El hijo del Magnate
img img El hijo del Magnate img Capítulo 2 Capitulo 2
2
Capítulo 6 Capitulo 6 img
Capítulo 7 Capitulo 7 img
Capítulo 8 Capitulo 8 img
Capítulo 9 Capitulo 9 img
Capítulo 10 Capitulo 10 img
Capítulo 11 Capitulo 11 img
Capítulo 12 Capitulo 12 img
Capítulo 13 Capitulo 13 img
Capítulo 14 Capitulo 14 img
Capítulo 15 Capitulo 15 img
Capítulo 16 Capitulo 16 img
Capítulo 17 Capitulo 17 img
Capítulo 18 Capitulo 18 img
Capítulo 19 Capitulo 19 img
Capítulo 20 Capitulo 20 img
Capítulo 21 Capitulo 21 img
Capítulo 22 Capitulo 22 img
Capítulo 23 Capitulo 23 img
Capítulo 24 Capitulo 24 img
Capítulo 25 Capitulo 25 img
Capítulo 26 Capitulo 26 img
Capítulo 27 Capitulo 27 img
Capítulo 28 Capitulo 28 img
Capítulo 29 Capitulo 29 img
Capítulo 30 Capitulo 30 img
Capítulo 31 Capitulo 31 img
Capítulo 32 Capitulo 32 img
Capítulo 33 Capitulo 33 img
Capítulo 34 Capitulo 34 img
Capítulo 35 Capitulo 35 img
Capítulo 36 Capitulo Final. img
img
  /  1
img

Capítulo 2 Capitulo 2

Los días en Río de Janeiro transcurrían con la cadencia hipnótica de la samba y el murmullo constante del mar, una sinfonía sensual que envolvía a Mateo y Josabet en un torbellino de emociones. Parecían estar atrapados en un juego donde la atracción era el tablero y cada mirada, cada palabra, un movimiento calculado, una danza de seducción que los mantenía en vilo.

El café que compartieron esa mañana en una pequeña cafetería frente a la playa fue solo el inicio, un preludio de lo que vendría. El aroma a café recién hecho se mezclaba con la brisa salina, creando una atmósfera embriagadora. Conversaron sobre trivialidades, sobre viajes, sobre la belleza de Brasil, pero había algo en sus ojos que hablaba un idioma más profundo, un lenguaje de deseo y misterio.

-Eres una mujer difícil de leer, Josabet -comentó Mateo, observándola mientras revolvía su espresso, sus ojos fijos en los de ella.

-¿Y eso te molesta? -respondió ella con una media sonrisa, llevando su taza a los labios, sus ojos desafiantes.

-Al contrario -él inclinó la cabeza ligeramente, una sonrisa pícara jugando en sus labios-. Me fascina.

Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, el tiempo detenido en ese intercambio de miradas, antes de desviar la vista hacia el océano, su mirada perdida en el horizonte. El aire salado revolvía su cabello dorado, creando un halo de luz a su alrededor, y Mateo tuvo que recordarse que no estaba acostumbrado a sentirse así, tan cautivado, tan vulnerable.

Después del café, caminaron por la orilla, sus pies hundiéndose en la arena tibia, la sensación reconfortante bajo sus pies. A veces sus manos se rozaban, pequeñas descargas de electricidad que ninguno de los dos mencionaba, pero que ambos sentían con intensidad. Estaban ahí. Presentes. Innegables.

Josabet intentó convencerse de que Mateo no era más que un pasatiempo fugaz, un capricho de sus vacaciones. Un hombre atractivo y encantador, sí, pero como tantos otros que había conocido en su vida que buscaban jugar y ya. Sin embargo, cada vez que él la miraba con esa intensidad abrasadora, sus ojos oscuros penetrando su alma, su cuerpo le recordaba que se estaba mintiendo, que algo más profundo se estaba gestando entre ellos.

Por la tarde, se encontraron nuevamente en la piscina del hotel, el agua cristalina reflejando el cielo azul. Josabet vestía un bikini negro de líneas elegantes, resaltando sus curvas con sensualidad, y Mateo, con su porte impecable incluso en traje de baño, se permitió admirarla sin disimulo, sus ojos recorriendo cada centímetro de su piel.

-Deberías tener más cuidado con cómo miras a una mujer, Mateo -dijo ella mientras se acomodaba en una tumbona, su voz un murmullo juguetón.

-¿Y cómo la estoy mirando? -preguntó él con un atisbo de diversión en la voz, sus ojos fijos en los de ella.

-Como si ya supieras cómo termina esto -respondió ella, con una sonrisa enigmática.

Mateo soltó una breve risa, inclinándose hacia ella, su aliento rozando su piel.

-Digamos que me gusta anticiparme al final de las historias -susurró, su voz ronca y seductora.

Josabet lo miró de reojo, con la sombra de una sonrisa en sus labios, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

-Tal vez esta historia no termine como esperas -advirtió, su voz un desafío.

El juego había comenzado, y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. La brisa marina se había vuelto más fresca, llevando consigo el aroma a sal y a flores exóticas que crecían en los jardines del hotel. Mateo y Josabet permanecieron junto a la piscina, disfrutando de la tranquilidad del atardecer.

-Me gusta este lugar -comentó Josabet, observando cómo las luces de la ciudad comenzaban a encenderse a lo lejos.

-A mí también -respondió Mateo, su mirada fija en ella-. Pero contigo, es aún mejor.

Josabet sonrió, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo ante la intensidad de su mirada, una mezcla de deseo y nerviosismo que la hizo estremecer. Se levantó de la tumbona, sintiendo la suavidad de la tela contra su piel, y se acercó a la orilla de la piscina, mojando sus pies en el agua fresca. La sensación del agua fría contra su piel caliente la hizo suspirar de alivio. Mateo la siguió, observando cómo las gotas de agua resbalaban por su piel, brillando a la luz del atardecer.

-¿Sabes? -dijo Mateo, acercándose aún más, su voz un susurro que se mezclaba con el sonido del agua-. Me gustaría conocerte mejor.

Josabet lo miró con curiosidad, sus ojos oscuros brillando con intriga.

-¿Y cómo planeas hacerlo? -preguntó, con una sonrisa juguetona.

Mateo se acercó y le dio un beso suave en los labios, un roce fugaz que dejó a Josabet con ganas de más. El sabor de sus labios, dulce y salado a la vez, la hizo cerrar los ojos por un instante.

-Empezando por una cena -susurró, su aliento rozando su piel, enviando un escalofrío por su espalda-. ¿Qué te parece si cenamos en el restaurante del hotel?

Josabet dudó por un instante, sintiendo la tentación de ceder a sus deseos. La mirada de Mateo, llena de calidez y deseo, la convenció de que no podía resistirse.

-Dejémoslo en manos del destino -respondió, con una sonrisa enigmática, sintiendo que el juego de seducción entre ellos se intensificaba.

Mateo sonrió, josabet no le estaba dejando las cosas fáciles, aun así, sentia que toda ella valía la pena. Cada esfuerzo por lograr algo de ella, le gustaba.

La noche en Río de Janeiro vibraba con la promesa de encuentros furtivos y deseos inconfesables. El aire era una mezcla embriagadora de sal, música y perfume. Desde la terraza del hotel Copacabana Palace, la vista del océano se extendía en una inmensidad oscura, reflejando la luna en su superficie ondulante.

Mateo se encontraba en el bar del hotel, removiendo el whisky en su vaso con la mirada perdida. Cada conversación con josabet era un juego que lo mantenía al borde de la rendición. Cada gesto, cada palabra de ella, tenía una intensidad que lo sacudía de una forma que no lograba comprender del todo.

Su mirada la buscaba con desespero, deseando más que nunca que el destino jugará a su favor. No estaba preparado para no verla más.

-¿Y bien? -La voz de Adrián, su amigo y socio, lo sacó de sus pensamientos.

Mateo levantó la vista y encontró la expresión divertida de Adrián al otro lado de la mesa. Llevaba una copa de vino en la mano y lo observaba con curiosidad.

-¿Y bien qué? -Mateo arqueó una ceja, fingiendo indiferencia.

-No me engañes, te conozco demasiado bien -Adrián sonrió, inclinándose ligeramente hacia él-. Desde que viste a esa mujer, has estado diferente. Y tengo el presentimiento de que cierta mujer rubia tiene algo que ver con eso.

Mateo soltó una risa baja, tomando un sorbo de su whisky.

-Josabet... -murmuró su nombre como si fuera un hechizo, un enigma que aún no lograba descifrar.

Adrián apoyó el codo sobre la mesa y lo miró con expectativa.

-Así que tiene nombre. Cuéntame.

Mateo suspiró, pasando una mano por su cabello. Se sentía extraño, como si al hablar de ella estuviera entregando una parte de sí mismo que prefería mantener resguardada.

-No sé qué es, Adrián. He conocido a muchas mujeres, mujeres hermosas, inteligentes, interesantes... pero Josabet... -Se quedó en silencio unos segundos, buscando las palabras adecuadas-. Ella tiene algo que me desarma.

Adrián alzó una ceja, divertido.

-¿Mateo Lester, desarmado por una mujer? Esto sí es interesante.

Mateo rió entre dientes, pero la intensidad en su mirada no desapareció.

-No me malinterpretes. No es solo atracción. Sí, es hermosa. Sí, me enciende como pocas lo han hecho. Pero hay algo más. Hay algo en la forma en que me mira, en cómo desafía cada palabra que digo, en cómo parece no estar impresionada por nada.

Adrián lo observó con atención, sopesando sus palabras.

-Tal vez porque ella no es como las demás o no sabe quién eres.

-Exacto -Mateo asintió, su mirada volviendo a perderse en la distancia-. No es una mujer que se deje conquistar fácilmente. No es de las que caen con una cena lujosa o un cumplido bien dicho. Es como si me viera más allá de todo eso.

Adrián tomó un sorbo de su vino, estudiando a su amigo con una mezcla de diversión y curiosidad.

-¿Y qué piensas hacer al respecto?

Mateo soltó un suspiro y dejó su vaso sobre la mesa.

-No lo sé. Lo único que tengo claro es que quiero saber más de ella. No es solo deseo. Es... curiosidad. Una necesidad absurda de entender qué es lo que me tiene tan jodidamente atrapado.

Adrián sonrió de lado.

-Eso, mi amigo, se llama peligro.

Mateo rió suavemente.

-Tal vez. Pero es un peligro que quiero correr.

El bar estaba lleno, el aire saturado de humo de cigarrillo y el aroma a licores exóticos. El bullicio de las conversaciones, el tintineo de las copas, el ritmo vibrante de la música latina... todo se mezclaba en un zumbido constante. Pero para Mateo, el bullicio era un ruido lejano, una cortina de fondo que no lograba penetrar su concentración. Solo podía pensar en ella. En Josabet. En su risa, una melodía contagiosa que resonaba en sus oídos. En la manera en que sus ojos brillaban con picardía cuando desafiaba sus palabras, un destello de inteligencia y sensualidad que lo cautivaba. En la electricidad que flotaba entre ellos cada vez que estaban cerca, una chispa que amenazaba con encender un fuego incontrolable.

Adrián lo miró con una expresión que mezclaba sorpresa y diversión, sus ojos escrutando a su amigo con curiosidad.

-Nunca pensé verte así, Lester -comentó Adrián, con una sonrisa burlona-. Siempre has sido el hombre que lo tiene todo bajo control, el maestro de la precisión y la estrategia. Y ahora estás aquí, con la cabeza hecha un lío por una mujer.

Mateo pasó la lengua por sus labios, saboreando los restos de whisky, el sabor amargo y ahumado acariciando su paladar. Sintió el calor del alcohol recorrer su garganta, quemando con una sensación placentera.

-¿Sabes qué es lo peor? -preguntó Mateo, con una sonrisa irónica.

-Sorpréndeme -respondió Adrián, con una ceja levantada.

-Que me gusta sentirme así -admitió Mateo, con una sinceridad que sorprendió incluso a sí mismo.

Adrián soltó una carcajada, negando con la cabeza, su mirada llena de incredulidad.

-Hermano, estás perdido -dijo Adrián, con un tono entre divertido y preocupado.

Mateo sonrió, una sonrisa que reflejaba la confusión y la emoción que lo embargaban. En el fondo, supo que Adrián tenía razón. Porque esa noche, mientras el whisky quemaba en su garganta y la brisa nocturna acariciaba su piel, se dio cuenta de que Josabet no era solo una distracción pasajera, un juego de seducción más en su vida. Era el principio de algo que no estaba seguro de cómo terminaría, un camino desconocido que lo atraía con una fuerza irresistible. Sintió un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y excitación ante la incertidumbre del futuro. Pero también sintió una sensación de libertad, como si se hubiera liberado de las cadenas que lo ataban a su vida ordenada y predecible.

            
            

COPYRIGHT(©) 2022