Capítulo 5 El reconocimiento

Damián se acomodó en la lujosa sala de juntas, con sus dedos tamborileando suavemente sobre la mesa de caoba. A pesar de su aparente tranquilidad, su instinto animal lo mantenía en alerta. Había algo en el aire, un aroma que despertaba algo profundo en su ser. Su ceño se frunció y sus mandíbulas se tensaron.

Sebastián, sentado a su lado, lo observó con una sonrisa ladina.

-Parece que estás más nervioso de lo normal, amigo.

Damián giró el rostro con frialdad.

-No son nervios. Es algo más. No me gusta lo que siento.

Antes de que Sebastián pudiera responder, la puerta de la sala de juntas se abrió y entró una mujer. Carmen, la eficiente secretaria, los recibió con una sonrisa profesional.

-Buenos días, señores. La señorita Moretti los recibirá en breve. Mientras tanto, les traeré café.

Damián asintió con un leve movimiento de cabeza y Carmen desapareció tras la puerta. Su inquietud aumentaba con cada segundo que pasaba. Miró hacia la ventana de la sala, donde la ciudad se extendía bajo un cielo nublado. Su reloj de lujo brilló bajo la luz artificial mientras revisaba la hora, impaciente.

En ese momento, al otro lado de la oficina, Luna terminaba su conversación con Emiliano.

-Te dejo, Altamira. Debo atender esta reunión.

Emiliano le dedicó una sonrisa encantadora.

-No te preocupes, iré a ver a tu tío. Nos vemos luego.

Luna asintió y se levantó de su asiento. Inspiró profundamente, acomodó su vestido negro ajustado y exhaló antes de encaminarse hacia la sala de juntas. Cuando llegó frente a la puerta, se detuvo por un instante. Sentía un extraño cosquilleo recorriendo su piel, pero lo ignoró.

Al abrir la puerta, una corriente de aire pareciera haber barrido la habitación. El sonido de sus tacones resonó contra el suelo de mármol mientras caminaba con paso seguro.

Damián levantó la mirada, y en cuanto sus ojos azules se encontraron con los de Luna, sintió que el tiempo se detenía. Su cuerpo se puso en tensión al reconocer aquel rostro.

Era ella.

La niña de hace diez años.

Pero ya no era una niña. Era una mujer imponente, de porte elegante y presencia firme. Su cabello rubio caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos verde claros estaban cargados de determinación. Luna también se sintió desconcertada. Sus ojos vagaron por el rostro de Damián, sus facciones cinceladas, su mirada intensa... y de pronto, un escalofrío recorrió su espalda.

Esos ojos...

Eran los mismos de aquel lobo.

El lobo que había presenciado la muerte de su padre. El mismo que ella había herido.

Por un instante, el aire se volvió denso entre ellos. Luna tragó saliva y, con gran esfuerzo, ocultó su sorpresa. Extendiendo la mano con firmeza, dijo con voz serena:

-Mucho gusto, señor Damián Blackwood.

Damián tardó un segundo en reaccionar. Sus ojos se posaron en su mano extendida. Recordó la cicatriz en su propia piel, una marca dejada por ella hace años. Finalmente, tomó su mano.

-El gusto es mío, señorita Luna Moretti.

Luna sintió un estremecimiento en cuanto el contacto se hizo. Su piel era cálida, sujeta con firmeza, pero al mismo tiempo, era como si una descarga eléctrica recorriera su brazo. Tragó saliva y apartó la mano rápidamente.

En ese momento, el sonido de la puerta cerrándose tras ella la sobresaltó. Parpadeó y se obligó a calmarse.

"No puede ser. No puede ser el mismo. "Es un humano...", se dijo a sí misma.

-Por favor, tome asiento -dijo Luna, con un tono más controlado.

Damián se sentó lentamente, sin apartar la mirada de ella. Luna sintió que su corazón latía con fuerza en su pecho. Sabía que algo en él le resultaba inquietante, pero no podía perder la compostura.

-Disculpen, iré al baño un momento -dijo repentinamente, sin esperar respuesta.

Caminó rápidamente hacia la puerta lateral y entró en el baño privado de la sala de juntas. Cerró la puerta tras de sí y apoyó las manos sobre el lavabo de mármol. Su respiración estaba acelerada.

Se miró al espejo y, por un instante, se vio a sí misma diez años atrás: su versión infantil, aterrada, sosteniendo un arma improvisada mientras un lobo con ojos azules la observaba en el bosque.

Sacudió la cabeza.

"Debo estar loca. No puede ser él. Es un empresario. Es solo un hombre..."

Pero algo en su interior le decía que estaba equivocada. Y ese presentimiento solo logró inquietarla más.

                         

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