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Libertinaje
img img Libertinaje img Capítulo 2 Secretos
2 Capítulo
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Capítulo 7 El castigo img
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Capítulo 9 Proceso img
Capítulo 10 Cambios img
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Capítulo 2 Secretos

Alessandra

Sus palabras me habían descolocado, me sentía media atrapada.

-¿Vas a obligarme a tener sexo contigo? -pregunté.

-No, solo te recuerdo que no te conviene hablar, nada de lo que te he

comentado puede salir de tu boca -amenazó-. Quieres entrar, ¿no?, no tienes que

pensarlo mucho, es algo que simplemente haces, y luego te dejas llevar, es como

una droga al principio piensas tener el control pero llega el momento en que

nada te sacia y necesitas algo más fuerte.

-Está bien, he dicho que quiero entrar, voy hacerlo, solo será una vez

-aseguré con una voz rasposa-. ¿Cuándo vamos a ir?

-Esta noche, el club solo está abierto en las noches, a las 19:45 se activan

las puertas y a las 20:00 cuando todos están en los aposentos empiezan. -Él se

quedó pensativo unos segundos-. Nos encontraremos en el mismo pasillo de ayer a

la misma hora, procura que nadie te vea y se puntual. Yo me encargaré del

resto.

Mi corazón latía en mi cabeza, no sabía a dónde iba a meterme. Estaba

demasiado asustada como para ser consciente de lo que estaba haciendo. O quizás

solo eran nervios.

-Estaré ahí -murmuré antes de perderme entre el marco de la puerta.

Al salir e ir en dirección a la parroquia vi una chica sentada en la fuente,

lloraba sin control e iba vestida con una sotana marrón oscuro, como yo. Dentro

de la iglesia se escuchaban cantos de alabanzas en coro, me desvié de mi

destino y me senté a su lado.

-¿Puedo ayudarte en algo? -me ofrecí, notando que la jovencita que debía de

ser de mi edad, tapaba su brazo y negaba repetidas veces con la cabeza.

Yo miraba con insistencia hacia su mano, ahora estaba frustrada y buscaba el

sello del club en todo el mundo. Pero ella no tenía nada.

-Debo irme -comentó sin darme tiempo a que dijera palabra, entró a pasos

rápidos hacia la parroquia.

Al incorporarme Jayden salió de lo que fue nuestro escondite minutos atrás.

Seguí sus movimientos con mis ojos, tampoco podía quejarme, era guapo, la

sotana negra que llevaba no me permitía apreciar con exactitud su cuerpo pero

sin duda prometía, sus ojos eran llamas ardiente un volcán lujurioso

predominaba en ellos, eso revelaba experiencia. Sus rasgos eran fuertes e

imponentes una belleza salvaje y a la vez matizada con suaves perfilaciones que

le hacían lucir más abrumador, estaba muy lejos de ser feo, eso es un plus para

lo que me espera esta noche, ¿no? «Dios mío, no me reconocía», aun no entraba a

ese lugar y ya tenía deseos pecaminosos. Sus ojos se posaron en mí. Él

pareció deducir lo que estaba pensando: una sonrisa insinuante dirigida a mí y

se adentró a la misa. No me sentía digna de entrar pero si yo no lo era la

mayoría tampoco, sin embargo, todos estaban ahí fingiendo.

Me encaminé hasta sentarme al lado de Sofía, aunque trataba de concentrarme

en el sacerdote no hacía más que mirar de vez en cuando hacia la parte de

atrás, justo en donde estaba Jayden. Él evitaba mirar en mi dirección pero

podía notar que sentía cuando yo lo hacía. Suspiré pesado y concentré mi vista

al frente.

Terminando la misa, los niños y el grupo de

monaguillos se dirigieron a la salida, mientras nosotras permanecíamos a la

espera de las palabras de la hermana Dolores.

-Como sabéis, este es un lugar donde todas queremos entregar nuestras vidas

al señor, pero sobre todo tenemos reglas, la mayoría adjuntadas a la biblia, y

en una de ella está la pereza. Es algo que no se consiente y no está bien visto

ante los ojos de Dios, así que se le asignará trabajos diferentes, todos los

días después de misa irán a sus trabajos, hasta la hora del almuerzo, después

del almuerzo tendrán unas horas libres donde podrán pasear por el jardín

central -explicó la hermana Dolores.

A su lado la hermana Carmen sostenía una libreta e iba llamando por nombres

formando grupos de 7. Al escuchar mi nombre me incorporé uniéndome a mi grupo.

A Sofía y a mí, no nos tocó juntas, pero si me gustó la zona que me

asignaron, ayudaría a los niños de la zona "C" con sus deberes y una que

otra cosa más.

Al terminar de formar los grupos, mis compañeras y yo nos encaminamos detrás

de la hermana que sería nuestra guía. Apenas entramos a la zona "C",

noté un ambiente pesado, no parecía un lugar donde vivieran niños felices, todo

era lo más parecido a un hospital infantil, pero uno siniestro y muerto, no se

escuchaban risas ni el murmullo de los niños, todo estaba tan calmado y serio

que desesperaba. ¿Cómo hacían para que todos se mantuvieran tranquilos?, todos

actuaban desinteresados incluso algunos parecían moverse de forma mecánica.

Todos, estaban ahí, pero simplemente no parecían estarlo...

-Aquí hay una zona de recién nacidos, son los hijos de mujeres que por lo

regular los han abandonado, o que sus padres simplemente han tenido problemas

con el alcohol y las drogas, no han podido hacerse cargo, algunos de ellos son

especiales y merecen mayor atención, ¿alguna quiere ir a esa zona? -preguntó la

hermana que nos guiaba. Dos chicas levantaron las manos, y terminaron entrando.

Por el rabillo de la puerta pude ver varias incubadoras todas en hileras y los

bebés en ellas. La puerta se cerró interrumpiendo mi escrutinio.

Nos seguimos moviendo hasta que entré a la zona que me asignaron, a mi

y a una chica nos tocaba encargarnos de las niñas de 12 a 14 años, entramos a

una especie de biblioteca, donde la mayoría estudiaba y ni siquiera nos

dirigían la mirada. Aunque te sentaras a su lado todas mantenían su vista fija

en lo que realizaban. Solo nos dirigían la palabra para preguntar cosas muy

específicas y directas.

Mientras iban pasando las horas comencé analizar a cada una de ellas, en mi

grupo solo habían 15 y estaban sentadas en mesas separadas. Pero una en

específico llamó mi atención, era la más apartada del grupo y la más callada.

Mantenía su espacio como algo privado decorado con varios dibujos de monjas

pegados a la pared.

Me acerqué a ella sentándome a su lado, posé mis ojos en la biblia que leía,

tratando de llamar su atención, pero ella no parecía dispuesta a instalar una

conversación con nadie. Su pelo castaño claro caía como cortina cubriendo parte

de su rostro, pero lograba distinguir una gran parte.

-Hola -susurré. Silencio...-. Dibujas muy bien -halagué.

Silencio. Esperé unos minutos a su lado, para darle tiempo de entrar en

confianza.

-Soy Alessandra -murmuré en un tono amable. Nada...

Me incorporé dispuesta a dejarla.

-Anastasia -balbuceó sin levantar la cabeza, casi fue un susurro, pero lo

escuché. Sonreí.

-¿Desde cuándo estás aquí?, Anastasia. -Ella se encogió de hombros-. Es muy

aburrido estar aquí ¿a qué sí? -insté, consiguiendo arrancarle una sonrisita

tenues.

-Está prohibido instalar este tipo de conversaciones, todo lo que hablemos

debe de ser de la biblia -murmuró.

Me volví a sentar a su lado.

-Pero aquí nadie nos ve, no tienen por qué saberlo -aseguré.

Ella me miró sorprendida, y volvió a sonreír. Una sonrisa tenues y oxidada,

podía notarlo.

Sabía que la mayoría de estos niños debían de tener una historia difícil,

supongo que algunos estaban aquí desde su nacimiento y una parte de mí entendía

que necesitaban algo más que solo la palabra de Dios, también le hacía falta

cariño. Anastasia comenzó a mostrarme algunos de sus dibujos y terminamos

siendo amigas. No manteníamos una conversación fluida, pero las pocas palabras

que intercambiábamos eran suficientes.

***

Las horas mañaneras, y gran parte de las horas de la tarde habían fluido

bastante lentas y tranquilas. Después de almorzar todas teníamos unas horas

libres como nos habían prometido. Habían chicas que simplemente preferían estar

en sus aposentos y otras que iban a la zona de taller donde enseñaban

diferentes tipos de manualidades, también hay quienes estudian, pero esas

debían salir a una zona más retirada casi fuera de el monasterio.

A pasos lentos deambulaba por el jardín, pensativa..., no dejaba de darle

vueltas una y otra vez a lo mismo, solo tenía en la cabeza lo que me esperaba

en la noche. Y mientras más se ponía el sol, más sentía como la bilis subía a

mí garganta.

Me senté en un banco, y froté mis manos varias veces en la tela de la

sotana. Mis manos estaban sudadas, siempre me pasaba cuando los nervios se

apoderaban de mí. Ya comenzaba a replantearme muchas cosas, cómo: ¿si hice bien

en venir aquí?, siempre estuve muy segura, pero, ahora no tanto.

-¿En qué te ha tocado trabajar? -preguntó Sofía sentándose a mi lado.

Tardé unos segundos en volver en si.

-Ayudar a las niñas en la biblioteca, ¿y a tí?

-En la cocina, ¿sabías que elaboran de manera artesanal galletas y las

venden? -pronunció con una voz vibrosa.

Forcé una sonrisa.

-No, pero veo que te gusta la cocina.

Ella asintió en automático. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo,

pero las campanas resonaron anunciando la cena y eso la interrumpió.

-¿Vamos al lavatorium, nos lavamos las manos y vamos a cenar? -propuso.

Miré de soslayo algunas chicas alejándose.

-Prefiero quedarme en la celda.

Ella asintió sin mucho interés y se alejó uniéndose al grupo. Me encaminé

hacia los pasillos y me dirigí a mi habitación.

Fui específicamente a el armario en donde guardaba un pequeño reloj de

bolsillo y comencé a mirarlo fijamente sentada en la cama, casi podía escuchar

como se movía la aguja en cada segundo. Estaba desesperada...

Los minutos pasaron lentos pero avanzaron, apenas el reloj marcó las 19: 45

salí disparada por la puerta con sigilo y precaución.

Llegué más rápido de lo que pensé a mi punto de encuentro con Jayden y para

mí suerte un chico se acercaba desde el otro extremo del pasillo, di por echo

que era él. Y así fue.

Al llegar a mi altura sonrió, una sonrisa que no dice nada pero que a la vez

te lo dice todo.

-Vamos antes de que nos descubran -sugerí, dando pasos hacia la puerta de la

última vez.

-Tranquila... -murmuró, siguiéndome los pasos-. No puedes ir así, llamas

demasiado la atención.

No dije nada, hasta detenernos frente a la puerta, entonces lo miré

esperando que la abriera. Él me miró dudativo, desconfiado.

-Estoy tranquila -aseguré.

Suspiramos casi al unísono y entonces abrió. Asomé rápidamente la cabeza

pero no vi nada más que una pequeña habitación y un cuadro. Fruncí el ceño.

-¿Dónde está todo?

-Entra -ordenó, permitiéndome el paso. Pasé, y escuché como él cerraba la

puerta detrás de mí. Lo miré desconfiada, pero luego desvié mi vista a hacia el

cuadro: una virgen, un cuadro común.

Me giré para verlo, frente a nosotros teníamos una pared de cristal pero no

se veía nada, Jayden, sacó un botón negro redondo y lo presionó consiguiendo al

instante que el cristal se trasparentara. En automático distinguí una puerta

«Un cristal inteligente, no pensé que tuvieran ese tipo de tecnologías aquí».

Él se acercó, abrió la puerta esta vez sin dudar y lo seguí. Visualicé un

pasillo no tan largo, las paredes estaban llenas de pequeñas puertas de metal,

una al lado de la otra siguiendo un orden cronométrico. «Cajas fuertes». Dimos

algunos pasos hasta que se detuvo frente a una, la abrió con la huella de su

dedo índice, y sacó un antifaz negro.

-Desnúdate -pidió.

-¿Eh? -balbuceé-. ¿O sea, aquí, ahora?

-Sí.

-Pero...

-Aun no hemos entrado -interrumpió, señalando la puerta al final del

pasillo-. Todo está ahí. Ya debemos entrar listos, y debes ponerte esto -añadió

levantando el antifaz.

Miré en dirección de a donde veníamos, una parte de mí quería salir

corriendo pero me contenía.

-¿Te das la vuelta? -pedí, comenzando a quitar mi sotana.

Él sonrió perverso con cara de que lo que pedía no tenía sentido, pero se

giró.

Yo también me giré, y comencé a retirar mi ropa sin prisa, escuché un

movimiento a mi espalda; miré de soslayo a Jayden, él también se estaba

desnudando.

Quité todo de mí e hice una bola con la tela apretándola contra mi pecho.

-Ya... -informé, sin darme la vuelta.

Lo sentí acercarse por detrás y acto seguido procedió a colocarme el

antifaz.

-¿Por qué tengo que ponérmelo? -murmuré.

-Es un símbolo de sumisión para nosotros, solo las mujeres los llevan, ahí

solo buscamos complacernos. Sucumbir a la carne, y el hombre es el cabecilla de

la mujer así que es algo simbólico nada más -explicó bastante convencido de que

debería ser así.

-¿Estoy obligada a participar al 100%?, no es suficiente con solo ir desnuda

y ver... -quise saber.

-Mmm..., no te avergüences de tú cuerpo, ni de tu desnudez, tampoco de lo que

puedas hacer con ello, estar como Dios nos trajo al mundo es nuestra mejor

versión -susurró en mi oído, un tono demasiado suave que me erizó el bello de

la nuca.

Me giré para mirarlo. No pude evitar apreciar su desnudez, y el hacía lo

mismo que yo, contemplarnos sin descaro. Pestañeé desviando mi vista a su cara.

-¿Eso quiere decir que puedo no participar? -proseguí sacando de sus

palabras la conclusión que me convenía.

-Bien -zanjó, tomando mi sotana y su ropa para guardarla en la caja fuerte.

Cerró la puerta y me miró-. Me lo pedirás.

-¿Ah?

-Con lo que verás ahí adentro tú sola me lo pedirás. Lo necesitarás... -siseó,

demasiado seguro. Y procedió a ir al final del pasillo.

Lo seguí con el ceño ligeramente fruncido, hasta llegar a la puerta. Al

abrirla visualicé una escalera de hormigón e iba haciendo forma de caracol, al

bajar los 10 primeros escalones había un apartado y ahí una puerta y así

sucesivamente. Asomé la cabeza hacia el fondo de la escalera todo se veía

oscuro, como si te fuera a tragar el sótano, conforme íbamos bajando los

primeros escalones las luces se iban encendiendo. Esto era otro nivel, en todo

lo sentidos nada que ver con el edificio inspirado en la arquitectura de los

años 30 que es el conservatorio.

-Uff, son demasiados escalones, ¿no hay un ascensor? -pregunté.

El torció el gesto y arqueó una ceja divertido.

-¿Acaso piensas llegar hasta la puerta 67? -vaciló.

-No..., lo digo por los demás -aclaré con demasiada urgencia.

-Hay ascensores.

Lo miré curiosa.

-¿Entonces quieres decir que esta no es la única entrada?

-Así es -afirmó.

-¿Dónde está el resto? -quise saber.

-Preguntas demasiado -instó un poco más serio-. Todo a su tiempo.

Al llegar a la puerta, Jayden tecleó unos dígitos haciendo que se abriera

una pequeña ventana, introdujo la muñeca que llevaba tatuada, y segundos

después la puerta se desbloqueó. Instantáneamente escuché ruidos, lo miré,

apenas sentía mis piernas de lo nerviosa que estaba.

-Adelante -invitó, permitiéndome el paso primero.

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