Ya había pasado un año, mi vida era igual de monótona en el pree, lo que sí ya con compañeros más normales. Ya mis heridas habían sanado un poco, y aún así en esos momentos no tenía esperanzas de nada y para mí los chicos seguían siendo lo más despreciable de este mundo.
Mi madre sufría al ver mis estados de depresión cada día y sin tener alguna