-Esta noche, el club solo está abierto en las noches, a las 19:45 se activan
las puertas y a las 20:00 cuando todos están en los aposentos empiezan. -Él se
quedó pensativo unos segundos-. Nos encontraremos en el mismo pasillo de ayer a
la misma hora, procura que nadie te vea y se puntual. Yo me encargaré del
resto.
Mi corazón latía en mi cabeza, no sabía a dónde iba a meterme. Estaba
demasiado asustada como para ser consciente de lo que estaba haciendo. O quizás
solo eran nervios.
-Estaré ahí -murmuré antes de perderme entre el marco de la puerta.
Al salir e ir en dirección a la parroquia vi una chica sentada en la fuente,
lloraba sin control e iba vestida con una sotana marrón oscuro, como yo. Dentro
de la iglesia se escuchaban cantos de alabanzas en coro, me desvié de mi
destino y me senté a su lado.
-¿Puedo ayudarte en algo? -me ofrecí, notando que la jovencita que debía de
ser de mi edad, tapaba su brazo y negaba repetidas veces con la cabeza.
Yo miraba con insistencia hacia su mano, ahora estaba frustrada y buscaba el
sello del club en todo el mundo. Pero ella no tenía nada.
-Debo irme -comentó sin darme tiempo a que dijera palabra, entró a pasos
rápidos hacia la parroquia.
Al incorporarme Jayden salió de lo que fue nuestro escondite minutos atrás.
Seguí sus movimientos con mis ojos, tampoco podía quejarme, era guapo, la
sotana negra que llevaba no me permitía apreciar con exactitud su cuerpo pero
sin duda prometía, sus ojos eran llamas ardiente un volcán lujurioso
predominaba en ellos, eso revelaba experiencia. Sus rasgos eran fuertes e
imponentes una belleza salvaje y a la vez matizada con suaves perfilaciones que
le hacían lucir más abrumador, estaba muy lejos de ser feo, eso es un plus para
lo que me espera esta noche, ¿no? «Dios mío, no me reconocía», aun no entraba a
ese lugar y ya tenía deseos pecaminosos. Sus ojos se posaron en mí. Él
pareció deducir lo que estaba pensando: una sonrisa insinuante dirigida a mí y
se adentró a la misa. No me sentía digna de entrar pero si yo no lo era la
mayoría tampoco, sin embargo, todos estaban ahí fingiendo.
Me encaminé hasta sentarme al lado de Sofía, aunque trataba de concentrarme
en el sacerdote no hacía más que mirar de vez en cuando hacia la parte de
atrás, justo en donde estaba Jayden. Él evitaba mirar en mi dirección pero
podía notar que sentía cuando yo lo hacía. Suspiré pesado y concentré mi vista
al frente.
Terminando la misa, los niños y el grupo de
monaguillos se dirigieron a la salida, mientras nosotras permanecíamos a la
espera de las palabras de la hermana Dolores.
-Como sabéis, este es un lugar donde todas queremos entregar nuestras vidas
al señor, pero sobre todo tenemos reglas, la mayoría adjuntadas a la biblia, y
en una de ella está la pereza. Es algo que no se consiente y no está bien visto
ante los ojos de Dios, así que se le asignará trabajos diferentes, todos los
días después de misa irán a sus trabajos, hasta la hora del almuerzo, después
del almuerzo tendrán unas horas libres donde podrán pasear por el jardín
central -explicó la hermana Dolores.
A su lado la hermana Carmen sostenía una libreta e iba llamando por nombres
formando grupos de 7. Al escuchar mi nombre me incorporé uniéndome a mi grupo.
A Sofía y a mí, no nos tocó juntas, pero si me gustó la zona que me
asignaron, ayudaría a los niños de la zona "C" con sus deberes y una que
otra cosa más.
Al terminar de formar los grupos, mis compañeras y yo nos encaminamos detrás
de la hermana que sería nuestra guía. Apenas entramos a la zona "C",
noté un ambiente pesado, no parecía un lugar donde vivieran niños felices, todo
era lo más parecido a un hospital infantil, pero uno siniestro y muerto, no se
escuchaban risas ni el murmullo de los niños, todo estaba tan calmado y serio
que desesperaba. ¿Cómo hacían para que todos se mantuvieran tranquilos?, todos
actuaban desinteresados incluso algunos parecían moverse de forma mecánica.
Todos, estaban ahí, pero simplemente no parecían estarlo...
-Aquí hay una zona de recién nacidos, son los hijos de mujeres que por lo
regular los han abandonado, o que sus padres simplemente han tenido problemas
con el alcohol y las drogas, no han podido hacerse cargo, algunos de ellos son
especiales y merecen mayor atención, ¿alguna quiere ir a esa zona? -preguntó la
hermana que nos guiaba. Dos chicas levantaron las manos, y terminaron entrando.
Por el rabillo de la puerta pude ver varias incubadoras todas en hileras y los
bebés en ellas. La puerta se cerró interrumpiendo mi escrutinio.
Nos seguimos moviendo hasta que entré a la zona que me asignaron, a mi
y a una chica nos tocaba encargarnos de las niñas de 12 a 14 años, entramos a
una especie de biblioteca, donde la mayoría estudiaba y ni siquiera nos
dirigían la mirada. Aunque te sentaras a su lado todas mantenían su vista fija
en lo que realizaban. Solo nos dirigían la palabra para preguntar cosas muy
específicas y directas.
Mientras iban pasando las horas comencé analizar a cada una de ellas, en mi
grupo solo habían 15 y estaban sentadas en mesas separadas. Pero una en
específico llamó mi atención, era la más apartada del grupo y la más callada.
Mantenía su espacio como algo privado decorado con varios dibujos de monjas
pegados a la pared.
Me acerqué a ella sentándome a su lado, posé mis ojos en la biblia que leía,
tratando de llamar su atención, pero ella no parecía dispuesta a instalar una
conversación con nadie. Su pelo castaño claro caía como cortina cubriendo parte
de su rostro, pero lograba distinguir una gran parte.
-Hola -susurré. Silencio...-. Dibujas muy bien -halagué.
Silencio. Esperé unos minutos a su lado, para darle tiempo de entrar en
confianza.
-Soy Alessandra -murmuré en un tono amable. Nada...
Me incorporé dispuesta a dejarla.
-Anastasia -balbuceó sin levantar la cabeza, casi fue un susurro, pero lo
escuché. Sonreí.
-¿Desde cuándo estás aquí?, Anastasia. -Ella se encogió de hombros-. Es muy
aburrido estar aquí ¿a qué sí? -insté, consiguiendo arrancarle una sonrisita
tenues.
-Está prohibido instalar este tipo de conversaciones, todo lo que hablemos
debe de ser de la biblia -murmuró.
Me volví a sentar a su lado.
-Pero aquí nadie nos ve, no tienen por qué saberlo -aseguré.
Ella me miró sorprendida, y volvió a sonreír. Una sonrisa tenues y oxidada,
podía notarlo.
Sabía que la mayoría de estos niños debían de tener una historia difícil,
supongo que algunos estaban aquí desde su nacimiento y una parte de mí entendía
que necesitaban algo más que solo la palabra de Dios, también le hacía falta
cariño. Anastasia comenzó a mostrarme algunos de sus dibujos y terminamos
siendo amigas. No manteníamos una conversación fluida, pero las pocas palabras
que intercambiábamos eran suficientes.
***
Las horas mañaneras, y gran parte de las horas de la tarde habían fluido
bastante lentas y tranquilas. Después de almorzar todas teníamos unas horas
libres como nos habían prometido. Habían chicas que simplemente preferían estar
en sus aposentos y otras que iban a la zona de taller donde enseñaban
diferentes tipos de manualidades, también hay quienes estudian, pero esas
debían salir a una zona más retirada casi fuera de el monasterio.
A pasos lentos deambulaba por el jardín, pensativa..., no dejaba de darle
vueltas una y otra vez a lo mismo, solo tenía en la cabeza lo que me esperaba
en la noche. Y mientras más se ponía el sol, más sentía como la bilis subía a
mí garganta.
Me senté en un banco, y froté mis manos varias veces en la tela de la
sotana. Mis manos estaban sudadas, siempre me pasaba cuando los nervios se
apoderaban de mí. Ya comenzaba a replantearme muchas cosas, cómo: ¿si hice bien
en venir aquí?, siempre estuve muy segura, pero, ahora no tanto.
-¿En qué te ha tocado trabajar? -preguntó Sofía sentándose a mi lado.
Tardé unos segundos en volver en si.
-Ayudar a las niñas en la biblioteca, ¿y a tí?
-En la cocina, ¿sabías que elaboran de manera artesanal galletas y las
venden? -pronunció con una voz vibrosa.
Forcé una sonrisa.
-No, pero veo que te gusta la cocina.
Ella asintió en automático. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo,
pero las campanas resonaron anunciando la cena y eso la interrumpió.
-¿Vamos al lavatorium, nos lavamos las manos y vamos a cenar? -propuso.
Miré de soslayo algunas chicas alejándose.
-Prefiero quedarme en la celda.
Ella asintió sin mucho interés y se alejó uniéndose al grupo. Me encaminé
hacia los pasillos y me dirigí a mi habitación.
Fui específicamente a el armario en donde guardaba un pequeño reloj de
bolsillo y comencé a mirarlo fijamente sentada en la cama, casi podía escuchar
como se movía la aguja en cada segundo. Estaba desesperada...
Los minutos pasaron lentos pero avanzaron, apenas el reloj marcó las 19: 45
salí disparada por la puerta con sigilo y precaución.
Llegué más rápido de lo que pensé a mi punto de encuentro con Jayden y para
mí suerte un chico se acercaba desde el otro extremo del pasillo, di por echo
que era él. Y así fue.
Al llegar a mi altura sonrió, una sonrisa que no dice nada pero que a la vez
te lo dice todo.
-Vamos antes de que nos descubran -sugerí, dando pasos hacia la puerta de la
última vez.
-Tranquila... -murmuró, siguiéndome los pasos-. No puedes ir así, llamas
demasiado la atención.
No dije nada, hasta detenernos frente a la puerta, entonces lo miré
esperando que la abriera. Él me miró dudativo, desconfiado.
-Estoy tranquila -aseguré.
Suspiramos casi al unísono y entonces abrió. Asomé rápidamente la cabeza
pero no vi nada más que una pequeña habitación y un cuadro. Fruncí el ceño.
-¿Dónde está todo?
-Entra -ordenó, permitiéndome el paso. Pasé, y escuché como él cerraba la
puerta detrás de mí. Lo miré desconfiada, pero luego desvié mi vista a hacia el
cuadro: una virgen, un cuadro común.
Me giré para verlo, frente a nosotros teníamos una pared de cristal pero no
se veía nada, Jayden, sacó un botón negro redondo y lo presionó consiguiendo al
instante que el cristal se trasparentara. En automático distinguí una puerta
«Un cristal inteligente, no pensé que tuvieran ese tipo de tecnologías aquí».
Él se acercó, abrió la puerta esta vez sin dudar y lo seguí. Visualicé un
pasillo no tan largo, las paredes estaban llenas de pequeñas puertas de metal,
una al lado de la otra siguiendo un orden cronométrico. «Cajas fuertes». Dimos
algunos pasos hasta que se detuvo frente a una, la abrió con la huella de su
dedo índice, y sacó un antifaz negro.
-Desnúdate -pidió.
-¿Eh? -balbuceé-. ¿O sea, aquí, ahora?
-Sí.
-Pero...
-Aun no hemos entrado -interrumpió, señalando la puerta al final del
pasillo-. Todo está ahí. Ya debemos entrar listos, y debes ponerte esto -añadió
levantando el antifaz.
Miré en dirección de a donde veníamos, una parte de mí quería salir
corriendo pero me contenía.
-¿Te das la vuelta? -pedí, comenzando a quitar mi sotana.
Él sonrió perverso con cara de que lo que pedía no tenía sentido, pero se
giró.
Yo también me giré, y comencé a retirar mi ropa sin prisa, escuché un
movimiento a mi espalda; miré de soslayo a Jayden, él también se estaba
desnudando.
Quité todo de mí e hice una bola con la tela apretándola contra mi pecho.
-Ya... -informé, sin darme la vuelta.
Lo sentí acercarse por detrás y acto seguido procedió a colocarme el
antifaz.
-¿Por qué tengo que ponérmelo? -murmuré.
-Es un símbolo de sumisión para nosotros, solo las mujeres los llevan, ahí
solo buscamos complacernos. Sucumbir a la carne, y el hombre es el cabecilla de
la mujer así que es algo simbólico nada más -explicó bastante convencido de que
debería ser así.
-¿Estoy obligada a participar al 100%?, no es suficiente con solo ir desnuda
y ver... -quise saber.
-Mmm..., no te avergüences de tú cuerpo, ni de tu desnudez, tampoco de lo que
puedas hacer con ello, estar como Dios nos trajo al mundo es nuestra mejor
versión -susurró en mi oído, un tono demasiado suave que me erizó el bello de
la nuca.
Me giré para mirarlo. No pude evitar apreciar su desnudez, y el hacía lo
mismo que yo, contemplarnos sin descaro. Pestañeé desviando mi vista a su cara.
-¿Eso quiere decir que puedo no participar? -proseguí sacando de sus
palabras la conclusión que me convenía.
-Bien -zanjó, tomando mi sotana y su ropa para guardarla en la caja fuerte.
Cerró la puerta y me miró-. Me lo pedirás.
-¿Ah?
-Con lo que verás ahí adentro tú sola me lo pedirás. Lo necesitarás... -siseó,
demasiado seguro. Y procedió a ir al final del pasillo.
Lo seguí con el ceño ligeramente fruncido, hasta llegar a la puerta. Al
abrirla visualicé una escalera de hormigón e iba haciendo forma de caracol, al
bajar los 10 primeros escalones había un apartado y ahí una puerta y así
sucesivamente. Asomé la cabeza hacia el fondo de la escalera todo se veía
oscuro, como si te fuera a tragar el sótano, conforme íbamos bajando los
primeros escalones las luces se iban encendiendo. Esto era otro nivel, en todo
lo sentidos nada que ver con el edificio inspirado en la arquitectura de los
años 30 que es el conservatorio.
-Uff, son demasiados escalones, ¿no hay un ascensor? -pregunté.
El torció el gesto y arqueó una ceja divertido.
-¿Acaso piensas llegar hasta la puerta 67? -vaciló.
-No..., lo digo por los demás -aclaré con demasiada urgencia.
-Hay ascensores.
Lo miré curiosa.
-¿Entonces quieres decir que esta no es la única entrada?
-Así es -afirmó.
-¿Dónde está el resto? -quise saber.
-Preguntas demasiado -instó un poco más serio-. Todo a su tiempo.
Al llegar a la puerta, Jayden tecleó unos dígitos haciendo que se abriera
una pequeña ventana, introdujo la muñeca que llevaba tatuada, y segundos
después la puerta se desbloqueó. Instantáneamente escuché ruidos, lo miré,
apenas sentía mis piernas de lo nerviosa que estaba.
-Adelante -invitó, permitiéndome el paso primero.