A sus 47 años, Mateo había construido un imperio. Como CEO de Lester Airlines, una de las corporaciones más influyentes en el sector aeronáutico y de inversiones, su agenda estaba repleta de reuniones, adquisiciones y estrategias de expansión. No había espacio para la improvisación en su vida, todo estaba calculado, cada paso meticulosamente planeado para asegurar el éxito y la estabilidad de su empresa.
Pero detrás del hombre de negocios implacable había un ser humano con un núcleo más suave y vulnerable. Pese a su imagen de magnate frío y calculador, su mundo giraba en torno a dos personas: su abuela, Doña Elena Lester, y su hermana menor, Victoria. Doña Elena había sido su pilar desde que sus padres fallecieron en un trágico accidente cuando él era apenas un niño. Fuerte, elegante y con una sabiduría que solo los años podían otorgar, ella había sido su guía en la vida, inculcándole valores de disciplina y lealtad, al mismo tiempo que le enseñó la importancia de la familia.
Por otro lado, Victoria era su debilidad. Quince años menor que él, su hermana representaba la parte más pura y genuina de su existencia. Con un espíritu libre y un carácter bondadoso, Victoria era el contraste perfecto con su hermano mayor. A diferencia de Mateo, ella prefería ver lo mejor en las personas y soñaba con un mundo más simple, sin la constante lucha por el poder y el reconocimiento. Mateo la protegía ferozmente, asegurándose de que nada ni nadie pudiera hacerle daño.
Aquel día, mientras observaba la ciudad de Nueva York desde su oficina en el último piso del edificio Lester, reflexionaba sobre la última adquisición de su empresa. Los negocios iban bien, como siempre, pero una sensación de vacío lo invadía. Era el rey de un imperio, pero ¿a qué costo? No tenía esposa, ni hijos, y su vida personal era poco más que una serie de relaciones superficiales que nunca llegaban a nada serio.
El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos, interrumpiendo el flujo de ideas que lo mantenía absorto. Adrián, su amigo de toda la vida y socio en algunos de sus negocios, entró con una sonrisa en el rostro, una expresión que denotaba complicidad y familiaridad.
-Mateo, viejo amigo, ¿sigues contemplando la ciudad? -preguntó Adrián, acercándose a la ventana panorámica que dominaba el horizonte de Nueva York.
-Solo pensaba en algunas cosas -respondió Mateo, sin apartar la vista del paisaje urbano, sus ojos recorriendo los rascacielos como si buscaran respuestas en su inmensidad.
-¿Negocios? -preguntó Adrián, aunque ya conocía la respuesta, sabiendo que la vida de Mateo giraba en torno a su imperio empresarial.
-Siempre negocios -respondió Mateo, con un suspiro, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
Adrián se apoyó en el marco de la ventana, observando la ciudad con una mirada pensativa, como si buscara las palabras adecuadas para romper el silencio.
-Sabes, Mateo, creo que deberías viajar más seguido a Brasil -comentó Adrián, con un tono casual, como si soltara una idea al azar.
Mateo frunció el ceño, intrigado por el comentario de su amigo, sintiendo una punzada de curiosidad.
-¿Brasil? ¿Por qué? -preguntó Mateo, con un tono escéptico.
Adrián sonrió, con un brillo travieso en los ojos, como si estuviera a punto de revelar un secreto largamente guardado.
-Vamos, Mateo, no te hagas el desentendido -dijo Adrián, con un tono juguetón-. Sabes perfectamente a qué me refiero.
Mateo suspiró, sabiendo que no podía ocultarle nada a su amigo, que Adrián lo conocía mejor que nadie.
-Josabet -murmuró Mateo, como si pronunciar su nombre fuera un acto prohibido, un recuerdo que lo atormentaba.
-Exacto -dijo Adrián, asintiendo con la cabeza, con un tono de complicidad-. Esa mujer te marcó, Mateo. Lo sé y tú lo sabes. Me dijiste que no he cuidaste esa noche ¿Y si ella tampoco lo hizo? Pueda que seas padre y no lo sepas.
Mateo se giró hacia su amigo, con una mirada interrogante, buscando respuestas en sus ojos.
-Han pasado cinco años, Adrián -dijo Mateo, con un tono de incredulidad.
-¿Y qué? -replicó Adrián, encogiéndose de hombros, con un tono despreocupado-. El tiempo no borra ciertas cosas, Mateo. Y tú no has podido olvidarla.
Mateo guardó silencio, recordando los días que pasó con Josabet en Río de Janeiro. La imagen de su sonrisa, el sonido de su risa, la sensación de su piel bajo sus dedos... todo seguía tan vivo en su memoria como si hubiera ocurrido ayer, como un recuerdo imborrable que lo perseguía.
-No sé si quiero volver a verla -dijo Mateo, con un tono de duda.
-¿Miedo? -preguntó Adrián, con una sonrisa burlona.
-No -respondió Mateo, con firmeza-. Solo... no sé qué encontraré.
-Eso es lo que tienes que averiguar, Mateo -dijo Adrián, con un tono serio-. No puedes seguir viviendo así, atrapado en tu propia perfección. Tienes que arriesgarte, tienes que vivir. Ya ninguna mujer logrará lo que ella logró en un par de días.
Mateo asintió, sintiendo que las palabras de su amigo resonaban en su interior. Quizás era hora de dejar de lado el miedo y la incertidumbre, y de buscar aquello que realmente importaba.
Josabet Álvarez, caminaba con paso firme por el aeropuerto, rodando su pequeña maleta de mano con la misma destreza con la que enfrentaba la vida. A sus 30 años, su esbelta figura y elegancia natural destacaban entre la multitud. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos delicados y expresivos ojos color miel que reflejaban determinación y dulzura a partes iguales.
Trabajar como aeromoza había sido un sueño desde su adolescencia, una fantasía que la transportaba a mundos lejanos y culturas exóticas. Volar, conocer el mundo y ofrecer a su hijo una vida mejor eran sus principales motivaciones, los pilares que sostenían su esperanza. Sin embargo, la realidad distaba de ser glamorosa, como un espejismo que se desvanecía al tocarlo. Los turnos agotadores, los constantes cambios de horario, el jet lag que la desorientaba y la distancia con su pequeño le pesaban en el alma, como una carga invisible que la doblegaba. Aun así, nunca permitía que el cansancio opacara su cálida sonrisa, esa luz que irradiaba bondad, ni la amabilidad con la que trataba a cada pasajero, un gesto de humanidad en medio de la rutina.
-Mami, ¿vas a volar otra vez? -preguntó la vocecita de Samuel, su hijo de cuatro años, esa mañana antes de que ella saliera de casa, su voz un eco de inocencia que resonaba en el silencio del apartamento.
Josabet se agachó a su altura, sintiendo la suavidad de la alfombra bajo sus rodillas, y acarició su cabello oscuro y sedoso, tan parecido al de su padre, un recuerdo que la hacía suspirar.
-Sí, mi amor. Pero estaré de vuelta pronto. Prometo llamarte en cuanto aterrice, te lo juro por el cielo -dijo Josabet, con una sonrisa que intentaba ocultar la tristeza que la embargaba.
Samuel asintió, aunque en su mirada se asomaba un destello de tristeza, como un reflejo de la soledad que sentía. A Josabet se le encogió el corazón, un nudo en la garganta que le impedía hablar, pero no podía permitirse flaquear, no frente a su hijo. Se obligó a sonreír, sintiendo las lágrimas picar en sus ojos, mientras le daba un beso en la frente, un gesto de amor que intentaba transmitirle todo lo que no podía decir.
-Te amo hasta la luna, Sammy -susurró Josabet, sintiendo el aroma a bebé de su hijo, un perfume que la reconfortaba.
-Y yo hasta las estrellas, mami -respondió Samuel, abrazándola con fuerza, sintiendo la calidez de su cuerpo junto al suyo.
Josabet se levantó, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Tomó su maleta, sintiendo el frío del metal en su mano, y salió del apartamento, dejando atrás a su hijo, su corazón dividido entre el deber y el amor. El sonido de la puerta cerrándose resonó en el silencio del pasillo, un eco de la soledad que la acompañaría durante todo el día.
Dejándolo bajo el cuidado de Clara, su mejor amiga y quien se encargaba del hogar cuando ella estaba fuera, josabet se dirigió al aeropuerto con la mente dividida entre el trabajo y la añoranza por su hijo. Clara, una mujer de carácter jovial y protector, la despidió con un abrazo y un guiño alentador.
-Ve tranquila, aquí todo estará bien. Samuel y yo tenemos planes de películas y palomitas esta noche.
-Gracias, Clara. No sé qué haría sin ti -susurró josabet con gratitud sincera-. Les juro que buscaré otra oportunidad de trabajo y estaré más cerca de mi bebé.
Josabet se había prometido buscar una oportunidad donde pudiera estar cerca de su bebé, sin dejar a un lado si sueño de seguir volando.
A bordo del avión, su actitud profesional tomaba el mando. Se deslizaba por los pasillos con naturalidad, ajustando el equipaje, atendiendo a los pasajeros con una sonrisa que ocultaba cualquier cansancio o preocupación. La voz del capitán anunciaba el despegue y, mientras el avión ascendía, josabet sentía esa familiar mezcla de emoción y melancolía.
Su vida estaba en el aire, pero su corazón siempre permanecía en tierra, con su pequeño Samuel. Y aunque los años pasarán, en su mente seguía estando ese hombre que le dio la mejor noche y el mejor regalo de su vida.
No dejaba de preguntarse si algún día, lo volvería a ver y cuan dispuesta estaba de confesarle toda la verdad.