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Ya No Era La Novia Abandonada
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Capítulo 2

Ricardo bajó su copa, la arrogancia brillando en su rostro. Se acercó un paso más, su voz bajó a un susurro conspirador, pero lo suficientemente alto para que los más cercanos escucharan.

"Mira, Elena. Sé que las cosas han sido difíciles para ti. Tal vez pueda ayudarte", dijo, con una falsa capa de generosidad que me revolvió el estómago.

Fruncí el ceño. "¿Ayudarme?"

"Sí. Mi empresa necesita una nueva cara, una nueva línea de ropa para revitalizar la marca. Si trabajas para mí, si diseñas una colección exclusiva para Textiles Vargas, podría considerar darte un puesto. Serías mi empleada, por supuesto. Tendrías que seguir mis órdenes".

La insolencia de su propuesta era increíble. Él, al borde de la bancarrota, me estaba ofreciendo un trabajo como si me estuviera haciendo un favor.

"No estoy interesada, Ricardo".

"Piénsalo, Elena. Sería como en los viejos tiempos. Tú diseñando, yo manejando el negocio. Aunque esta vez, las cosas serían diferentes. Sofía sería tu supervisora directa, para asegurarse de que todo esté a la altura".

Sofía sonrió, una visión de malicia pura. La idea de tenerme bajo su mando era un sueño hecho realidad para ella.

Para recalcar su punto, Ricardo atrajo a Sofía hacia él y la besó apasionadamente, una demostración vulgar y ruidosa justo frente a mí.

Sus manos recorrieron su cuerpo de una manera que era a la vez posesiva e insultante. Era un acto, una obra de teatro diseñada para herirme, para mostrarme lo que había "perdido".

Pero mientras los veía, mi mente no sintió celos, solo un profundo y helado desprecio.

Porque recordé la verdad.

Recordé la mentira más cruel de todas.

Un año antes de la boda cancelada. Ricardo había tenido un accidente de coche. No fue grave, pero sufrió un golpe en la cabeza. Cuando despertó en el hospital, me miró con los ojos vacíos.

"¿Quién eres tú?", me preguntó.

Los médicos dijeron que era amnesia temporal, que podría durar días, semanas o meses. Durante ese tiempo, lo cuidé sin descanso. Le contaba nuestras historias, le mostraba nuestras fotos, intentaba desesperadamente que recordara el amor que compartíamos.

Él era distante, confundido. Sofía, mi asistente, siempre estaba allí, "ayudándome". Me decía que fuera paciente, que el viejo Ricardo volvería.

Una noche, agotada, fui a la cocina del hospital a buscar un café. Al pasar por una sala de espera vacía, escuché sus voces.

Era Ricardo y Sofía.

"¿Hasta cuándo vas a seguir con esta farsa, Ricardo?", susurró Sofía. "¿Fingir que no la recuerdas?"

Me quedé helada, oculta en la sombra del pasillo.

La voz de Ricardo era clara, sin rastro de confusión. Era fría y calculadora.

"Hasta que cierre el trato con su padre. Su empresa de inversiones me dará el capital que necesito para expandir Textiles Vargas. Una vez que el dinero esté asegurado y estemos casados, la amnesia convenientemente desaparecerá. Pero no te preocupes, mi amor. Ella es solo un medio para un fin. El futuro es nuestro".

Escuché el sonido de un beso.

"Pero es tan agotador fingir todo el tiempo", se quejó Sofía.

"Piensa en el resultado, cariño. Seremos los reyes de la industria textil. Solo un poco más de paciencia. Sigue siendo su amiga leal, su hombro para llorar. Ella confía en ti. No sospechará nada".

Sentí que mi corazón se partía en mil pedazos. No era solo una traición, era un plan meticuloso y cruel. Cada palabra de consuelo de Sofía, cada mirada confundida de Ricardo, todo había sido una mentira.

Volví a su habitación, me senté a su lado y lo miré. Él abrió los ojos y me dio la misma mirada vacía y perdida que había estado fingiendo durante semanas.

El dolor fue tan abrumador, tan profundo, que sentí que me ahogaba. Quería gritar, exponerlos allí mismo. Pero estaba paralizada por el shock y la traición.

Esa noche, cuando volví a casa, me derrumbé. Mis padres me encontraron en el suelo, temblando, incapaz de hablar. La conmoción y el dolor me provocaron una fiebre altísima.

Al día siguiente, mis padres, sin saber la causa pero viendo mi estado, tomaron una decisión. Me compraron un boleto de avión y me enviaron a pasar un tiempo con mi tía en París.

"Necesitas alejarte de todo esto, hija", dijo mi padre, con los ojos llenos de preocupación. "Este estrés te está matando".

Me fui, dejando atrás la mentira, demasiado rota para luchar.

Cuando volví, un mes después, Ricardo "milagrosamente" había recuperado la memoria. Me recibió con los brazos abiertos y una propuesta de matrimonio. Y yo, joven, tonta y todavía aferrada a la esperanza de que lo que había escuchado no era real, acepté.

Hasta el día de la boda, cuando la verdad final me golpeó en la cara frente a cientos de personas.

El sonido de la risa de Sofía me trajo de vuelta al presente.

"¿Qué dices, Elena? ¿Aceptas la generosa oferta de mi esposo?", preguntó, su voz goteando sarcasmo.

Los miré a los dos, a los arquitectos de mi mayor dolor.

Ya no era la chica rota que habían dejado atrás.

El dolor no había desaparecido, se había transformado. Se había convertido en acero en mi columna vertebral.

"Ricardo", dije, mi voz sonando extrañamente tranquila en el ruidoso salón. "Creo que hay un malentendido".

"¿Ah, sí?", se burló él.

"Sí. Verás, yo no necesito tu oferta. No necesito tu trabajo. Y ciertamente no necesito tu lástima".

Hice una pausa, dejando que mis palabras colgaran en el aire.

"Porque ya estoy casada".

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