero Kamunyak no lo permite, abrazando a la pequeña.
-Dejen que se quede -les pide ella a las otras leonas.
Sin otra opción, tratan de usar la fuerza bruta.
-¡Ya olvídenlo! -les ordena Masse-. ¡Olvídenlo! ¡Salgan con los demás! ¡Les avisaré cuándo pueden volver a entrar!
Obteniendo la privacidad necesaria, el rey se vuelve a sentar en su trono. Con el ambiente más cómodo Kamunyak deja de abrazar a Siara, pero ella no la suelta.
-Eres la omega que apenas perdió a su cría, por culpa de un embrujo, ¿verdad?
-Sí. Mi nombre es Kamunyak -dice ella tranquilamente.
No puede contradecir al rey en cuanto a la creencia popular de la comunidad.
-¿Dónde la encontraste?
-En la sabana cercana. Dice que ha estado perdida durante dos días.
Kamunyak coloca delicadamente su mano sobre la cabeza de Siara. El monarca se queda callado por unos segundos.
-Siempre me vienen a molestar por este tema; en especial, cuando una mujer se roba la cría de otra familia. Sé que es doloroso perder a una hija, pero no puedes salir de la aldea y tomar a la primera niña que encuentres. Llévala de regreso a donde la encontraste y déjala ahí -dictamina el monarca.
-No voy a hacer eso -asevera Kamunyak.
-¡Exijo que te lleves a esa cría lejos de la tribu! -dice el rey, levantando el tono de su voz.
-Quiero que se quede conmigo, en la aldea -responde Kamunyak, manteniendo la seriedad.
-¿Por qué? -pregunta Masse, quien ahora está confundido.
-Se lo he prometido.
Masse no está muy tranquilo.
Una omega está desafiando directamente al monarca, negándose a cumplir un mandato; pero Masse no hace nada al respecto.
Siempre que es juez, cuando una leona roba la cría de otra familia, escucha atentamente a ambas partes; a veces le da la razón a la acusada y otras veces a la acusadora. Ha escuchado bastantes historias (trágicas y tristes por supuesto), aumentando un tanto su afección hacia los pequeños, sin importar la especie; mas nunca pensó siquiera, en que estaría resolviendo absurdas adopciones entre una herbívora y una carnívora.
-Te estás complicando la vida -opina él, tratando de convencerla de otra opción-. Haz lo que algunas prefieren. Pídele a una amiga o a una familiar que te regale uno de sus cachorros. Tienes que dejar libre a esa niña.
-No quiero otra cría; la quiero a ella -asegura Kamunyak, señalando a Siara.
El rey suelta una respiración incómoda.
-Si hubiera sido una cría de leopardo o de guepardo... tal vez... tal vez te lo hubiera permitido; pero, ¿sabes qué animal es ella?
-Es una impala.
-Y ella, ¿qué come?
-Pasto, follaje y frutos.
-¿Te das cuenta de a dónde quiero llegar?
Kamunyak se queda callada, sabiendo perfectamente lo descabellada que suena su petición; mas no renunciará tan fácilmente. Carga a Siara de nueva cuenta; la pequeña recarga su cabeza sobre el hombro de la omega, esperando poder quedarse con su nueva mamá.
-Me las arreglaré para conseguir su comida; lo más seguro, la acompañaré afuera de la aldea para que pueda comer -responde la cazadora.
Parece que no entendió la pregunta.
Por simple curiosidad, Siara voltea hacia el monarca, intercambiando miradas. Masse parece muy preocupado... ¿o estará molesto?
-¿Cuánto tiempo crees que vas a sobrevivir, viviendo con nosotros? -pregunta Masse con seriedad.
Ahora que sus miradas se han cruzado, la impala endereza su cabeza y trata de responder.
-Púes... yo creo que...
-No te estoy preguntando a ti -la interrumpe el rey-. Le estoy preguntando a ella -explica él, señalando a Kamunyak.
La leona no responde, porque trata de entender la indagación.
Masse continúa.
-¿Cuántas noches podrás desvelarte, vigilando tu hogar para que no se la lleven? Aun si consigues ayuda, encargándoles la comida de ambas, ¿cuánto tiempo podrás encerrarte en tu casa, excluyéndote de la comunidad? Sabes de tus obligaciones, y el terrible castigo que recibirás si no las cumples.
-Puedo llevarla conmigo de cacería, así podré vigilarla -responde Kamunyak.
-Eres tú sola en contra de toda la tribu. Tienes que dejarla ir. Son tiempos difíciles, y van a tratar de quitártela para saciar el hambre recurrente. ¿Crees poder ganarles a todos ellos?
-¡Claro que puedo! -responde ella enérgicamente, bajando rápidamente a Siara-. ¡Si intentan lastimarla, los asesinaré a todos!
El regente no se inmuta para nada, mientras la pequeña niña abraza nuevamente a su guardiana. Kamunyak se calma, dándose cuenta que es una terrible idea realizar tal aseveración.
-¿Por qué no quiere ayudarme? -indaga ella ahora preocupada-. Puede ordenarle a un grupo de omegas que la vigilen.
-¿Ya se te olvidó quiénes son las verdaderas dirigentes de la tribu? Si quieres protección, tendrás que convencerlas a ellas.
Aunque Masse tenga el título de rey, las encargadas de imponer orden y justicia son las dos leonas alfa y las seis betas, junto con las cincuenta y un cazadoras que conforman los seis grupos; pero estas últimas, solo pueden opinar o recibir órdenes de sus superiores. Nada más.
El monarca solo se encarga de aprobar un duelo especial, resolver los robos de cachorros y elegir a los príncipes más fuertes; sobre todas las cosas, él, los príncipes y las reinas son los que defienden a los demás cuando la aldea es atacada por los enemigos; en especial de leones alfas errantes, que siempre buscan una nueva manada para conquistar.
-Puedo ordenarles que lo hagan, pero lo más seguro no van a obedecer; de hecho, en el caso de que acaten la orden, nadie puede quitarle el instinto natural a toda la comunidad. Van a intentar quitártela de todas formas; inclusive, tus compañeras vigilantes pueden traicionarte, matando a la niña frente a tus propios ojos. No puede quedarse con nosotros -aclara el regente con severidad al mismo tiempo que se adelanta un poco, quedándose sentado y arqueando un poco su espalda.
-Son puras suposiciones -responde Kamunyak tranquilamente, advirtiendo al final-. Me voy a quedar con la cría, y tendrán que matarme para poder separarnos.
Siara no se aleja para nada de su nueva mami, quién coloca una de sus manos sobre su rostro.
Masse ya escuchó suficiente.
-¡Doncellas! ¡Vengan rápido! -grita él.
Las seis concubinas entran rápidamente.
-Llévenlas afuera. No las dejen salir del territorio real, hasta que tome una decisión.
-Enseguida -responden todas, escoltando a Kamunyak y a Siara afuera del salón real.
Las acompañan junto a la pared de palos y troncos. Hay huecos en toda la pared rústica, lo que aprovecha la mayoría de la comunidad, tratando de enterarse de la noticia del momento.
«¿Qué voy a hacer?», se pregunta Masse en su mente.
Mientras medita, camina por todos lados.
«Sí dice que solamente muerta la podremos separar de esa cachorra, no tengo otra opción: ordenaré asesinarla, y así dejar libre a la impala; pero, la pequeña estará más desprotegida. Morirá más rápido. Sería una bendición para unos cuantos».
Ahora el león se sienta en su trono, mirando a la pared del frente. Mueve su vista por toda la choza, tratando de entender qué está pasando. Además de varios tapetes largos, varios cojines multicolores sirven para acomodarse en el suelo; objetos que han conseguido con trueques entre otras tribus carnívoras. Varios huecos circulares en lo alto de la pared, permite que la luz abundante del sol ilumine el interior.
«No puedo hacerlo. No es una solución».
Su mirada dubitativa llega a las paredes, decoradas con diferentes objetos. Hay un tapete cuadrado colorido, mostrando un patrón simple de rayas horizontales. Le siguen muchos círculos de diferentes tamaños, hechos con mimbre y junco; materiales muy abundantes en el lago cercano y junto a la aldea; de lejos, parecen platos colgados en la pared. Hay varías máscaras grandes de madera; todas con rasgos felinos de leones: tres femeninas y dos masculinas. Representaciones de los cinco dioses que protegen, aconsejan y guían a la raza león antropomorfa.
«¿Qué me estás tratando de decir, diosa Úmbar?», le pregunta Masse a una máscara que representa a la deidad de la fertilidad y protectora de los cachorros pequeños.
«¿O serás tú, diosa Melkc? ¿Qué órdenes quieres darme?», ahora le pregunta a la diosa de la cacería y la buena fortuna; «¿por qué con nosotros? Aquí corre más peligro que en la sabana».
Su vista llega hasta atrás de su trono, donde hay un medallón simple colgado en la pared. Es un pequeño círculo de barro, decorado con cuatro rombos y dos líneas que forman una cruz. Un punto negro se encuentra en el centro de cada rombo, sumando un quinto punto en el centro del medallón.
El monarca se pone de pie y se acerca al objeto; lo mira detenidamente por unos momentos.
Suelta una respiración profunda, pensando en silencio.
«Lo voy a intentar, solo espero que mis presentimientos no se cumplan».