Beatrice se acercó a Karlo, una vez más, y comenzó a coquetear con él, intentando seducirlo. No podía dejarse vencer tan fácilmente por aquella maldita zorra, que había tenido el descaro de decirle que era la esposa de Karlo. Si así era, tal y como había confirmado el hombre, a ella no le importaba en lo absoluto. Haría lo que fuera con tal de estar con él. Karlo era su hombre y no iba a permitir que Abril se lo arrebatara sin más. ¿Quién se creía que era? No, Beatrice jamás permitiría que nadie se quedara con algo que ella consideraba de su propiedad.
-Vamos, mi amor -dijo Beatrice mientras pasaba sus manos, una vez más por el torso de Karlo, en tanto este permanecía imperturbable-. Tú sabes bien quién es la que te conviene. Dime la verdad, ¿acaso ella... -Miró a Abril con asco- es mejor que yo en la cama?
-Eso a ti no te incumbe, Beatrice. Compórtate, hazte un favor. No seas idiota. Sé que no lo eres, pero no sé por qué te estás comportando de esta manera -repuso Karlo-. Sabes que contigo nunca tuve más que relaciones sexuales. Si alguna vez pensaste que podría enamorarme de ti, estás muy equivocada. Sí, puede que seas buena en la cama, pero para mí no eres más que eso.
-Uhum, ¿y ahora? -preguntó Abril y alzó una ceja, en cuanto Beatrice se volteó a verla con odio.
-En serio, ¿vas a permitir que me trate de esta manera? -inquirió la mujer, volviéndose hacia Karlo.
-Basta, Beatrice. -Karlo suspiró-. Puedes quedarte con la residencia que compartimos. Haz lo que quieras con ella. Me encargaré de enviarte los papeles cuanto antes, pero ahora déjanos en paz y márchate. No quiero verte más.
-¡¿Cómo te atreves?! -dijo la mujer a voz de grito.
Aquello era inaudito, nadie, jamás, la había rechazado. No podía perdonar a Karlo, pero mucho menos podía soportar pensar que aquella cualquiera se saliera con la suya y se quedara con lo que le pertenecía. La odiaba, la odiaba con todo su ser. Jamás había albergado tanto odio hacia alguien, pero como ella siempre decía: «Siempre hay una primera vez».
«Juro que me vengaré. Esto no se va a quedar así», pensó mientras apretaba los dientes y alternaba la mirada entre Karlo y Abril.
Sus ojos echaban chispas. Aquello le parecía el peor desplante del mundo. No obstante, en ese momento no podía hacer más que aceptar la propuesta de Karlo.
-Más te vale que me envíes los papeles, si no quieres quedarte viudo -lo amenazó.
Karlo la fulminó con la mirada y dijo:
-No te preocupes, mañana mismo los tendrás. Ahora, ya puedes irte. No tienes nada más que hacer aquí.
Beatrice inspiró profundo, se irguió por completo y caminó, contoneándose, hasta la puerta.
-Espero que no te arrepientas -repuso mientras habría la puerta-. Ya no volverás a verme. Maldito malagradecido.
Tras escupir aquellas últimas palabras, salió por la puerta y cerró de un portazo.
-¿Qué le pasa a esa loca? -preguntó Abril sin apartar la vista de la puerta.
-Nada que nos tenga que importar -respondió Karlo mientras se dirigía a la nevera en busca de una botella de agua mineralizada.
Mientras almorzaban comida china que Karlo había pedido a domicilio, su móvil comenzó a sonar con insistencia.
«¿Quién demonios es ahora?», pensó con hartazgo. ¿Es que acaso no tenían otro momento para llamarlo que no fuera a la hora del almuerzo o de la cena? Siempre le hacían lo mismo.
Dejó que el móvil sonara hasta que la llamada se cortó. Cuando lo hizo, tomó el teléfono y le envió un mensaje a quien lo llamaba con tanta insistencia.
«Llámame en cinco minutos. Por una vez, déjame tragar tranquilo».
Al instante, recibió una respuesta:
«Patrón, tenemos información importante para compartir con usted».
Karlo inspiró.
«En media hora ve a la dirección que te adjunto luego de este mensaje. Si es importante, lo mejor es que no lo hablemos por teléfono».
La respuesta no se hizo esperar:
«Okey, señor. En media hora nos vemos. Buen provecho».
Karlo dejó el móvil junto a su caja de fideos chinos y continuó comiendo como si nada hubiera pasado. Sin embargo, por dentro se preguntaba qué era aquello tan importante que su subordinado quería compartir con él.
-¿Qué sucede? -preguntó Abril al alzar la vista y ver el rostro preocupado de Karlo.
-Nada, ¿por qué?
-Tu rostro me dice que pasa algo. Las expresiones no verbales siempre dicen mucho más que las palabras.
-¿Ahora eres psicóloga especializada en lenguaje no verbal? -inquirió con sorna.
-No, pero mi padre me enseñó lo suficiente como para saber cuándo alguien me está mintiendo -respondió e hizo una mueca burlona-. Ahora, dime, ¿quién era?
-¿Por qué tengo que decirte todo lo que sucede en mi vida?
-Porque eres mi esposo, mi protector y tengo derecho a saber por qué estás preocupado.
-No, tú el único derecho que tienes es no meterte en donde no te llaman.
-Ay, ¡qué desagradable eres!
-Y tú una pesada. Pero, ya que insistes, es uno de mis subordinados. Dice que tiene información importante -terminó por revelar al fin. Abril abrió la boca, pero no alcanzó a decir ni una sola palabra, que Karlo se le adelantó-. No, no sé sobre qué es. Los asuntos importantes los tratamos en persona. No me gusta que nadie tenga la posibilidad de pinchar nuestros móviles, por más de que estos estén monitoreados por nuestra gente.
Abril asintió y continuó comiendo. No servía de nada que siguiera indagando, era consciente de que Karlo no le diría nada más, no porque no quisiera, sino porque en su rostro notó que él en verdad no lo sabía.
Media hora más tarde, Karlo tomó su chaqueta y salió de la vivienda, dejando a Abril, una vez más a solas.
De inmediato, bajó al garaje en el que había aparcado su coche, se montó en él y, tras darle al botón de apertura del portón, salió a la calle. La dirección que le había pasado a Martin, su subordinado, no quedaba demasiado lejos del departamento en el que se estaban hospedando Abril y él, una de sus tantas propiedades.
Cuando llegó al destino, el cual se trataba de un parque poco concurrido de la ciudad -detalle por el que lo había escogido como lugar de encuentro-, vio que Martin ya se encontraba sentado en uno de los bancos, esperándolo.
Rápidamente, aparcó junto al arcén y se apeó del coche.
-Martin -dijo en cuanto llegó junto a su subordinado-. ¿Qué noticias tienes? -inquirió mientras tomaba asiento junto a él.
-Hemos logrado dar con el paradero de Maite Cárdenas, la hermana menor de Abril -respondió el hombre en un susurro, a pesar de que no había nadie a un kilómetro a la redonda.
-¿Dónde está? -preguntó con sorpresa.
Realmente, no esperaba que pudieran dar con ella tan rápido. Había enviado a sus hombres a investigar, por pedido expreso de Abril, pero no había tenido fe, si había caído en las manos de los hombres de El Manco.
Martin le dio la dirección del orfanatorio en el que se encontraba la pequeña.
Sin perder tiempo, Karlo le agradeció a su subordinado y le pidió que extendiera el agradecimiento al resto de sus hombres. A continuación, se marchó directo a la residencia en la que había dejado a Abril. Tenía que comunicarle aquella noticia cuanto antes y no podía hacerlo por el móvil, no solo por precaución, sino, sobre todo, porque Abril aún no tenía un teléfono nuevo para que se pudieran comunicar de manera, medianamente, segura.
Cuando llegó al apartamento, aparcó en el garaje y subió por las escaleras. No pesaba esperar a que el ascensor llegara al subsuelo.
En cuanto traspasó la puerta de la residencia, Abril se paró del sofá y se encaminó hacia él, al percatarse de la expresión que Karlo llevaba en el rostro. Si bien él buscaba aparentar ser frío y feroz, Abril se había percatado de que era más transparente de lo que a él le gustaría admitir.
-¿Qué sucedió? ¿Está todo bien?
Karlo asintió y esbozó un intento de sonrisa, mientras se secaba el sudor que perlaba su frente.
-Tengo buenas noticias. Tengo la dirección de dónde está tu hermana.
-¿¡Qué!? -exclamó Abril y una sonrisa invadió su rostro.
Por fin habían dado con su hermana. Jamás había pensado que fuera tan deprisa. Pero eso era lo que menos le importaba, lo único que quería era ver a su hermana y saber que estaba bien.
-¿Dónde está? -preguntó, después de unos minutos en los que intentó procesar la información.
-En un orfanato. Ponte una chaqueta, saldremos ahora hacia allí.
Abril asintió y, sin dudarlo, cumplió con lo pedido y salió tras Karlo hacia el garaje.
A toda velocidad, ambos se montaron en el vehículo y, a continuación, Karlo se puso en marcha.
Unos metros después de salir de la residencia, de camino al orfanato, varios coches comenzaron a seguirlos.
Karlo se percató de esto, casi, de inmediato.
-Conduce -le ordenó a Abril.
-Pero nunca lo he hecho -repuso la muchacha con cara de horror.
-No es tan difícil como parece. Anda, cambiemos de sitio.
-¿Mientras conduces? -inquirió.
-Claro. No nos pararemos, nos están persiguiendo.
Abril suspiró y asintió. A continuación, a duras penas, se cambiaron de asiento y, mientras Abril intentaba maniobrar con el coche, lo cual para su sorpresa no fue tan difícil, tal y como le había asegurado Karlo, el hombre sacó un arma de la guantera. Se asomó por la ventanilla y comenzó a disparar a las ruedas de los coches, pero eran demasiados, por lo que, pronto, se quedó sin munición y tuvo que esconderse en el interior del coche, para recargar, mientras los demás disparaban contra ellos.
Al ver que Karlo se apresuraba a cargar el arma, motivo que los había dejado momentáneamente desprotegidos, Abril maniobró hábilmente y chocó contra uno de los automóviles negros que iban tras ellos. Esto hizo que el coche perdiera la dirección y quedara en medio de la carretera, cortándole el paso a los que iban tras él.
Una vez se vieron libres de sus perseguidores, pero no del todo tranquila, Abril pisó el acelerador mientras Karlo la observaba de reojo. Realmente, aquella muchacha era temeraria y no podía evitar sentir cierta admiración por ella. Abril no le tenía miedo a nada. No sabía conducir, pero no solo lo había hecho excelente, sino que, además, les había permitido perder sus persecutores.
La miró durante un par de minutos con absoluto asombro, hasta que ella dio la vuelta en una esquina, ya bastante lejos de quienes los perseguían, y estacionó en un estrecho callejón.
-¿Puedes conducir tú, por favor? -le preguntó mientras sentía como su cuerpo temblaba por completo. Las manos le sudaban y su corazón latía a mil por hora-. Yo no sé la dirección, y no creo poder conducir mucho más. De verdad, no sé cómo diablos he hecho para llegar hasta aquí.
-Por supuesto -accedió Karlo, rápidamente-. Ya has hecho demasiado, más de lo que haría cualquiera -repuso con admiración.
-Gracias -repuso con la voz agotada por el esfuerzo de los últimos minutos.
A continuación, Karlo y Abril se apearon del coche a la vez y, rápidamente, intercambiaron sus asientos una vez más.
Karlo puso en marcha el motor y un minuto más tarde tomaron una carretera secundaria que los conducía, aunque a través de un camino rocoso y serpenteante, hacia el orfanato.
Abril no veía la hora de llegar, de ver que su hermana estaba bien y de poder abrazarla con fuerza. Durante los últimos días la había extrañado tanto...