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«Creo que fue una mala idea», piensa Siara mientras espera.
Ella y Kamunyak no se han movido de su lugar, esperando muy nerviosas por la decisión final del rey; la pequeña puede escuchar los murmullos y las respiraciones de los aldeanos recargados en el muro rústico de madera, relamiéndose la boca de solo pensar en la posible comida para unos cuantos.
«Ahora estoy atrapada. Ya no tengo campo abierto para escapar o esconderme», piensa la niña, volteando asustada hacia la empalizada.
-Pronto estarás en tu nueva casa -le dice Kamunyak a su hija, despertándola de sus pensamientos.
-¿Eehh? -responde Siara volteando con la leona, debido a que no escuchó nada.
-¿Tienes hambre? Puedo conseguir algo de follaje o pasto en las orillas del lago cercano.
-Un poco. Lo que sí tengo es sed.
-Cuando lleguemos, podrás beber todo lo que quieras -dice Kamunyak, sonriéndole a la cría; Siara se contagia con ese gesto y se tranquiliza un poco.
Un grito interrumpe el momento feliz.
-¡Yassane! -grita el monarca desde adentro de la choza, añadiendo al final-. ¡Ven aquí inmediatamente!
La leona alfa corre hacia adentro, atendiendo el llamado.
-Aquí estoy gran rey -dice ella, hincándose sobre una pierna frente al trono.
-Ve con tu capitana que está afuera y dile que llame a su grupo. Necesito verlas a todas ustedes -le ordena Masse con seriedad, acomodado en esa silla de madera.
-¿También a la omega que está afuera? Es parte del grupo.
-No. Que ella siga esperando afuera.
Cumpliendo la orden Yassane sale de la choza del trono, ordenándole a la capitana Aina que reúna a su grupo y se presenten con el rey. En pocos minutos, todas están reunidas con Masse.
-Escuchen bien: quiero que protejan a la niña herbívora que está afuera -les dice él.
-¿A qué familia tenemos que entregarla? Hay una en especial que tiene muchos cachorros hambrientos -menciona Yassane.
-Se va quedar con esa omega. Le voy a conceder su petición.
-¡¿Queeé?! ¡Pero... pero... pero no puede hacer eso! -objeta la leona alfa bastante sorprendida.
-¡Sí puedo hacerlo! ¡Soy el rey!
-¡Solamente de esta tribu!, ¡no de los dioses y espíritus! ¡Esa cría es solamente comida!
-Ya no. Ahora es una de nosotros -asegura el monarca mientras se levanta del trono; se acerca con Yassane y Aina, mirándolas seriamente a los ojos-. Desde hoy, las alfas y las betas tienen la responsabilidad de cuidar a la cachorra de impala por tiempo indefinido. -Ahora se dirige con las cazadoras-. A ustedes, les ordeno protegerla a toda costa; en especial cuando se encuentre adentro de la aldea. Díganles a las demás cazadoras que tienen la misma orden por cumplir. ¿Queda entendido?
-Sí, su majestad -responden todas en una sola voz.
Masse regresa su mirada a las leonas superiores, peguntándoles.
-¿Entendieron ustedes dos?
Aina baja la cabeza, respondiendo inmediatamente.
-Sí, su alteza.
En cambio, Yassane no responde; ha bajado su cabeza, manteniendo una cara molesta.
-¿Entendiste, Yassane? -insiste el regente.
Con mucha dificultad para mantener la calma, ella responde.
-Sí... su alteza.
‡ ※ ‡
Kamunyak sigue esperando, rezando que la suerte esté de su lado. Se ha refugiado del sol curioso, con ayuda de las abundantes hojas de un árbol cercano. Los príncipes se han retirado al dormitorio real, seguidos por los sirvientes; las doncellas siguen alrededor, siendo las únicas que aguardan en el gran patio real; ubicadas en su lugar de siempre, cuatro guardias (princesas adultas) vigilan las puertas.
Después de una corta espera el monarca emerge del salón real, seguido por las demás leonas. Camina un trecho, para después voltear hacia Kamunyak; realizando unas señas con su brazo, llama al pequeño grupo.
-Ya pueden retirarse -les dice Masse a las doncellas, quienes obedecen de inmediato; ahora le pregunta a Kamunyak-. ¿Ya le diste un nombre a tu hija?
-Ya tiene uno. Se llama Siara.
-No se separen mucho de mí.
Él mismo abre las puertas, descubriendo a una multitud afuera que espera con emoción el nuevo chisme.
-¡Escuchen bien todos! -ruge el dirigente de cuarenta y tres años lo más alto que puede-. ¡Yo, el rey Masse, declaro que a partir de hoy la cría de impala aquí presente, que tiene por nombre Siara, forma oficialmente parte de la tribu! ¡Desde ahora estará bajo la protección de las cazadoras y su nueva madre: la omega Kamunyak! ¡Pasen la voz a sus familiares y conocidos! ¡Es todo! ¡Regresen a sus actividades!
La mitad se queda, esperando una explicación mejor; los demás hacen caso, tratando de esparcir la nueva noticia.
-¡Acompáñenla de regreso a su hogar! ¡Vigílenla bien! -les ordena el soberano a las leonas omega que están atrás de él.
Ellas obedecen, rodeando a Kamunyak y a Siara mientras se abren paso entre sus semejantes.
El rey ya no quiere seguir hablando del tema. En medio de muchas inquietudes por parte de los omegas que siguen ahí, les encomienda a Yassane y Aina terminar de explicar bien la nueva ley; después, Masse se dirige al dormitorio real. Necesita un buen descanso.
Las entradas se cierran, dejando a las leonas alfa y beta hacer su nuevo trabajo. Yassane alza la cara, observando a Kamunyak alejarse. Sin decir nada se retira a la choza principal, ubicada en la zona Oeste de la aldea, junto a ambos muros de madera: de la misma comunidad y el del territorio real. Aina comienza a seguirla, al igual que la mayoría de la tribu, quienes no dejan de preguntar por la cría de impala.
‡ ※ ‡
Kamunyak no puede tranquilizar sus nervios.
Los ánimos y la reciente felicidad que experimentó al hacerse realidad su anhelo, fueron reemplazados en un santiamén por las preocupaciones y un poco por el sentido común, el cual estaba gritándole desde el principio, pero no lo escuchaba.
«Tengo que salir por la comida de Siara», se dice ella en la mente; «es una suerte que tengamos un lago cerca. Solo esperaré a que se duerma, para poder salir a recolectar algo de pasto. Tendré que confiar en mis amigas para cuidarla... por el momento; aunque, mi...».
Kamunyak se detiene de golpe.
-¡Mi madre! -exclama ella, llevándose la mano a la cabeza.
Las escoltas también se detienen abruptamente.
-¿Quién? -le pregunta una cazadora.
-Me he olvidado de mi comida y la de mi madre. De seguro ya se llevaron la mejor carne.
-Despreocúpate -le dice la misma amiga-. Antes de reunirnos con el rey, les pedimos a unos amigos que apartaran nuestras porciones, incluyendo las tuyas.
-Gracias, Juji. Iré de una vez a recogerla.
-¿Con ella? -le pregunta la misma compañera, señalando a Siara.
Esa es una terrible idea, no solamente porque sería una mala impresión de su nuevo hogar para la pequeña.
La comida siempre se reparte en el centro de la aldea; disponen la carne cortada, aún ensangrentada, con la piel y entrañas colgando, además de los huesos expuestos sobre mesas de madera, las cuales delinean un gran círculo; dan la apariencia rústica de un mercado, pero no lo es. La comunidad tiene que hacer fila y recoger la porción (o porciones) que necesite solamente para ese mismo día; nunca se hace un trueque por el sustento diario. Esa es la ley.
A pesar de que las aldeanas intentan hacerlo ordenadamente, siempre ocurren peleas para conseguir el trozo más carnudo o grande; mínimo un enfrentamiento a diario. Los encargados de entregar las raciones diarias, permiten esas confrontaciones; siempre y cuando sean a garra limpia; no pueden utilizar armas. Ellos deciden quién es la ganadora.
Mientras que Kamunyak decide si ir o no a recoger su propia comida, Siara no deja de mirar su entorno; todos y todas la observan, algunos mientras platican entre ellos y otros en completo silencio. Solo unos cuantos tratan de seguir con las rutinas monótonas diarias, pasando de largo por un lado o alejados unos metros.
Ya iba a abrazar a su mamá, cuando su mirada llega con los demás cachorros cercanos. Son varios niños y niñas de su misma edad, sumando un par más pequeños. Su curiosidad es demasiada, combinada con una chispa de empatía. Da un par de pasos hacia adelante, saludando desde su lugar y agitando la mano; todavía sujeta fuerte a Kamunyak con la otra. Ninguna cría de león responde al saludo, a excepción de otras dos pequeñas; agitan una mano y sonríen ligeramente. Un poco contenta, Siara piensa.
«Puede ser... que este lugar no sea tan malo».
Repentinamente, una pareja de omegas (una fémina y un varón) llega corriendo, empujando a dos cazadoras; las más cercanas a Siara. Al mismo tiempo, un tercer león aldeano llega y sujeta a la impala de la mano que tiene libre, jalándola con todas sus fuerzas.
Kamunyak tiene levemente sujeta a la pequeña. Está tan pensativa en la carne, que cuando siente el rápido tirón de parte de Siara, ya es muy tarde. Trata de tomar con su otra mano el brazo de su hija, fallando por centímetros.
-¡Aaahhh! ¡Mami! -grita la cría de impala.
El ladrón carga a su presa para correr más rápido.
-¡Siara! -grita Kamunyak, iniciando la persecución al segundo siguiente. La siguen todas sus compañeras.
El secuestrador evita a los demás aldeanos; le cuesta demasiado trabajo, ya que Siara no deja de forcejear para escapar. Nadie hace nada para detenerlo; solo hay espectadores alrededor, atentos a cómo termina la tragedia.
A duras penas el omega llega a su casa, junto con su esposa e hijos. Un par de vecinos y los dos hijos mayores se enfrentan a Kamunyak y a las demás rescatadoras, deteniéndolas a metros de la vivienda. Adentro, Siara es forzada a permanecer en el suelo; ella grita todo el tiempo. El omega no quiere escuchar más sonidos molestos, así que le cierra el hocico con su mano, obligándola a callarse.
-¡Mejor ya mátala! -le dice su esposa, hincada junto a él y entregándole un cuchillo.
Tomando el instrumento filoso, el sujeto ya puede terminar el trabajo, pero Siara no se rinde; patalea, se retuerce o trata de quitarle el arma blanca a su agresor, usando las dos manos.
Suerte que los otros hijos pequeños están con unos amigos en otra casa; es una escena horrible.
-¡Haz algo mujer! ¡No te quedes mirando!
Ayudando al marido bueno para nada, la leona sujeta el cuerpo de la pequeña. Ya podremos imaginar al rey, diciendo la frase que nadie, absolutamente nadie quiere escuchar: te lo dije.
Siara aún trata de gritar y luchar con todas sus fuerzas. El hombre felino alza el cuchillo; bastará con un golpe directo al cue...
-¡Suéltala desgraciado! -grita Kamunyak entrando a la casa, al mismo tiempo que le da un fuerte puñetazo en la cara. Apenas ella y las otras leonas se han encargado de los estorbos de afuera.
El esposo queda inconsciente, tumbado en el suelo. Liberando completamente a la cría, la madre usa todo su cuerpo y ambos brazos para empujar a la otra leona que se niega a soltar la «comida». Kamunyak carga a su hija, apresurando sus pasos a su propia vivienda; Juji la acompaña todo el trayecto, las demás vienen un poco rezagadas.
Los espectadores siguen sin hacer nada. Ni siquiera saben que ocurre el día de hoy.