-En el descanso podrías acercarte al consejo, ahí miraremos si cumples los
requisitos -respondió, dándome a entender que no sería nada fácil. Y sin más se
giró dando por terminada la conversación.
-Hermana -la interpelé-. El domingo es el cumpleaños de mi madre, sé que es
muy pronto para recibir visitas, pero me gustaría al menos poder realizar una
llamada -pedí con la cabeza gacha. No era sumisión era una forma de respeto.
Intermitentemente subí la vista notando su semblante serio y una cara
de que ya estaba pidiendo demasiado.
-Le recuerdo que estamos en clausura justamente para olvidarnos del mundo y
meditar en silencio, entregarnos por completo al señor. No deberías estar
pensando en el exterior, quizás le haga falta rezar y mantenerse más tiempo en
oración -murmuró, larga explicación para decir un no.
-Entiendo que sean reglas y que necesitamos meditar pero...
-¡Jamás debes cuestionar las órdenes de los superiores! -interrumpió con una
mirada violenta.
«¡Hipócrita insolente! Sé muy bien que esto es una secta».
-Terminando la misa, ve al confesionario y confiésale al sacerdote qué
te atormenta tanto que te hace ser rebelde -sentenció persignándose, y señaló
con la mano invitándome el camino para que entráramos a la parroquia.
Torcí el gesto y me encaminé hacia adentro. Caminaba a mi banco buscando a
Sofía con la vista, pero mi cerebro se encargaba de buscar la presencia de
alguien más. No me atrevía a mirar a mi derecha podía sentir como algo me
quemaba y sabía que era él. Me detuve en mi lugar sin mirarlo. Necesitaba
hablar con él pero la parte indignada de mí quería una explicación, una
explicación que no tenía derecho a exigir.
La misa trascurría a su paso.
Yo estaba demasiado metida en mi cabeza como para entender lo que decían, y
si, mi cuello rígido casi me hace quedarme clavada en un mal gesto al girar mi
cabeza buscándole. Pero Jayden ya no estaba, su lugar vacío y la gran
mayoría de los bancos también. Los presentes miraban en dirección a la salida e
incluso el padre detuvo la misa, el murmullo se hizo cada vez más alto y sin
más comenzaron a salir hacia el jardín central.
-¿Qué estará pasando? -murmuró alguien.
La mayoría comenzó a salir y yo no tardé en hacerlo. Un grupo grande rodeaba
en círculo la fuente central. Súplicas desesperadas resonaban, una voz joven y
angustiada podía sentir su pánico en cada exclamación. Me abrí paso entre el
grupo para llegar al frente: de rodilla a una mesita de madera estaba una niña
de unos 11 años amordazada por uno de los decanato (un cargo superior a
los curas), él la obligaba a mantener la cabeza pegada a la madera mientras su
brazo estaba extendido con la intensión de ser cortado.
La niña moqueaba al tiempo que sollozaba con pavor. El decanato sujetaba el
hacha sobre su cabeza esperando el momento oportuno para ejercer la fuerza que
consideraba necesaria para amputarle la mano. ¿Qué está haciendo?
Todos mirábamos en pánico la escena pero nadie hacia ni decía nada, ni
siquiera la madre superiora.
El decanato miró airoso al grupo presente.
-Si lo que ves con tu ojo derecho te hace desobedecer a Dios, sácatelo y
tíralo lejos. Es mejor perder una parte del cuerpo y no que todo el cuerpo sea
echado al infierno. Si lo que haces con tu mano derecha te hace desobedecer,
córtatela y tírala lejos. Es mejor perder una parte del cuerpo y no que todo el
cuerpo vaya al infierno. Mateo 5: 29-30 -citó benevolente.
Fruncí el ceño con las pupilas empapadas y los labios temblorosos. «Así que
de eso se trataba era un castigo» ¡Qué clase de salvajada es ésta?
Perpleja mis ojos se encontraron con aquellos ojitos llenos de terror, podía
escuchar su grito silencioso suplicándome ayuda.
El decanato seguía dando su discurso de buena fe.
Cerca estuve de intervenir en desacuerdo cuando mis ojos se chocaron en el
otro extremo con los de Jayden, el pudo leer mi intensión por que negó con la
cabeza e hizo un gesto advirtiéndome que me aleje. Y retrocedió entre la
multitud perdiéndose de mi campo de visión.
Un golpe seco resonó sobre la madera acompañado de un grito desgarrador que
hizo eco en todo el conservatorio. Varias de las monjas taparon de súbito sus
tímpanos. Y yo apreté mis ojos sintiendo cristales afilados deslizándose por mi
garganta cayendo como cemento pesado sobre mi estómago, sentí su dolor, claro
que lo hice. Mis rodillas se doblaron tambaleándome, todo mi cuerpo fue
recorrido por una lava destructiva repleta de indignación. Mis lágrimas no
fueron nada comparado al latigazo de ira que me azotó. Di pasos hacia atrás
buscando alejarme, abrí los ojos: una mano colgada de lo que debería ser su
cuerpo, sangre chorreando como la lluvia en una ventana durante una
tormenta, fue mi campo de visión.
Una arcada me hizo llevar una mano a la boca y retrocedí con más prisa hasta
perderme entre los pasillos, corrí encerrándome en mi celda y me refugié en una
esquina del suelo abrazada a mis rodilla, traumatizada. «Este lugar es
demasiado para mí».
Habían pasado: segundos, minutos, una hora... ¿Dos?, no sabía cuanto, pero lo
suficiente para que mis piernas se acalambraran, me incorporé cuando el
chirrido de la puerta me hizo levantar la cabeza. Estaba ida, fuera de mí, de
todo; fuera de a dónde pensé que iría y a dónde realmente estaba.
Sofía entró zombi a su cama y no se molestó en disimular su angustia, con la
cara como si le hubiesen chupado la sangre se acomodó entre las sábanas y
empezó a llorar. Creo que ni notó mi presencia.
Me senté en mi cama, jugando con mis dedos en silencio, no la consuelo yo
también estaría igual de preocupada si estuviera en su lugar, este lugar nos
consume a todas, esto terminará siendo un psiquiátrico.
-Van a coserme la vagina si se enteran de mi situación -se auto sentenció
ella, en un quejido, meciéndose y las manos en vientre.
-Puede... -le di la razón. Sabía que mi comentario no la ayudaba, pero yo
también estaba trastornada.
Ella me miró.
-Pero vas a ayudarme, ¿verdad? -recordó.
Asentí. Eso pareció calmarla y se acomodó en la cama.
-La hermana Dolores, te buscaba dice que debes ir a confesarte con el
sacerdote -informó cubriéndose más con las sábanas-. Estaré el resto del día en
la habitación, dije que no me sentía bien.
Me incorporé en dirección a la puerta.
-Descansa, y trata de no estresarte de más -dije antes de salir, es un
consejo que debería aplicarme yo también.
Algunas monjas paseando, la misa ya había terminado y al parecer la mayoría
ya estaban en sus labores, como si nada. Entreabrí la puerta de la parroquia y
caminé hacia uno de los tantos cubículos del confesionario.
Me arrodillé tocando la ventanilla y esperé en silencio. El sacerdote abrió
la ventanilla y yo hice la señal de la cruz.
-Perdóneme, padre, porque he pecado. He querido mantener contacto con el
exterior, me preocupa mi familia y saber de ellos, en especial mi madre -solté
por obligación encontrando esto ridículo. Ya no creía en nada de lo que me
rodeaba.
-El enemigo nos ataca constantemente, es imposible no pecar de hecho,
palabra o pensamiento, motivo por el cual rezamos la mayor parte del tiempo
para bloquear cualquier pensamiento o acto impuro, pero tu alma está a tiempo
de ser rescatada -hizo una pausa-. Reza 3 padre nuestro y 7 ave María en la
soledad de tu celda antes de dormir, yo pediré por ti en mi próximas plegarias
hija, puedes ir en paz.
Me persigné y me incorporé. Saliendo al jardín central me encaminé a la zona
"C" para ir a la biblioteca donde me correspondía hasta el almuerzo, pero
mi vista se fue hacia la zona "B" donde un chico que me resultaba conocido
iba de una esquina a otra fumando un cigarrillo. ¿Cómo fumaba así al
intemperie? Bueno, no sé por qué me sigo sorprendiendo. Miré a cada lado y
entré a pasos rápidos.
-Hola, ¿te acuerdas de mi? La chica del pasillo anoche. -«Vaya forma de
presentarme».
-Largo -siseó, dándole una calada al cigarrillo.
«Estúpido, trato de ser amable».
-Oye, no me interesa ser tu amiga, pero me harías un gran favor si me
dijeras si conoces a un chico que ando buscando. -Él se giró ignorándome-. Eres
un idiota bipolar, anoche parecías alguien normal.
Me giré, dispuesta a irme.
-No deberías estar aquí. Las reglas están para romperse, pero eso aquí no te
hace valiente te lleva al cementerio, debes aprender cuando puedes y cuando no
romperlas, rubita -lo último sonó casi a un insulto.
Me detuve.
-Voy conociendo como funciona esto, trato de no ser imprudente y creo que lo
estoy consiguiendo nadie me ha visto entrar pero qué hay de ti, estás fumando
al intemperie, im-pru-den-te.
-Es justo lo que te acabo de decir, debes saber cuando rompes o no las
reglas.
-Mmm...
Me analizó desconfiado.
-¿A quién buscas? -preguntó.
-Jayden.
Sus cejas se alzaron con sorpresa.
-No deberías acercarte a él -instó empezando a caminar. Lo seguí.
-¿Por qué?
-No es alguien que pueda ser tu amigo -un tono seguro y contundente.
«Qué suerte la mía». Nos movimos por un pasillo parecido a la zona "A"
pero con dimensiones más estrechas y apartadas.
-¿Es un psicópata? -bromeé.
Mi broma no le hizo gracia, simplemente no respondió.
-Sé discreta y espéralo aquí, suele estar cerca por estas horas -explicó
dejándome frente a la puerta de una celda.
-¿Vas a dejarme aquí afuera?, en medio del pasillo, donde todo el mundo
puede verme -pronuncié preocupada.
-Yo ya te he traído -comentó alejándose, alzando las manos en un: ese es tu
problema no el mío.
Me quedé sola en el pasillo. Por curiosidad hice el intento de abrir la
celda y ¡Bingo!, estaba abierta, aunque por el día siempre suele estarlo.
La habitación era una individual. ¿Por qué los hombres pueden tener una para
ellos solos?
La habitación estaba más acomodada, tenía más privilegio, una televisión una
cama doble, un armario grande y moderno. Una estantería con libros y ropa (no
sotanas). Cuánto tiempo lleva aquí para tener tanta prioridad.
Me acerqué a una puerta y la abrí ¡Un baño!, nadie tiene un baño propio. El
baño estaba impecable, y presumía de una tina. Cerré la puerta del baño y me
acerqué al armario. En el primer cajón lucia una colección de reloj: Patek
Philippe, Rolex, Jaguar.
«¿Acaso se roba la ofrenda?».
-¿¡Qué haces aquí!?
Pegué un brinco y cerré el cajón con fuerza llevando mi mano al pecho.
Jayden.
-Casi me matas.
-Te he hecho una pregunta. ¿Qué haces aquí y qué buscas en mis cosas? -serio
y tajante.
-Te buscaba -contesté sentándome en la cama-. ¿Por qué tan agresivo?, la luz
del día parece que afecta a todos por igual -siseé, porque él también por la
noche suele ser más llevadero.
Suspiró ignorando mi comentario.
-No estoy acostumbrado a recibir visitas -confiesa, apoyando una mano a cada
lado de mi cintura en el colchón-. ¿Por qué te fuiste anoche?
Mi indignación por lo que vi anoche vuelve y frunzo el ceño, molesta.
-No era mi espacio, no me sentía cómoda. -Una mentira a medias.
Él torció el gesto.
-Me cortaste el buen rollo, mientras me la cogía a ella tenía la imagen de
que eras tú -un susurro cálido cerca de mi mejilla. Y el traidor de mi cuerpo
reaccionó a su pequeño tacto, mi indignación disminuyó y tengo ganas de que me
cuente más, que me ronroneé al oído una a una todas las cosas guarras que le
gustaría hacerme, y luego que me las haga. Pero me rehúso, el solo quiere sexo
conmigo y yo, yo estoy muy confundida y no sé lo que quiero. «Lo quieres todo,
todo él por completo», me grita mi cabeza.
-No he venido para esto Jayden, quiero... -Me calla con un beso en el cuello.
Luego otro, y otro. Mi cuello se inclina ofreciéndose más a él, el corazón
latiéndome en la boca y un hormigueo invadiendo mis piernas. Me siento débil y
sofocada, no puedo respirar como una persona normal.
-Jayden -jadeé, para que se detuviera.
-¿Mmm...? -un quejido ronco, y sus labios desplazándose hacia mi hombro.
Se ha tomado la libertad de desmangar mi sotana, su mano subiendo por mis
piernas, y besos en mi cuello. No soy capaz de detenerlo.
-Me pone muchísimo saber que voy a desflorarte, ser el primero.
Sus palabras me hacen sentir usada para un único fin. Me inclino hacia atrás
con el afán de esquivarlo y eso le hace levantar la vista a mis ojos. Quiero
que note mi molestia, pero él solo me mira complacido.
-Jayden, no vamos a tener sexo, no estoy aquí por eso, ¿crees que todas las
que pasan por tu lado quieren acostarse contigo? -le recuerdo ya que anoche
estuvo con otra en mis ojos. Aunque soy consciente de que hace un momento eso
pasó a segundo plano y me dejé llevar.
-Me encanta cuando el azul grisáceo de tus iris se oscurecen y tus pupilas
se dilatan te hace ver más sensual, no importa si el motivo es tu enfado
conmigo, o si simplemente te preguntas por qué me follé a otra y ahora te
quiero a tí -siseó altanero, explotando la última burbuja de serenidad que se
había formado entre los dos.
Lo empujé con las dos manos puesta en su torso, hice presión para alejarlo y
me incorporé.
-¿Ahora qué sigue?, vas a proponerme que en la noche te espere en el pasillo
para ir a la puerta dos y cogerte a otra.
Él se acomodó dejándose caer en el colchón con las manos apoyadas en su
cabeza, usándolas como almohadas, contemplándome con aire de supremacía.
-¿Estás haciéndome una escena?
Apreté los labios, ignorando porqué me siento con derecho a él.
-Claro que no, cualquier mujer que estuviera en mi lugar se sentiría igual.
Él ignora que sueno poco segura, y que esto parece una escena de celos, por
donde sea que lo mires.
-No en todas las puertas se practica sexo, ya te dije que algunas no me
resultan tan interesantes, pero si quieres que te lleve a la puerta 2, solo
dilo.
Me quedé en silencio, aun no me recupero de sus besos en mi cuello, sigo
molesta por lo de ayer y su propuesta de ir a la puerta 2 me tienta.
-¿En el punto de siempre? -me apunto.
Se moja los labios y niega.
-Esta noche no, sobre las 23:00 tengo cosas importantes que hacer fuera del
monasterio -explicó frunciendo ligeramente el ceño.
Abrí los labios en un intento por hablar varias veces.
-¿Sales fuera? -al fin salió de mi boca.
Él asiente.
-¿Del monasterio? -vuelvo a preguntar.
Afirma con un gesto de la cabeza.
-Eres muy confiado al contarme esto, que tal que te delato.
-No lo harás -asegura, en un tono de que no le importa.
-No me subestimes -lo reto, luego me doy cuenta de que no me conviene y que
necesito su ayuda para lo de Sofía-. Bien, tampoco es que sea una soplona.
No dice nada. Me vuelvo a sentar a su lado. Nos quedamos en silencio unos
segundos aunque siento su mirada quemando mi lateral.
-Necesito tu ayuda -Lo miro, en su cara tiene una expresión desinteresada
que entiendo como un: continúa...-. Es una amiga, tiene un problema bien gordo,
está embarazada.
Lo miro esperando que se alarme o algo, pero me mira impasible, así que
sigo.
-¿Podrías ayudarla abortar?
Frunce el ceño y se incorpora.
-No.
-¿Qué?
-No, no puedo ayudarla en eso, no es mi problema.
-Sé que puedes ayudarla, ¿por qué no lo haces? -exijo saber.
Está serio, demasiado imponente.
-¡Mírame! -ordena.
-Lo hago.
-A los ojos -gruñe.
Casi a cámara lenta subo la vista de su mentón a los ojos.
-¿Le has hablado de mí?
Niego con la cabeza.
-Bien, pues no lo hagas, ¡a nadie! -eso fue una orden-. Ahora fuera de mi
habitación -espeta, haciéndome parpadear varias veces sintiéndome humillada por
el tono que ha empleado, como si fuera un perro.
«Lo odio», ¿a qué está jugando?
-Eres un idiota.
-Lo sé.
Con las piernas rígidas y el orgullo que me queda salgo por el pasillo. No
me molesté en asegurarme que nadie me viera salir de la zona "B". Y me
encaminé hasta la biblioteca.
Apenas entré unos ojitos parecieron iluminarse. Me encaminé hacia Anastasia,
al parecer me esperaba.
***
Ya había pasado más de medio día y caía la noche.
-Llena este formulario y en unos días te avisaré si puedes entrar a la
universidad católica de Santa Clara -explicó una hermana, después de haberme
dado un examen de admisión.
Rellené el formulario parada en el mostrador y lo deslicé en su dirección.
-Listo.
La hermana superiora que se encontraba del otro lado del mostrador leía la
hoja concentrada, una mujer mayor de rasgos asiáticos que destellaba secuelas
de que en su juventud fue una mujer muy hermosa.
-Sí, todo en orden -comentó guardando la hoja y entregándome un carnet.
Caminé hasta llegar a mi celda, dejé el carnet en el armario y me senté al
lado de Sofía quien leía la biblia.
-Tenemos que hablar. -Ella se persignó y posó sus ojos negros en mí-. No voy
a poder ayudarte, quien pensé que me ayudaría, no le dio la gana de hacerlo, y
para ser sincera ni siquiera sé por qué creí que me ayudaría, desde que lo vi
no soy la misma vivo en una especie de mundo paralelo donde no sé lo que
quiero.
«O tal vez sí».
Los ojos de Sofía estaban llenos de pánico, dándome a entender que solo
escuchó la parte de la conversación que la implica a ella.
-¡¡Dios mío, Dios mío!! ¿Qué voy hacer? -lamentó repetidas veces. Se
incorporó y comenzó a pasearse de un lado a otro contagiándome su inquietud.
-Tranquila Sofía tu...
-¡¡Lo dices por que no eres tu la que estás metida en esto!! -espetó
señalándome con un dedo acusador.
Fruncí el ceño.
-¡Ey!, te me calmas, trato de ayudarte pero te recuerdo que este no es mi
problema, no fui yo quien le abrió las piernas a su hermano -ataqué.
-¡Cállate! -pidió apurada mirando hacia la puerta. Mi tono fue alto, lo sé.
Ella se volvió a sentar en su cama y comenzó a llorar.
«Quizás me pasé».
-Dijiste que me ayudarías -reprochó muy bajo.
-Y traté de hacerlo -maticé más calmada.
Ella me miró limpiándose los mocos.
-Tengo una idea, a mi me toca trabajar en la cocina, me es fácil entrar. -Se
abrazó a una almohada y me miró angustiada-. Buscaré pinzas y tijeras de
cocina, si puedo algo de gaza y alcohol del botiquín que tenemos por si alguna
de las hermanas se corta, y me lo haces tú.
-¿¡Perdón!? -exclamé.
Se acercó arrodillándose a mi lado.
-Por favor.
-Sofía estás loca, puedo causarte una infección, cortar algo que no debo y
en el peor de los casos que mueras, no tengo idea de como se hace eso -«me
niego, me niego, rotundamente me niego».
-Sé que puedes hacerlo solo es cuestión de...
-¡No! Sofía eso es demasiado. -Resoplé poniendo a mi cerebro a trabajar a
mil. Di algunos pasos pensativa-. Dame unos días, quizás pueda conseguir que sí
te ayuden.
Ella asintió intranquila.
-Esta noche estaré fuera, trataré de buscar una solución para ti, pero
necesito que si pasa algo me cubras -expliqué.
Ella asintió en automático, pero la verdad es que esta noche, no iba a
volver a mencionar el tema, al menos no hoy, esta noche estaba especialmente
reservada para seguir a Jayden, quiero saber a dónde va y por qué tanto
misterio.
Las campanas suenan, anunciando la cena. A un paso más cerca de las 23:00 y
de descubrir a dónde va Jayden o de meterme en un gran problemón.
La miré.
-Vamos -Ella asintió. Y salimos.