Caminó por la playa de Copacabana, sintiendo la arena cálida bajo sus pies descalzos, el sonido de las olas rompiendo en la orilla como un mantra relajante. Se perdió entre los puestos de artesanía, admirando los colores vivos y las formas intrincadas de los objetos. Visitó el Cristo Redentor, sintiendo la inmensidad de la ciudad a sus pies, la sensación de libertad que la embriagaba.
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por distraerse, la imagen de Mateo persistía en su mente, su sonrisa pícara, sus ojos oscuros llenos de misterio. Cada rincón de la ciudad parecía recordarle su presencia, como si Río de Janeiro estuviera impregnado de su esencia.
Cuando el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas, Josabet regresó al hotel. Se sentía agotada, pero también aliviada. Había logrado pasar el día sin cruzarse con Mateo, aunque la sensación de su mirada siguiéndola a distancia no la abandonó.
Siendo ya hora de disfrutar de la noche, decidió lucir uno de los vestidos que había comprado, un diseño elegante y sensual que resaltaba sus curvas. Se maquilló con cuidado, realzando la belleza natural de su rostro. Se miró en el espejo, sintiéndose segura y radiante.
Salió de su habitación, dispuesta a disfrutar de su última noche en Río de Janeiro. Caminó por los pasillos del hotel, sintiendo la mirada de admiración de algunos huéspedes. Llegó al bar, un lugar elegante y sofisticado, con música suave y luces tenues. Se sentó en la barra, pidiendo un cóctel exótico.
Mientras disfrutaba de su bebida, observó a las personas a su alrededor, parejas bailando al ritmo de la música, grupos de amigos riendo y conversando. Se sintió sola, pero también independiente. Había aprendido a disfrutar de su propia compañía, a encontrar la felicidad en los pequeños placeres de la vida.
De repente, sintió una mirada intensa sobre ella. Se giró lentamente, encontrándose con los ojos oscuros de Mateo, que la observaban desde una mesa cercana. Su corazón dio un vuelco, sintiendo una mezcla de sorpresa y emoción.
Mateo se acercó sin perder tiempo, su mirada fija en Josabet, como si temiera que ella pudiera desvanecerse en el aire. No la dejaría escapar por nada del mundo, la atracción entre ellos era demasiado intensa para ignorarla.
-Si sigues huyendo así, voy a pensar que tienes miedo de lo que pueda pasar entre nosotros -dijo Mateo, acercándose con su whisky en mano, el aroma a malta llenando el aire.
Ella lo miró sin inmutarse, aunque su pulso se aceleró ante la cercanía de su cuerpo, sintiendo la calidez de su aliento en su piel. El vestido que llevaba, un diseño de seda que se ajustaba a sus curvas, se sentía como una segunda piel, dándole una confianza renovada.
-Yo no huyo, Mateo. Solo administro bien mi tiempo -respondió Josabet, su voz un murmullo suave pero firme.
-Entonces dime cuándo te viene bien para que cene contigo esta noche -insistió Mateo, su mirada penetrante.
Josabet rió suavemente, un sonido melodioso que resonó en el ambiente.
-Qué seguro estás de que diré que sí -comentó, con una sonrisa juguetona.
-No suelo hacer invitaciones sin una respuesta asegurada -replicó Mateo, con una sonrisa pícara, sus ojos brillando con seguridad.
Ella lo observó un instante, evaluando sus intenciones, sintiendo la tensión entre ellos crecer. La música suave del bar se mezclaba con el murmullo de las conversaciones, creando una atmósfera íntima y seductora. Contra toda lógica, se escuchó a sí misma respondiendo:
-Me cambio y vamos.
Mateo sonrió, satisfecho, como si hubiera ganado una apuesta. La seguridad en su mirada hizo que Josabet se preguntara si había tomado la decisión correcta, pero la emoción que sentía la impulsaba a seguir adelante.
La cena
El restaurante elegido por Mateo era una joya escondida en el corazón de Río, un oasis de elegancia y sofisticación con vistas panorámicas al mar. La suave brisa marina se filtraba por las ventanas abiertas, llevando consigo el aroma a sal y a flores exóticas. La iluminación tenue, creada por velas y lámparas de diseño, realzaba la intimidad del lugar, creando un ambiente mágico y seductor. Josabet llegó de inmediato, envuelta en un vestido rojo de seda que delineaba cada curva de su cuerpo, un diseño que irradiaba sensualidad y confianza. El color carmesí contrastaba con su piel dorada, haciéndola brillar con una luz propia.
Cuando Mateo la vio, sintió un golpe en el pecho, una punzada de admiración y deseo que lo dejó sin aliento. Se puso de pie para recibirla, acercándose con gracia y besando su mano con suavidad, un gesto caballeroso que hizo que Josabet sintiera un escalofrío recorrer su espalda.
-Estás deslumbrante -susurró Mateo, su voz ronca y seductora.
-¿Siempre eres tan encantador o solo cuando quieres algo? -preguntó Josabet, con una sonrisa juguetona, sus ojos brillando con picardía.
Mateo sonrió, una sonrisa que revelaba la sinceridad de sus palabras.
-Esta noche, solo quiero disfrutar de tu compañía -respondió, su mirada fija en ella, transmitiendo una calidez que hizo que Josabet se sintiera especial.
La cena transcurrió entre copas de vino tinto, el sabor intenso y afrutado acariciando sus paladares, y conversaciones que oscilaban entre lo ligero y lo profundamente personal. Mateo le contó solo un poco de su vida, de los negocios que dirigía con precisión milimétrica, de la pasión que sentía por su trabajo. Josabet habló de sus viajes a muchos lugares, de su amor por la fotografía, de la libertad que encontraba en no atarse a ningún lugar, de la emoción que sentía al descubrir nuevos mundos.
Pero en cada palabra, en cada pausa cargada de tensión, había un subtexto más fuerte, un lenguaje de deseo y misterio que los envolvía en una atmósfera de seducción. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla, la música suave del restaurante, el murmullo de las conversaciones a su alrededor, todo se fusionaba en una sinfonía sensual que intensificaba la conexión entre ellos.
Cuando el postre llegó, un delicado soufflé de chocolate con frambuesas frescas, Josabet sintió el calor del vino y de la presencia de Mateo recorriendo su piel, como una corriente eléctrica que la hacía vibrar.
-No dejas de mirarme -susurró ella, jugueteando con la copa entre sus dedos, sus ojos fijos en los de él.
-Me gusta lo que veo -admitió él sin reservas, su mirada recorriendo cada centímetro de su rostro, deteniéndose en sus labios carnosos.
Josabet sintió un escalofrío recorrer su espalda, una mezcla de emoción y nerviosismo que la hizo estremecer. La tensión entre ellos se intensificó, como un hilo tensado al máximo, a punto de romperse.
-Mateo... -susurró Josabet, su voz apenas audible, sintiendo la tensión entre ellos crecer a cada segundo.
Pero él ya había acortado la distancia, su mano rozando la suya sobre la mesa, un contacto que envió un escalofrío por su espalda. Sus dedos se entrelazaron, un gesto íntimo que selló el pacto entre ellos.
-Dime que no quieres esto -dijo en voz baja, su aliento rozando su piel, sus ojos oscuros fijos en los de ella-. Dímelo, y me iré ahora mismo.
Josabet tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Su razón le decía que esto era un error, que debía alejarse, que estaba jugando con fuego. Pero su cuerpo tenía otras ideas, una necesidad irrefrenable de sentirlo cerca, de entregarse a la pasión que ardía entre ellos.
-No te lo diré -susurró, su voz temblando ligeramente, pero llena de convicción.
Mateo no necesitó más. Se inclinó y la besó. Un roce suave al inicio, como si estuviera probando su sabor, como si quisiera asegurarse de que ella estaba dispuesta. Pero cuando ella respondió, cuando sus labios se abrieron bajo los de él, el beso se convirtió en algo más urgente, más profundo, una explosión de deseo que los consumió por completo.
El sabor del vino tinto se mezcló con el de sus labios, creando una sensación embriagadora. El aroma a chocolate y frambuesas del postre se intensificó, creando una atmósfera aún más seductora. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla, la música suave del restaurante, todo se desvaneció, dejando solo el sonido de sus respiraciones agitadas.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente, sus ojos brillando con pasión. Josabet sintió un torbellino de emociones en su interior, una mezcla de deseo, nerviosismo y excitación.
-Vámonos de aquí -murmuró Mateo contra su piel, su voz ronca y seductora.
Josabet asintió sin una palabra, sintiendo que no podía resistirse a la intensidad de sus sentimientos. Se levantó de la silla, sintiendo la mirada de Mateo siguiéndola, y caminó hacia la salida del restaurante, con la certeza de que estaba a punto de vivir una noche inolvidable.
El hotel
La suite era un espacio de lujo y sombras doradas, un refugio de intimidad donde el tiempo parecía detenerse. El suave murmullo del mar, filtrándose por las ventanas abiertas, creaba una atmósfera relajante y sensual. Apenas la puerta se cerró tras ellos, Mateo la empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y la madera, sus ojos oscuros brillando con deseo.
-Dime que aún puedo detenerme -susurró contra sus labios, su aliento cálido rozando su piel, enviando un escalofrío por su espalda.
Josabet enredó los dedos en su cabello, tirando de él con suavidad, sintiendo la textura sedosa entre sus dedos. La necesidad de sentirlo cerca, de entregarse a la pasión que ardía entre ellos, era demasiado intensa para resistirse. Sus bocas se encontraron de nuevo en un beso desesperado, un intercambio de deseo y necesidad que los dejó sin aliento.
No hubo más palabras, solo caricias que exploraban cada centímetro de su piel, piel contra piel, susurros entrecortados que se mezclaban con el sonido del mar tras la ventana. El aroma a su perfume, una fragancia exótica y seductora, llenaba el aire, intensificando la atmósfera de sensualidad.
Mateo la llevó hasta la cama con una reverencia silenciosa, como si supiera que esa noche sería un punto de no retorno, un momento decisivo en su historia. La suavidad de las sábanas de seda contra su piel, la penumbra que envolvía la habitación, todo contribuía a crear un ambiente íntimo y mágico.
Y cuando sus cuerpos se encontraron en la penumbra, cuando sus nombres escaparon en jadeos suaves, ambos entendieron que, por más que intentaran negarlo, eso ya no era solo un juego. Era algo más. Algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar, una conexión profunda y misteriosa que los había atrapado en su red.
El silencio que siguió fue cargado de emociones no expresadas, de preguntas sin respuesta. Josabet se acurrucó en los brazos de Mateo, sintiendo la calidez de su cuerpo junto al suyo, y cerró los ojos, intentando descifrar el significado de lo que acababa de suceder. La brisa marina, filtrándose por la ventana, acarició sus rostros, llevándose consigo los secretos de la noche.