Capítulo 2 Sombras del pasado

La luz de la luna se filtraba a través de los ventanales de la inmensa habitación, proyectando sombras alargadas sobre los muebles de diseño minimalista. Luna Moretti parpadeó, sacudida por los vestigios del sueño que la había atrapado en aquel recuerdo doloroso. Se sentó en la orilla de su enorme cama con dosel, sus dedos acariciando la fina seda de las sábanas mientras intentaba calmar su respiración acelerada. Diez años habían pasado, pero el dolor seguía siendo igual de punzante.

Un leve toque en la puerta la hizo alzar la mirada.

-Señorita Luna, su tío acaba de llegar. Quiere verla.

La voz de la ama de llaves sonó con respeto, pero también con cierta urgencia. Luna cerró los ojos por un instante, dejando escapar un suspiro.

-Dile que ya bajo.

La mujer asintió y se retiró. Luna se puso de pie, deslizándose hasta el lujoso baño adyacente a su habitación. El enorme espejo reflejó su rostro: piel pálida, ojeras sutiles, ojos verdes claros llenos de una determinación inquebrantable. Sus dedos recorrieron su cabello dorado antes de recogérselo en un moño desordenado. Se lavó la cara con agua fría y luego eligió un vestido negro sencillo pero elegante, acompañado de tacones bajos. No haría esperar a su tío.

Cuando salió de su habitación, sus pasos resonaron en los pasillos impecables de la mansión Moretti. La arquitectura era una combinación perfecta entre clásico y moderno: techos altos con lámparas de cristal, paredes decoradas con pinturas renacentistas y enormes ventanales que daban al extenso jardín. Una alfombra de terciopelo rojo recorría la escalera principal, guiándola hasta la majestuosa sala de estar.

Ahí, sentado en uno de los sofás de cuero, estaba su tío, Marco Moretti. Un hombre de unos cincuenta años, de complexión fuerte y mirada seria. Su cabello, aunque ya mostraba algunas canas, conservaba el porte distinguido de la familia Moretti. Al verla, una sonrisa cálida suavizó su rostro.

-Hija-murmuró, poniéndose de pie.

Luna avanzó con determinación y lo abrazó. Era el único familiar que le quedaba.

-Tío, ¿qué tal estuvo el viaje?

-Algo cansado, hija, pero feliz de estar aquí contigo. Y, por supuesto, de revisar los negocios.

Ambos se sentaron mientras una de las sirvientas les servía café en finas tazas de porcelana. Luna tomó un sorbo, disfrutando el aroma robusto que la despertó por completo.

-Todo ha ido muy bien, tío. Hoy tengo una reunión importante con unos socios.

Marco asintió, pero su expresión se ensombreció.

-Hoy se cumplen diez años desde el accidente.

Luna dejó la taza sobre la mesa de cristal. Su mirada se fijó en un punto invisible del suelo.

-Así es, tío. Y no sabes cuánto me duele. Cada mañana me levanto pensando en ese animal devorando a mi padre.

Marco cerró los ojos, sintiendo el mismo dolor que ella. La tragedia no solo le había arrebatado a su hermano, sino también la inocencia de Luna.

-Cada vez que puedo, voy a ese bosque-continuó ella con voz firme-, pero no encuentro nada. Es como si la tierra se los hubiera tragado.

Su tío la observó en silencio. Sabía que Luna nunca había dejado atrás esa obsesión. La venganza ardía en su corazón como un fuego imposible de extinguir.

-No quiero que esa búsqueda te destruya, hija.

Luna levantó la mirada, determinada.

-No voy a detenerme hasta encontrarlo, tío. Algún día, lo haré pagar por lo que hizo.

Marco suspiró y apoyó una mano en la de ella.

-Solo ten cuidado, Luna. Hay secretos en este mundo que es mejor no desenterrar.

Pero Luna ya había tomado su decisión. Lo que ella no sabía era que su enemigo la acechaba desde las sombras, esperando el momento perfecto para hacer su movimiento.

Su tío la miró con una mezcla de preocupación y admiración.

-Luna, traje a un invitado. No debe tardar en llegar. Es un muchacho que también quiere invertir en tu empresa.

Luna asintió con profesionalismo.

-Está bien, tío. No te preocupes. Analizaremos todo en la empresa.

Justo en ese momento, el sonido del timbre resonó en la mansión. La sirvienta se dirigió a la puerta y la abrió con cortesía, permitiendo el paso a un hombre alto, de cabello castaño bien peinado y una expresión segura en su rostro.

-Buenos días -saludó el recién llegado con voz firme y educada.

-Buenos días, Emiliano. -Te presento a mi sobrina, Luna -dijo el tío con amabilidad.

Luna se levantó y extendió la mano con elegancia.

-Buenos días, señor Emiliano.

El hombre tomó su mano con un apretón firme pero respetuoso.

-Es un placer, señorita Moretti.

-Tome asiento. -¿Le gustaría una taza de café? -ofreció ella con cortesía.

-Sí, claro. Gracias -respondió Emiliano, acomodándose en el sofá de cuero oscuro.

Luna observó al hombre con atención. Sabía que cada alianza en los negocios debía analizarse con cautela, y aunque su tío confiaba en él, ella necesitaba asegurarse de que fuera alguien digno de su confianza.

-Entonces, Emiliano -dijo con tono profesional-, hablemos de negocios.

El ambiente en la mansión se tornó más serio. Luna estaba a punto de conocer a alguien que podría cambiar el rumbo de su empresa... y quizá mucho más que eso.

El hombre sonrió, mostrando un aire de seguridad.

-Antes de hablar de números, quiero decirle algo, señorita Moretti -dijo, mirándola con intensidad-. Veo por qué su tío habla tan bien de usted. Es una mujer que no anda con rodeos, y eso me gusta mucho.

Luna mantuvo su expresión serena, pero una sonrisa ligera curvó sus labios.

-Gracias. En el mundo de los negocios, el tiempo es oro, y prefiero ir al grano.

-Exactamente -asintió Emiliano-. Es por eso que estoy interesado en invertir en su empresa. Creo que con una buena alianza podríamos expandir aún más el mercado. Su empresa tiene un potencial enorme, y con mis contactos podríamos abrir nuevas oportunidades en el extranjero.

Luna asintió, analizando sus palabras. No podía negar que Emiliano tenía presencia y confianza en sí mismo. Además, su propuesta sonaba interesante.

-Me gustaría conocer más detalles de su propuesta -respondió ella con profesionalismo-. ¿Le parece si discutimos esto en la empresa?

-Por supuesto. Estaré encantado de acompañarla -dijo Emiliano, poniéndose de pie.

Luna tomó su bolso y caminó junto a él hacia la salida de la mansión. Mientras descendían los escalones, Emiliano la observó de reojo. Había algo en ella que lo intrigaba: su elegancia natural, su firmeza al hablar y aquella intensidad en sus ojos verdes que parecían ocultar un misterio.

Al subir al automóvil negro que los esperaba, Emiliano no pudo evitar preguntarse qué tan profundo podría llegar a conocer a Luna Moretti. Y si acaso, en ese proceso, él mismo terminaría atrapado en su mundo.

            
            

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