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Ya No Era La Novia Abandonada
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Capítulo 1

El evento "Aura de Moda" era el más importante del año en la Ciudad de México, y el aire vibraba con música, conversaciones y el flash de las cámaras.

Yo, Elena, estaba en el centro de todo, pero no como una invitada más.

Mi marca, "Renacer", era una de las patrocinadoras principales. Mis diseños, que colgaban en maniquíes iluminados, eran el tema de conversación de muchos.

Cinco años.

Habían pasado cinco años desde que mi mundo se había hecho pedazos en el escalón de una iglesia.

De repente, un murmullo se extendió por el salón, y vi a la pareja que había causado mi ruina entrar por la puerta principal.

Ricardo Vargas y Sofía.

Él llevaba un traje caro que no lograba ocultar la desesperación en sus ojos, su empresa textil, antes próspera, ahora se ahogaba en deudas.

Sofía, mi antigua asistente, se aferraba a su brazo, luciendo un vestido llamativo que intentaba gritar "lujo", pero solo susurraba "desesperación".

El destino tenía un retorcido sentido del humor.

Me di la vuelta, intentando concentrarme en una conversación con un posible distribuidor, pero sentí su presencia acercándose como una nube de tormenta.

"Vaya, vaya, pero si es Elena", dijo Ricardo con una voz fuerte, diseñada para atraer la atención.

Me giré lentamente, manteniendo una expresión tranquila en mi rostro.

"Ricardo. Sofía. Qué sorpresa".

Sofía me miró de arriba abajo, su sonrisa era puro veneno.

"Sorpresa, de verdad. No esperaba encontrarte en un lugar como este. Pensé que seguirías diseñando cortinas en algún taller de mala muerte".

La gente a nuestro alrededor comenzó a guardar silencio, sintiendo la tensión.

Ricardo soltó una carcajada desagradable.

"No seas tan dura, mi amor. Tal vez alguien se compadeció de ella y le regaló una entrada. Después de todo, siempre ha sido buena para dar lástima".

Su voz era un eco del pasado, un sonido que había resonado en mis pesadillas durante años.

El día de mi boda. Estaba parada frente al altar, con el vestido blanco que yo misma había diseñado, el velo cubriendo mi rostro sonriente. Las puertas de la iglesia se abrieron, pero no era Ricardo quien entraba.

Era Sofía.

Caminó por el pasillo con una expresión de triunfo, y se paró junto a un Ricardo que ni siquiera me miraba.

Él tomó el micrófono del sacerdote.

"Quiero anunciar algo", su voz retumbó en la iglesia silenciosa. "La boda se cancela".

Un jadeo colectivo recorrió a los invitados. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

"Me he dado cuenta de que Elena no es suficiente para mí. No es lo suficientemente buena. Su talento es mediocre, su ambición es nula. No puedo atar mi futuro a alguien así".

Levantó la mano de Sofía.

"He decidido que mi futuro está con Sofía. Ella sí entiende lo que un hombre como yo necesita".

Me arrancó el velo de la cara frente a todos, me miró con un desprecio absoluto y dijo las palabras que me marcaron para siempre.

"Nunca fuiste nada, Elena. Y nunca lo serás".

Volví al presente, al salón de fiestas brillante. La humillación de ese día era una cicatriz, pero ya no era una herida abierta.

Miré a Ricardo, no con el dolor de una mujer abandonada, sino con la fría evaluación de una empresaria.

Vi a un hombre débil, un hombre que culpaba a otros de sus propios fracasos. Un hombre cuya arrogancia era su única posesión.

"Veo que algunas cosas nunca cambian, Ricardo", dije, mi voz tranquila pero firme. "Sigues pensando que humillar a otros te hace más grande".

Sofía se interpuso entre nosotros.

"¡Cómo te atreves a hablarle así! ¡Él es Ricardo Vargas, el dueño de Textiles Vargas! ¿Y tú quién eres? Una don nadie que tuvo un golpe de suerte".

Ricardo la rodeó con el brazo, con una sonrisa de suficiencia.

"Déjala, Sofía. Es obvio que sigue amargada. Es lo que pasa cuando te dejan en el altar. Algunas mujeres simplemente no pueden superarlo".

Se inclinó hacia mí, su aliento olía a alcohol caro.

"Escuché que estás buscando inversores, Ricardo", dije, cambiando de tema, mi voz cortante. "Las cosas no deben ir muy bien si tienes que venir a mendigar en eventos de moda".

La sonrisa de Ricardo se congeló. La verdad de mis palabras lo había golpeado.

Los murmullos a nuestro alrededor crecieron. La gente no estaba viendo a una ex-prometida amargada, estaban viendo a una diseñadora exitosa y serena enfrentándose a un empresario fracasado y agresivo.

Ricardo, sintiendo que perdía el control, decidió duplicar la humillación.

Levantó su copa de champán.

"¡Un brindis!", gritó, atrayendo aún más miradas. "¡Por Elena! La mujer que me demostró que siempre hay que aspirar a más. ¡Gracias por enseñarme a no conformarme con lo mediocre!".

Sofía y un par de sus amigos rieron a carcajadas.

La humillación era pública, brutal y deliberada.

Pero el hombre que me miraba con tanto odio no sabía nada de mi vida actual.

No sabía que la mujer que intentaba destruir ya había renacido de las cenizas que él había creado.

Y, lo más importante, no sabía que el inversor que buscaba desesperadamente para salvar su compañía era el hombre con el que yo compartía mi cama cada noche.

Mi esposo.

Marcos Velez.

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