-Así que solo quieres ver...-vaciló Jayden a mi espalda cerca de mi oído,
ronco y suave. Su cuerpo hizo contacto con el mío haciéndome tantear su
desnudez piel con piel. Al instante sentí sus dedos paseándose por mi brazo
tocándome con avidez, sentía sus dedos envolviéndome con el poder endemoniado
de la seducción. Entrecerré los ojos. Sus dedos eran agradables, roces sedosos
y ardientes de los que no quieres que paren. Caricias subían y bajaban por el
lateral de mi brazo cortándome el aliento. No sabía qué me sucedía todo parecía
incrementarse aquí o quizás estaba muy sensible, un acercamiento extraño
y tan íntimo nunca antes experimentado que me ponía a flaquear como una
gelatina en un colador. Demasiado vulnerable.
-Sí, solo ver -me obligué a decir ignorando la piel que había erizado.
Dejé de sentir su aliento en mi cuello y mi cuerpo lo agradeció en silencio,
ya que mi boca no fue capaz de pedírselo.
-Entonces solo mira -casi fue un reto. Yo podía controlarme claro que podía,
llevaba tiempo reprimiéndome y esto solo era una prueba más de mi compromiso
con la iglesia. «¡Que hipócrita era!». Cómo podía pensar tal cosa, cuando
estaba aquí abriéndole mi corazón al pecado.
Apreté los ojos para borrar todas esas ideas de mi cabeza ahora solo quería
dejar mi mente en blanco.
-Puedes sentarte ahí -invitó Jayden, señalando un sillón de cuero negro-.
Está por comenzar.
El sillón estaba prácticamente en el centro dentro de las dimensiones de la
habitación. Mientras me encaminaba hacia el sillón visualicé en el otro extremo
dos camas cubiertas con sábanas negras. En la cama yacían un grupo de chicas
alrededor de tres hombres, a diferencia de las demás ellas si llevaban ropa
interior. Sus dedos jugueteando entre todas en un enredo donde no se sabía
quien era quién.
Cerca a ellos varios hombres estaban sentados uno al lado del otro en un
sofá, dos de ellos movían sus manos con rapidez masturbándose entre gemidos
roncos, mientras se deleitaban contemplando como una chica se tocaba, ella
deslizaba sus dedos desde sus senos hacia su entrepierna, con la boca
entreabierta lamía sus labios al tiempo que bailaba explícitamente en una
barra de pole dance. Próximo a ellos había otra pareja de hombres
besándose.
Desvié la vista al sentarme con lentitud en el sofá, y miré en
dirección a Jayden. Él contemplaba todo maravillado, la obscenidad que brillaba
en su rostro era descabellada.
Mi pulso latiendo al compás de los latidos de mi corazón, y sentía acabar de
correr un maratón.
Desvié la vista hacia mi izquierda donde había una mujer esposada con
cadenas a la pared, ella parecía disfrutar mientras una chica vertía cera sobre
sus senos. La cera roja caía en el centro de su pecho y se desplazaba con
lentitud por su vientre hasta su ombligo donde se detenía, y volvía a derramar
cera repitiendo el mismo proceso unas cuantas veces más. Sus sutiles gemidos
indicaban que realmente era delicioso lo que sentía cuando la cera caliente
hacía contacto con su piel.
Ambas comenzaron a mover sus cuerpos con agilidad en un baile lento y ágil,
la chica que vertía la cera deslizó su mano por el muslo interno de la mujer
que estaba atada e hundió suavemente sus dedos entre sus pliegues, arrancándole
gemidos desmesurados. La otra se dejaba tocar abriendo más las piernas,
ondulaba la curva de su espalda pegada a la pared invitando a su compañera a
que continúe. La que sostenía la vela arrastró su lengua por la mejilla
de su cautiva un desplazamiento lento..., y viscoso que endureció los pezones de
su presa y terminaron besándose lengua con lengua en el aire un beso demasiado
húmedo...
Bajé la vista a mis senos comprobando que efectivamente estaba igual, mis
pezones erectos.
«Dios mío, mi alma saliendo de mi cuerpo, ya había visto suficiente...».
De repente la música se detuvo pasando a una más lenta y provocadora, el
color violeta de las luces led, cambió a un rojo intenso. Y todos parecieron
activarse en automático.
Jayden se dejó caer en un sofá frente al mío, a una distancia considerable.
Su cuerpo se apreciaba a la perfección, las piernas semiabierta los brazos
desplegados reposados sobre el respaldo del sofá. Pasé saliva al encontrarme
con su miembro erecto. Él deslizó una mano acariciándose y eso me hizo alzar
los ojos a los suyos. Una mirada en llama que me insinuaba lo que quería de mí.
Y por una milésima de segundo imaginé que eran mis dedos lo que se enroscaban
en su erección, mojó sus labios adueñándose de todo lo que me definía, una pose
tan insinuante como insolente ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente
erótico? Mis uñas clavándose en la piel del sillón, mis rodillas vibrando y mi
entrepierna mojándose.
Una chica pasó por mi lado cortando mi campo de visión con una bandeja de
condones ofreciéndolo de lo más normal, se detuvo cerca de mi donde otras dos
chicas que no había visto se besaban y tocaban, una de ellas se encaminó al
sofá en donde estaba Jayden, se sentó ahorcajada sobre él descaradamente y como
si nada comenzaron a besarse, podía ver como sus lengua jugueteaban,
mientras ella movía sus caderas en círculo, frenético. El roce era
tangible no dejaban nada a la imaginación, ambos desnudos rosándose de esa
manera tan salvaje solo podía desencadenar enajenación, delirio infrenable.
Sin romper el beso, Jayden, se incorporó con las piernas de la chica
enrolladas a su cintura y la dejó caer sobre el sofá, él deslizó su lengua
húmedamente desde el mentón de la pelinegra hasta su vientre. Se desplazó hacia
abajo deteniéndose en su entre pierna y la abrió sin tapujos, hundiéndose entre
ella. La chica se arqueó al tiempo que hundía sus dedos entre el pelo de
Jayden, dejando salir gemidos altos y profundos, un disfrute contagioso.
Estaba demasiada concentrada en como él, lamía, jugaba y chupaba el clítoris
de la chica, lucia demasiado salvaje y placentero. Casi podía escuchar el
sonido húmedo de sus labios al succionar.
Mi saliva se hizo más líquida y comencé a sentirme rara.
Presenciar esto me incomodaba, me sentía fuera de lugar y, muy
caliente.
Me hundí en el sillón retorciendo mis piernas, la apretaba en un intento de
mantener el control y detener la oleada de calor que comenzaba acalambrarme las
piernas invitándome a que me tocara.
Mi respiración irregular y el deseo haciéndome esclava de la excitación.
Comencé a frotar mis piernas mientras las apretaba, mi clítoris hinchado latía
y mientras más apretaba mis piernas, más latía, más placer, más deseo. Me
arqueé contra el sillón clavando mis uñas en la piel e inclinando la cabeza
hacia atrás, mis ojos quedaron hacia el techo y lo que vi me hizo explotar,
todo el techo era un espejo enorme donde podía ver lo que la mayoría hacía,
como se besaban, tocaban, jugaban, fornicaban y ahí estaba yo con los ojos
blancos, asfixiada por la cúspide de el libido y sin dejar de pensar en lo que
me gustaría que me hicieran, gemí cerrando los ojos y retorciendo las piernas.
Iba a tener un orgasmos sin que nadie me tocara y no podía ni quería detenerlo,
cerré los ojos con más fuerza haciendo cómplice a mi respiración de cómo mi
cuerpo me engullía al orgasmo más placentero que jamás había experimentado.
Dos minutos tardé luchando para que el aire llegara a mis pulmones, y dos
minutos fueron los suficientes para volver a tener las ideas claras y comenzar
a sentirme culpable. Abrí los ojos y evité mirar en cualquier dirección que no
fuera mis pies, me sentía avergonzada y bastante enfadada con Jayden por
haberme traído aquí, no tuve que mirar en su dirección para saber lo que le
estaba haciendo a esa chica, me molestaba por que hacía nada quería acostarse conmigo
y ahora estaba sobre otra mujer en mis propios ojos sin importarle nada.
¿Acaso fui la única en sentir la chispa entre los dos en aquella intensa
caricia en mi brazo?
Me incliné hacia adelante apoyando mis codos en las rodillas con la cabeza
gacha entre mis manos, sintiéndome ridículamente indignada. Alisé mi pelo hacia
atrás y traté de desconectarme unos segundos, pero el ruido, todo lo que ya
había presenciado y el olor a sexo no ayudaba.
Me incorporé como un resorte disparada hacia la puerta y salí. Nadie me
impidió la salida y apenas cerré la puerta todo el ruido se esfumó. Subí los 10
escalones que había bajado y entre por el pasillo. Me recosté contra el metal
de la caja fuerte de Jayden, aquí lo esperaría.
Pasados unos minutos escuché unos pasos, pensé que era él, pero no, otro
chico se detuvo frente a donde me encontraba y abrió su caja fuerte sin
prestarme mucha atención, comenzó a vestirse. Que incómodo.
-Disculpa -dije, mirando dentro de su caja.
Él me miró como si acabara de notar mi presencia.
-¿Podrías dejarme ropa? -pedí. No me importaba que fuera una sotana de
hombre me bastaba para llegar a mi celda.
Él me miró de arriba abajo y terminó sonriendo de lado, al tiempo que sacaba
algo.
-Ten.
Sujeté la sotana negra que me pasaba y me la coloqué rápido.
-Deberías quitarte eso antes de salir.
Casi olvido el antifaz. Me lo retiré.
-Gracias -murmuré y me apresuré a salir.
Podía sentir sus ojos en mi espalda. Pasé la puerta de cristal y crucé la
última puerta hasta llegar al pasillo. Todo en silencio, demasiado tranquilo.
Me moví desubicada, no por que no conociera el camino, más bien estaba media
ida.
Yo quería saber que había en esas puertas y no creo que haya nada más fuerte
que lo que acababa de ver, ya lo había visto todo no necesito volver ahí, no
necesito saber nada más ¿Qué mas se puede esperar de ese lugar? «Que violen
niñas», me susurró mi voz interior, recordándome los quejidos que escuché la
última vez.
Resoplé. ¿Quién habrá creado este lugar?, quién está detrás de todo esto.
Intenté abrir mi celda, y las puertas estaban con llave. Miré a cada lado
pensando que hacer. ¡El baño!, la excusa perfecta. Ahí pasaría el resto de la
noche encerrada en el baño, apena suenen las campanas me visto y voy al
comedor. De paso sirve que me ducho.
***
La noche más estresante de mi vida. No dejaba de escuchar ruidos de vez en
cuando durante la madrugada sin olvidar que no dormí a pesar de que me
cabeceaba a momentos. Y el sonido de las campanas fue un reto para mí, tener
que ir rápido a vestirme sin llamar a la tensión y estar a tiempo en el
comedor. Pero lo conseguí. Agradecí con un gesto de cabeza a la hermana que
servía mi bandeja, y me dejé caer en una de las mesas. Estaba distraída pero de
fondo escuché la bendición de los alimentos y algunas palabras a las cuales no
le presté mucha atención.
-Estuve rezando casi toda la madrugada y no llegaste a dormir -comentó muy
bajo Sofía, sin levantar su vista de la bandeja.
-No me encontraba bien, tenía diarrea y no podía aguantar encerrada así que
me quedé en el baño -justifiqué.
Una espina clavándose en mi garganta, desde que llegué no he hecho más que
mentir, pecar y desobedecer.
-Entiendo -aseguró mirándome de soslayo-. Necesito confesarte algo
-pronunció ansiosa apretando el pan con las uñas.
Mordí pan, y le di un sorbo a mi taza de chocolate, esperando que hablara.
-Estoy embarazada -soltó.
El chocolate se me fue a la nariz acompañado de una tos seca. Varios ojos se
posaron en nosotras. Bajé la cabeza hasta que dejamos de ser el centro de atención.
-¿Qué? -balbuceé.
-No es nada de lo que piensas -justificó-. Recibí la carta de ingreso hace
más de 2 meses, ese día era mi cumpleaños tomé unas copas de vino, pero se nos
fue de las manos y no fui consiente de nada hasta el día siguiente, estoy
arrepentida. Y no sabía como remediarlo, así que simplemente no dije nada pero
hoy hace 2 meses que no me baja. No quería entrar aquí, pero tampoco quería
perder esta oportunidad, me siento tan mal, ¿qué voy hacer?
Me quedé en silencio, con los ojos como dos faroles sin saber que decir para
eso no había una solución más que abandonar el monasterio.
-No sé que decirte Sofía, es muy... -hice una pausa y bajé la voz-. Porqué no
te retiras un tiempo, tienes al bebé y cuando estés lista te vuelves a postular
para ser monja si es lo que realmente siente tu...
-No puedo tener al bebé -interrumpió-. Sé que es un pecado pero quiero
abortar -afirmó.
Sin duda no debíamos hablar esto aquí alguien podría escucharnos.
-Sofía... -traté de razonar para que lo pensara mejor.
-Es mi hermano -confesó. Y yo la miré de súbito-. Él padre de mi bebé es mi
hermano.
Me quedé muda, desencajada. Y Sofía casi pálida. Que una postulante a monja
estuviera embarazada después del meticuloso proceso de admisión que solían
llevar y conociendo el prestigio de honor que tenía el monasterios de Santa
Clara, seguro que la matarían solo por evitar un escándalo, después de todo no
eran tan honestos como decían en su fe.
-Ayúdame -suplicó en un murmullo.
-Sofía yo no...
-Por favor... -pidió desesperada-. Eres a la única que me he atrevido a
contárselo.
Puse una mano sobre la suya para que mantuviera el control estaba al borde
de saltar en lágrimas.
-Pensaré en algo -aseguré, teniendo a Jayden en la cabeza, él quizás pueda
echarme una mano.
Yo no pensaba volver a buscarlo no quería tener nada que ver con él. Estaba
un poco a la defensiva solo de pensar que tendría que verlo.
-Gracias -dijo honesta.
-No tengo nada seguro, pero dame unos días para encontrar la mejor solución
-aclaré. Ella me miró con una pizca de esperanza que me hizo sentir como una
asesina.
El sonido de todas las presentes incorporándose dando por terminado el
desayuno nos hizo unirnos al grupo. Ahora tenía que pensar en una manera de
hablar de esto con él. Más problemas y sentía que esto solo empezaba.