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Libertinaje
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Capítulo 4 ¿Quién es él

Alessandra

En el trayecto del comedor a la parroquia ralenticé la marcha quedándome

unos pasos atrás de Sofía, buscando acercarme a unas de las hermanas

superioras.

-Hermana Dolores -llamé, siguiendo sus pasos antes de que entrara a la

parroquia.

Ella se detuvo reposando las palmas de la mano cruzada al frente.

-Me gustaría inscribirme en la institución, y poder seguir formándome -pedí,

quería seguir estudiando.

Ella posó su vista en como el resto de los presentes entraban

ordenadamente a la parroquia y minutos después, finalmente miró en mi

dirección.

-En el descanso podrías acercarte al consejo, ahí miraremos si cumples los

requisitos -respondió, dándome a entender que no sería nada fácil. Y sin más se

giró dando por terminada la conversación.

-Hermana -la interpelé-. El domingo es el cumpleaños de mi madre, sé que es

muy pronto para recibir visitas, pero me gustaría al menos poder realizar una

llamada -pedí con la cabeza gacha. No era sumisión era una forma de respeto.

Intermitentemente subí la vista notando su semblante serio y una cara

de que ya estaba pidiendo demasiado.

-Le recuerdo que estamos en clausura justamente para olvidarnos del mundo y

meditar en silencio, entregarnos por completo al señor. No deberías estar

pensando en el exterior, quizás le haga falta rezar y mantenerse más tiempo en

oración -murmuró, larga explicación para decir un no.

-Entiendo que sean reglas y que necesitamos meditar pero...

-¡Jamás debes cuestionar las órdenes de los superiores! -interrumpió con una

mirada violenta.

«¡Hipócrita insolente! Sé muy bien que esto es una secta».

-Terminando la misa, ve al confesionario y confiésale al sacerdote qué

te atormenta tanto que te hace ser rebelde -sentenció persignándose, y señaló

con la mano invitándome el camino para que entráramos a la parroquia.

Torcí el gesto y me encaminé hacia adentro. Caminaba a mi banco buscando a

Sofía con la vista, pero mi cerebro se encargaba de buscar la presencia de

alguien más. No me atrevía a mirar a mi derecha podía sentir como algo me

quemaba y sabía que era él. Me detuve en mi lugar sin mirarlo. Necesitaba

hablar con él pero la parte indignada de mí quería una explicación, una

explicación que no tenía derecho a exigir.

La misa trascurría a su paso.

Yo estaba demasiado metida en mi cabeza como para entender lo que decían, y

si, mi cuello rígido casi me hace quedarme clavada en un mal gesto al girar mi

cabeza buscándole. Pero Jayden ya no estaba, su lugar vacío y la gran

mayoría de los bancos también. Los presentes miraban en dirección a la salida e

incluso el padre detuvo la misa, el murmullo se hizo cada vez más alto y sin

más comenzaron a salir hacia el jardín central.

-¿Qué estará pasando? -murmuró alguien.

La mayoría comenzó a salir y yo no tardé en hacerlo. Un grupo grande rodeaba

en círculo la fuente central. Súplicas desesperadas resonaban, una voz joven y

angustiada podía sentir su pánico en cada exclamación. Me abrí paso entre el

grupo para llegar al frente: de rodilla a una mesita de madera estaba una niña

de unos 11 años amordazada por uno de los decanato (un cargo superior a

los curas), él la obligaba a mantener la cabeza pegada a la madera mientras su

brazo estaba extendido con la intensión de ser cortado.

La niña moqueaba al tiempo que sollozaba con pavor. El decanato sujetaba el

hacha sobre su cabeza esperando el momento oportuno para ejercer la fuerza que

consideraba necesaria para amputarle la mano. ¿Qué está haciendo?

Todos mirábamos en pánico la escena pero nadie hacia ni decía nada, ni

siquiera la madre superiora.

El decanato miró airoso al grupo presente.

-Si lo que ves con tu ojo derecho te hace desobedecer a Dios, sácatelo y

tíralo lejos. Es mejor perder una parte del cuerpo y no que todo el cuerpo sea

echado al infierno. Si lo que haces con tu mano derecha te hace desobedecer,

córtatela y tírala lejos. Es mejor perder una parte del cuerpo y no que todo el

cuerpo vaya al infierno. Mateo 5: 29-30 -citó benevolente.

Fruncí el ceño con las pupilas empapadas y los labios temblorosos. «Así que

de eso se trataba era un castigo» ¡Qué clase de salvajada es ésta?

Perpleja mis ojos se encontraron con aquellos ojitos llenos de terror, podía

escuchar su grito silencioso suplicándome ayuda.

El decanato seguía dando su discurso de buena fe.

Cerca estuve de intervenir en desacuerdo cuando mis ojos se chocaron en el

otro extremo con los de Jayden, el pudo leer mi intensión por que negó con la

cabeza e hizo un gesto advirtiéndome que me aleje. Y retrocedió entre la

multitud perdiéndose de mi campo de visión.

Un golpe seco resonó sobre la madera acompañado de un grito desgarrador que

hizo eco en todo el conservatorio. Varias de las monjas taparon de súbito sus

tímpanos. Y yo apreté mis ojos sintiendo cristales afilados deslizándose por mi

garganta cayendo como cemento pesado sobre mi estómago, sentí su dolor, claro

que lo hice. Mis rodillas se doblaron tambaleándome, todo mi cuerpo fue

recorrido por una lava destructiva repleta de indignación. Mis lágrimas no

fueron nada comparado al latigazo de ira que me azotó. Di pasos hacia atrás

buscando alejarme, abrí los ojos: una mano colgada de lo que debería ser su

cuerpo, sangre chorreando como la lluvia en una ventana durante una

tormenta, fue mi campo de visión.

Una arcada me hizo llevar una mano a la boca y retrocedí con más prisa hasta

perderme entre los pasillos, corrí encerrándome en mi celda y me refugié en una

esquina del suelo abrazada a mis rodilla, traumatizada. «Este lugar es

demasiado para mí».

Habían pasado: segundos, minutos, una hora... ¿Dos?, no sabía cuanto, pero lo

suficiente para que mis piernas se acalambraran, me incorporé cuando el

chirrido de la puerta me hizo levantar la cabeza. Estaba ida, fuera de mí, de

todo; fuera de a dónde pensé que iría y a dónde realmente estaba.

Sofía entró zombi a su cama y no se molestó en disimular su angustia, con la

cara como si le hubiesen chupado la sangre se acomodó entre las sábanas y

empezó a llorar. Creo que ni notó mi presencia.

Me senté en mi cama, jugando con mis dedos en silencio, no la consuelo yo

también estaría igual de preocupada si estuviera en su lugar, este lugar nos

consume a todas, esto terminará siendo un psiquiátrico.

-Van a coserme la vagina si se enteran de mi situación -se auto sentenció

ella, en un quejido, meciéndose y las manos en vientre.

-Puede... -le di la razón. Sabía que mi comentario no la ayudaba, pero yo

también estaba trastornada.

Ella me miró.

-Pero vas a ayudarme, ¿verdad? -recordó.

Asentí. Eso pareció calmarla y se acomodó en la cama.

-La hermana Dolores, te buscaba dice que debes ir a confesarte con el

sacerdote -informó cubriéndose más con las sábanas-. Estaré el resto del día en

la habitación, dije que no me sentía bien.

Me incorporé en dirección a la puerta.

-Descansa, y trata de no estresarte de más -dije antes de salir, es un

consejo que debería aplicarme yo también.

Algunas monjas paseando, la misa ya había terminado y al parecer la mayoría

ya estaban en sus labores, como si nada. Entreabrí la puerta de la parroquia y

caminé hacia uno de los tantos cubículos del confesionario.

Me arrodillé tocando la ventanilla y esperé en silencio. El sacerdote abrió

la ventanilla y yo hice la señal de la cruz.

-Perdóneme, padre, porque he pecado. He querido mantener contacto con el

exterior, me preocupa mi familia y saber de ellos, en especial mi madre -solté

por obligación encontrando esto ridículo. Ya no creía en nada de lo que me

rodeaba.

-El enemigo nos ataca constantemente, es imposible no pecar de hecho,

palabra o pensamiento, motivo por el cual rezamos la mayor parte del tiempo

para bloquear cualquier pensamiento o acto impuro, pero tu alma está a tiempo

de ser rescatada -hizo una pausa-. Reza 3 padre nuestro y 7 ave María en la

soledad de tu celda antes de dormir, yo pediré por ti en mi próximas plegarias

hija, puedes ir en paz.

Me persigné y me incorporé. Saliendo al jardín central me encaminé a la zona

"C" para ir a la biblioteca donde me correspondía hasta el almuerzo, pero

mi vista se fue hacia la zona "B" donde un chico que me resultaba conocido

iba de una esquina a otra fumando un cigarrillo. ¿Cómo fumaba así al

intemperie? Bueno, no sé por qué me sigo sorprendiendo. Miré a cada lado y

entré a pasos rápidos.

-Hola, ¿te acuerdas de mi? La chica del pasillo anoche. -«Vaya forma de

presentarme».

-Largo -siseó, dándole una calada al cigarrillo.

«Estúpido, trato de ser amable».

-Oye, no me interesa ser tu amiga, pero me harías un gran favor si me

dijeras si conoces a un chico que ando buscando. -Él se giró ignorándome-. Eres

un idiota bipolar, anoche parecías alguien normal.

Me giré, dispuesta a irme.

-No deberías estar aquí. Las reglas están para romperse, pero eso aquí no te

hace valiente te lleva al cementerio, debes aprender cuando puedes y cuando no

romperlas, rubita -lo último sonó casi a un insulto.

Me detuve.

-Voy conociendo como funciona esto, trato de no ser imprudente y creo que lo

estoy consiguiendo nadie me ha visto entrar pero qué hay de ti, estás fumando

al intemperie, im-pru-den-te.

-Es justo lo que te acabo de decir, debes saber cuando rompes o no las

reglas.

-Mmm...

Me analizó desconfiado.

-¿A quién buscas? -preguntó.

-Jayden.

Sus cejas se alzaron con sorpresa.

-No deberías acercarte a él -instó empezando a caminar. Lo seguí.

-¿Por qué?

-No es alguien que pueda ser tu amigo -un tono seguro y contundente.

«Qué suerte la mía». Nos movimos por un pasillo parecido a la zona "A"

pero con dimensiones más estrechas y apartadas.

-¿Es un psicópata? -bromeé.

Mi broma no le hizo gracia, simplemente no respondió.

-Sé discreta y espéralo aquí, suele estar cerca por estas horas -explicó

dejándome frente a la puerta de una celda.

-¿Vas a dejarme aquí afuera?, en medio del pasillo, donde todo el mundo

puede verme -pronuncié preocupada.

-Yo ya te he traído -comentó alejándose, alzando las manos en un: ese es tu

problema no el mío.

Me quedé sola en el pasillo. Por curiosidad hice el intento de abrir la

celda y ¡Bingo!, estaba abierta, aunque por el día siempre suele estarlo.

La habitación era una individual. ¿Por qué los hombres pueden tener una para

ellos solos?

La habitación estaba más acomodada, tenía más privilegio, una televisión una

cama doble, un armario grande y moderno. Una estantería con libros y ropa (no

sotanas). Cuánto tiempo lleva aquí para tener tanta prioridad.

Me acerqué a una puerta y la abrí ¡Un baño!, nadie tiene un baño propio. El

baño estaba impecable, y presumía de una tina. Cerré la puerta del baño y me

acerqué al armario. En el primer cajón lucia una colección de reloj: Patek

Philippe, Rolex, Jaguar.

«¿Acaso se roba la ofrenda?».

-¿¡Qué haces aquí!?

Pegué un brinco y cerré el cajón con fuerza llevando mi mano al pecho.

Jayden.

-Casi me matas.

-Te he hecho una pregunta. ¿Qué haces aquí y qué buscas en mis cosas? -serio

y tajante.

-Te buscaba -contesté sentándome en la cama-. ¿Por qué tan agresivo?, la luz

del día parece que afecta a todos por igual -siseé, porque él también por la

noche suele ser más llevadero.

Suspiró ignorando mi comentario.

-No estoy acostumbrado a recibir visitas -confiesa, apoyando una mano a cada

lado de mi cintura en el colchón-. ¿Por qué te fuiste anoche?

Mi indignación por lo que vi anoche vuelve y frunzo el ceño, molesta.

-No era mi espacio, no me sentía cómoda. -Una mentira a medias.

Él torció el gesto.

-Me cortaste el buen rollo, mientras me la cogía a ella tenía la imagen de

que eras tú -un susurro cálido cerca de mi mejilla. Y el traidor de mi cuerpo

reaccionó a su pequeño tacto, mi indignación disminuyó y tengo ganas de que me

cuente más, que me ronroneé al oído una a una todas las cosas guarras que le

gustaría hacerme, y luego que me las haga. Pero me rehúso, el solo quiere sexo

conmigo y yo, yo estoy muy confundida y no sé lo que quiero. «Lo quieres todo,

todo él por completo», me grita mi cabeza.

-No he venido para esto Jayden, quiero... -Me calla con un beso en el cuello.

Luego otro, y otro. Mi cuello se inclina ofreciéndose más a él, el corazón

latiéndome en la boca y un hormigueo invadiendo mis piernas. Me siento débil y

sofocada, no puedo respirar como una persona normal.

-Jayden -jadeé, para que se detuviera.

-¿Mmm...? -un quejido ronco, y sus labios desplazándose hacia mi hombro.

Se ha tomado la libertad de desmangar mi sotana, su mano subiendo por mis

piernas, y besos en mi cuello. No soy capaz de detenerlo.

-Me pone muchísimo saber que voy a desflorarte, ser el primero.

Sus palabras me hacen sentir usada para un único fin. Me inclino hacia atrás

con el afán de esquivarlo y eso le hace levantar la vista a mis ojos. Quiero

que note mi molestia, pero él solo me mira complacido.

-Jayden, no vamos a tener sexo, no estoy aquí por eso, ¿crees que todas las

que pasan por tu lado quieren acostarse contigo? -le recuerdo ya que anoche

estuvo con otra en mis ojos. Aunque soy consciente de que hace un momento eso

pasó a segundo plano y me dejé llevar.

-Me encanta cuando el azul grisáceo de tus iris se oscurecen y tus pupilas

se dilatan te hace ver más sensual, no importa si el motivo es tu enfado

conmigo, o si simplemente te preguntas por qué me follé a otra y ahora te

quiero a tí -siseó altanero, explotando la última burbuja de serenidad que se

había formado entre los dos.

Lo empujé con las dos manos puesta en su torso, hice presión para alejarlo y

me incorporé.

-¿Ahora qué sigue?, vas a proponerme que en la noche te espere en el pasillo

para ir a la puerta dos y cogerte a otra.

Él se acomodó dejándose caer en el colchón con las manos apoyadas en su

cabeza, usándolas como almohadas, contemplándome con aire de supremacía.

-¿Estás haciéndome una escena?

Apreté los labios, ignorando porqué me siento con derecho a él.

-Claro que no, cualquier mujer que estuviera en mi lugar se sentiría igual.

Él ignora que sueno poco segura, y que esto parece una escena de celos, por

donde sea que lo mires.

-No en todas las puertas se practica sexo, ya te dije que algunas no me

resultan tan interesantes, pero si quieres que te lleve a la puerta 2, solo

dilo.

Me quedé en silencio, aun no me recupero de sus besos en mi cuello, sigo

molesta por lo de ayer y su propuesta de ir a la puerta 2 me tienta.

-¿En el punto de siempre? -me apunto.

Se moja los labios y niega.

-Esta noche no, sobre las 23:00 tengo cosas importantes que hacer fuera del

monasterio -explicó frunciendo ligeramente el ceño.

Abrí los labios en un intento por hablar varias veces.

-¿Sales fuera? -al fin salió de mi boca.

Él asiente.

-¿Del monasterio? -vuelvo a preguntar.

Afirma con un gesto de la cabeza.

-Eres muy confiado al contarme esto, que tal que te delato.

-No lo harás -asegura, en un tono de que no le importa.

-No me subestimes -lo reto, luego me doy cuenta de que no me conviene y que

necesito su ayuda para lo de Sofía-. Bien, tampoco es que sea una soplona.

No dice nada. Me vuelvo a sentar a su lado. Nos quedamos en silencio unos

segundos aunque siento su mirada quemando mi lateral.

-Necesito tu ayuda -Lo miro, en su cara tiene una expresión desinteresada

que entiendo como un: continúa...-. Es una amiga, tiene un problema bien gordo,

está embarazada.

Lo miro esperando que se alarme o algo, pero me mira impasible, así que

sigo.

-¿Podrías ayudarla abortar?

Frunce el ceño y se incorpora.

-No.

-¿Qué?

-No, no puedo ayudarla en eso, no es mi problema.

-Sé que puedes ayudarla, ¿por qué no lo haces? -exijo saber.

Está serio, demasiado imponente.

-¡Mírame! -ordena.

-Lo hago.

-A los ojos -gruñe.

Casi a cámara lenta subo la vista de su mentón a los ojos.

-¿Le has hablado de mí?

Niego con la cabeza.

-Bien, pues no lo hagas, ¡a nadie! -eso fue una orden-. Ahora fuera de mi

habitación -espeta, haciéndome parpadear varias veces sintiéndome humillada por

el tono que ha empleado, como si fuera un perro.

«Lo odio», ¿a qué está jugando?

-Eres un idiota.

-Lo sé.

Con las piernas rígidas y el orgullo que me queda salgo por el pasillo. No

me molesté en asegurarme que nadie me viera salir de la zona "B". Y me

encaminé hasta la biblioteca.

Apenas entré unos ojitos parecieron iluminarse. Me encaminé hacia Anastasia,

al parecer me esperaba.

***

Ya había pasado más de medio día y caía la noche.

-Llena este formulario y en unos días te avisaré si puedes entrar a la

universidad católica de Santa Clara -explicó una hermana, después de haberme

dado un examen de admisión.

Rellené el formulario parada en el mostrador y lo deslicé en su dirección.

-Listo.

La hermana superiora que se encontraba del otro lado del mostrador leía la

hoja concentrada, una mujer mayor de rasgos asiáticos que destellaba secuelas

de que en su juventud fue una mujer muy hermosa.

-Sí, todo en orden -comentó guardando la hoja y entregándome un carnet.

Caminé hasta llegar a mi celda, dejé el carnet en el armario y me senté al

lado de Sofía quien leía la biblia.

-Tenemos que hablar. -Ella se persignó y posó sus ojos negros en mí-. No voy

a poder ayudarte, quien pensé que me ayudaría, no le dio la gana de hacerlo, y

para ser sincera ni siquiera sé por qué creí que me ayudaría, desde que lo vi

no soy la misma vivo en una especie de mundo paralelo donde no sé lo que

quiero.

«O tal vez sí».

Los ojos de Sofía estaban llenos de pánico, dándome a entender que solo

escuchó la parte de la conversación que la implica a ella.

-¡¡Dios mío, Dios mío!! ¿Qué voy hacer? -lamentó repetidas veces. Se

incorporó y comenzó a pasearse de un lado a otro contagiándome su inquietud.

-Tranquila Sofía tu...

-¡¡Lo dices por que no eres tu la que estás metida en esto!! -espetó

señalándome con un dedo acusador.

Fruncí el ceño.

-¡Ey!, te me calmas, trato de ayudarte pero te recuerdo que este no es mi

problema, no fui yo quien le abrió las piernas a su hermano -ataqué.

-¡Cállate! -pidió apurada mirando hacia la puerta. Mi tono fue alto, lo sé.

Ella se volvió a sentar en su cama y comenzó a llorar.

«Quizás me pasé».

-Dijiste que me ayudarías -reprochó muy bajo.

-Y traté de hacerlo -maticé más calmada.

Ella me miró limpiándose los mocos.

-Tengo una idea, a mi me toca trabajar en la cocina, me es fácil entrar. -Se

abrazó a una almohada y me miró angustiada-. Buscaré pinzas y tijeras de

cocina, si puedo algo de gaza y alcohol del botiquín que tenemos por si alguna

de las hermanas se corta, y me lo haces tú.

-¿¡Perdón!? -exclamé.

Se acercó arrodillándose a mi lado.

-Por favor.

-Sofía estás loca, puedo causarte una infección, cortar algo que no debo y

en el peor de los casos que mueras, no tengo idea de como se hace eso -«me

niego, me niego, rotundamente me niego».

-Sé que puedes hacerlo solo es cuestión de...

-¡No! Sofía eso es demasiado. -Resoplé poniendo a mi cerebro a trabajar a

mil. Di algunos pasos pensativa-. Dame unos días, quizás pueda conseguir que sí

te ayuden.

Ella asintió intranquila.

-Esta noche estaré fuera, trataré de buscar una solución para ti, pero

necesito que si pasa algo me cubras -expliqué.

Ella asintió en automático, pero la verdad es que esta noche, no iba a

volver a mencionar el tema, al menos no hoy, esta noche estaba especialmente

reservada para seguir a Jayden, quiero saber a dónde va y por qué tanto

misterio.

Las campanas suenan, anunciando la cena. A un paso más cerca de las 23:00 y

de descubrir a dónde va Jayden o de meterme en un gran problemón.

La miré.

-Vamos -Ella asintió. Y salimos.

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