-No entiendo porqué el reencuentro se hará ahí, es un poco sospechoso -añadió él.
-Lo que es sospechoso es que traigas a cualquiera a mi habitación -reclamo. Sé que fue él quien trajo Alessandra, nadie más se atrevería.
Silencio. Un silencio que confirma mis palabras.
-No pensé que fuera un problema, te gusta -se justifica-. Te vi entrar con ella al club anoche.
Lo miré de soslayo.
-Una cosa no quita la otra. -Se encogió de hombros, dándome la razón. Alcancé el móvil y caminamos-. ¿Por eso le advertiste que se alejara de mí?
-Cuando me diste el nombre no sabía qué era ella. No me la describiste, tampoco imaginé que era la chica del club. -Me mira impasible ante su metedura de pata. «Tiene suerte de que sea como un hermano para mi, tenemos nuestras diferencias pero somos inseparables».
Suspiro.
-Bien -doy por terminado el tema-. Voy a declinar la propuesta de esta noche -aviso y él asiente ya sabe cuál es el motivo.
La familia está pasando por una etapa buena, puedo permitirme todo lo que quiero, como decidir quién vive y quien no, que propuestas quiero y cuales no. A diferencia de los otros carteles que buscan hacerse notar, la 'Ndrangheta trabaja bajo perfil, evitamos ser el centro de atención, la violencia es el último recurso que utilizamos, aunque yo poseo el don de la intimidación.
Nos mantenemos en la sombra, somos como el cáncer, silencioso pero destructivo. Observamos como funcionan otras mafias: mirar, aprender y evitar sus errores. Sin embargo, no existe la piedad, la compasión está del otro extremo del mundo; no buscamos implantar terror si no respeto, pero si te equivocas mueres. No por nada la 'Ndrangheta es una de las mafias más poderosas del mundo. Estamos preparados para ello, mentalizados, nadie sabe quien es el jefe, nadie sabe quien manda. Mi padre es el jefe, mi padre ha creado esto.
Hace unos años buscaban mi cabeza, en busca de evitar que sucediera lo que pasará en unos meses, mi subida al poder; sé lo que significa: el juego de niños y las fiestecitas sin límite se acabaron.
¿Quién sospecharía de que el hijo mayor de los Glass, está en un monasterio de monjas?, aunque para nadie es un secreto que la iglesia siempre ha tenido su lado oscuro, pero es buena para el anonimato. Este monasterio se vendió a los 'Ndrangheta, cuando mi abuelo solo era un Sottocapo: un sucesor aspirante al poder; como yo. En ese entonces las cosas estaban muy desmadrada para la familia, la mafia roja buscaba su cabeza, y su padre lo mandó aquí, mi abuelo estaba demasiado corrompido y terminó convirtiendo el monasterio en lo que es hoy en día. Desde entonces la familia lo usa cuando la situación lo amerita y en mi caso se ameritaba.
Detuve mis pasos al llegar a la tranquilidad solitaria del jardín.
-¿Tienes el documento? -pregunté.
Edmon me extendió una carpeta negra con el logo 'Ndrangheta empresa en ella.
-Está todo sobre ella, tenía un año cuando su padre fue asesinado en un intento de robo por una pandilla, regresaba del trabajo al parecer hacía horas nocturnas como portero de un almacén. Murió en la puerta de su casa 22 puñaladas, 3 en la yugular, una situación bastante traumática para su mujer quien lo encontró horas después. Vivían en un barrio marginado cerca de Vancouver, la situación superó a Rose, su esposa, así que se fue a vivir al centro de la ciudad y buscó refugio en la iglesia. Tres años después conoció a Connor Duun, un aficionado a la iglesia con el que terminó casándose y teniendo una hija, Nova Duun, de 14 años. Todos muy religiosos y apegados a la fe.
Asentí, con el documento en la mano leyendo el informe y visualizando varias fotos de los anteriores mencionados.
-¿Algo importante a tener en cuenta?, alguna enfermedad por ejemplo -indago.
-Alessandra siempre fue una niña sana, pero tengo entendido que su hermana es asmática. Aparte de eso sus informes no revelan nada más. La señora Rose también está en perfectas condiciones.
-¿Y, Connor Duun? -Lo miré.
-De él no se sabe mucho, al parecer es francés no hay mucho de él en la central de informaciones. Tendríamos que mandar un personal a que lo investigue a Francia -explicó.
Retomé los pasos.
-¿Entonces a qué estás esperando? -siseé.
-Dalo por hecho -aseguró Edmon e hizo el intento de retroceder pero se detuvo.
-Tenemos visita -aseguró él, mirando hacia la fuente.
Alguien acuclillado del otro extremo de la fuente y rastros de mechones rubios a la vista. Ya sabía de quién se trataba no era nada discreta y la mitad de su cabeza estaba fuera de lo que ella aseguraba que era un buen escondite. Torcí el gesto levantando el mentón.
-Llévala a mi habitación -ordené.
Edmon asintió dando pasos hacia la fuente, y yo perfilé mis pasos hacia la puerta principal.
Dos Lincoln Town Car, y tres Mitsubishi Pajero, estacionados a mitad del puente que une al monasterio con la carretera. Todos con la puertas abiertas las luces de posición encendidas. «Mi padre y su pequeña obsesión por los autos antiguos».
Un caporegime*, a su lado y varios soldattos* y asociados* colocados en hileras al lado mi padre. Fabio Glass, serio, rígido e imponente, la mandíbula tensa y sus hombros perfilados por la rectitud de su postura. Tal como lo recordaba, su inseparable bastón negro reposaba a su lado; la ropa oscura lo mantenía en anonimato, casi una sombra. Mantenía el contacto visual apretando el bastón con sutileza, podía apreciar la contracción de sus guantes al acariciar el brillo dorado de la empuñadura.
A dos pasos de él me detuve, una mueca que quiso ser una sonrisa adornó su boca y yo se la devolví.
-Has cambiado mucho -primera impresión de él-. Me gusta lo que veo.
Un brillo de orgullo destelló en sus pupilas. A pesar de que nos hemos mantenido en contacto telefónicamente, por mi seguridad no pudimos vernos desde los 18 cuando entré.
Un apretón de mano firme como saludo, y comenzamos a desplazarnos al exterior del puente.
-He traído a la chica para que la conozcas -comentó-. Está ahí.
Sujeté con firmeza el documento, mirando hacia una furgoneta blanca de cristales polarizados.
-Justo quería tocar el tema -le hago saber-. Voy a declinar la oferta de los japoneses.
Mi padre se tensó.
-La quiero a ella -siseé, extendiendo la carpeta negra en su dirección.
La tomó y la abrió.
-Edmon la investigó, la chica no es un problema -aseguré, sin apartar la vista de la arruga de concentración que plegaba sus cejas.
Se ha tomado un buen tiempo para leer cada detalle. Y finalmente se guardó la carpeta entre su brazo y el costado.
-Haré un informe más profundo -acepta sin objeciones, lo que me gusta-. Para mi no es un problema, pero ten presente algo, recuerda cuál es su lugar. Vas a subir al poder te quiero , inasequible, irrompible, inquebrantable. Espero que esa chica no se convierta en un impedimento para tí, los Glass no tenemos debilidades -aclaró dando una palmada en mi hombro-. Si eso llegara a pasar me deshago de ella, ¿entendido?
-Entendido -aseguro, rígido. «La familia es lo primero, nadie puede estar por encima de ella, y es lo que mi padre quiere que le demuestre, y así será».
Durante dos horas, no hicimos más que ponernos al día de todo lo que me esperaba y como seguirán funcionando las cosas. Hasta nuestra despedida.
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*Caporegime: dirige un grupo de soldado.
*Soldatto: matones de la mafia (normalmente se encarga de el trabajo sucio, ejemplo: droga, matar, cobrar dinero, etc...)
*Asociados: aspirante a convertirse en soldado.
Logo.
'Ndrangheta
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Guardé el maletín que me había entregado Fabio y le hice un gesto a Edmon de que nos dejara a solas. Alessandra estaba sentada en una silla en silencio posiblemente amenazada por él. Ella callada y curiosa no apartaba sus ojos de mí.
-¿Desde cuándo me espías? -indago.
-Iba de paso y te vi -disuadió con sus ojos azules grisáceo más abiertos de lo normal-. ¿De dónde sacas todo lo que tienes, te robas la ofrenda?
«18 años y, demasiado ingenua».
Me siento en la silla que tiene al frente.
-No -la complazco respondiendo a su pregunta, porque ya sé la respuesta a la mía.
Me mira nerviosa. Y yo me inclino hacia adelante apoyando los codos en mis rodillas acercándome más. Juego con el borde de la tela de su sotana y ella mira mis movimientos sin pronunciar palabras.
-¿Vas a contarme en dónde estabas? -masculla.
Alzo la vista y me incorporo.
-No, no voy a contarte, es malo preguntar tanto -gruño, comenzando a desvestirme.
-¿Qué haces? -pronuncia tímida y yo sonrío.
-Voy a dormir son las dos de la mañana -le recuerdo-. Tú celda está cerrada así que puedes quedarte aquí.
Le señalo una camiseta mía, por si quiere ponerse algo más cómodo que no sea la sotana. Me dejo caer sobre el colchón en bóxer y contemplo como se desviste, aprecio sus piernas, su piel luce apetecible, lleva una braga negra de florecitas amarillas. Me corta el panorama cuando baja la camiseta cubriéndose un poco más abajo de sus bragas.
Da unos pasos y se hunde en la cama dejándose caer a mi lado, poniéndome nervioso. Me da la espalda y eso solo empeora las cosas, la camiseta no la cubre bien y su culo me grita que lo acaricie. Lo hago, pongo una mano sobre el borde del encaje y la sobo, Alessandra se mueve, quizás es una señal para que me detenga, pero soy muy egoísta y ya tengo una erección que no me ayuda a pensar con claridad.
Deslizo mis dedos hasta sus piernas y las acaricio, mis dedos van tomando confianza y se mueven por su muslo con propiedad. Se está dejando tocar y eso me pone muchísimo, «solo quiero tocarla un poco mientras me masturbo y será todo, no la voy a forzar», me digo.
Desplazo mis dedos hacia la cara interna de su muslo, quiero sentir el calor que en magna de su cuerpo. Acaricio la tela de sus bragas, permitiendo que mis dedos toquen el centro de la zona superficial de lo que realmente quiero rozar. «Estoy descontrolado y doy por terminado mi manoseo, o no podré parar». Saco la mano incorporándome.
-Hazlo... -balbucea.
-¿Eh?
-Fóllame -murmura mortificada.
Que lo soltara así me excitó tanto como me descolocó. Me incorporé al tiempo que ella se giraba por completo quedando frente a mí. «Maldita sea, es justamente lo que quiero y me lo está pidiendo».
Se sentó frente a mí apoyando las manos hacia atrás en el colchón mirándome, temblorosa.
Capturé su mentón y atraje su boca a la mía. Unos labios suave e inexpertos pero que han besado antes. Se deja guiar dejando que mi boca se adueñe de la suya, mi lengua tantea sin permiso cada rincón.
Tiré de su labio inferior con ligera rudeza provocándole un gemido. La dejé caer hacia atrás tirando de sus piernas en un gesto brusco, su espalda chocó contra el colchón y sofocada hizo el intento de volver a sentarse. «Quizás la he asustado». Pero se lo impedí aplastándola con mi cuerpo. Abrí sus piernas colocándome en el centro de ella y moví mi pelvis marcándola con mi erección, ella a provocado esto, que mi polla quiera salir de la tela y entrar en su coño.
Capturo sus manos sobre su cabeza y dejo mordidas y chupones en su cuello, «jadea ahogada, suave, temblorosa». Sigo moviendo mi pelvis frotándome y ella arquea sus caderas buscándome.
Me inclino a un lado de la cama para quitarle la camiseta, me deshago de su sujetador e instantáneamente vuelvo a subir sobre su cuerpo besando la punta erecta de sus senos. Juego con mi lengua acariciando la punta, enrosco mi lengua y lamo dejándolos ligeramente enrojecidos: succiono, chupo y muerdo, hasta que ella se queja. Entonces paso al otro y disfruto del mismo placer.
Mueve sus muñecas exigiendo que libere sus manos de mi sujeción, la suelto, automáticamente siento sus dedos entre mi pelo y una mano apoyada en mi hombro, ejerciendo una leve presión que le hace sentir que tiene el control. «Pero no es así».
Vuelvo a su boca al tiempo que desplazo una mano hacia el centro de sus piernas, mis dedos resbalan al instante suave y viscoso, froto su clítoris en círculo «está muy húmeda, lista para mi».
-Abre más las piernas -exijo.
Ella obedece.
Necesito sentirla ya o mi polla va a explotar.
Me incorporo quedando entre sus piernas, tiro de la fina tela y la desgarro dejándola completamente expuesta a mí. Llevo la tela rota a mi nariz y aspiro su olor.
-Eran mis favoritas -se queja jadeante.
Tuerzo el gesto complacido. «No volverá a ponerse una así».
-Tendrás más -ronroneo.
Se muerde el labio y lleva la mano a sus pechos al tiempo que levanta sus cadera.
Me deshago de mi bóxer mostrándole lo que tengo para ella y le veo pasar saliva con los ojos clavados en mi erección.
Quiero ponerla en todas las posiciones habidas y por haber pero tendré un mínimo de consideración por ser su primera vez.
Pasé la mano por debajo de su cintura y alzo su cadera metiendo mi cabeza entre sus piernas. Mi lengua la devora y sus gemidos me confirman lo que ya sé, la estoy volviendo loca.
Sabe deliciosa, diferente y su sabor es único y embriagador. La quiero gritando mi nombre aunque tenga que despertar a todo el monasterio con sus gemidos, pero así la quiero.
La he torturado por varios minutos y se ha corrido en mi boca dos veces, ya no está tan tímida, ya no sé contiene estoy seguro que más de uno la ha escuchado, y yo he sido el que más ha disfrutado con sus gritos y su morbosa cara de placer.
Dejé caer en peso muerto mi cuerpo sobre el suyo robándole el aliento, hizo una mueca, pero la quiero inmóvil ya ha disfrutado y ahora viene la mejor parte, vuelvo a sujetar su mano sobre su cabeza con una sola mano mía, y con mis rodillas despliego más sus piernas sobre la cama. Dejo mis rodillas flexionadas manteniendo las suyas abiertas como la quiero.
Ella trata de tomar aire.
Froto la punta de mi glande en su pliegue y jugueteo empapándome de ella un poco más y, empujo invadiendo su interior. Tres, lo he calculado en tres embestidas, pero lo he conseguido en dos.
-Jayden... -se quejó, terminando la frase con la voz quebrandosa.
No soy nada delicado, lo sé. Alessandra se tensó e hizo el intento de que me mueva y salga de ella, pero la tengo bien sujeta.
-Tranquila... -la calmo.
Cierra los ojos y beso húmedamente su mejilla.
-Así me gusta -susurro.
Hundo mi nariz en su cuello y retomo mis movimientos. Suelto sus manos pasando las mías por debajo de su espalda y ciño mis manos en cada mejilla de su nalga permitiéndome penetrarla con profundidad.
Gime y aferra sus uñas a mi espalda, y yo gruño poseyéndola por completo.
Un vaivén desenfrenado en el que he perdido la noción del tiempo, pero nuestro sudor habla por si solo. Aumento mis embestidas estoy muy cerca de correrme, ejerzo más precisión en mis movimientos. Jadeo desbordado, al límite.
-No... -gime.
-¿Qué? -gruño ronco, mordiendo el lóbulo de su oreja.
-No termines dentro, por favor -jadea sofocada.
Demasiado tarde, es lo que quiero llenarla hasta la última gota, y luego ver como todo sale de ella, y no me voy a privar de disfrutar eso. Aferro mis manos a cada lado de su cintura con fuerza dejando sus caderas inmóviles y la embisto con rudeza. Rápido, profundo, constante. Sabe lo que voy hacer pero no deja de gemir. Unas cuantas embestidas y la lleno por completo, me quedo dentro quiero que lo sienta todo, los dos jadeante y agitados.